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sábado, 17 de diciembre de 2022

CÁSTULO Y EL MOSAICO DE LOS AMORES


 



      Hace dos sábados estuvimos visitando la ciudad ibero-romana de Cástulo, muy cerca de Linares. Hacía tiempo que teníamos ganas de ir, habida cuenta de los extraordinarios descubrimientos arqueológicos que se habían hallado allí y que queríamos ver con nuestros propios ojos. Fue una mañana tibia, con un cielo gris plomizo, con alguna racha de viento y a veces, una ligera llovizna nos acompañaba. Era, por tanto, una mañana de otoño perfecta, en un noviembre marcado por el cambio climático, un noviembre más parecido marzo o abril en cuanto a temperaturas se refiere que al rigor propio de este mes. Al llegar, nos informaron de que el guía acababa de empezar su explicación del gran mosaico romano descubierto en 2012 y que estábamos a tiempo de escucharlo. Conforme nos dirigíamos hacia el enclave donde se encontraba el mosaico recorrimos un paraje maravilloso donde al lado del camino podíamos ver trozos de capiteles, trozos de columnas y la base de alguna de ellas. Desde el principio estuvimos imbuidos de alguna manera en la época, y podíamos imaginar de vez en cuando las calles y la gente que transitaba por esta rica y antigua ciudad. Fue una sensación especial.

El Mosaico de los Amores, realizado en teselas,(pequeñas piedras de colores, traídas desde los cuatro puntos cardinales del imperio), nos maravilló y sorprendió por su extraordinario estado de conservación. En él se narran dos historias de amor mitológicas y universales: En una, Paris le entrega a Hermes la manzana de la discordia, mientras Afrodita da un paso al frente para recibirla ante las frustradas Hera y Atenea. Paris, hijo del rey de Troya, Príamo, había elegido el amor de la mujer más bella del mundo, Helena. Hubo romance, pero también problemas, porque Helena de Troya estaba casada. En otra escena, la diosa Selena recorre la noche en el carro de la Luna por encima del pastor Endimión, que duerme. Los dos están desnudos. Es un amor eterno, pero también trágico. En la mitología, como en la vida, todo tiene un precio. Los dioses concedieron a Endimión, la eterna juventud y el amor de una diosa, pero solo mientras él duerme. Se aman en sueños y la vigilia los separa. Aparte de estos dos temas, en las esquinas vemos representadas las Estaciones y muchos temas más para desgranar. Es un mosaico extraordinario en todos los sentidos y que merece más visitas. No faltaremos, porque además, de Cástulo todavía queda mucho por excavar, con lo cual , no sabemos el alcance que tendrá y los nuevos y maravillosos descubrimientos que nos esperan. 

















sábado, 29 de junio de 2019

VISITA A EDEBA







      Había silos donde el grano rebosaba, acumulándose el alimento de aquellos hombres, cuya función era la de dominar y vigilar el valle desde lo alto del cerro. No había más que hacer, salvo recorrer las callejas de aquel pueblo misterioso que controlaba la ruta que se extendía entre el Valle del Guadalquivir y la Meseta Sur y defender aquella fortaleza de los ataques de los pueblos vecinos.





      La tierra, arcillosa, otorgaba dureza al tapial y daba seguridad a los habitantes del cerro. Su economía se basaba esencialmente en la agricultura y algo menos en la ganadería y en el comercio y tenían como protectores a un triunvirato de dioses sin nombre a los que adoraban bajo las estrellas en aquel lugar misterioso. Un día se llamó Edeba, y era una ciudad poderosa. El río Jabalón la saludaba cada día, abajo del todo y dividía al valle y concedía con sus aguas la riqueza suficiente para la supervivencia.Las casas, unas ovales, otras rectangulares, crecían en un principio anárquicas en la ladera, pero con el tiempo, las calles fueron tomando forma y el poblado se fue estructurando de una forma más concreta.
 
 
 
 
      Había un centro especial para la cerámica (la casa del alfarero), con un horno de barro y piedra y un torno de donde salían las más bellas piezas de los alrededores, una cerámica práctica en su belleza que los iberos apreciaban y hacían uso de ella en sus casas y que además, exportaban. Eran cerámicas grises, pintadas, incisas, romanas o decoradas con técnica de estampillado y que conformaron todo un universo artístico propio que formó parte de la cotidianeidad de aquellas gentes.
 
 
 
 
Dentro de las casas, no podía faltar el fuego, en chimeneas centrales o laterales que daba calor a las familias en aquellos inviernos tan fríos.
 
 
 
 
    Edeba se erguía próspera como un lugar rodeado de torres y
bastiones cuyos cimientos, construidos con las rocas más duras daban firmeza a la construcción, mientras el adobe elevaba sus paredes varios metros y hacía inexpugnable la ciudad.
 
 
 
 
      Por entre las casas, aparte de las calles, había algún sistema de canalización de las aguas que bajaban ladera abajo desde la cima cuando llovía y después de tantos siglos, hoy al visitante no le resulta difícil escuchar el sonido cristalino de esas aguas que se deslizaban empujadas por la pendiente del cerro, porque la imaginación se desborda al amparo de la magnificencia del lugar.
 
 
 
 
      En el siglo III a. C., Edeba es abandonada. Todavía no se ha resuelto de forma fehaciente el misterio, mientras tanto, se cree que los culpables fueron los romanos y los cartagineses, que, enzarzados en la Segunda Guerra Púnica, arrasaron la ciudad, obligando a sus habitantes a huir precipitadamente. De ellos nos queda todo un legado histórico-artístico que, sin duda, nos ayuda a conocer un poco mejor nuestro pasado.
 
 
 
 
      Yo estuve allí y pude ver como los silos se llenaban de grano, pude comprobar el bullicio de la gente entre las calles, como el maestro alfarero realizaba con mimo su tarea, conformando exquisitas cerámicas de elegantes y originales diseños, pude ver como los soldados vigilaban desde las torres el valle dividido por el río, vigilante y testigo de todo cuanto allí acontecía. Y también vi la noche en aquella ciudad, iluminada bajo un cielo pletórico de estrellas gobernadas por la luna. Y la emoción se me empezaba a desbordar cuando el guía anunciaba que la visita había terminado. Ya en el coche, prometí volver a Edeba, porque entre sus calles derruidas, me encontré un poco más a mí mismo.
     
      La ciudad ibérica de Edeba está situada al sur de la provincia de Ciudad Real, en el cerro de las Cabezas, a unos ocho kilómetros de la actual ciudad de Valdepeñas y es tan interesante como hermosa. Quedan pendientes más visitas.