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sábado, 25 de enero de 2025

LAS MENINAS ASESINAS

 





       El pueblo de Madrid hacía años que vivía inquieto, apenas dormía y vivía en un sinvivir desde que a algún mandatario se le ocurrió inundar la ciudad de esculturas que daban vida (y de qué modo) a Meninas que, inspiradas en el famoso cuadro de Velázquez, paseaban durante algunas semanas su palmito por los lugares más emblemáticos de la misma. Los madrileños, angustiados, porque además, no sabían en qué momento se levantarían y contemplarían con horror el regreso de las Meninas a las calles, bebían adormideras y tomaban por toneladas nembutal para poder conciliar el sueño, así como agotaban las farmacias en busca de diazepán para calmar la ansiedad que les provocaba aquella invasión. Apretando los dientes, se armaban de valor cada mañana a la hora de ir al trabajo, pendientes de que el shock provocado por la visión de alguna de aquellas terribles esculturas, que, según muchos, cobraban vida en las frías madrugadas madrileñas, pudiera ocasionarles algún trastorno psíquico o un ataque al corazón. Por fin había llegado el día y una mañana, pese a estar prevenidos, los habitantes de la capital más madrugadores comprobaron que las Meninas habían regresado, que todo era inútil y que durante unas semanas el imperio del terror estético (y, dicen que físico y psíquico) se extendería por una ciudad que en épocas anteriores había sido considerada una ciudad culta, cosmopolita y abierta al mundo y que hoy, sin embargo, era una sombra de lo que fue, mordidas sus esquinas por un esteticismo atroz. Misterios insondables rodeaban a las Meninas, dicen que eran guardianas instauradas sin piedad por la presidenta de la comunidad, la simpar Maribel Pía Obtuso, para asustar y hacer huir a los inmigrantes (y dicen que consiguió gran parte de su propósito, pues muchos de ellos salieron de Madrid disparados, junto con algunos madrileños aquejados de alguna enfermedad cardiaca), o sanguinarias figuras que cobraban vida por la noche entre las que el alcalde, Pepe Luis Peleteira  se mezclaba confundiéndose en aquel marasmo de estridencias, dándoles las órdenes pertinentes para que nadie escapara al miedo y para que el aborrecimiento se apoderara de los amantes del arte. La cultura estaba prohibida en Madrid, o mejor dicho, era sustituida por este infame remedo de ella, donde junto con el musical "Bolinche", del temido músico Pacho Lano, torturaban sin el más mínimo atisbo de piedad a los visitantes y a los mismos habitantes de la ciudad, que pululaban por ella como almas que lleva el diablo intentando esquivar a las Meninas, que se habían apoderado del entorno de una manera abusivamente atroz. Madrid, en estos días, durante los cuales estas esculturas hacían su agosto, se convertía en algo apocalíptico y caótico, que poco a poco se fue transformando en un lugar tenebroso, albergando en su corazón de cemento el crimen, porque, efectivamente, aquellos seres inermes y estéticamente reprobables, se llenaban de vida para cometer todos los delitos y tropelías habidos y por haber, llegando incluso a asesinar. 


LA MENINA ROJA





      La Menina Roja, situada por delante de la Puerta de Alcalá, tenía fama de peligrosa y contestataria, y, había sido capitana de una nave aragonesa y jefa sindical. Allí, con sus brazos en jarra como diciendo "aquí estoy yo, y a ver quien tiene cojones a pasar", la Menina Roja gobernaba el tráfico con la seguridad y el don de mando de un ministro inquisitorial. Sin embargo, a lo  más que llegó en cuanto a maquinaciones y maldades fue a robarle a Victoria Petronila un collar de perlas nacaradas que le había regalado su abuelo, el anciano rey emérito, y que previamente había birlado a su esposa, la reina doña Porfía para venderlo y redistribuir el dinero que había conseguido en este estraperlo entre las gentes más pobres de Lavapiés. Las malas lenguas dicen que también robó un recogecoletas de su madre, la infanta Helela, pero eso no está plenamente constatado, pues la Menina Roja siempre fue muy discreta a la hora de hablar y muy misteriosa y además, tenía un gusto exquisito. Parca en palabras, pero llena de expresividad, ahí la tenemos, disfrutando de Madrid y haciendo temblar los bolsillos de la realeza. Todo un carácter.


LA MENINA DE LOS BOTONES





      Como, según algunas, coser empodera a la mujer, aquí tenemos a esta costurera de gesto torcido y lengua maledicente que, cubierto su cuerpo de botones, no deja de provocar las más diversas reacciones de la gente, entre ellas el miedo y la incertidumbre. Se dice que una noche atravesó con sus tijeras a un hombre que, con unas copas demás, intentó besarla, y que después le puso un botón en la boca, cosiéndosela para siempre, y en otra ocasión, fue una mujer la que recibió varios cortes en la cara, propinados con las mismas tijeras, cuando se burló del atuendo cuajado de botones que cubría su cuerpo. "Con la de los botones, poca broma", decían los madrileños, y se alejaban de aquella Menina costurera y malévola y con las intenciones de un Mihura.


LA MENINA PICOLETA





      Tenía don de mando e imponer el orden y la ley era lo suyo, pero la Menina Picoleta andaba por veredas peligrosas y escarpadas, pues estaba sentimentalmente unida a un traficante de sujetadores de Dior, que coqueteaba también con el estraperlo de bolsos de Gucci. Su única obsesión era que al tricornio debían dar un aspecto más femenino y soñaba con una reforma integral del susodicho sombrero, al que, según ella, habría que añadirle unas lentejuelas esparcidas graciosamente sobre el negro acharolado que lo conformaba y, en todo caso, añadir un velo de chantillí detrás, de modo que pareciera una peineta. Todo eso eran sueños que la perseguían, como ella perseguía a los madrileños por esas calles de Dios, controlando que no cometieran algún delito, tales como beber horchata por la calle o no llevar la bandera de España en la muñeca, en los tirantes o en el busto, esposando y trasladando a chirona a los incautos que osaban contradecirla en sus despropósitos. Hasta que un buen día, descubrieron sus compañeros de cuerpo que el armario donde se cambiaba de ropa, era un pequeño almacén de objetos carísimos presumiblemente robados y además, había un cuchillo con el que la Menina Picoleta había matado a su amante días atrás, cuando se negó a entregarle un bolso de Dolce y Gabanna de más de medio millón de euros. Así, la Menina Picoleta fue a juicio por robo y asesinato, y aunque la condenaron a varios años de trena, no se le quitó esa obsesión suya por la moda cara, y rogó a la caudilla de Madrid, Maribel Pía Obtuso que la indultara. No se hizo esperar el indulto y, cuando Maribel Pía Obtuso reapareció en Madrid para su discurso de Año Nuevo, muchos  pudieron ver que llevaba en bandolera un bolso de medio millón de euros de Dolce y Gabanna y que la Menina Picoleta, estaba allí, a su lado, con el tricornio lleno de lentejuelas y un velo de chantillí que le llegaba hasta la rabadilla. La imagen ofrecida por ambas dio mucho que hablar en el noble pueblo de Madrid y aún en nuestros días, se recuerda aquel cuadro no sin cierta ironía hacia las protagonistas, que hoy por hoy, siguen en la brecha. 


LA MENINA FUTBOLERA



 
Sus muslos nada tenían que envidiar a los de Messi, y su carácter combativo y guerrillero y su fuerza, hacían de la Menina Futbolera una Sansona cocainómana y marrullera, una auténtica "joyita", que jamás supo lo que era la deportividad y que cometía las más abyectas tropelías en el campo de juego, la última, la lesión de una patada en la espinilla a una de sus rivales que le fracturó el hueso y que le dejó el pie bailando, quedando tullida de por vida. A otra le arrancó de cuajo las trenzas cuando intentó marcar un gol tras haber burlado a la defensa. Tras ello, la joven se hizo experta en pelucas, pues de su cuero cabelludo jamás volvió a brotar nada que no fuera una escasa pelusa de tórtola. La Menina Futbolera, aunque con métodos poco ortodoxos, jamás había perdido un partido, por eso estaba ahí, en un sitio de honor de la ciudad, con sus muslos de acero y su gesto de matona, llenando de patadas a los transeúntes que pasaban a su lado, de una manera consciente y traicionera. Una mañana desapareció, y todos respiraron aliviados, y dicen que la vieron en Argentina, fichada por Piley, el presidente de esa hermosa nación, que la puso al frente de la selección nacional de fútbol y que le regaló un motosierra con una recomendación: "No te cortes". Y así, hoy la selección argentina es líder mundial, mientras aún están recogiendo los desmembrados cuerpos de algunos de los oponentes de esta singular Menina, irreductible e impasible al desaliento y al fracaso.


