viernes, 2 de agosto de 2019

EL FANTASMA DE LA NIETA DEL CACIQUE









      Las hojas de los árboles conocían todo lo que allí estaba pasando y por las noches, cuando todo callaba y el silencio se propagaba por el pueblo, tiritaban al compás de la brisa y a veces bailaban, pero al son de una música triste y doliente que sorteaba los muros y se filtraba por entre las piedras de los hogares, cuyos moradores, se distraían leyendo (los que sabían) o jugando a las cartas, tratando con ello de esquivar al miedo. La música sonaba quejumbrosa y provenía de las montañas. Todos decían que surgía de la hacienda de Emiliano Sampedro, el cacique del lugar y que manaba de las manos de su nieta Virginia, fallecida de una enfermedad pulmonar con tan solo siete años hacía más de dos décadas. Era el mismo piano desafinado el que destilaba sus notas en forma de salves y música religiosa, escuchándose los mismos dejes cuando sonaba alguna vez una pieza de Schubert.
      Algún vecino dijo que la había visto, con sus dos trenzas rubias, con sus ojos pequeños y vivaces, con las señales del sufrimiento en su rostro cuando al anochecer bajaba del monte y pasaba muy cerca de las ruinas de la casa. Elisa, antigua sirvienta de la finca, sufría pesadillas y su ánimo estaba destruido. A veces, escuchaba la tos y los quejidos de la niña cuando se encontraba a solas en su casa y azotada por el miedo, salía entre temblores dirigiéndose al centro del pueblo, donde calmaba sus nervios bebiendo agua de la fuente del abrevadero, tan helada que sus gotas eran como cristales pequeños que desgarraban su garganta y que, no sabía bien por qué, le ayudaban a olvidar. Después refrescaba su rostro y regresaba a su hogar, donde esperaba no sin inquietud la próxima visita.
      Nadie se atrevía a pronunciar la palabra "fantasma", pero todos la llevaban en la cabeza y en el corazón. Mientras, los días pasaban tortuosos para los vecinos, que se habían vuelto introvertidos y tristes, encerrados en sí mismos y en sus casas y las noches se cargaban de melancolía y pese a la cercanía del verano, eran frías y desangeladas. No había luz en el pueblo cuando las notas musicales lo invadían de norte a sur y los colores de la primavera se marchitaban a su paso.
      Se acercaba la Semana Santa cuando Claudio, el tendero del pueblo, junto con su hijo Samuel volvían de una tarde de caza, cargados de piezas con las que llenar la despensa. Cayó la noche sin avisar justo cuando pasaban por el cortijo en ruinas de Emiliano, y la música, que lo envolvía todo, de repente paró y entre las piedras, muy al fondo, se dejaron ver unas luces parecidas a las que producen las luciérnagas, que revoloteaban sin cesar sobre los hierbaceros nacidos en lo que un día fuera el salón de la casa. Las hojas de hierba se movían flexibles en aquellas oscuridades provocando sombras en las ruinosas paredes que conmovieron y asustaron al padre y al hijo. Se iban a marchar con rapidez cuando oyeron a sus espaldas un débil gemido seguido de una especie de tos. Después, el silencio más absoluto. Pero las luces de las luciérnagas seguían alumbrando un trozo de la sala, exactamente el centro de la misma. Cruzaron entre las piedras hipnotizados por aquella efervescencia y olvidando el miedo en algún rincón de su alma, se acercaron los dos. Al lado de un piano maltrecho había un ataúd blanco cubierto de ajadas violetas que dejaban un perfume tan dulce que llegaba a empalagar, saturando los pulmones de los dos hombres. Apenas podían respirar cuando llegaron al borde de la caja mortuoria y al mirar dentro vieron a una niña de cabello rubio envuelta en un sudario blanco, descalza y con un rosario de plata entre sus pálidas manos. De repente, abrió los ojos y en su lugar, dos pequeñas y agudas ascuas atravesaron hirientes los ojos de ambos. Se levantó del féretro lentamente, mientras el padre y el hijo se abrazaban atenazados por el pánico y caminando en volandas se sentó en la banqueta del piano y con sus dedos descarnados comenzó de nuevo la sintonía de los días tristes que marcaron las paredes de la casa, mientras Claudio y su hijo echaban a correr como alma que lleva el diablo, entre el blanco plateado de una luna, que esa noche, tardó en aparecer.