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viernes, 4 de octubre de 2024

LA LLUVIA, EL MAR Y LA TRISTEZA

 





Bajo el tintineo incesante de la lluvia no notaba el sonido latente de su corazón, aunque el corazón de Jaime latía pavoroso, temblándole en el pecho como una tórtola herida, cuando caminaba bajo el paraguas por el boulevard. Acababa de enterrar a su hijo y acababa de dejar a Martina, su mujer, deshecha en llanto y destrozada, en los brazos de su suegro, que le brindaban poco menos que inútilmente, consuelo y protección. Hacía dos meses que se habían separado y aún estaban viviendo ambos el duelo del fracaso, cuando el destino les golpeó de la manera más cruel, dejándolos sin un sendero firme por el que caminar dentro de la cordura. El nicho del pequeño estaba cubierto de flores y el agua, incesante e insistente, mojaba los pétalos de las rosas, escurriéndose hasta caer al suelo, como un río de lágrimas. A él ya no le quedaban, y, tras besar a la que hasta hace poco fue su mujer, se marchó caminando como una sombra, acongojado por la tristeza, pisando los charcos y riachuelos que bordeaban las aceras y dirigiéndose hacia el mar. El mar siempre le ofreció paz y sosiego. Ahora llovía con fuerza y aquel hombre destruido, apartaba el paraguas de su cuerpo y dejaba que el agua lo empapara y aún así, no sentía el frío que, con saña calaba sus huesos. En realidad, no notaba ni sentía nada, salvo una ira descomunal contra sí mismo. Ya estaba cerca de la playa y el mar rugía sin cesar embravecido, entonces, Jaime se paró un minuto y respiró profundamente, como si quisiera liberarse del dolor que lo atenazaba. Recordó el cementerio, los llantos inconsolables de Martina, aferrada a la ropa del niño, rota y con el corazón fragmentado en pequeños cristales que le hacían gritar, los murmullos y las lágrimas de los asistentes al funeral, las rosas blancas que cubrían el féretro y un inmenso cielo gris que lo cubría todo, como un manto de dolor. Llovía y llovía y ya en la playa, Jaime, mientras se internaba en el mar, volvió a escuchar la risa y la voz alegre de su hijo y pensó que volvería a estar junto a él. Solo tenía que dejarse llevar por el vaivén de las olas y estaría de nuevo abrazándolo. Al día siguiente paró de llover, y un barco de pescadores trajo a tierra el cuerpo sin vida de Jaime que un día después, al atardecer, fue enterrado junto al de su pequeño, entre la impotencia, la pena y la desolación de todos aquellos que asistieron al sepelio.

      Hoy os dejo un microrrelato con una historia de ficción inspirada en esta fotografía, donde el agua de lluvia preludia la tristeza. Nada que ver con nuestra realidad, que la tristeza y la desesperanza la provoca la falta de lluvia. Esperemos que por fin llueva y que este sea un otoño donde el agua vuelva a ser la protagonista. Feliz fin de semana.






lunes, 25 de marzo de 2024

EL CAMINO DESANDADO

 





"Desandamos el camino desde el Guadalmena y, mientras lo hacemos, Arroyo del Ojanco se expande en la llanura como una pequeña extensión de vida donde los que lo habitan conviven con una tranquilidad cotidiana. En el atardecer de este día nublado  se enmarcan unos árboles que desean la primavera y nuestras miradas se someten a la calma y a la serenidad que nos ofrece el paisaje. Mientras recorremos el camino, a ambos lados del mismo, las vacas pasean de acá para allá despacio, rumiando la jugosa hierba que cubre el llano, entre encinas centenarias y jaras cuya blanca flor está a punto de eclosionar. A mano derecha, tras la alambrada, las piedras de un cortijo en ruinas nos cuentan como el paso del tiempo es inexorable, al igual que el abandono, y no sin cierta tristeza, observamos como unas tejas se desprenden y caen y el ruido que provocan las mismas en el silencio de la tarde, nos confirman una soledad no exenta de lirismo, que nos aleja del mundo de hoy, hecho a base de algarabía y gritos. En nuestro caminar nos sentimos bien, respiramos con la convicción de que la libertad absoluta no existe, pero podemos acercarnos a ella cualquier atardecer que elijamos, si buscamos un sitio donde los sentidos se desperecen y nos hagan disfrutar del tiempo que tan a menudo se nos escapa de entre las manos. La lluvia se hace esperar, pero la brisa es húmeda y la temperatura fresca. Continuamos desandando el camino bajo un cielo gris, donde las nubes se muestran inquietas y nuestro espíritu reconfortado. Sin más, subimos al coche y, agotada la tarde, regresamos."





 

sábado, 26 de agosto de 2023

VERSOS Y POEMAS PARA UN VERANO SIN CIELO

 





"A través de las ventanas,

el tiempo invade 

los rincones de la casa,

donde habitaron felices

las horas de amor que vivimos.

Y en el otoño,

habrá un recuerdo en cada hoja

caída de los árboles,

y un viento de ceniza

replegará los sueños inalcanzados,

mientras un rumor de mar,

nos dejará en la boca

sabor a tuera,

mezclado con la ácida dulzura

de las fresas."





"Sobre tu cuerpo limpio y nacarado

dejó la pólvora su mortal aroma,

a lirios sabe tu corazón de jacinto,

cuando late yacente bajo la tierra.

Ya no llora el alba, Federico,

y la fría noche te acurruca,

mientras siembras el mundo de poesías,

y los corazones, de amores y de naufragios.

Te quisieron matar, y , sin embargo,

de tu rama viva florecida,

nace la savia de poetas nuevos

que te cantan en la madrugada.

Porque tus versos,

resisten al odio y a las balas,

trascienden la vida

trascendiendo la muerte,

y hoy estás, dormido sin dormir,

llenando el mundo de palabras nuevas.

