Aquellas puertas eternamente abiertas no habían sido sino un obstáculo para Lilianne, que abandonó la casa de noche cuando todos dormían, llevándose consigo una pulsera de plata y un corazón roto y abandonado. Prometió volver cuando la noche fuera noche y lo hizo tras cruzar la eternidad tras lanzarse desde un puente. Aquella casa dejada de la mano de Dios había sido su hogar, un hogar que había compartido con Julián, que tanto la hizo sufrir. Hoy, todo respiraba soledad y una vez entró en aquella vieja mansión se dejó llevar por los sueños y, transparente, se sentó junto a la chimenea, que ardía como en sus mejores tiempos. De pronto entró Julián, tan viejo que apenas era él mismo y se sentó a su lado, vencido, humillado al paso del tiempo. Pero nada había cambiado en su corazón, en donde seguía latiendo con fuerza la más absoluta maldad. "He venido a por ti", dijo el espectro mientras acariciaba con su mano fría el rostro decrépito del anciano. La otra mano, o mejor dicho, sus huesos, debían estar en alguna parte de la casa, quizá enterrados en el jardín o bajo las baldosas de las caballerizas. Julián se la cortó cuando descubrió a Lilianne saludando a Ezequiel, el joven del que había estado enamorada antes de conocerle a él. "He venido a por ti", dijo la joven y fantasmagórica manca con una sonrisa triste y un brillo vacío en los ojos. Julián sintió como un escalofrío recorría su espinazo cuando el fétido aliento del fantasma rozó su boca. Después, se oyó el grito estrepitoso del anciano que resonó en aquella casa semiabandonada, cuando Lilianne, tintineando la pulsera de plata abrochada en su única mano, le sustrajo el corazón. Después, se levantó, salió al jardín y cerró la verja, quedando las puertas cerradas para siempre y allí se quedó ella como dueña y señora de la casa, mientras el corazón de Julián, era pasto de las dentelladas de los enormes mastines que la guardaban.