LA MENINA DE LOS SALIENTES





Según los madrileños, la Menina de los Salientes, es la que tiene peor leche de todas. Sus ojos resecos y agudizados por una maldad intrínseca, aparecen ocultos por un antifaz que en nada puede ocultar el veneno de su mirada. Se dice que enviudó hacía medio siglo, que era esposa de un médico de Madrid que estiró la pata sin comerlo ni beberlo, aunque las malas lenguas dicen que si que comió y que bebió, una comida y unos vinos adobados con las cantidades suficientes de arsénico como para matar a un elefante. El entierro aún así, fue elegante. De ello se hizo cargo la Menina de los Salientes, llamándosele así porque desde que enviudó, no permitía que ningún hombre se le acercara con aviesas intenciones, cosiendo a sus vestidos afilados clavos que desgarraban de un golpe seco las pelvis de todos aquellos que osaban acercarse a abrazarla. Y ahí estaba, de brazos caídos y abanico en mano, pero alerta, desgarrando medias y abrigos de las damas que paseaban por la Castellana, y dejando sin atributos a todos los incautos que querían jugar con ella. (La de detrás, que parece decir "cu-cu", es Eduvina, la criada,  que está atornillando algunos de los salientes, que se han debido aflojar con tanto trajín. No es mala, pero si un poco lerda, y trata como una posesa de limpiar el honor de su ama, la Menina de los Salientes, la cual, aún no había logrado quitarse de encima la sospecha y el estigma de haber asesinado a su esposo. Eso sí, le fue fiel toda la vida.


LA MENINA DE LA CALACA





La Menina de la Calaca llevaba la muerte por bandera. Era hostil a la vida y prefería las agujas de los cardos a los pétalos de las flores. Era un ser maligno que disfrutaba martirizando a los demás y dejaba traslucir, tras sus lujos y oropeles, el esqueleto pelado de la maldad. Cuentan que Maribel Pía Obtuso la eligió personalmente para colocarla en las calles de Madrid, para enseñar a los madrileños que hay que ser libres por encima de todo, aunque la calaca nos aceche en forma de virus y nos arrastre de los pelos a las cavernas más profundas del infierno. La Menina de la Calaca fue una niña severamente antipática, que dejó una huella profunda en su madre arrojándole un litro de ácido sulfúrico a la cara, dejando por sentado, que no le gustaba el maquillaje que usaba y que, no hacer caso de sus advertencias, podría tener consecuencias no deseables para ninguna de las dos. "Me duele más que a ti", le decía la niña a su madre, que perdió un ojo y parte de los labios, dejando en ella una expresión patética, como de perro a punto de ladrar. No fue la única tropelía que la Menina de la Calaca cometió siendo pequeña. A su abuelo, le laceró el estómago con un cuchillo infectado de sarna que lo llevó a la tumba directamente y a su primo, le partió los dos brazos atándolo a la rueda de un antiquísimo molino, que utilizó como potro de tortura. Los madrileños sentían repelús y verdadero pánico cuando tenían que ir a algún recado y debían pasar obligatoriamente al lado de la Menina de la Calaca, que los miraba como un buitre mira a su presa muerta, con el ánimo de abalanzarse sobre ellos y devorarlos. Decían que de noche, se oían crujir los huesos de la Menina, que acompañaban a las marchas fúnebres con una siniestra melodía de carracas, y que, de madrugada, esos mismos huesos, se apartaban de la Menina para clavarse en todos aquellos seres noctámbulos que pululaban sin rumbo, ebrios de soledad. Se decían tantas cosas, que Madrid se ensombreció, se apagaron todas las luces y los sueños, y la Menina de la Calaca, llamó a Belcebú, para rematar aquella ciudad, pero fracasaron en su empeño, porque Madrid solo estaba dormida y resucitará cuando un amanecer no muy lejano el olor a café recién hecho la despierte de su transitorio letargo y cuando vuelvan a correr nuevos tiempos, unos tiempos proclives a la empatía, donde las Meninas sean sustituidas por libros, y la gente disfrute de un arte puro y duradero, como el que albergan tantos grandes museos de Madrid.






martes, 14 de enero de 2025

LA FERIA ABANDONADA

 






Como los niños ya no se divertían con ella, la feria fue abandonada. Las atracciones ya no conseguían seducir a la infancia, ahora deslumbrada por videojuegos, tablets, teléfonos móviles y todo tipo de entretenimientos proporcionados por los nuevos tiempos, unos tiempos donde el ruido de las tecnologías iba supliendo, imparable, al sonido de los latidos del corazón. Fue al término de la tarde cuando Kitt, el payaso, tiró su gorro de lentejuelas y pompones al suelo y, desconsolado, se puso a llorar, mientras Katy, la mujer forzuda, tan fuerte por fuera, pero tan  frágil por dentro como una violeta, se sentaba a su lado rodeandolo con uno de sus fuertes brazos, mientras le enjugaba las lágrimas. Hoy, el payaso no había conseguido hacer reír a los niños, los cuales, le habían increpado con dureza: "¡vete de aquí, ridículo!" "¡fuera, fuera!", "¡no eres gracioso, eres patético!" y así, Kitt, el payaso juró que sería su última actuación y que nada le haría volver. Más tarde, en su viejo furgón, se despojaba del maquillaje, del polvo de estrellas y de la sonrisa, que dejó olvidada en algún rincón de su alma, junto a los recuerdos más amargos de su infancia. Después, anocheciendo, cogió el camino del oeste y se marchó, sintiendo a sus 54 años haber perdido al niño que hasta ese mismo momento, le había estado acompañando contra viento y marea en todos y cada uno de los días de su vida, en los que convertido en  Kitt, el payaso, había logrado hacer felices a todos los niños de gran parte del mundo. A lo lejos, aún se veía su blanca y desmañada figura, cuando Juan, el encargado del mantenimiento y de poner en marcha un majestuoso tiovivo plagado de caballitos, que no paraban nunca de girar bajo un paraguas de colores gigante que conformaba su techo, decidió seguir sus pasos, pues en los últimos tiempos, los caballos giraban solos, aburridos de no escuchar las risas y los gritos de los niños y pensó que no merecía la pena engrasar aquel anticuado artilugio, que no tenía cabida en esta nueva era, donde todo funcionaba a base de pantallas. Cuando se alejaba del lugar, miró hacia atrás por última vez y vio a su tiovivo, quieto, emborronado en medio de la neblina del atardecer y a los caballitos, paralizados por la tristeza. Aquella misma tarde, la magia de Rosalía, la maga, no logró asombrar a los pocos chiquillos congregados, que abducidos por los móviles, no prestaban atención ni siquiera ante su truco más complicado, en el que hacía desaparecer a don Pelanas, el perro más grande del mundo. Y tras ejercitar aquel espectacular truco impecablemente, pues Rosalía siempre había sido una maga solvente, elegante y maravillosa, pudo comprobar con estupor y decepción que aquellos pequeños espectadores no aplaudían y no lo hacían porque nada de lo que hizo despertó su interés y porque sabían de antemano que aquello no era más que un truco, porque hacía tiempo que habían ido apagando su ingenuidad y su inocencia de niños con unas gotas de cinismo que recordaba, y de qué modo, al de los adultos. Rosalía recogió sus pocas pertenencias y junto a don Pelanas, partió en busca de la magia perdida, sin saber, que siempre la llevó en su corazón.
Faustino, el encantador de serpientes, disfrazado de califa, con un turbante lleno de colores y de brillos y una barba postiza puntiaguda más negra que el carbón, sentado en un cojín y con una flauta de madera, tocaba algunas melodías de tintes orientales con el fin de que, Tatiana, la cobra, bailara a su son. Y de una manera especial, aquella última tarde, Tatiana demostró sus grandes dotes de bailarina recordando los tiempos en que hipnotizaba a todo el mundo, solo que hoy no logró cautivar a los críos, más ocupados en desprestigiar el número gritando e interrumpiendo constantemente las melodías que surgían de la flauta de Faustino, el cual, humillado y comprendiendo que el tiempo había pasado y que ya nada podía hacer para divertir como en otros tiempos a niños y mayores, decidió abandonar también la feria, no sin antes dejar a Tatiana al cuidado de la mejor protectora de animales que pudo encontrar. Poco después, regresó a su ciudad natal y se dedicó a su antiguo oficio de contable, donde volvió a aburrirse soberanamente, mientras caía una y otra vez en la melancolía recordando su vida de feriante, donde él era el gran califa, capaz de hipnotizar y hacer bailar con su música, a la cobra más peligrosa y feroz de todas: Tatiana.
Por su parte, Félix, el domador de caballos, había tenido una tarde espectacular, donde sus adorados animales, perfectamente enjaezados, habían saltado y bailado al son de la música, logrando una increíble fusión con la orquesta, que, más intuitiva y sabia que nunca, sonaba alegre y chispeante, mientras los hermosos caballos se movían de forma elegante y con una gracia especial. Después, "Corsario", un caballo negro azabache, cuyas largas crines habían sido cuidadas hasta el mimo por Esperanza, la esposa del domador, saltó vigorosamente a través de un enorme aro adornado con banderas de miles de colores, haciendo gala de su nobleza y elegancia. Nada parecía sorprender ya a los pequeños, que, abstraídos, expresaban a sus padres el deseo de volver a casa, donde les esperaba la compañía de "Apple", el rey de la manzana. Aunque se resistían a irse, Félix y Esperanza se marcharon de la feria a primera hora de la mañana, pero se llevaron sus caballos y regresaron a su pequeña granja, donde volverían a soñar con los serpenteantes caminos y carreteras que los llevaban a los pueblos y a las ciudades más lejanas. Por  último, y habiéndose quedado solo en aquel paraje donde carromatos, furgones, "roulottes", tiovivos y otras atracciones fueron quedando poco a poco abandonados, don Fulgencio, el máximo responsable de la feria, como el capitán de un barco que se hunde, resistió todo el invierno en su carromato, un invierno duro y frío donde tuvo tiempo de repasar su larga vida. Tenía 76 años y todos los había pasado viviendo y trabajando en la feria. Había conocido a cientos de niños en todo el país haciéndolos felices, a ellos y a sus padres con sus espectáculos y atracciones y con sus asombrosos compañeros, los cuales todos fueron capaces con su talento de hacer soñar al mundo. Pero había llegado la hora del adiós y aquella helada noche de febrero, don Fulgencio replegó las velas, y dentro de su viejo carromato, al calor de una cama en la que había nacido, cerró sus ojos y vio las estrellas. Al mismo tiempo, la feria se puso a funcionar y el viejo tiovivo, roto y oxidado, se puso a girar como en un sueño, dentro del cual, miles de niños lo rodeaban, pudiendo escuchar sus risas y sus gritos. Mediado febrero, nada parecía presagiar la primavera, pero una flor de hermosos pétalos brotó de su pecho e inundó de perfume la feria abandonada.







lunes, 14 de octubre de 2024

UN CUENTO DE OTOÑO

 




"A mediados de otoño, la casa de María estaba ya habitada por el invierno. Las paredes, antes cálidas y protectoras, hoy rezumaban la frialdad de unos sentimientos que hacía mucho tiempo que estaban puestos en una cuarentena cada vez más rigurosa. En principio, no fue la infidelidad de Ángel, su marido, la única causante de la desgana emocional que la atravesaba de parte a parte. Era más bien el proceso de descomposición lento, pero firme, de los cimientos de un amor profundo que se construyó desde la primera adolescencia, pero que hoy, cuando María aún no había cumplido los cuarenta años, se deshacía como la nieve cuando recibe sin filtros el sol que da paso a la primavera. Se dejó caer en aquella vieja mecedora, que había pertenecido a su abuela y se dispuso a leer. Habían pasado dos horas y de aquellos cuentos de Capote, solo había leído dos. Caía la tarde y el rumor de la lluvia penetraba en los recovecos de su corazón y de su alma, sintiéndose a la deriva, pero en paz. Cuando escuchó la voz de Ángel, que llegaba del trabajo llamándola como siempre, con esa dulzura que la doblegaba y enternecía, pero que hoy carecía de la convicción y de la certeza de otros tiempos, comprendió que realmente, todo había acabado. Cerró el libro y besó a su marido, con la misma falta de convicción y de pasión con la que él la había llamado por su nombre y de la misma forma se dispuso a preparar la cena. Las ramas del viejo roble que cubría parte del jardín golpeaban contra la ventana y la lluvia, se reafirmaba en su fina cadencia, entonces sintió frío y antes de acabar de poner la mesa, subió al dormitorio, se tendió en la cama y se cubrió con una pequeña manta. Abajo se volvió a escuchar la voz de Ángel que la llamaba: "¡María!", y la congoja se apoderó de ella como el mar de las aguas de un río."





 

domingo, 22 de septiembre de 2024

¡BIENVENIDO, OTOÑO!

 




"Era de noche y afuera, una brisa fría recorre las calles de la ciudad, mientras los árboles se desnudan dejando caer sus hojas sobre el asfalto. El otoño llegó y aquí estoy, en un bar extraño, solitario y perdido que, sin embargo, me recuerda a mi casa. Una pareja discute enfrente de mí de cosas intrascendentes y el camarero me sirve un "Jack´s Daniels" con hielo. Lo tomo a pequeños sorbos, disfrutando de su sabor, bronco, áspero y dulce y pienso en ti, en tu mirada herida por la rabia cuando te marchaste, y en tu boca, que solo se abrió para decir "me voy". Y te fuiste, y aquí estoy, en este bar situado en algún lugar de la ciudad, bebiéndome las ganas de pedirte que vuelvas. Porque no hay remedio, ya nada tiene remedio y mi boca, húmeda de whisky, la siento seca, como de piedra pómez, y mis ojos, siempre tan fríos, se resquebrajan borrosos entre la neblina de alguna lágrima que trata inútilmente de escapar. Me levanto y salgo a la calle, enciendo un cigarrillo y, después, me pierdo aturdido entre los espacios anchos y sucios de los callejones."

      Las pinturas nocturnas de Edward Hopper invitan a imaginar historias de soledades y esta obra extraordinaria, titulada "Nighthawks" (Halcones nocturnos), me ha sugerido este microrrelato que ha coincidido con la llegada del otoño y que dedico a esas almas solitarias que pasan sus días y sus noches con la única compañía de sí mismos, pese a que a veces están rodeados de muchedumbre.






sábado, 1 de julio de 2023

GARDENIA MORTAL

 




      Cuando lo mató, fue como chasquear los dedos y el sonido del disparo le supo a música celestial y cuando el cuerpo cayó como un saco contra el empedrado de la calle provocando un sonido áspero y bronco, dio por finalizado un concierto especialmente macabro. Después, tranquilamente, componiéndose el vestido de seda que llevaba debajo del abrigo largo y guardando en él la pequeña pistola, se perdió por entre las callejas que circundaban la pequeña plaza donde el muerto había vivido hasta ahora. Eran las cuatro y media de la mañana y por allí no pasaba ni un Cristo y Gardenia pudo asesinar sin ninguna dificultad. A lo lejos, solo el sonido de sus tacones interrumpía el silencio de una noche proclive al escalofrío, y ya cerca de su casa, se paró un minuto para encender un cigarrillo. "A Gardenia, con todo mi amor", ponía en el mechero de oro que el fiambre le había regalado no hacía mucho, y tras leer la inscripción por última vez, se deshizo de él tirándolo por la rendija de una alcantarilla.

      No era su primer crimen. Gardenia era una mujer muy hermosa y elegante, de dulce carácter y de maneras refinadas y exquisitas, lo cual, hacía que para ella conseguir a un hombre no le suponía esfuerzo alguno. Así, su vida, a los veintiséis años había estado marcada ya por múltiples amantes que, como Peter, le habían prometido el cielo, pero que lo único que le entregaron fue un infierno de celos sublimados por el odio. Por eso, hacía mucho tiempo que ella había decidido convertirse en la versión femenina de Satanás.

     Con Walter la situación se hizo tan desesperante al descubrirlo con otra mujer en su propia casa, que, haciendo de tripas corazón, preparó su asesinato como la que cocina un buen plato, despacio, con paciencia y mimo, olvidándose del tiempo, solo obcecándose en que el resultado fuera lo más óptimo posible. Al poco tiempo planeó un fin de semana en la montaña y en un momento determinado, cuando se encontraban junto a uno de los barrancos que rodeaban al río, Walter resbaló y tropezó; aunque no hubiera caído si las suaves manos de Gardenia no hubieran contribuido a ello, pero eso nunca quedó claro y Gardenia volvió a ser feliz con Claudio, un hombre mucho mayor que ella, que decía querer protegerla de todas las maldades del mundo. No tuvo tiempo, porque en cuanto Gardenia se enteró de que su nuevo amante estaba casado, lo hizo desaparecer de la faz de la tierra poniendo en su dieta unos gramos de arsénico. Claudio fue enterrado sin autopsia pues a su mujer no le interesaba saber de qué había fallecido, solo quiso que certificaran su muerte de forma fehaciente. Ahora, gracias al cielo, estaba muerto y ella, dispuesta a disfrutar de la fortuna que le había dejado sin remordimientos, porque Claudio había sido el infiel más infiel de la ciudad y ella lo supo casi desde el principio. Descanse en paz.

      La que no descansaba era Gardenia, que recién cumplidos los 27 años, conoció en el periódico donde trabajaba como columnista a Roger, un joven impetuoso y lleno de energía, ambicioso hasta la saciedad y con un futuro prometedor según sus compañeros de trabajo. Roger estaba investigando un crimen y no podía permitirse fracasar en el empeño de conseguir desentrañarlo, pues sería bajar un peldaño en una carrera llena de ascensiones y éxitos. Enseguida, Gardenia supo de que el crimen que investigaba era la muerte de Claudio, su anterior amante y al cabo de seis meses, tras verificar que toda la investigación de Roger apuntaba irrefutablemente hacia ella y poco antes de que Roger consiguiera descubrirla, el cuerpo sin vida del hombre, apareció en el río con dos disparos, uno de ellos en el corazón. Nadie supo quién lo había matado, pero una hermosa mujer se maquillaba frente a un espejo en un hotel de la gran ciudad y se disponía a salir a la calle, mientras de la espalda de su vestido de noche colgaban desmayadas las gardenias más hermosas y de su corazón, el ansia de conocer a un amor nuevo y definitivo, que no la empujara a ser una vez más la chica mala que nunca fue. Solo tenía que buscar y así lo hizo aquella noche de primavera. La nubes dejaban caer las primeras gotas de una lluvia fina, que comenzaba a calar la ligera capa de seda que cubría su hermoso cuerpo, cuando notó a su lado la presencia de un hombre joven y guapo que caminaba a su mismo ritmo y que sin pensarlo dos veces la cobijó con su paraguas. Miró a Gardenia y comprobó la dulzura de sus ojos y la sensualidad de sus labios y ella, silenciosa, se percató de que un nuevo amor estaba en puertas, ¿sería acaso el definitivo? Todo estaba en orden y la luna era testigo del nuevo romance nocturno, y una música suave de violines se escuchaba al otro lado del río, mientras Gardenia se colgaba del brazo de su nuevo enamorado perdiéndose por las calles de la ciudad, buscando un lugar donde poder demostrar a George cuanto lo quería, porque ella siempre estaba dispuesta a querer y dispuesta a matar por el amor, ese sentimiento que enardece y que destruye, y que lleva a aniquilar los sentimientos más puros cuando se falsea.

      A Gardenia la detuvieron dos años después en una noche de verano, junto a un pequeño lago artificial que había en el centro de la ciudad. Se la acusaba de más de diez asesinatos, que ella no negó, y mientras se la llevaba la policía, su mente frágil y enferma, se rompió en un grito de inequívoca locura que, según cuentan quienes lo oyeron, provocó escalofríos. En la noche quedó un sabor amargo y ferruginoso y en el aire, un triste y siniestro perfume de violetas, el mismo que acompañaba siempre a aquella mujer seductora, bella y misteriosa, cuya vida de amor y muerte parecía sacada de alguna novela barata, pero que era tan real como las esposas de acero que aprisionaban sus muñecas, desnudas de cualquier alhaja, mientras la conducían a un destino de donde no regresaría.


      La imagen que ilustra este relato pertenece a la película "Matador" (1986) de Pedro Almodóvar, y ella  Asumpta Serna, la bella y estupenda protagonista de dicha película.






viernes, 23 de junio de 2023

NOCHE DE SAN JUAN

 




     La noche se acerca pausada, cargada de estrellas derramando incienso y el amor, se despliega en honor a eros, mientras el agua y el fuego conjuran sus sortilegios. El Sol se fue con la alegría de saber que él y nadie más era el centro de aquellos ritos que se celebraban por doquier en muchos puntos de la Tierra, y que muchas gentes, de distintos mundos, bailaban al son de músicas ancestrales que los unían en un abrazo mestizo de hermandad. La noche se hace fresca entre el calor de junio y corren caballitos de mar entre rocas de playas lejanas, alumbradas por la luz ardiente de las hogueras. Las gentes siguen danzando. San Juan lo vive entre el misticismo y la alegría de lo pagano. Se enciende el mar y sus aguas son ahora luminarias rojas y naranjas, y las olas lamen la arena arrastrando caracolas vestidas de fiesta. Todo rebosa de un misterio que vence al júbilo, pues la Noche de San Juan hunde sus raíces en lo esotérico, en lo intangible. Todo aquel que la celebra pretende iniciar una etapa de prosperidad y para ello, saltan sobre las ascuas vivas, se dan la mano y organizan corros inquebrantables de buenos deseos, y entre las llamas, ruegan por tres cosas primordiales en nuestro devenir: la salud, el amor y el dinero. Tras las danzas, hay quien se moja tímidamente en las aguas cálidas y rojizas del mar y hay quien se desnuda y se zambulle en un renacer, en una renovación de alma y espíritu que solo se puede conseguir en esta noche mágica de danza y oración. En esta noche así mismo, se piden deseos y la madrugada se resiste a dejar paso a la mañana, porque con el día, todo termina en aras de lo cotidiano de la vida. Hubo tiempos en que fue una noche para celebrar las buenas cosechas o para pedir por ellas, de culto a la fertilidad, de adoración al Sol o de celebración de la llegada del verano. Después, será un santo el que presidirá estos festejos, pero sin deshacerse de su paganismo. Ya se escuchan las músicas que inflaman las playas y las voces de la gente, y se adivinan las danzas, que compiten con el vaivén de las olas del mar, mientras la playa arde en ascuas y pavesas y las llamas llegan al cielo. Es la Noche de San Juan y todo es alegría y misterio y el Sol, observa satisfecho desde el otro lado de la Tierra dispuesto a regresar con el nuevo día.

      

      Para ilustrar este texto dedicado a la noche mágica de San Juan, me ha encantado este dibujo de Ángeles Nieto, Ángeles Earth, en su rincón de internet. Espero que os guste. Feliz Noche de San Juan.





martes, 14 de febrero de 2023

DONDE ACABA EL AMOR (Segunda parte)

 




      La vida transcurría con su inevitable cotidianeidad en aquel hogar transido de amor, donde todo se hablaba en diminutivo y donde los amantes esposos trataban de conocerse y sobre todo, de soportarse. Carlos venía de una relación destructiva con Marga, su ex-secretaria, donde no faltaban discusiones y broncas monumentales, llegando a las manos en ocasiones y en donde a veces, era Carlos el que perdía la fragorosa batalla, yéndose a dormir a un hotel con el único equipaje que su cepillo de dientes. Sin embargo, reconocía que con Marga había pasado buenos ratos, ya que era una gran aficionada a la caza, capaz de matar a un oso a escopetazos o incluso con sus propias manos, a la vez que podía enzarzarse con ella en las cuestiones cinegéticas más variadas. Sin embargo, Virginia no quería saber nada de caza y solo hablaba de museos y exposiciones, y de las ventajas que les supondría a ambos volverse veganos. Por su parte, antes de Carlos, Virginia había estado saliendo con Matías, un compañero suyo de la universidad con el que se reencontró años después de separarse y con el que estuvo viviendo unos meses. Fue un error que le costó a Virginia parte de su autoestima, pues a los dos años, Matías la abandonó por Alberto, un stripper del pub "Díselo a Dorothy", dejándola tan maltrecha emocionalmente que renegó del amor para siempre. Pero como Cupido es así de caprichoso, dos semanas después conjuró para que estos dos desgraciados coincidieran, se enamoraran y, lo que es peor, se casaran.

      El olor que despedía Carlos después de venir de una cacería transportaba a Virginia a las puertas del suicidio. Sucio, lleno de sangre, tras despellejar a los animales y apestando a cerveza, a cubata y a cigarrillo, no dudaba en sentarse en semejante estado en el sofá blanco del saloncito rosa, lo cual era causa de discusiones interminables que terminaban por lo general y por la fuerza del amor, en la cama. Sin embargo, cuando Virginia, sin consenso, dejó de comprar carne e inició su cruzada vegana a sabiendas de que Carlos era un animal carnívoro, ni la cama pudo salvar esta imposición por parte de su mujer. Así, por fin Carlos se enteró de lo que era el tofu y el humus de garbanzos o el de remolacha, la lechuga se hizo plato habitual junto a las coles de bruselas y las espinacas. Leche de soja para desayunar y galletas vegetales. Llevaba una semana sometido a semejante castigo cuando una serie de diarreas se hicieron presentes en el fuerte organismo de Carlos, que no dudó en achacárselas a la dieta vegana impuesta por su mujer. Pese a que el médico le diagnosticó colon irritable, Carlos seguía pensando que la culpa de aquellas diarreas la tenía tanta porquería como, a su juicio, había ingerido por amor, por agradar a su mujer y aquel día comprendió que el amor no merecía tanto sacrificio y que, por amor, prefería ponerse un burka, como decía aquella novela tan cursi, que volver a degustar tan despreciable comida. Por su parte, Virginia trataba de atraer políticamente a su terreno a Carlos, una hazaña tan imposible como la última aspiración sexual de Carlos, a la que Virginia había rechazado con una firmeza parecida a la que en su día tuvo el muro de Berlín. Pese a todo, Carlos le recordaba que hasta el famoso muro alemán cayó.