Deja que ponga hoy sobre tu pecho

una flor escrita tibiamente acariciada,

mientras libre, zarandeada por el viento,

emerge incontrolable tu poesía,

inabarcable y eterna,

hermosa e implacable

como un amanecer."






"Espero el timbre de tu voz al otro lado,

mientras la soledad hace mella 

en nuestras cosas.

Sobre el recuerdo de tu nombre

y de tu boca,

cuando tus besos acallaban a la mía,

que gritaba amor a todas horas.

Porque tu triste historia

no fue más que una conversación melancólica

entre tu yo y mis recuerdos,

un sueño sin más,

que como una enredadera

cubrió los muros que me defendían

y que acabaron en tierra,

desdibujados en la montaña de arena

que forjó el olvido."







sábado, 10 de diciembre de 2022

LAS GOLONDRINAS DEL PÓSITO

 




      Frente al Ayuntamiento de Montizón, se erige firme y lleno de fortaleza uno de los edificios más antiguos del municipio: el pósito. Se creó en 1788 y su finalidad no era otra que la de abastecer de grano a los labradores y campesinos que en aquellos tiempos pasaban por muchas dificultades en época de simienza. A cambio, éstos, en cuanto recogían la cosecha, entregaban el grano prestado en el pósito y un poco más, en concepto de intereses.



El pósito contempló desde casi el principio el desarrollo de la vida de aquellos primeros colonos que poblaron nuestro municipio, convirtiéndose un poco más tarde en cuartel de los migueletes y dejando de lado su primera y noble labor: la de calmar de hambre y fatigas y la de hacer la vida un poco más fácil a aquellas familias, que, como las golondrinas, construyeron sus casas en este territorio, bello y perdido.




Hoy, el alero del pósito brinda protección a estas aves, de la misma manera que este gran almacén de granos se la brindó a aquellos colonos italianos, alemanes o flamencos que hace 250 años se instalaron en esta tierra y que dieron origen a nuestro pueblo.

      Hoy he querido recuperar este breve texto que escribí hace unos años y estas fotografías del pósito de Montizón, el edificio más antiguo de todos, que resiste contra viento y marea el paso del tiempo, siendo testigo mudo de todo cuanto acontece en el pueblo donde se ubica. Las golondrinas fueron inspiradoras de este breve post que publiqué en facebook y que ahora, publico en "Desde Stromboli". Saludos.


       


                                                           

viernes, 14 de octubre de 2022

UNA BREVE HISTORIA DE OTOÑO

 




      El otoño había llegado de golpe, anunciando un tiempo nuevo, refrescando con un aire impregnado de gotas de lluvia el ambiente seco y amarillo del largo y árido estío. El pueblo, cuyas fuentes estaban secas, se volvía a sentir vivo cuando el agua, comenzaba de nuevo a brotar de sus entrañas. LLovía pausadamente, y el corazón de Lolo se disparó cuando pensó en su madre, que lo había abandonado en otro otoño, hace ya mucho tiempo. Las nubes, a veces, revoloteaban en el cielo antes de fundirse en un gris plateado, suave y pletórico de recuerdos. María, la madre, había partido una tarde como esta, hermosa y llena de melancolía, bajo el musical sonido de las gotas de lluvia, que chocaban contra las hojas de los árboles en una amalgama de voces dormidas, de silencios que parecían transformarse en arrullos cuando Lolo dormía y recordaba el timbre de voz de aquella que le dio la vida. A veces, la veía incandescente, como cada día, atravesar el parque para dirigirse a la Casa Grande, al otro lado del río, donde cuidaba a Amparo, una vieja solterona del pueblo que no tenía nada, apenas las cuatro paredes donde sobrevivía gracias a la caridad de María y de algunas personas que, como ella, no habían olvidado lo que significa amar al prójimo. Después, Lolo la recordaba en su casa, frente a la lumbre, preparando con delicadeza la comida y finalmente, la sentía tan cerca de él que notaba su rostro perfumado de sol y albahaca muy cerca del suyo, y el suave roce de jazmín de sus labios, que alcanzaban a besar su frente, sus mejillas, su nariz y sus ojos. No podía ser que tanto amor se hubiera esfumando, no podía ser que hoy se sintiera tan solo, no podía ser que hoy no estuviera con él abrazándolo. Hoy, Lolo ha vuelto a ver a su madre y se han fundido en un abrazo profundo, en un sueño de querencias y recuerdos acompañado de emociones antiguas, que siempre conservó en su memoria. Hoy, Lolo, a sus 89 años había partido de este mundo. Era otoño y su corazón temblaba como una hoja, mientras oía la dulce voz de su madre que le cantaba aquella vieja canción que lo adormecía bajo la sombra de la parra cuando era un niño.






sábado, 3 de septiembre de 2022

MIRAR EN TUS OJOS

 





"Mirar en tus ojos es:

iniciar un viaje sin retorno

acompañando a las aguas de los ríos,

endulzar de miel de abejas un sendero

complicado y sinuoso,

despertarse con las gotas de rocío 

que el nuevo día nos regala,

dejarse acariciar de madrugada 

por el viento del sur.

Pero sobre todo, mirar en tus ojos es:

LLenar hasta arriba de paz

un espíritu sin rumbo, desolado e inquieto,

y desde una ventana sin cerradura, 

contemplar el mar."


