sábado, 13 de marzo de 2021

ALREDEDOR DE LA COLEGIATA

 




LLovizneaba mientras recorría los alrededores de la Colegiata de Santiago, en Castellar. En mi deambular, tropecé con un gato que, cansado de perseguir a los pájaros, intentaba inútilmente colarse entre las rejas de la puerta del edificio que da al mercado buscando refugio.



La tarde era gris y la lluvia, fina, tanto, que calaba mi ropa sin darme apenas cuenta. Sin embargo, no hacía frío, sino una temperatura primaveral que ponía en alerta mis sentidos y que me incitaba a continuar el paseo. Unas chicas salían del bar de Luis poniéndose las mascarillas entre risas. Era un sábado tranquilo. Las casas me parecían más grandes y las calles más anchas. Yo me sentía por primera vez más libre.




Aligeré el paso dirigiéndome hacia el Ayuntamiento, pero antes, quise mirar el horario del Museo Ibérico, denominado también Museo del Exvoto, situado en una torre homenaje del siglo XIV conocida como torre de Pallares, que alberga las figurillas religiosas procedentes de la Cueva de la Lobera, magnífico santuario situado en un paraje mágico al borde del pueblo. El horario es de 10 a 14 horas de lunes a viernes, y el primer y tercer domingo del mes, de 11 a 14 horas. "La visita no será muy tarde", pensé. 




La lluvia persistía, pero no molestaba y mis pasos me llevaron frente a la sencilla y elegante portada de la iglesia.




Miré hacia arriba y admiré su campanario y me quedé absorto contemplando su firme verticalidad. Algún coche aparcaba muy cerca de la iglesia, mientras yo recorría la Plaza de la Constitución, presidida por ella. Iban a dar las seis de la tarde y de repente, eché de menos la lluvia que hasta entonces, me había estado acompañando. Ya no llovía y seguía la calma. Sin mas volví tras mis pasos, que me llevaron otra vez a la plaza de abastos, y allí vi de nuevo al gato, que jugaba con una naranja al lado de la fuente. Miré a mi alrededor y respiré hondo. Parecía que la vida volvía después de un año en el que quiso esconderse tras las protectoras puertas de los hogares. Me sentí un poco más libre y por ende, un poco más feliz, y , aunque la lucha deba continuar, pensé con cierto optimismo que ya nos queda poco para recuperar esa antigua normalidad que tanto añoramos.