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sábado, 16 de julio de 2022

MÁS ALLÁ DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

 




      "A veces me pregunto cuanto tiempo puedo estar sin ti. Te quiero tanto que me olvido por completo de comer, de dormir y hasta de existir. Existo porque existes, porque llenas mi alma y mi corazón, porque cuando te alejas, no soy más que una sombra que no puede hacer otra cosa que perseguirte. Sin embargo, hoy no he podido encontrarte. Doy vueltas en mi cama, y a veces te llamo a gritos, pero todo es inútil y lo peor es que no entiendes mi desesperación y sigues lejos de mí. Hoy encontré una foto tuya de joven, estabas tan guapa que no he podido hacer otra cosa en todo el día que mirarla, observar tu rostro, besar cada uno de sus matices: tus ojos oscuros y profundos, tu nariz, de firme apariencia, tu boca, carnosa y sensual y admirar tu pelo alborotado, cayendo sobre tus hombros angulosos y perfectamente horizontales. A veces, me quedo absorto recordando nuestro pasado, cuando decías que me querías por encima de todo, incluso por encima de ti misma. Te creí y desde ese mismo momento fuiste primordial en mi vida, en mi sangre y en mi cerebro y comprendí que jamás podría sacarte de mis sueños. Hay días que me siento feliz y camino resuelto y libre, empujado por la brisa de tu aliento, que me lleva a buscar el cobijo de tu recuerdo. No obstante, otros días, late en mí la tristeza de tu ausencia irreparable y mi cabeza se queda en blanco y mis ojos, vacíos sin tu mirada, que los abarrotaba de dulces  presagios. Estoy aquí, inerte entre estas cuatro paredes que me agrietan la voz y estas rejas de acero que no dejan que mis brazos lleguen hasta tu cuerpo. No quiero hacerte daño, de verdad, las veces que te lo hice, es porque mi amor se desborda y va más allá de la vida y de la muerte, porque te quiero tanto que me olvido de mí mismo y solo pienso en ti y en que eres únicamente mía, de nadie más. Comprende que tú siempre fuiste un poco veleta, siempre sonriente y dulce con todos, en especial con ese amigo tuyo, ¿ cómo se llamaba? ¡Ah, si, Marcos!, un joven realmente estúpido al que no tuve más remedio que silenciar, igual que a ese otro infeliz, Daniel, el de la tienda de fotografía, que era tan amable contigo...En fin, te dije muy claro cuanto te quería, pero tú, a veces tan insensible, me hacías sufrir y no sabes cuanto. Por eso yo no hacía otra cosa que defender mi amor por ti. Y si para eso tenía que cometer actos contra la ley de Dios y de los hombres, no lo dudaba y hacía lo que tenía que hacer. Y aquí estoy. Ahora mismo recuerdo el tacto de tu cuello entre mis manos, latiendo caliente y tu boca entreabierta cercana a la mía, entregándome tu último aliento. Espera, creo que estás otra vez conmigo, vienes a mí como un fantasma, con tu cuerpo sinuoso envuelto en un leve vestido, como el que llevabas cuando te conocí. Espérame, ya voy a tu lado, no tardaré mucho, en cuanto recomponga los destrozos que provocó en mí tu ausencia."


      Woody Harrelson en esta inquietante fotografía me da la pauta para contar este nuevo relato. Este actor nació el 21 de julio de 1961 y comenzó su carrera en la televisión interpretando el papel del camarero Woody Boyd en "Cheers", junto a Ted Danson, por el cual fue nominado a un "emmy". Después en el cine ha realizado grandes interpretaciones en películas como "Asesinos natos" (1994), de Oliver Stone o "El escándalo de Larry Flynt (1996), de Milos Forman. Su último éxito ha sido para la televisión en la serie "True detective" cuya  primera temporada se emitió en EEUU en el año 2014. Espero que os haya gustado esta nueva historia hallada tras la mirada de un gran actor: Woody Harrelson.


  

 



viernes, 29 de marzo de 2019

AL SON DE LAS CANICAS









      Dejó su infancia prendida al son de una canica, y de mayor, sus juegos le acercaban al pasado del mundo. La vida fue su campo de batalla y en los atardeceres, los fósiles le hablaban del universo. Se alejó meditabundo cuando la noche comenzaba a caer y un olor profundo a primavera lo abotargaba. Pero el invierno marcaba ya sus pasos y el frío comenzaba a hacer mella en sus huesos. Cerca de su casa, una reconocible voz de mujer de timbre sonoro y claro dijo su nombre, pero al volverse no había nadie. Abrió la puerta y se encontró con Adela, su asistenta, que en el fregadero de la cocina limpiaba los terrones que, pegados a un fósil de cuando la tierra era mar, caían desmoronándose y deshaciéndose en el agua.
Respiró y se recostó en el sofá y se durmió mientras escuchaba la voz límpida de su madre, entre el ruido infantil que provocaban las canicas al caer al suelo y los sueños incumplidos de un viejo inquieto y curioso, cuyo corazón aún no se había desprendido de la niñez. "¡Ramiro!", se oyó  y al despertar, sus ojos se abrieron con la zozobra de un barco en alta mar y en sus labios felices se abrió una sonrisa.














viernes, 29 de junio de 2018

NO ME MANDES FLORES







      Era tan malo que había matado a su mujer de un disgusto y de un sutil empujón desde la terraza de la casa que cohabitaban. El alma de la difunta se retorcía en aquel tenebroso nicho cada vez que Eliseo se presentaba en el cementerio a llevarle un manojo de flores, flores que a su vez, había robado de alguna tumba vecina. No la respetaba ni después de muerta, pero de cuando en cuando, el mal marido se acordaba de ella y no podía resistirse a bajar la pequeña cuesta que conducía al hotel de los eternos durmientes, buscar el rincón donde estaban enterrados los sufridos huesos de su esposa y sentarse frente a ellos.
      Allí, tras depositar en el nicho las flores mustias que a hurtadillas afanaba, Eliseo rompía a llorar pareciendo que lo mataran y haciendo gala de un cinismo que rozaba la burla más cruel y que hacía temblar las paredes de gruesa mampostería que rodeaban aquel recinto de paz perpetua. A veces, paseaba nervioso entre las ruinas de la parte más vieja del cementerio, y llamaba lloroso a Begoña, su esposa y víctima. Las visitas se realizaban al atardecer, y más de un vecino que volvía de trabajar y que pasaba a la vera del cementerio, se ponía nervioso al escuchar a aquel imbécil. Sus llantos de plañidera y los improperios e insultos que lanzaba culpando a la Justicia Divina de haberle arrebatado a su mujer, causaban la indignación de todos aquellos que conocían a la pareja, y que sabían de los martirios de Begoña a manos de aquel desalmado.
      Así, todos los domingos del año, la difunta tenía que soportar desde el más allá la injusticia de los continuos reproches e insultos, que entre lágrimas de cocodrilo le infligía el que un día fuera su esposo. Los domingos que Eliseo no podía ir, le mandaba las flores con su hermana, Eleuteria, cómplice del torturador, al que cobijaba y disculpaba continuamente pese a saber de las palizas y los abusos continuos con los que Eliseo obsequiaba a su mujer.
      Una tarde encontraron el cadáver de Eleuteria a extramuros del camposanto. Había sido arrastrado por los pelos y su cuerpo estaba desgarrado, como si una fiera salvaje la hubiera atacado. Su rostro lo cubría un mezquino manojo de flores mustias y sus ojos, arrancados de cuajo, habían desaparecido. Entre sus manos hallaron un trozo de vestido tan negro como el alma del viudo y una medalla idéntica a la que llevaba Begoña el día que la enterraron.
      Convencido en sus despropósitos y con la medalla como prueba irrefutable de que el asesino de su hermana no había sido otro que el fantasma de su mujer, ni corto ni perezoso, tras el sepelio de Eleuteria, aquel hombre cargado de odio agarró un pico y una pala y al atardecer, regresó al cementerio, dirigiéndose así al nicho que daba cobijo a los restos mortales de Begoña. Quería volver a matarla, o en el mejor de los casos, acabar con su espectro.
      La tarde era calurosa pese a que el sol estaba oculto tras una manta de nubes grises. El aire olía extrañamente a incienso y almizcle y ni los muertos podían soportar el enrarecido ambiente que se cernía en aquel pequeño recinto. Las cruces y los cipreses apuntaban hirientes hacia el cielo como lanzas, como si quisieran resquebrajarlo. En eso comenzó a llover y Eliseo se resguardó bajo el alero de un mausoleo cuyo ángel portaba una espada. Desde allí podía observar el nicho de su mujer exento de flores, tan diáfano que casi podía distinguir su nombre. Paró de llover y se acercó a la tumba y vio como por una de las ranuras, salía a borbotones un hilo fino de roja sangre que se diluía al mezclarse con el agua que comenzaba de nuevo a caer. Sin inmutarse y cegado por la rabia, asestó con el pico un golpe sobre la lápida de su difunta esposa, la cual se desmoronó al instante, y tras un rato de arduo trabajo pudo ver el extremo de la caja mortuoria. "Maldita", pensó y escupiendo el cigarrillo que colgaba de su boca como un ahorcado, agarró el ataúd y lo extrajo del nicho. Intentó abrirlo, pero sus esfuerzos eran en vano, hasta que con el pico lo hizo pedazos. Un escalofrío lo recorrió entero cuando pudo comprobar que el ataúd estaba vacío y que al fondo,  en un rincón del mismo, brillaban fantasmales los ojos de su hermana. El pánico se iba apoderando de él y estuvo a punto de gritar cuando oyó unos pasos a su espalda. Se volvió y pudo contemplar la figura de su mujer que se presentaba vestida de negro hasta los pies, con la mortaja ensangrentada, portando un manojo de flores en su mano izquierda y en la derecha, todo el rencor y la ira acumulada mientras vivía y aún después de muerta. Gritó hasta la extenuación, pero no pudo evitar que el espectro lo agarrara por el cuello y lo levantara, destrozándole la yugular y abriendo un riachuelo de sangre que caía sobre las piedras rotas de la lápida. A continuación, le arrancó los ojos y colocó los de Eleuteria en su lugar y para finalizar, introdujo el manojo de venenosas flores en la boca de aquel desgraciado, que entre alaridos y convulsiones, pereció de la manera más atroz.
      Cuando al día siguiente los vecinos visitaron el cementerio por el día de difuntos, horrorizados pudieron contemplar la lápida de Begoña destrozada, su cuerpo dentro del nicho en evidente estado de descomposición y muy cerca, el cadáver de su esposo envuelto en un mar de sangre, con los ojos de su hermana en lugar de los suyos y una nota alrededor del cuello que decía: "No me mandes flores".