Iniciemos Septiembre con un poema, deseando un nuevo otoño lleno de frescura y agua, que nos alivie de la aridez del estío, y ponga a nuestro alcance la belleza de sus días. Espero que así sea. Septiembre comienza y dentro de él, la estación de las hojas se renueva. Feliz mes y feliz otoño.






sábado, 5 de febrero de 2022

RENÉ ROBERT, FOTÓGRAFO





RENÉ Y LA INDIFERENCIA

      A sus ochenta y cuatro años, René Robert, peleaba por no dejarse vencer por el tiempo, por eso, y a pesar de los achaques propios de la edad, llevaba una vida lo más activa posible, pese a que hacía muchos años que estaba jubilado. Teatro, cine o exposiciones, eran su pasatiempo habitual en la ciudad del Sena y las cenas y tertulias con amigos formaban parte de su cotidiana realidad. Aquella noche, como tantas veces, René salió a cenar a un restaurante cercano a su casa, en una céntrica calle de París, cercana a la Plaza de la República, para después dar su acostumbrado paseo nocturno antes de ir a dormir. Hacia el número 89 de la calle de Turbigo, sufrió un desvanecimiento y  cayó al suelo. Eran las nueve de la noche y la calle bullía de gente que regresaba de trabajar, que simplemente paseaba o que se dirigía hacia algún restaurante a cenar  o a tomar algo. Todo el mundo caminaba con rapidez, con tanta prisa que no dieron importancia a aquel cuerpo tendido entre la tienda de vinos y la óptica. La noche se abatía en su frialdad de enero y René comenzó a recobrar el conocimiento, pero no podía moverse, no podía levantarse, pues sus fuerzas no le respondían. Los transeúntes se deslizaban sobre las baldosas de la calle en un ir y venir constante y sus caras, reflejaban una peligrosa indiferencia. El tiempo  pasaba despacio en aquella calle parisina para René, que, a duras penas, intentaba pedir auxilio a los viandantes, que pasaban a su lado como si bajo aquel abrigo largo que había tirado en el suelo, no hubiera un ser humano. Eran ya las doce de la noche y el frío se había agudizado tanto que el frágil cuerpo del hombre comenzó a dejar de responder entrando en una fase de escalofríos y pérdida de consciencia, unida a una extrema debilidad que no le permitía ya ni quejarse. No podía hablar y sus ojos, poco a poco se iban resquebrajando mientras pensaba en cómo escapar de aquella situación a la que se había visto abocado y a la que nadie parecía querer poner remedio. Avanzaba la madrugada en aquella arteria central de París, donde se mezclaba el lujo y el bienestar con la deshumanización y René Robert, sintio que iba a morir allí, solo y desamparado, muy cerca de su casa. A las seis y media de la mañana, un hombre sin hogar llamó a una ambulancia, pero ya era muy tarde, pues el objetivo de la cámara vital de René estaba a punto de cerrarse para siempre. Después, mientras el sintecho se dirigía a algún otro lugar de la ciudad, conmocionado, pensó que un día tal vez le tocara a él verse en esa situación y al torcer la esquina de aquella calle interminable, volvió con cierto pesar la cabeza, para escuchar entre la bruma helada de la mañana, el sonido naranja de una ambulancia.


RENÉ Y LOS SUEÑOS

      "Soy un fotógrafo suizo que vive en París, por eso me siento también francés y a la vez, un poco español, por ser vecino de España, un país al que he visitado y fotografiado mil veces. De este país tan querido para mí, una de las cosas que más me gustan es el flamenco, las noches de tablao, conocer a las figuras del género y captar sus arrebatos de genio con mi cámara. Me gusta el blanco y negro, con el que suelo trabajar, enfrascándome en buscar los ángulos más audaces de los artistas y de las cosas. El flamenco es en sí mismo puro expresionismo, flashes de fuerza y energía que trato siempre de captar, aunque algunas veces, se escapan entre el humo de los cigarrillos que envuelve los tablaos. Siempre he soñado con tocar en algún cuadro flamenco, aunque fuera de palmero. Estar sumergido de verdad en el ritual de la música y el cante de raíz, de la autenticidad, porque en el flamenco no hay impostura, es algo puro y lleno de misterio. Hoy, Camarón canta así unos tangos y no los vuelve a cantar del mismo modo, eso si, respetando siempre la esencia de este cante festivo. Ahí está la magia. Paco de Lucía embelesa con su técnica prodigiosa mientras templa con poesía las cuerdas de su guitarra, y Sara Baras baila al compás del mundo por bulerías, por soleares o por cantiñas, todo de una forma asombrosa y profunda. Sin embargo, si  he logrado cumplir el otro de mis sueños, y es haber sido fotógrafo, un fotógrafo honesto que ha querido llevar al mundo una visión personal del mismo, y que a mi manera, creo que lo he conseguido. Hoy, me he dejado llevar por la nostalgia, pero, ¿ qué queréis? , tengo ochenta y cuatro años y ahora, aparte de descansar, he querido recordar lo que me ha hecho feliz en esta vida, donde hay tanto que celebrar. Me voy ya, pero antes de marcharme, esperad, quiero haceros una fotografía, un momento, por favor..."


Mi relato de hoy está dedicado a René Robert, un gran fotógrafo, que falleció por hipotermia, tirado en una calle de París ante la indiferencia de todos cuantos por allí transitaban, exceptuando a un sintecho, que fue el único que se conmovió. Esto ocurrió el mes pasado, un mes de enero tan frío como la actitud de los que lo vieron y no hicieron nada por ayudarle.

      A continuación, os dejo algunas fotografías en las que Robert supo plasmar de manera genial toda la fuerza y el arte del cante y el baile flamenco. 