      Los días iban pasando y entre tanto amor había grietas cada vez más insalvables. A Carlos le gustaba echar la siesta y a Virginia no, el colon irritable de Carlos provocaba un auténtico bombardeo de gases que ni el más potente de los ambientadores podía ocultar, Virginia se empeñaba en enseñar a Carlos el lenguaje inclusivo "todes les díes". Carlos, cada vez más reaccionario, cambió el sonido de llamada del móvil y sustituyó el canto del gallo que tenía por el "Cara al sol", y si ya el canto del gallo avergonzaba a Virginia, el soniquete fascista la hacía meterse debajo de las piedras. No a más tardar comenzaron a comprender que en el amor, no es oro todo lo que reluce, y entre fisura y fisura, comenzaba el desánimo entre ambos, un desánimo que llevó a Virginia a plantearse el divorcio y a Carlos a regresar con Marga. 

Cuando los pilló en pelotas en el saloncito rosa, Virginia no tuvo más dudas sobre la separación, sin embargo, logró controlar su ira, para después aconsejar a Marga una reducción de estómago y de glúteos y que recogiera sus caídos pechos del suelo. De Carlos no dijo nada, pero cierto es que jamás logró encontrar una  escultura de marfil realizada con uno de los colmillos del elefante que un día matara en la lejana África y que era su favorita, pues mandó que esculpieran en él la figura oronda y autoritaria de Mari Tere, su madre. Aquello le costó a Carlos la última bronca con Virginia llegando así al triste final del amor, tras un par de años entregados a sus dulces mieles.

     Fue un frío día de diciembre cuando Carlos regresó con Marga definitivamente. Siempre supo que lo suyo con su secretaria no era amor ni era nada, pero a fin de cuentas, Marga le dejaba entrar por la puerta de atrás, mientras que Virginia había frenado las ardientes ansias de su ya ex-marido de mil formas distintas, dejándole meridianamente claro que la conquista de esa plaza la tenía perdida de antemano, pues era inexpugnable para él y para todo aquel que osara proponerle semejante cosa. No hay mal que por bien no venga - pensó-, mientras apuraba la copa de coñac y aspiraba con fruición su apestoso puro, no todo en la vida ha de ser amor. Y así, dándole un pico a su pichoncita, partieron hacia un destino tan incierto como la próxima montería a la que estaba invitado Carlos. Era en Andújar, en la antigua finca del torero Luis Miguel Dominguín, y Marga, que conocía palmo a palmo el sensible carácter de su amante amigo, le regaló un cuchillo de destripar gamos con mango de marfil negro, mientras que a ella, Carlos le renovó el carnet de caza y le compró una escopeta y una caja de cartuchos. ¡Eso si que era amor y lo demás  tonterías!.

      Por su parte, Virginia, tras este nuevo fiasco sentimental y matrimonial, juró y perjuró que jamás volvería a caer en las engañosas y destructivas redes del amor, sin embargo, no bien estaba pensando esto, cuando notó que su corazón latía un poco más deprisa, acelerando cuando vio llegar por el pasillo a Luis Alfonso, su nuevo compañero de partido. Y pensó candorosamente: "¿Y si a lo mejor, a la tercera va la vencida? y, también candorosamente, le puso ojitos de ternera degollada a su futuro nuevo marido.

      Una madrugada, Jiménez, un compañero de correrías de Carlos que trabajaba en la recogida de basuras de la ciudad, se encontró con las fotos de boda de su amigo y de Virginia junto a uno de los contenedores, sorprendiéndose mucho: "¡Con lo que se querían!" -pensó-. Jiménez era soltero y no había conocido nunca el amor y tampoco sabía, por defecto, como surgía ese sentimiento sublime, pero ahora al menos, supo donde acababa, y tras lanzar con fuerza los cuadros al camión, se puso a silbar una melodía inteligible, tanto como los designios de esa broma física y química a la que llamamos amor y que tiene su celebración tal día como hoy, un 14 de febrero, Día de los Enamorados. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

      







viernes, 13 de enero de 2023

"MONDEÑO", EL TORERO MÍSTICO (1ª PARTE)

 




      Aquel siete de enero, el frío calaba por entre las grietas y el tejado de la pobre choza donde vería la luz Juan García Jiménez. Estaba siendo un invierno gélido y áspero, de heladas secas que machacaban los huesos hasta doblegarlos, con escarchas que duraban hasta la tarde. Su madre lo parió atendida por una mujer del pueblo experta en esas lides, Carmela, que, solícita, lo envolvió en su mandil y después de lavarlo cuidadosamente, lo colocó en la cama al lado de su extenuada y desnutrida madre, que lo abrazó y lo apretujó con sumo cuidado contra su pecho cuando el llanto del niño se expandía por la soledad de aquel campo inmenso e inhóspito donde esta situada la maltrecha casa. Después de darle un caldo caliente a la parturienta, Carmela se marchó y desvió su camino para llegarse al cortijo para anunciar al padre la noticia. El padre de "Mondeño" era guarda en una de las fincas de unos conocidos terratenientes sevillanos, situada en el término de Puerto Real, muy cerca de donde Juan García Jiménez había sentido por primera vez el frío de la noche y de la miseria, pues la humilde cabaña donde nació, estaba situada a medio camino entre Medina Sidonia y este pueblo sevillano. El padre no pudo conocer a su hijo hasta el amanecer y apenas tuvo tiempo de abrazarlo, pues tras comer un poco de pan con tocino, volvió a marcharse al cortijo, pues era día de apartar caballos y reses para una corrida que se iba a celebrar al día siguiente. Los padres de "Mondeño", vivían en la más estricta miseria, pese a trabajar de sol a sol, pues a cambio de tantas horas de férreo trabajo solo percibían el alimento (si se podía llamar así) y unas perrillas que no les cubrían ni para comprarse unos zapatos. La madre era criada en el cortijo desde muy niña, trabajando en la cocina o en donde hiciese falta, sin apenas tiempo para dedicar a su propia familia. Comenzaba el año 1934 y eran tiempos duros para los desheredados, para los que, sometidos a los caciques y terratenientes que poblaban y dominaban Andalucía, malvivían a base de dejarse la piel y los huesos trabajando sus tierras. Después, tras el triunfo esperanzador de la República, vino la guerra, con el levantamiento furibundo de los poderosos, que no trajo sino sufrimiento, muerte y una miseria endémica entre las clases más pobres del país, e incluso entre la clase media, que se agudizaba en regiones como Andalucía o Extremadura, cuyas desigualdades eran extremas.

      Juanito sintió muy pronto la vocación religiosa y pronto puso en conocimiento de sus padres su intención de hacerse misionero, pero cada vez que lo mencionaba en casa, su abuela, apasionadamente anticlerical, se lo quitaba del pensamiento. Jamás se le pasó por la cabeza hacerse torero. Su infancia estuvo llena de sueños donde los ángeles venían con sus alas suaves y le acariciaban el rostro y donde una luz blanca acompañada de música se abrían en la oscuridad de la noche, mostrándole el camino, pero también estuvo marcada por el hambre, el trabajo y los sabañones, cuando, a causa de las bajas temperaturas invernales y antes de salir el sol, partía con su madre hacia el tajo donde ayudaba en la recolección de aceituna, o por el contrario, en el verano soportaba el calor lacerante de las llanuras sevillanas mientras segaba el cereal en las extensiones de tierra del amo. Esto le hizo reflexionar, y, conforme iba creciendo la idea primordial no fue cumplir con su vocación religiosa, sino salir de aquella miseria infinita que lo acorralaba sin cesar y que cercenaba su verdadero deseo. Por eso, un día decidió hacerse torero. En aquel tiempo era una salida para todos aquellos que, como él, no tenían nada en la vida, un trampolín para alcanzar una vida digna para él y su familia.





      Era primavera y el olor a flores nuevas se esparcía por los campos de Medina Sidonia, mientras la brisa del atardecer rozaba el rostro del niño cuando se disponía, a espaldas de su familia, coger el hato y partir junto con un compañero algo mayor que él, a las fincas de toros que había diseminadas por la zona. Cuando llegaban, ya al anochecer, sin permiso saltaban la talanquera dispuestos a dar unos capotazos a alguna vaquilla o a algún novillo. Valor no les faltaba, un valor que se acrecentaba presionado por las carencias económicas de sus hogares, en los que en muchas ocasiones no había ni un pedazo de pan que comer. A Juanito le gustaba atravesar el campo de jaramargos que había al cruzar el río, poco antes de llegar a la finca, allí se tumbaba y soñaba despierto con caballos azules y con casas blancas a la orilla del mar, y con una cama blanda y con unos zapatos de charol nuevos a estrenar, porque la imaginación de aquel niño de 13 años se disparaba en cuanto su cuerpo se relajaba de las fatigas y se olvidaba de la realidad que le rodeaba.

Las capeas se hicieron vitales para Juan, que, con 14 años recorría los pueblos de la provincia donde se celebraban festejos y donde trataba de demostrar su talento ante el público que acudía a los mismos. Su ir y venir le permitía, aunque con algunos percances de por medio, vivir algo mejor, pues al final de la capea, se comía y se comía muy bien, y a veces, por parte del alcalde o del señorito de turno, se le daban unas pesetas con las que tirar hasta la próxima capea. Ahí ya comenzó a llamar la atención como torero, pues tenía aplomo y sangre fría, y sus pies, clavados al suelo, apenas se movían ante la embestida de la vaquilla de turno. Se estaba forjando un torero peculiar y de profunda personalidad, pero él aún no lo sabía, él lo único que sabía era que debía salir de la choza y sacar de pobres a a sus familiares. Con esfuerzo, talento y voluntad, todo se consigue y así, una tarde calurosa de junio del año 1956, "Mondeño" debutó con picadores en la plaza del Puerto de Santa María. Era el día de San Juan, y el joven, con 22 años, estaba dispuesto a darlo todo, como así sucedió, obteniendo un éxito que luego corroboró en el mes de Abril de 1957, cuando entre vítores, salió como novillero por la Puerta del Príncipe de la Gran Maestranza de Sevilla. Todo comenzaba a funcionar, y Juan García Jiménez, se sentía orgulloso de ello, pero sin alardear, porque lo que nunca abandonó a "Mondeño" fue su sencilla y humilde visión de la vida. No tardó mucho en tomar la alternativa, que fue en 1959 en Sevilla, de la mano nada más y nada menos que de Antonio Ordóñez, en presencia de Manolo Vázquez. Un Domingo de Resurrección, en una tarde vibrante, prendida de olor a azahar, donde obtuvo un triunfo ante el toro "Cañamazo", de la ganadería de Moreno Guerra. Un año más tarde, el 17 de mayo de 1960 se produciría la confirmación de ese doctorado, con los mismos toreros como padrinos y con un toro de la ganadería de Atanasio Fernández: "Bilbainito". A partir de ahí, Juan García Jiménez pasó a codearse con los mejores toreros de la época: Diego Puerta, Paco Camino, Santiago Martín "El Viti" marcando con su toreo un nuevo estilo, según los entendidos, con un toque "manoletista", según él, ni siquiera había visto torear a Manolete, con lo cual, su estilo era suyo, solo hacía en el ruedo lo que sentía, lo que creía que debía hacer en cada momento y eso se transformaba en quietud, en verticalidad y en un aire místico en su figura y en su actitud hasta en la hora de dar los pases al toro. Su hieratismo y sangre fría fue causa de muchas cogidas que tuvo a lo largo de su breve carrera, cuajada de importantes logros, pero sobre todo, cargada de honesta autenticidad.




(Hasta aquí la primera parte de este relato basado en la biografía de Juan García Jiménez, "Mondeño", un hombre excepcional que fue torero y monje y que tuvo una vida interesante y poco convencional, fuera de los cánones de la época, pero sobre todo, un hombre querido y respetado)  






lunes, 14 de noviembre de 2022

FLORES DEL BESO




 

      Vivía en su castillo recluida en un mundo donde la imaginación y la fantasía formaban parte de lo cotidiano. Sin embargo, los libros, que se contaban por millares, la sumían en aventuras desconocidas, en universos de los que nunca quería salir y en emociones inauditas que disfrutaba con la vehemencia de la juventud, pues Mariska tenía 16 años y vivía entre las paredes llenas de magnificencia de aquel maravilloso palacio. Sus padres, la habían encerrado, pues se habían enamorado de Charles, el humilde cuidador de "Vencedor", su caballo favorito. Pero ella no desesperaba y leía y leía, mientras el tiempo pasaba de una forma lenta y extraña. A veces, cuando se miraba en el espejo, se veía mayor, como si tuviera más de ochenta años y el rumor del agua del mar que rodeaba aquella cárcel donde pasaba sus días, traía a su mente canciones desconocidas, unas alegres y otras tan tristes, que no podía dejar de llorar. Otras veces, por el contrario, se veía hermosa, llena de vida y con Charles a su lado, paseando o bailando por los acantilados que bordeaban el castillo. Un día, no había terminado uno de sus libros favoritos, cuando sintió la necesidad de escapar de allí, de hacer realidad los viajes que durante tanto tiempo había leído, así como las aventuras de las que se sintió protagonista junto a su amado. Pero sabía que esto era imposible. Su madre, una mujer de ojos acerados e implacables, solo se ocupaba de proporcionarle la comida y los libros que pedía, su padre, se ocupó de que Charles no regresara al castillo, ni al pueblo y así, el joven desapareció y jamás se supo de él. Ante la ausencia de oportunidades de cumplir sus sueños y al conocer el destino de su amado, Mariska pidió a su madre un alfiler de oro con rubíes engarzados y le pidió que le cortara unas flores del jardín, unas flores llamativas y bonitas que su bisabuelo había traído del Putumayo colombiano y que, por su forma, eran llamadas "labios de novia" o "flores del beso". Sin más, extrajo como pudo su savia e impregnó el alfiler desde la punta hasta el remache de rubíes, después, se lo clavó muy cerca del corazón, apenas rozándolo, pero poniendo en él el veneno suficiente como para que dejara de latir. Cuando entró su madre a llevarle la comida la halló muerta con un libro de botánica entre las manos, donde descubrió que aquellas preciosas flores del beso, serían las que le concederían la llave eterna de la libertad.







martes, 1 de noviembre de 2022

POR EL DÍA DE DIFUNTOS

 



      

      Por el Día de Difuntos, el cementerio se cubría de flores que, recién puestas, comenzaban a secarse y los vivos colores de que hacían gala se iban tornando en pálidos amarillos y oscuros ocres. Los pétalos se desprendían poco a poco, heridos por una brisa tenue pero venenosa que recorría el recinto hasta el último rincón, buscando recovecos por donde introducirse en las tumbas o en los nichos más antiguos, removiendo con su gelidez  la frialdad aún más grande de los restos de aquellos que hacía mucho tiempo habían dejado este mundo para disfrutar del sueño eterno. Al atardecer, una neblina cubría el pueblo de parte a parte y la gente se refugiaba en su casa, una vez habían rendido culto a sus difuntos, mientras en el cementerio, en ocasiones se oían voces y lamentos en la oscuridad de sus noches y pasos que iban y venían entre las tumbas en una peregrinación sin rumbo y al día siguiente, se veían huellas de pies desnudos, dibujando en el suelo figuras extrañas que abrían caminos que apuntaban a extramuros, donde vivía la gente, cada vez más asustada por lo que cada año parecía suceder en el cementerio. Nunca hubo encargado en este camposanto tenebroso, pues los que llegaban no tardaban en irse, en cuanto comprendían que la vida y la muerte estaban separadas por la fibra de una telaraña, y que siempre hay gente que se deja cuentas pendientes en este mundo antes de abrazar la eternidad. Ese era el caso de Faustina, la mujer más rica del pueblo que, por avaricia, dejó morir a su padre y a su marido cuando la enfermedad hizo presa en ellos y que, a lo largo de su vida, no pudo disfrutar plenamente de los bienes que le legaron porque aún le quedaba una mínima parte de conciencia que nunca pudo acallar. Cada noche, Faustina recorría el cementerio y se dirigía hasta las tumbas de su padre y de su esposo y lloraba sin consuelo, derramando lágrimas que penetraban en la tierra de la que salían crisantemos negros que se desvanecían cuando, al amanecer, el sol comenzaba a calentar con sus incipientes rayos  aquel sitio inhóspito y desolador. Lucas, el último enterrador que tuvo el cementerio, huyó cuando al atardecer se encontró con un hombre con un traje de finales de siglo XIX, que le preguntó dónde estaba situado el mausoleo de la señora de López Iturbi. En una mano llevaba un bastón y en la otra un pequeño ramillete de azaleas moradas, un color poco habitual en esas flores. Tras indicarle el camino, el enterrador cayó al suelo presa de una parálisis provocada por el miedo y un sudor frío recorrió su cuerpo cuando vio como, tras depositar el ramillete en la tumba de la señora, aquella figura desapareció, transformándose en una especie de niebla que fue a introducirse en el panteón de los Solorzano, una familia de la nobleza, cuyo hijo había sido el amante de la señora de López Iturbi. De todo esto fue informado Lucas antes de que tomara la decisión de dejar su cargo e irse del pueblo para no volver. No hubo más encargados del cementerio, y los vecinos que iban a trabajar y no tenían más remedio que pasar por delante de él, no paraban de contar lo que sentían al andar cerca de sus muros, incluso hubo quien dijo haber visto a una mujer vestida de blanco levitar por encima del recinto, persignándose con sus dedos largos y huesudos, y rasgándose la túnica que la cubría con sus largas uñas. Por eso, cuando se acercaba el Día de Difuntos, y cuando las gentes rendían tributo a sus muertos, el pueblo era una algarabía de miedo y de leyendas, de historias acunadas bajo supersticiones peregrinas que se fueron cultivando año tras año, pero que nadie se atrevía a poner en duda, porque ya se sabe que entre la vida y la muerte, entre lo natural y lo sobrenatural, hay una tenue separación, una separación tan frágil como la fibra de una tela de araña.






