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jueves, 18 de enero de 2018
TRES PELÍCULAS, TRES ESTRELLAS
Tras unos meses sin publicar, regreso a "Desde Strómboli" comentando tres películas que, para mí, son indispensables y que cumplen firmemente el objetivo que un día marcara Billy Wilder: dijo que los diez mandamientos del cine se resumen en uno, que es entretener, y estos tres títulos lo consiguen plenamente por unas u otras razones. El star-system, con sus luces y sus sombras, marcó la época dorada del cine en Hollywood, pero también en España, y, salvando las distancias, consiguió, que en base a unas determinadas estrellas, el público se deleitara con historias protagonizadas por éstas. Dos actrices, una española y otra norteamericana, y un actor, también norteamericano, dan protagonismo a tres películas que tienen todos los ingredientes para divertir y para confirmar al cine como fábrica de sueños. La primera película de la que hablaré es "Carmen, la de Ronda" (1959), protagonizada por la estrella española más potente de los años cincuenta y sesenta en España: Sara Montiel, la segunda, "La tentación vive arriba" (1955) con Marilyn Monroe, la estrella inmortal, y la tercera, "Picnic" (1955), cuyo protagonista es uno de los grandes actores del star-system norteamericano, William Holden. Tres películas rodadas en los años cincuenta, realizadas con talento y con el acierto de llevar como protagonistas a tres actores que, en la cumbre de sus respectivas carreras, lograron llevar al público en masa a los cines de la época, un cine que ya se veía amenazado como vía de entretenimiento por la llegada de la televisión, pero que seguía atrayendo al público a través del magnetismo iconográfico de estrellas como las que hoy protagonizan este artículo con el que retomo este blog, y que espero sea del agrado de todos.
CARMEN, LA DE RONDA (1959)
Esta película, rodada para gloria de la belleza de Sara Montiel, fue dirigida por Tulio Demicheli a finales de los años cincuenta. Sara ya era una estrella reconocida no sólo en España, sino a nivel mundial, habiendo protagonizado tres películas en Hollywood: "Veracruz" (1954), de Robert Aldrich, al lado de Burt Lancaster y Gary Cooper, "Dos pasiones y un amor" (1956), junto a Mario Lanza y Joan Fontaine, de Anthony Mann, y "Yuma" (1957), de Samuel Fuller, con el actor Rod Steiger. Antes de esto, Sarita Montiel ya era una estrella en México, habiendo protagonizado varias películas al lado de artistas mexicanos de la época como Pedro Infante o Katy Jurado. Tras su periplo americano, Sara Montiel volvió a España para quedarse, protagonizando "El último cuplé", su mayor éxito, y el inicio de toda una serie de películas que la confirmaron como una de las más grandes estrellas del cine español. Entre estas películas, está "Carmen, la de Ronda", donde impresionó por su espléndida fotogenia y por otorgar a su personaje toda la seducción y la ambigüedad moral que requería.
Basada en "Carmen", la famosa novela de Prosper Merimée, esta película es una de las muchas versiones que se han realizado a costa del famoso personaje creado por el escritor francés. Algunas de éstas fueron: "Carmen, la de Triana" (1938), protagonizada por Imperio Argentina, o "Carmen" , ya en los años ochenta, en 1983, más concretamente, dirigida por Carlos Saura y protagonizada por Antonio Gades y Laura del Sol. Hollywood también quiso hacer su versión y en "Los amores de Carmen" (1948) nos propone a una Carmen que se mueve en el universo del "kitsch", y cuya protagonista era una bellísima Rita Hayworth, pero de la versión que vamos a hablar es la que Sara Montiel llevó a la pantalla en 1959, dejando sin respiración con su excepcional belleza y sus canciones a todo el público de la época. Esta película, rodada en lujoso tecnicolor nos muestra a una Sara Montiel radiante y entregada a un personaje que, aunque ciertamente, ya algo manido, supo otorgarle frescura y seducción, picardía y un erotismo insólito para la época en España. De compañeros de reparto, dos galanes, uno español y otro francés, Jorge Mistral y Maurice Ronet, ambos en el apogeo de sus carreras en sus respectivos países. Por lo tanto, el filme apuesta por un reparto atractivo, un argumento lleno de tipismo y alegría, (obviando el sombrío final), y repleto de canciones, coplas compuestas en su mayoría por Quintero, León y Quiroga e interpretadas a su estilo por esta manchega universal.
La acción de la película se sitúa durante la Guerra de la Independencia española, en 1808, para ser exactos, y ahondando en el tópico de la novela de Merimée y presentándonos a una Carmen cuya profesión no es la de cigarrera, sino cantante, lo que permite a Sara Montiel lucir palmito a lo largo de varios números musicales en una taberna, donde se desarrollará parte de la acción. Jorge Mistral da vida a Antonio, el bandolero, el cual, hace frente al ejército francés a través de pequeñas escaramuzas dirigidas por él. Maurice Ronet, da vida a don José, un sargento vasco que colabora con el ejército francés y del cual, Carmen se enamora. Es una película que contiene todas las características del cine popular español que se hacía en los años cincuenta: tecnicolor, acción, canciones y el eterno glamour de nuestra máxima estrella: Sara Montiel, que logra seducir al espectador y sobrepasar los límites de la censura de la época, creando un personaje voluptuoso y sensual, y sobre todo, sexualmente libre, cuyos amores quedarán plasmados a todas luces en la película, a la que no falta el tópico más racial: el romance de Carmen, la tonadillera, con el torero, Lucas, interpretado por el actor Germán Cobos. Por lo tanto, merece la pena recordar este filme, que tantos ratos buenos nos hizo pasar, pues fue un cine entrañable y familiar, que nos reunía en torno a la televisión aquellas tardes de sábado de nuestra infancia, cuando el tiempo transcurría sin agobios, y nos permitía disfrutar del magnetismo de actrices como Sara Montiel, estrella universal, que logró traspasar fronteras físicas y generacionales, convirtiéndose en un mito imperecedero en la historia del cine español.
LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA (1955)
Hablar de esta película es hablar del cine en estado puro, puesto que significó uno de los papeles más deliciosos de Marilyn Monroe, y nos dejó su imagen iconográfica más inmortal: en una noche de verano, las faldas de Marilyn revolotean indómitas al paso del metro de Nueva York. Ella, situada sobre la rejilla, mitiga el calor a través del aire que deja el metro a su paso, y que eleva sus faldas hasta el cielo, mientras intente inútilmente controlarlas con sus manos. A su lado, un asombrado y complacido Tom Ewell, admira las fabulosas piernas del mito, al igual que lo harán las generaciones venideras, puesto que, esta imagen ha traspasado las fronteras del tiempo y del erotismo, subyugando a críticos y a espectadores en igual medida y siendo clave en la imaginería no sólo del cine, sino también del siglo XX.
Dirigida por el maestro Billy Wilder, "La tentación vive arriba" es una comedia audaz e inteligente, como todas las que realizó este genio del séptimo arte, que narra las ensoñaciones sexuales de un americano de clase media (Tom Ewell), cuando su mujer parte de vacaciones junto a su hijo, y él se queda en casa de rodríguez, puesto que su trabajo no le permite ir con ellos. En éstas, aparece en escena una chica que trabaja como modelo, y que ha alquilado el apartamento de arriba (Marilyn Monroe). Ella es rubia, guapísima, y con unas curvas de vértigo, y será la causante de los enfebrecidos sueños de un hombre, que entrado en la madurez y con un matrimonio estable aunque algo rutinario, ve a la chica como la sublimación del deseo. Toda una tentación que se resolverá de una forma mucho más sencilla de lo que prometía, y que entre el principio y el final de la película, dejará en el espectador un buen puñado de risas y de sonrisas, provocadas por la comicidad de dos grandes actores: Tom Ewell y, como no, Marilyn Monroe, que brilla con su inagotable luz durante todo el largometraje.
La dirección magistral de Wilder marca toda la película, dejando su impronta y su personalidad ácida y mordaz, y dejando secuencias que han quedado para los anales de la historia del cine. Cuenta la leyenda que la referida anteriormente escena del metro, la archifamosa secuencia de las faldas, tuvo que ser realizada en los estudios de la Fox, no en la Avenida Lexington de Manhattan, donde se intentó en un principio. La razón: alrededor de Marilyn Monroe se había congregado una multitud de curiosos que no cesaban de aplaudir y vitorear, cada vez que el metro pasaba como un huracán bajo aquel mítico vestido blanco de la actriz, dejando al descubierto su piernas y unas ya legendarias braguitas, que pertenecerán por siempre y por derecho propio a la historia del erotismo cinematográfico. Era tal la euforia desatada entre los cientos de curiosos que rodeaban a la actriz, que, tras varios intentos, el director decidió rodar la secuencia en un plató del estudio. En contrapartida, a quien parece que no le gustó tanto esta secuencia y su rodaje fue a Joe Di Maggio, el por entonces marido de Marilyn, el cual, habiendo presenciado el rodaje y a los fans que no cesaban de mirar y admirar a la actriz, se marchó, presa de un ataque de celos, y cuentan que la bronca con su esposa fue monumental, y que, entre otras razones, provocó el divorcio del matrimonio. Finalmente, y ya en el ambiente más tranquilo de los estudios de la Fox, se rodó una de las secuencias más célebres y míticas de la Historia del Cine, que encumbró a Marilyn Monroe y añadió una obra maestra más a la carrera del director austriaco. La película está basada en una obra de teatro de George Axerold que se había estrenado en Broadway, y sus diálogos chispeantes y llenos de simbología sexual, fueron censurados por el código Hays, sin embargo, la película es divertidísima, con secuencias antológicas y llenas de comicidad provocadas por los continuos desvaríos de Richard Sherman, el personaje interpretado por Tom Ewell, cuya imaginación se desborda, y por la chica interpretada por Marilyn, cuya ingenuidad y dulzura, llena la película desde el mismo momento de su aparición.
PICNIC (1955)
Joshua Logan fue un director que provenía del mundo del teatro, y que realizó para el cine la adaptación de algunas de las obras teatrales que habían triunfado en Broadway, entre ellas, "Picnic", una obra de William Inge, que se estrenó en 1953 y que obtuvo el premio Pulitzer al mejor drama ese mismo año. Esta magistral película, repleta de grandes momentos, está protagonizada por una de las máximas estrellas de Hollywood de aquellos años: William Holden, un gran actor que había trabajado con los mejores directores y actores, (desde Billy Wilder, en la magnífica "El crepúsculo de los dioses" (1950), al lado de Gloria Swanson, hasta George Cukor en "Nacida ayer" (1950), junto a la extraordinaria Judy Holliday). En "Picnic", Holden se ve magníficamente acompañado por una joven y bella Kim Novak, en uno de sus primeros papeles para el cine, y por actores de la talla de Rosalind Russell, en un papel secundario, pero muy lucido, donde realiza una de sus mejores interpretaciones.
William Holden interpreta a Hall Carter, un hombre a punto de entrar en la madurez, que no ha encontrado su lugar en la vida, y que vagabundea de un lado para otro en un intento desesperado por hallarlo. En uno de estos viajes, llega a un pueblo de Kansas donde prevé visitar a un antiguo amigo de la universidad, