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domingo, 2 de mayo de 2021

EN EL DÍA DE LA MADRE

 

Este poema se lo dedico a mi madre y a todas las madres del mundo, que, aunque ya no estén con nosotros o las tengamos lejos o cerca, no dejan de comunicarnos su amor, el cual, trasciende leyes, fronteras, países y universos, pues es más grande que todo eso. 

      El dibujo que ilustra esta entrada es de Pablo Picasso, realizado en 1922 y ubicado en el Baltimore Museum of Art, EEUU.





"Déjame que vaya, madre,

a buscar en el recuerdo de tus brazos,

la miel y el terciopelo.

Quiero tu cobijo de árbol inabarcable,

de hojas de vida de verde infinito,

cuyas formas, generosas y amables,

me cubren cuando caigo en la batalla.

Déjame que sea el niño de antes,

y tú, el ángel que vigila mi infancia,

que me acuna cuando me desvelo.

Serán de nuevo los días felices

y mi caminar se tornará en vuelo,

bajo la remembranza de tus besos,

que aplacarán el frío de mis mejillas,

siendo ya febrero el dueño de mi piel.

Quiero soñarte una y mil veces,

cuando la noche se presente sin estrellas

y tu sonrisa ponga luz en mi camino.

Déjame buscarte en los entresijos de la memoria

que envuelven mi corazón,

al abrigo del amor absoluto

que abarca de este a oeste, de norte a sur.

Y déjame dormir al murmullo de tu voz,

que me traslada a sueños de dulzura,

donde solo habitas tú.

En mi recuerdo recreo la nobleza de tus ojos,

y la manera de llamarme por mi nombre,

mientras me alejo y me pierdo para siempre

en el horizonte lejano de la vida."







domingo, 5 de mayo de 2019

AMOR DE MADRE








      Pasaron tantas lluvias sin mojar su corazón que ya no sentía. Se volvió áspera y solitaria como un eremita ajeno a la palabra de Dios. Su aspecto era el de  una encina protectora, robusta y fuerte, pero la protección que un día prodigara se volvió desamparo y rencor. La desafección era lo único que la unía al mundo junto con el odio. Se dejaba arrastrar además por un victimismo que la desequilibraba aún más, sintiéndose ultrajada por todos, hasta por sus hijos, a quienes tanto quería.
      Aquella tarde, la ira hizo presa en ella, una ira descomunal, terrorífica, que la llevó a abrirse las carnes con un cuchillo de grandes dimensiones que encontró en el garaje y que ella misma había escondido allí, cuando la cabeza aún le decía que podía controlarse a sí misma si no había nada a su alcance con el que poder hacerse o hacer daño. Cuando la encontraron sus hijos de doce y catorce años respectivamente, estaba bocarriba en la cama y en sus brazos heridos se dibujaban surcos de los que manaba la sangre como pequeños riachuelos y que empapaban la sábana y el colchón, en un revoltijo rojiblanco que hilvanaba ruidosos estertores. Sus ojos mientras tanto, cada vez más cerrados, indicaban que comenzaba a encontrar el sosiego. Los niños, asustados, gritaron con tal fuerza que alertaron a los vecinos que trataban inútilmente de abrir la puerta, cerrada a cal y canto. Por fin, Javier, el vecino del segundo, de una patada la derribó y entre los llantos de los niños se dirigió al dormitorio y allí la encontró, envuelta en sábanas y hemorragias. Rápidamente llamó a  los de urgencias y en media hora se presentaron. Mientras tanto, Javier trataba con todo el valor que despliegan los corazones buenos, controlar en la medida de lo posible aquel desastre.
      Marga murió en el hospital con la yugular seccionada en dos tajos y todo lo hizo por amor a sus hijos, porque a veces, a solas con ellos, no le había faltado el deseo disparatado de matarlos, de hacerlos desaparecer de la faz de la tierra, tal era la fuerza y el descontrol de sus emociones, cada vez más oscuras y exacerbadas. Cuanto más pensaba en ello, más le atraía la idea de eliminar a sus vástagos y no dejar en la tierra ninguna huella de sus vestigios.
      Cuando sucedió todo era el Día de la Madre y tras recibir los regalos de los hijos, decidió hacerles asimismo el mejor de los regalos y se dispuso por segunda vez a darles la vida. Y apurando el último bombón de la caja roja que le había regalado Fernando, el menor de los niños, comenzó el ritual, el aquelarre con el que puso fin a sus días y con el que a la vez, prolongó los de sus hijos. A eso se le llama amor de madre, un amor eterno e incondicional labrado a sangre con el filo de un cuchillo.