Juan Marín (1967)


Paco de Lucía (1987)


Carmen Linares, Aguilar de la Frontera (1993)


Sara Baras y Javier Barón, París (1992)


Chocolate, Auvierilliers (2000)


Camarón de la Isla y Tomatito, París (1987)


Cristina Hoyos y Antonio Gades Versailles (1970)






viernes, 10 de diciembre de 2021

EL CORAZÓN DE MADRID

 





      El corazón de Madrid andaba desmantelado por las bombas y la metralla, mientras el sol volvía a salir más apagado que de costumbre. Habían sido tres años de agonías inimaginables, de sufrimientos atroces, de tragedias lloradas al apego del dolor y del miedo. Madrid fue el último bastión de los sueños de muchos ciudadanos que creían en la libertad y el ultimo refugio para la esperanza. "No pasarán", rezaba el cartel que atravesaba una de sus entradas, pero a finales de marzo, entraron arrasándolo todo, como una lengua de fuego que se desplegara en miles de llamaradas, llegando hasta el último rincón de la ciudad, que ardía atizada por el odio de los que ya se proclamaban vencedores. Las calles, entorpecidas por los escombros y heridas al paso de los tanques, eran todo un símbolo de lo que se avecinaba, pues tras el dolor inmenso de una guerra fratricida, vendría una paz impuesta a base de represalias y de venganza. Ahora, apagado el sol, llovía con desconsuelo sobre Madrid, que se encontraba agotada y malherida, pero que, sin embargo, emergía con la dignidad de quién se sabe vencido, pero no doblegado. El corazón de Madrid se había convertido en un laberinto de callejones sin salida, en un enjambre de jaulas en busca de prisioneros, en un remanso de opresión, de angustia y de dolor, sin embargo, continuaba latiendo, y en su latir propagaba lo que habían intentado arrebatarle por la fuerza: las pulsiones de la vida y de la voluntad.





      A Dolores le escocían los ojos de tanto llorar y de apenas dormir. Los tenía oscuros y profundos como lagos y con un brillo de donde emergía una confianza sin paliativos, pero ahora, estaban resquebrajados, cubiertos de pequeños e hirientes cristales, empañados por el dolor. Tenía dos hijas pequeñas, Clara y Almudena y la única razón de que las tres siguieran con vida era que el soldado encargado de ejecutarlas era Julito, un joven falangista, hijo de Nicolás, el quesero, cuyo negocio estaba al lado de la panadería que regentaba Francisco, su marido, y que era familia retirada de éste. A Dolores ya no le quedaban lágrimas, pero poseía una dignidad que se levantaba como una torre frente a aquella adversidad provocada por los mismos que asesinaron a su marido, a su padre y a su hermano Rafael, todos ellos vinculados a la República, y cuyos cuerpos no aparecieron ni aparecerían jamás. El imperio del luto llegó con las posguerra y eran muchas las mujeres que, como Dolores, debían enfrentarse a aquel apocalipsis sin sus seres queridos. Pero lo que más dolía era ver a los niños vagando perdidos por las calles deslavazadas, saltando entre muros derribados, poniendo en su vagar toda la tristeza del abandono. Una bomba destruyó la panadería de la cual vivía la familia y la casa, semiderruida, aguantaba con la misma fortaleza que la dueña, con sus dos habitaciones y su pequeña cocina. Era todo lo que ahora poseía, pero Dolores, no se arredraba, pues tenía dos hijas pequeñas y había recogido a Rosalía, la hija de unos vecinos desaparecidos en un bombardeo, y de ellas tomaba fuerza. Todo era desolación en aquel tiempo, todo era una lucha gigante por la supervivencia, todo estaba invadido por la aflicción. A ello había que añadir la voracidad del hambre y de la desnutrición y con ellas, los piojos y enfermedades como el paludismo o la pelagra, que abatían a la población en una ciudad donde las penurias se repartían entre sotanas y militares, que paseaban sus fantasmagóricas figuras por entre los escombros de la misma y los de los maltrechos vecinos que la habitaban. El corazón helado de Madrid no dejaba de sangrar y parecía no tener cura, tal era su desgarro, hasta que un atardecer de aquella primavera, Dolores comprendió que no todo estaba perdido, al escuchar las risas de sus hijas y las de Rosalía, que habían conseguido liberar sus juegos de la tristeza y que, como si nada hubiera sucedido, cantaban sentadas entre las ruinas frente a un decorado diseñado a puñaladas por los balazos de los combatientes. La mujer, desde el quicio de la puerta contemplaba la escena y por primera vez en mucho tiempo, sus labios dibujaron una sonrisa que la liberó por unos segundos del dolor. Y ya después, en el interior de aquella casa en ruinas y absorta entre sus quehaceres, pensó que no bastaba una guerra para eliminar la ternura y la alegría y que son estas, las que nos salvan de la crueldad y de la injusticia. Los niños, poco a poco comenzarían a reconstruir la ciudad con sus juegos y con sus risas, pues siempre serán ellos los encargados de restituir la vida que muchos se empeñan en ignorar. Los niños y una sonrisa: la de aquellas madres que velan por ellos y les ofrecen confianza, seguridad y un amor que puede con todo.






A Almudena Grandes, la voz y la palabra de los desfavorecidos y de los olvidados. Gracias por tu literatura, siempre tan necesaria. 




La segunda fotografía que ilustra este nuevo relato es de Robert Capa, pseudónimo de una pareja de fotógrafos, Friedmann Endre Ernó y Gerda Taro, corresponsales gráficos durante la Guerra Civil Española. Ambos compartieron este pseudónimo hasta el fallecimiento de Taro, y, aunque no sepamos qué fotografías corresponden a uno u a otra, lo cierto es que ambos son autores de fotografías como ésta, que refleja un momento extraordinario dentro de la tragedia.









domingo, 24 de octubre de 2021

CENIZAS DE OTOÑO

 




    "Cuando ya  no quede ni una sola hoja que vista los árboles, iré a tu casa. Te llevaré los vestigios de tu amor, y mi corazón, sumiso al tuyo, lo enterraré bajo la hojarasca. Estoy perdido sin el camino cubierto de barro que me enseña tus huellas, y sin la luz otoñal que se filtra entre los densos ramajes de las encinas y de los chopos. Por el sur andaré sin apenas equipaje, en un viaje sembrado de atardeceres frescos y de noches luminosas, y la música hostil de tu ausencia pondrá a la escena una banda sonora de desesperada ansiedad. Ya falta poco, te presiento y mi corazón late acelerado arropado por las hojas, mientras mis ojos al amanecer parecen ver tu figura recortada entre las nubes, etérea, sutil y transparente."




Las calles, cada vez más anchas,
se convierten en cerradas soledades.
Ya ni el viento vigila tus esquinas,
acariciadas por la tenue palidez de tus luces.
Vuelvo la cabeza y aún te veo,
manteniéndote cimbreante
contra viento y marea,
amainando tempestades.
Más no me alejo demasiado,
esperando el calor de tus hogares
y el reverdecer de tus rosas.
Estaré contigo,
mientras pienso en tu paz deshabitada,
y en tu mundo de abriles amarillos.
Hoy recuerdo mi casa,
encalada por las manos de mi madre,
resplandeciente de amor y de alegrías
de mi clara niñez regocijada.
Anochece y la brisa
pone voz a las palabras,
y meciendo las hojas del olivo,
va abriendo silenciosa las ventanas.
El tiempo pasa inadvertido,
entre las tejas humildes de las casas,
y yo detengo mi camino
y me cobijo bajo un árbol de la plaza.
LLegado ya el otoño,
el pueblo silencia sus batallas,
y sus almenas se inclinan a la tierra,
en un temblor, tañido de campanas.




   No debemos caer en la melancolía

del color de un otoño desalmado,

pues eso es lo que busca, sin embargo,

esta estación de belleza y de poesía.


Cuando las hojas hieren el asfalto,

se funden con el alma de la tierra,

y nos traen primero paz, después la guerra

de los recuerdos, que acuden al asalto.


No seremos más que marionetas

en manos de quien prende la hermosura

como una flor afilada y oscura, 

para cubrirnos con sus hojas de tristezas.


Y por eso hoy os hago esta advertencia,

hoy que busco un descanso en mi camino,

envuelto en este otoño clandestino,

al que me añado con sumisa complacencia.


Porque yo ya no sé darme a la fuga,

escapar del encanto de sus horas,

del dulzor de su nostalgia abrumadora

y de su manto de color que me subyuga.


Porque así me siento preso de sus días

y mi memoria vive soñadora,

mientras el tiempo, que todo lo devora,

seguirá con su eterna letanía.








miércoles, 22 de septiembre de 2021

UN NUEVO OTOÑO

 





"No te entretengas,

te espero en el bosque de las calles amarillas,

bajo el sol delicado del otoño,

donde las nubes juegan con las hojas,

que se mueven serenas bajo el cielo.

No te demores,

que ya estamos llegando a la frontera

y no hay parada en nuestra travesía,

salvo el dulce color de los atardeceres."








viernes, 13 de agosto de 2021

UVAS Y BESOS


 



      " Las uvas escapan de su encierro tras la alambrada gris, y el cielo del verano mira a la Tierra seco y azul, mientras la parra, las guarda del sol. Mirando a septiembre, las uvas encargan su dulzor a la brisa y, al tiempo, la maduración de sus formas, redondas y almibaradas. Entre las hojas se van descolgando poco a poco, como en una pintura realizada con los pinceles y los colores que traerá el otoño, que, como siempre, tendrá sabor a uva". 

      (A mediados de agosto, cuando el calor es vertical y los sueños, horizontales)





"Me saben a tus besos,

cálidos y entonados,

de ácida dulzura.

Frente a mis labios, los tuyos,

de sutil y adorado perfil,

no dejan rendija abierta

al invierno.

Se lanzan imantados y precisos

en una búsqueda perpetua

de sal y menta,

hasta que mueren en nuestra boca

dejando en el paladar 

regustos a miel y a uva."





      "Cuando maduren las uvas iré a verte, al palacio de calles azules donde habitas, entre la rutina de los días y la excepcionalidad de las noches, donde todo resulta preciso y claro, como tu ausencia. Has vuelto a marcharte, sin embargo, sin darme opción a realizar mi sueño de volver a acariciar tu mano y estoy perdido entre tu búsqueda y mis deseos, que me llevan a un destierro inmenso de carencias, a las que no me acostumbro. El canto del gallo cierra la puerta a la noche y yo estoy en ella, persiguiendo la luz del día, pues me han dicho que te han visto al amanecer, fuera de ti, sin rumbo, en un futuro donde no me incluyes. Más no desespero y volveré a encontrarte, cuando ni tú misma puedas decirme que no eres mía."






miércoles, 14 de julio de 2021

FINAL DE VIAJE

 



      

      "La última vez que la vi, se despidió de mí desde su descapotable blanco con una sonrisa abierta y dulce, y con la alegría de quien desea iniciar una nueva vida. Se había comprado por fin una casa en Los Ángeles y quería establecerse, echar raíces en el mundo. Su vida había sido hasta entonces un ajetreo constante: su infancia, repartida entre orfanatos y casas de acogida había transcurrido sin padre ni madre, sin esa base fundamental de seguridad que se les proporciona a los seres humanos para saber cómo afrontar la vida. Pero ella le hizo frente a dentelladas. Sus matrimonios habían sido lacónicas experiencias que no supieron darle la estabilidad que perseguía. Jim Dougherty, su primer marido, fue un clavo ardiendo, una vía de escape ante la oscilación de hogares desconocidos, donde unas veces la querían y otras no. Tenía entonces 16 años y era apenas una niña. Con Joe di Maggio, la gran estrella de béisbol, vivió un matrimonio a veces feliz, pero otras veces, (las más) empañado por las tempestuosas borrascas de los celos de él, que estallaban sin control y en cualquier circunstancia. Por último, con Arthur Miller, el gran intelectual, vivió un infierno donde a menudo se sentía subvalorada y utilizada por él, a la vez que, hipócritamente, sobrevivía como escritor apoyándose en la inmensidad de su fama. Más de una vez le sacó las castañas del fuego a este hombre, que pese a su talento, nunca dejó de sentirse amenazado por el de ella. Ahora, todo parecía haber cambiado pues se sentía más independiente que nunca, habiendo decidido conformar su hogar definitivo en soledad, pero en total libertad. Para ello, me contó que se marchaba a México a comprar los muebles y enseres necesarios para decorar su casa. Si había alguna ilusión en ella, era plantarse de una vez y sentirse segura y eso, según su pensamiento, solo lo conseguiría adquiriendo una casa en propiedad a la que regresar cada noche a refugiarse del barullo que producía en el mundo su inagotable tintineo de estrella.

No volví a verla más. Me enteré por la prensa del revuelo que había ocasionado su visita a México, donde recibió una acogida extraordinaria y de su interés por el arte y por la cinematografía mexicana, llegando a visitar el plató donde rodaba el director español Luis Buñuel la película "El ángel exterminador". Su presencia fue una conmoción para todos los que allí se encontraban y Buñuel estuvo encantado de recibirla y contarle secretos de rodaje del film, mostrándose ella en todo momento muy interesada. 

      Era el mes de julio cuando recibí su última llamada, en la que me contaba que iba a realizar una sesión fotográfica en la playa de Malibú con George Barris, un fotógrafo de talento que había conocido en el año 1955, durante el rodaje de "La tentación vive arriba". En nuestra conversación, dejó entrever que se sentía ilusionada con este proyecto que la hacía retornar a su época de modelo, a la vez que me comentó que aún no había terminado de amueblar su hogar, pues los muebles encargados en México, estaban aún por llegar. Me dio un beso por teléfono y se despidió.

      La mañana del día 5 de agosto, la radio daba la noticia de que Marilyn Monroe había sido hallada muerta en su domicilio. Me dio un vuelco el corazón y mi primera reacción fue de incredulidad. Rápidamente llamé a Pat Newcomb, su representante, pero no me cogía el teléfono. Me vestí y salí a toda prisa a la calle dirigiéndome a su casa, en el 12305 Fith Helena Drive, en Brentwood, y entre sirenas de policías y de ambulancias, comprobé que era cierto. Marilyn, la estrella más querida y deseada había fallecido, había llegado al final de su viaje, un final terriblemente inesperado para todos, incluso para ella misma. A la entrada de su casa, en la misma puerta, hizo poner una inscripción sobre cuatro baldosas: "Cursum perficio",cuya traducción viene a decir "El final del camino", pensando en ese deseo de dejar de ser una nómada y de sentir que pertenecía a algún lugar. Sin embargo, ella no hizo otra cosa que continuar en un viaje en ascensión hacia las estrellas, en un periplo en el que estableció en la eternidad su auténtico hogar.

      Hoy, yo, su amigo desconocido, a mis casi noventa años, la recuerdo con la misma intensidad y cariño y a veces, me parece verla cruzar de madrugada en el silencio de mi habitación con un vestido de blancas transparencias, entonces, se para un momento frente a mí, me mira sonriente y después se marcha despacio entre las brumas que, implacables, invaden mis recuerdos."

    

      La fotografía que ilustra este texto es del mencionado George Barris, en una de las últimas sesiones fotográficas de la actriz.








domingo, 16 de mayo de 2021

ESCÓNDETE, IRIS




      La lápida de Iris aparecía a medio abrir todas las mañanas, las flores aparecían descolocadas y un viento primaveral con aroma a rosas secas surgía de las entrañas del sepulcro, embargando todo el cementerio. Los encargados del mismo, estaban entre sorprendidos y asustados, pues cada mañana, a su vez, ellos volvían a sellar el túmulo, pero no servía de nada, pues al día siguiente, volvía a estar abierto. Nadie se explicaba el misterio, por eso, una noche decidieron quedarse dentro del cementerio a averiguarlo. Allí, escondidos tras el ángel que guardaba la tumba, a ratos temblaban de frío y a ratos de miedo, pero permanecieron durante toda la noche haciendo guardia y mientras uno dormía, el otro vigilaba. Nada ocurría, pero al amanecer, volvieron a respirar el olor a rosas secas y se echaron a temblar cuando descubrieron la piedra que cubría la tumba nuevamente desplazada. No entendían nada, ellos habían permanecido alerta y, sin embargo, había ocurrido de nuevo. Iris, había fallecido a los seis años hacía más de un siglo y hasta hacía unas semanas todo transcurría con normalidad en el recinto. No obstante, por las mismas fechas, el ayuntamiento había trasladado la figura del ángel desde un rincón del camposanto hasta situarla frente a la tumba de Iris. Un cambio en una remodelación sin importancia, pero curiosamente, los encargados del viejo cementerio juraban que aquel ángel había cambiado su aspecto y que su rostro, antes lleno de amarga tristeza, ahora estaba como dudando, en un gesto de infantil picardía. No podía ser, ellos conocían muy bien ese ángel, pues lo habían visto y limpiado durante muchos años y ahora, se había transfigurado. No le dieron más importancia al asunto y rendidos, se fueron a casa a descansar, tras cerrar por enésima vez el mausoleo de la niña.

      Mayo avanzaba en aquella primavera alegre, pero fría. Las flores cubrían los campos que rodeaban el cementerio y a veces al atardecer, el viento movía las hojas de los chopos y doblegaba las copas de los cipreses, que parecían en su leve inclinación, enviar una señal de respeto a cuantos allí reposaban. Algunas tardes, los vecinos solían pasear por el camino que rodeaba el camposanto y a veces, creían haber visto, cerca de la ermita de San Eufrasio, cercana a él, la figura de una niña pelirroja que corría presurosa entre los árboles, mientras a su vez, un dulzón aroma como a flores secas les llegaba a través de la brisa. Antonia, la chica de la panadería, creía haberla visto con un vestido blanco de volantes y el cabello recogido en una trenza, pero tampoco estaba segura, de tan fugaz como fue la visión. Federico, un hombre serio y respetado, creyó haber visto a la misma niña pelirroja cuando volvía del huerto, casi al anochecer, pero no llevaba trenza, sino el pelo rizado y suelto, recogido con una cinta rosa acabada en un lazo, y la vieja Mariquilla, también aportó su versión y dijo que vio a la pequeña después de poner unas flores sobre la tumba de su hija, pero esta vez, llevaba un vestido azul celeste. Pese a las diferentes versiones que cada uno daba según su experiencia, todos coincidían en haber respirado aquel extraño e intenso perfume a rosas en el mismo momento en que notaban su presencia. Los encargados del cementerio, tras escuchar aquellas historias, no tuvieron la menor duda de que aquella niña que decían haber visto, podía ser Iris, la del mausoleo más antiguo del cementerio, pues ese aroma de que hablaban era el  que salía del interior del mismo. Sin embargo, era algo que a su vez, escapaba a toda lógica, a menos que creyeran en ángeles y fantasmas. Todo parecía un mal sueño, hasta que un atardecer, cercana ya la noche, mientras los azorados empleados del cementerio recogían los restos de unos jarrones que el viento había tirado a pocos metros del sepulcro de Iris, escucharon una voz etérea y dulce en su fantasmal sonido: "Escóndete, Iris", se escuchó. Y entonces vieron a la niña jugando entre los crisantemos que cubrían algunas tumbas, escondiéndose detrás de los nichos y corriendo hasta la puerta, abriéndola con ligereza y saliendo del recinto. Consternados, pudieron contemplar la figura del ángel, que desplegaba sus alas dejando su pedestal de mármol y desapareciendo tras los muros del cementerio. "Escóndete, Iris", se volvió a escuchar y cuando salieron del cementerio, los encargados volvieron a respirar aquel extraño perfume y vieron como el ángel, alegre, jugaba con la niña y conmovidos, se fueron de allí sin mirar atrás, dirigiéndose hacia la ermita de San Eufrasio, donde encendieron unas velas y rezaron por aquella niña y por todos los niños que se fueron de este mundo, con el firme convencimiento de que estuvieran donde estuvieran, siempre habría un ángel que los cuidaría y jugaría con ellos.

 







domingo, 9 de mayo de 2021

LAS FLORES DE MAYO

 


      El mes de mayo abre las puertas a toda una sucesión de fiestas y romerías que comienzan con las cruces y que forman parte de nuestras más antiguas tradiciones. En ellas, tienen un papel destacado las flores, que decoran  patios, carrozas, ermitas y son ofrecidas a los santos, a los que se venera y honra. En mayo encuentra la primavera su punto más álgido, a la misma vez que al final del mismo, comienza su declive en pos de la llegada del verano. Mientras tanto, este mes es una eclosión de color, de luz y de fe, que se extiende por gran parte de nuestra geografía y de la que participamos todos cada año con alegría, disfrutando de todo lo bueno que nos rodea: del campo en flor, de la compañía de nuestros familiares y amigos, y de la renovación de nuestra fe por ese patrón o patrona al que nos han enseñado a querer desde niños. 

      "Las flores de mayo" es un poema que va acompañado en cada una de sus estrofas de una fotografía y que quiere reivindicar las flores como algo cotidiano, pero bello, algo sencillo, pero extraordinario, algo armonioso y efímero, pero que  se renueva cada año, y en él quiero transmitir la alegría de estas fechas, de este mes de mayo, que pese a las circunstancias, sigue siendo el mes más primaveral del año.






"Las flores de mayo

rinden sus colores

al viento flechado

que alegre se impone."





"Y en este estallido

de olor y de flores,

el viento es herido

de amor y de amores."





"Y la casa antigua

se viste de blanco,

mientras la mañana

despierta despacio."





"La alondra se queja

y canta en el olivo

por todos aquellos

amores perdidos."





"¡Que rojo el geranio,

que rosa el clavel,

que blanco el jacinto,

que verde el laurel!"







"La rosa en tu pelo

nunca se marchita,

tus labios de grana

a besar invitan."





"Y ya por la noche,

dormidos los gallos,

despiertan vivaces,

las flores de mayo."







sábado, 13 de marzo de 2021

ALREDEDOR DE LA COLEGIATA

 




LLovizneaba mientras recorría los alrededores de la Colegiata de Santiago, en Castellar. En mi deambular, tropecé con un gato que, cansado de perseguir a los pájaros, intentaba inútilmente colarse entre las rejas de la puerta del edificio que da al mercado buscando refugio.



La tarde era gris y la lluvia, fina, tanto, que calaba mi ropa sin darme apenas cuenta. Sin embargo, no hacía frío, sino una temperatura primaveral que ponía en alerta mis sentidos y que me incitaba a continuar el paseo. Unas chicas salían del bar de Luis poniéndose las mascarillas entre risas. Era un sábado tranquilo. Las casas me parecían más grandes y las calles más anchas. Yo me sentía por primera vez más libre.




Aligeré el paso dirigiéndome hacia el Ayuntamiento, pero antes, quise mirar el horario del Museo Ibérico, denominado también Museo del Exvoto, situado en una torre homenaje del siglo XIV conocida como torre de Pallares, que alberga las figurillas religiosas procedentes de la Cueva de la Lobera, magnífico santuario situado en un paraje mágico al borde del pueblo. El horario es de 10 a 14 horas de lunes a viernes, y el primer y tercer domingo del mes, de 11 a 14 horas. "La visita no será muy tarde", pensé. 




La lluvia persistía, pero no molestaba y mis pasos me llevaron frente a la sencilla y elegante portada de la iglesia.




Miré hacia arriba y admiré su campanario y me quedé absorto contemplando su firme verticalidad. Algún coche aparcaba muy cerca de la iglesia, mientras yo recorría la Plaza de la Constitución, presidida por ella. Iban a dar las seis de la tarde y de repente, eché de menos la lluvia que hasta entonces, me había estado acompañando. Ya no llovía y seguía la calma. Sin mas volví tras mis pasos, que me llevaron otra vez a la plaza de abastos, y allí vi de nuevo al gato, que jugaba con una naranja al lado de la fuente. Miré a mi alrededor y respiré hondo. Parecía que la vida volvía después de un año en el que quiso esconderse tras las protectoras puertas de los hogares. Me sentí un poco más libre y por ende, un poco más feliz, y , aunque la lucha deba continuar, pensé con cierto optimismo que ya nos queda poco para recuperar esa antigua normalidad que tanto añoramos.





sábado, 7 de noviembre de 2020

NOVIEMBRE DULCE

 




      El humo de las chimeneas cubría el cielo y en las cocinas, se trajinaba con paciencia en la preparación del dulce. Los membrillos maduros, recogidos con mimo unos días antes, esparcían su fresco y áspero aroma por todas las habitaciones de las casas. Era noviembre y afuera llovía. En las entretelas de los hogares, las mujeres preparaban con esmero las latas donde dejar reposar la carne del membrillo y, poco después, comenzaban su elaboración.

      Mientras iba descarnando los maduros membrillos, en la radio sonaba como una caricia la voz de Conchita Piquer en aquella composición de Quintero, León y Quiroga: "Ojos verdes". Era mediodía cuando había puesto la pulpa a hervir en una perola, añadiendo el azúcar que suplantaría la acidez del amarillo fruto por un dulzor exquisito y popular. Era un noviembre tan dulce como la carne del membrillo y María se dejaba envolver entre música y cacerolas por el espeso y aromático olor de aquel plato, cocinado antes por su madre y antes por la madre de ésta y por todas las generaciones que habían habitado la casa. A medida que las coplas ponían su melodía de nostalgia, la pulpa del membrillo se reblandecía al calor de los fogones, cambiando de textura poco a poco, muy lentamente, pues el tiempo no acuciaba y los sentidos se imbuían en el trabajo y en los recuerdos. En este noviembre y al calor de la lumbre, el otoño era acogedor y mientras se iba cocinando la deliciosa vianda, en la calle se oían las voces de los niños que, alegres y divertidos, jugaban con el agua de la lluvia que caía con suavidad y calma, mojando sus rostros, en un tiempo que parecía no tener fin, hasta que la voz de alguna madre rompía el encantamiento:

-"¡Nenes, meteos en casa, que os vais a poner chorreando!"

Pero ya era tarde y empapados, los chiquillos, se recogían a regañadientes en sus casas, como pajarillos en busca del calor del nido.

      María adoraba aquella casa donde había pasado su infancia y parte de su adolescencia, y donde su abuela Isidora la había hecho protagonista de historias y de cuentos que la habían hecho interesarse, y de qué modo, por la literatura. Hoy era escritora y vivía en Madrid, pero regresaba a Andalucía, a la casa del pueblo, cada vez que podía, buscando envolverse en la calidez de sus paredes y, sobre todo, en la vívida ensoñación de sus recuerdos.

      A la salida del pueblo y junto a un pequeño riachuelo, la familia de María tenía un huerto, hoy cultivado por Ignacio, uno de los niños que jugaba junto a ella en tardes instaladas para siempre en su memoria, tardes deliciosas donde la vida transcurría sin brusquedad, de una manera cómoda y sencilla. El huerto lo presidía un viejo membrillero, un árbol resistente y agradecido, que cada otoño, llenaba con sus frutos la cocina de la casa. Y no solo la cocina, pues esta fruta aromática se hallaba también arrebujada en los armarios y en los cajones, entre las sábanas o entre las toallas, impregnándolo todo. No podía contar María las veces que acompañó a su abuela a recoger los membrillos y la de cuentos e historias que ésta le contaba metidas en faena, como la de la tía Paca, que tenía un novio al que fue a buscar a la Argentina, años después de que él tuviera que irse de España debido a sus ideas políticas. Nunca lo encontró, pero jamás perdió la esperanza. O la de su abuelo Tomás, que cuando era pequeño, trabajaba la tierra para los señoritos por un pedazo de pan y un poco de tocino, siempre con una dignidad que desconcertaba a los amos. Y mientras iba desgranando las historias, los membrillos se amontonaban en las cestas, depositados con gran delicadeza, cuidando que no estuvieran dañados, ni se dañaran, algo esencial para elaborar aquella carne de membrillo tan rica y que hoy ella estaba preparando.

      Por la mañana, María había vuelto a realizar el ritual de la abuela, solo que esta vez acudió al huerto con Iris, una de sus nietas, y del mismo modo, mientras recogían los membrillos, le contaba las historias que en su día le contó su abuela y algunas más, embebidas en la tranquilidad que imperaba en aquel lugar y bajo aquel árbol, que, cargado de frutos, fue testigo de tantas vivencias.

      Qué rápido había pasado el tiempo y cómo recordaba María su propia infancia, su risa de niña, tan lejana y tan cercana a la vez, ahora reflejada en la de Iris, su nieta, cuyos ojos eran oscuros y profundos, como los de la abuela Isidora, y cómo se apilaban los recuerdos en la memoria cuando se ha sido tan feliz como lo fue ella. En eso pensaba, cuando de repente, se puso a llover, y de la mano de la nieta, regresaron a la casa por el camino de piedras, que tantas veces había recorrido.

      Había terminado de poner la carne de membrillo dentro de la última lata, cuando sonó el teléfono. Era su editora, que a punto de publicarse su tercer libro, había concertado una cita con la prensa para el martes. María volvió a la realidad a golpe de teléfono, una realidad también amada, pues le encantaba su oficio y entre el tintineo de la voz de Iris y el olor del dulce de membrillo recién cocinado, pudo ver la figura de su abuela, dando a probar aquel manjar a ella y a su madre en la cocina, donde la vida parecía haberse detenido como las manecillas del reloj que había en la salita. Llamó a Iris y juntas probaron el dulce, después, María se acercó a la ventana. Continuaba lloviendo y en aquella vieja casa, se sentía a salvo, segura de que todos sus recuerdos los había vivido intensamente y de que el mundo, se concentraba en aquel reducido espacio, donde se ubicó su infancia y adolescencia y al que acudía siempre que podía a cocinar las recetas de la abuela Isidora.