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viernes, 29 de marzo de 2019

AL SON DE LAS CANICAS









      Dejó su infancia prendida al son de una canica, y de mayor, sus juegos le acercaban al pasado del mundo. La vida fue su campo de batalla y en los atardeceres, los fósiles le hablaban del universo. Se alejó meditabundo cuando la noche comenzaba a caer y un olor profundo a primavera lo abotargaba. Pero el invierno marcaba ya sus pasos y el frío comenzaba a hacer mella en sus huesos. Cerca de su casa, una reconocible voz de mujer de timbre sonoro y claro dijo su nombre, pero al volverse no había nadie. Abrió la puerta y se encontró con Adela, su asistenta, que en el fregadero de la cocina limpiaba los terrones que, pegados a un fósil de cuando la tierra era mar, caían desmoronándose y deshaciéndose en el agua.
Respiró y se recostó en el sofá y se durmió mientras escuchaba la voz límpida de su madre, entre el ruido infantil que provocaban las canicas al caer al suelo y los sueños incumplidos de un viejo inquieto y curioso, cuyo corazón aún no se había desprendido de la niñez. "¡Ramiro!", se oyó  y al despertar, sus ojos se abrieron con la zozobra de un barco en alta mar y en sus labios felices se abrió una sonrisa.