 

viernes, 14 de octubre de 2022

UNA BREVE HISTORIA DE OTOÑO

 




      El otoño había llegado de golpe, anunciando un tiempo nuevo, refrescando con un aire impregnado de gotas de lluvia el ambiente seco y amarillo del largo y árido estío. El pueblo, cuyas fuentes estaban secas, se volvía a sentir vivo cuando el agua, comenzaba de nuevo a brotar de sus entrañas. LLovía pausadamente, y el corazón de Lolo se disparó cuando pensó en su madre, que lo había abandonado en otro otoño, hace ya mucho tiempo. Las nubes, a veces, revoloteaban en el cielo antes de fundirse en un gris plateado, suave y pletórico de recuerdos. María, la madre, había partido una tarde como esta, hermosa y llena de melancolía, bajo el musical sonido de las gotas de lluvia, que chocaban contra las hojas de los árboles en una amalgama de voces dormidas, de silencios que parecían transformarse en arrullos cuando Lolo dormía y recordaba el timbre de voz de aquella que le dio la vida. A veces, la veía incandescente, como cada día, atravesar el parque para dirigirse a la Casa Grande, al otro lado del río, donde cuidaba a Amparo, una vieja solterona del pueblo que no tenía nada, apenas las cuatro paredes donde sobrevivía gracias a la caridad de María y de algunas personas que, como ella, no habían olvidado lo que significa amar al prójimo. Después, Lolo la recordaba en su casa, frente a la lumbre, preparando con delicadeza la comida y finalmente, la sentía tan cerca de él que notaba su rostro perfumado de sol y albahaca muy cerca del suyo, y el suave roce de jazmín de sus labios, que alcanzaban a besar su frente, sus mejillas, su nariz y sus ojos. No podía ser que tanto amor se hubiera esfumando, no podía ser que hoy se sintiera tan solo, no podía ser que hoy no estuviera con él abrazándolo. Hoy, Lolo ha vuelto a ver a su madre y se han fundido en un abrazo profundo, en un sueño de querencias y recuerdos acompañado de emociones antiguas, que siempre conservó en su memoria. Hoy, Lolo, a sus 89 años había partido de este mundo. Era otoño y su corazón temblaba como una hoja, mientras oía la dulce voz de su madre que le cantaba aquella vieja canción que lo adormecía bajo la sombra de la parra cuando era un niño.






sábado, 27 de agosto de 2022

LA PISCINA

 




      Habían alquilado una pequeña casa con piscina en una zona alejada de la ciudad y en ella pasaban varias horas al día, relajándose y tomando el sol. La piscina era pequeña y su parte más profunda no superaba los dos metros, pero para Bárbara y Harry, su tamaño era más que suficiente. LLevaban más de una semana de completa tranquilidad cuando Bárbara desapareció sin dejar ninguna señal. Su marido anduvo buscándola toda la mañana, su móvil estaba allí y su bolso, con todos sus documentos estaba sobre el sofá. Harry sintió cierta preocupación cuando no regresó a la hora de comer, pero Bárbara era así de imprevisible, a veces le daba el punto y desaparecía durante todo el día regresando al anochecer o incluso más tarde. Por ello, restó importancia a la ausencia de su mujer y después de tomar un gintonic, se puso el bañador y bajó las escaleras que daban a la piscina, cuyas azules aguas, curiosamente, estaban revueltas  y no paraban de moverse bravas, en aquella tarde calurosa de agosto, donde no corría la más leve brisa, y donde un sol apagado como un candil, parecía decirle a Harry que algo no iba bien. Se sumergió de golpe en las frescas aguas teñidas de azul y comenzó a bracear intentando relajarse haciendo unos largos. Lo que le extrañó sobremanera era que en la zona de la piscina menos profunda, ahora no podía tocar el fondo y esta zona no llegaba al metro diez de profundidad. De repente un enorme remolino azotó la piscina y casi lo expulsa fuera de ella, mientras él intentaba sin éxito hacer pie. Sin más, se puso a bucear y pudo comprobar como el fondo de la piscina no tenía límite, era como un gran agujero negro que no terminaba nunca y él se estaba quedando sin respiración. Emergió en busca del aire y volvió a sumergirse y mientras descendía notó como un manotazo en su cara, y pudo ver algo borroso que surgía de las profundidades, era como una especie de raro animal, cuyas extremidades parecían dos alas que brillaban aún debajo del agua como si fueran de plata. Volvió a subir a la superficie y asustado, salió de la piscina y se tomó otro gintonic, no sin antes comprobar si Bárbara había regresado. Allí seguían sus cosas y, de ella, ni rastro. El atardecer se cernía en unos tonos rojizos y malvas y unas nubes negruzcas lo dominaban todo, cuando Harry, se lanzó de nuevo a la piscina. Nadó un buen rato, quería agotarse, aquello era como un mal sueño que le instaba a preocuparse cada vez más por su mujer. Intentó bucear de nuevo y de la oscuridad abisal del fondo de la piscina surgió un cuerpo extraño que chocó contra él de una forma brutal, hiriendo sus brazos y sus piernas. Después volvió a chocar y esta vez, notó en la espalda como unas cuchillas la desgarraban lenta y profundamente. Se encontraba en la superficie, intentando con desesperación nadar hacia la escalerilla para salir de aquellas malditas aguas, cuando vio flotando a su lado la cabellera rubia de Bárbara, recogida con un broche que él mismo le había regalado. Después vio uno de sus dedos y parte de su antebrazo, un poco más allá vio flotando una de sus piernas y minutos después, pudo comprobar como las aguas de la piscina se volvían rojas con su propia sangre, pues aquella cosa, a la que no había podido distinguir verazmente, había desgarrado su garganta y cercenado sus miembros, que flotaban a la deriva en un remolino de horror y de sangre, en un festín de muerte orquestado por aquella fuerza maligna a la que con sus vidas, habían ayudado a sobrevivir. Tardaron dos semanas en anunciar la desaparición de la pareja, y todavía, pese a las investigaciones llevadas a cabo, no han logrado averiguar qué fue de ella. El misterio solo lo saben las aguas de la piscina y la criatura que se alimentó de sus cuerpos.






sábado, 23 de julio de 2022

EL ARTISTA

 





      El artista vivía en su mundo transparente, marcado por la necesidad inevitable de crear. Sus manos ya no temblaban como antes y su espíritu estaba libre de angustia y de rabia. Había intentado conocerse a sí mismo y aún sin lograrlo, al menos había podido controlar a la que había sido su musa durante mucho tiempo: la ira. Ahora, entre las cuatro paredes de su estudio se entregaba en cuerpo y alma a su otra musa, la melancolía, que era quizá más destructiva que la ira, pues iba socavando su ánimo de forma corrosiva,  sin poder frenar esa capacidad de deterioro psíquico que poseía su nueva fuente de inspiración. Sin embargo, este nuevo sentimiento lo sumergía en un estado casi hipnótico, un estado al que solo había podido llegar a través de la marihuana y del éxtasis, y que lo llevaba a un paroxismo total, alejado por completo de la cólera, que le había llevado a destrozar su pequeño estudio cuando las cosas no salían como él quería, cuando no conseguía captar ese instante sublime de la creación, ese momento donde se es capaz de renunciar a la propia vida en pos de un arte duradero. Eso lo había conseguido muy pocas veces, y si alguna vez lo consiguió, nadie, salvo él, fue capaz de captarlo, pues su arte fluía de los  misterios  intangibles que proyectaba su espíritu atormentado. El artista era un hombre joven y de temperamento taciturno. Sus cambios de humor eran a menudo, motivos de desánimo y de desilusión que lo llevaban a dejar su trabajo. Podían pasar meses antes de que sus manos volvieran a tocar el barro y años antes de que dentro de sí mismo sintiera al artista. Mientras tanto, se dedicaba a pasear a través de calles que se perdían en la oscuridad, que no tenían fin, llanas y peligrosas, de empedrados húmedos y resbaladizos, haciéndose acompañar de cualquier amante ocasional, hombre o mujer, con los que alcanzar la calma y olvidarse por unos momentos de todo lo que acontecía dentro de sí mismo. La vorágine de sentimientos que lo inundaban, todos ellos contradictorios a su vez, lo ponían en la picota una y otra vez y esto, ni siquiera cesó cuando conoció a Lola, una mujer, artista como él, de la que se enamoró de golpe, sin apenas conocerla, solo con verla trabajar en su última obra. Segura de sí misma, tenía muy claro el concepto y la forma, como también el sentido de cada obra que salía de sus manos. Él, por el contrario y enfrentado al barro, rara vez sabía lo que saldría de su mente, no obstante, lo que no quería era continuar un academicismo plásticamente bello, pero repetitivo y aburrido. Él había conseguido romper con todas las normas del pasado, pero esto nunca le fue suficiente. 

      La boca le sabía amarga y sus ojos, como cristales resquebrajados instalados sobre dos ojeras profundas, eran un claro exponente de un estado emocional melancólico, repleto de altibajos, en el que su mente era un laberinto de ideas sin posibilidad de concreción. Encendió un cigarrillo y se puso a dar vueltas por aquella pequeña habitación donde había dormido con Lola y encontró algunos bocetos de una obra que había abandonado hacía tiempo, que no hicieron sino reafirmarlo en su teoría de que la mayoría de sus creaciones no pasaban de ser obras de tercera categoría, basura provinciana, ligada todavía a la emoción y a las sensaciones. Él quería realizar la obra de arte más pura, el arte en sí mismo, sin utilizar ingredientes tramposos que pudieran distorsionarlo. Esa noche, como tantas otras, el artista no pudo dormir y enfermo de tristeza y de melancolía, se dejó llevar por la música que sonaba de un viejo garito situado enfrente de su estudio, que, abierto hasta altas horas de la madrugada, daba cobijo a viejos bohemios, a prostitutas, a artistas en decadencia, a literatos fracasados y a drogadictos en busca del consuelo de una dosis con la que sobrevivir a la noche. La música, un vals francés, lo elevaba y lo dejaba caer a su propio infierno en un torbellino que lo desarmaba conduciéndolo casi a la destrucción. Entonces se dispuso a realizar su gran obra. Todo estaba dispuesto en el pequeño estudio y excitado, comenzó a trabajar. Modelaba el barro de una forma enérgica y frenética, y por entre sus manos el arte fluía suave e inexorablemente, sin que él tuviera que hacer gran cosa. Solo tenía que sentirlo en toda su viveza. Y continuó y continuó trabajando imbuido en un progresivo conocimiento de sí mismo y del arte que parecía exorcizarlo de todas sus dudas, dejándose llevar por la sensación de estar hallando lo que tanto había buscado. Y así, a ritmo de vals francés , el artista dio los últimos retoques a la obra de su vida y cuando la noche cedió paso a la mañana, contempló esa obra, enigmática y valiente, sincera y pletórica, pudiendo por fin descansar. Eran las diez de la mañana cuando Lola abrió la puerta del estudio y lo descubrió sin vida, abrazado a una mole de barro. Se había suicidado cuando el arte y la ley de la melancolía se lo ordenaron.


James Dean falleció a los veinticinco años en un accidente de coche, era un actor prometedor en el Hollywood de los años cincuenta y hoy es un mito imperecedero con tan solo tres películas como protagonista: "Al este del Edén" (1955 ), de Elia Kazan, "Rebelde sin causa" (1955) y "Gigante" (1956) de George Stevens. Pero además de un actor extraordinario, Dean también era un aficionado a otras artes, como son la danza o como en el caso de la foto, la escultura. El relato de hoy está inspirado en esta imagen que plasma la faceta de escultor de este gran actor. Espero que os guste. 



 



viernes, 8 de julio de 2022

DETRÁS DE SUS OJOS





     La biblioteca cerraba a las 8:00 de la tarde, pero Magda, la bibliotecaria, solía quedarse media hora o cuarenta minutos más, pues le encantaba la paz extrema del lugar cuanto ya todos se habían marchado. Entonces, se preparaba un café y recorría las distintas salas, una por una, y de paso seleccionaba algún libro que leer, pues, además de bibliotecaria, era una adicta a la lectura, sobre todo a la historia y a la arqueología, aunque también a la literatura y muy en especial a la poesía. Había un poema egipcio que le encantaba, y a veces lo recitaba en voz alta:

"Déjame, oh amado,

refrescarme en el río de tus ojos,

de aguas diáfanas y luminosas,

mientras te cubro 

con las rosas de mi cuerpo...

Déjame de una vez morir contigo,

pues el mundo ha huido de mí desde que no estás..."


      Y así se sentía ella, abandonada por el mundo a sus sesenta y dos años, en una soledad que solo se mitigaba cuando llegaba a casa y se encontraba con su perro, un perro al que había recogido hacía dos semanas y al que, todavía no había puesto nombre. Era ya verano, y en la 2 habían programado una de sus películas favoritas: "La momia" (1932), del director Karl Freund y protagonizada por su actor preferido, Boris Karloff. Al terminar, y preguntándose como no se le había ocurrido antes, Magda encontró por fin el nombre para su perro, un pastor alemán maltrecho y asustado al que habían abandonado tras continuos episodios de maltrato. Se llamaría "Boris", en homenaje a su actor favorito. Después se marchó a dormir, aunque no pudo conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada, pues siempre se cernía en ella la inquietud, cuando en una de sus películas, Boris Karloff la miraba desde los rincones más oscuros del celuloide. 


"Abrázame de noche,

junto al blanco jazmín

que hay en el huerto,

y sella mis labios

con un beso de amor..."



      Así decía otra parte del poema que Magda recordaba cada vez que introducía su cuerpo entre las frías sábanas que componían una cama taciturna y austera, donde había dormido los últimos diez años de su vida. Nunca supo el por qué de su fascinación por Boris Karloff, el actor que dio vida a monstruos como Frankenstein, y aunque presentía que tras su mirada feroz y oscura, detrás de sus ojos de animal al acecho, podía esconderse un atisbo de ternura, no estaba totalmente convencida de ello. Tampoco supo nunca lo que la llevó aquella madrugada a la biblioteca, pero allí estaba, caminando entre estanterías cuyas sombras se proyectaban contra las paredes y el suelo, algunas contra el techo, y que a sus ojos parecían moverse como temblando, en unos movimientos tenues que lejos de amedrentarla, la animaban a continuar aquel extraño paseo nocturno por aquellas estancias, conocidas por ella palmo a palmo, libro a libro. Cuando atravesaba la sala dedicada a la literatura, enfrente, le pareció ver una sombra que, azarosa, cruzaba a trompicones el pequeño pasillo que iba a parar a la zona dedicada a la historia y a la arqueología. Se dirigió a ella y cuando llegó, pudo escuchar el crujir de las páginas de un libro, como si alguien lo estuviera hojeando. Después, agudizó el oído y pudo oír los estertores de una angustiosa respiración. Levantó la vista y al fondo de aquel habitáculo pudo por fin, ver sus ojos, que la miraban con fijeza, y cuyo brillo, siniestro y amenazante, le atravesó el alma y acabó con la fortaleza que la habitaba, para caer desplomada en un sillón.


"Tus ojos no son ya míos,

me dicen que no hay amor en ellos,

ni luz que les dé vida.

Detrás de tus ojos, oh amado,

solo queda ya luz de muerte"


Y mientras recordaba llena de pánico estos últimos versos del poema, aquellos ojos ardientemente amenazadores en la penumbra se iban acercando hacia donde estaba ella, y entonces, pudo ver la figura de su dueño: un hombre alto y desgarbado, de cuerpo huesudo, manos grandes y dedos afilados, arrastrando una túnica a la manera del sacerdote egipcio Imhotep, interpretado por Boris Karloff en "La momia". Un grito de horror sonó entre las filas interminables de libros, y con el rostro entre las manos, Magda, comenzó a llorar sobre la mesa. En ese momento sintió por su cuello algo caliente y viscoso, y luego en sus manos. Cuando asustada abrió los ojos, vio que era el perro, que, subido sobre la cama, la despertaba. Respiró tranquila y se levantó sin pereza. Era sábado y hacía un día extraordinario y tras ducharse y desayunar,  puso la correa a Boris y salió a la calle a dar un paseo y mientras caminaba comprendió que la vida es un viaje en una sola dirección y que a sus sesenta y dos años, el mundo, lejos de abandonarla, todavía la estaba esperando.


      La mirada que me ha inspirado esta historia es nada menos que la de Boris Karloff, el gran actor, intérprete de películas como "Frankenstein" (1932) de James Whale , "El ladrón de cadáveres" (1945), de Robert Wise, o la mencionada "La momia" (1932), de Karl Freund. Insuperable en sus papeles, en sus ojos late toda una gama de sentimientos que nos provocan indefectiblemente la inquietud y el terror. La fotografía que ilustra este relato da fe de ello.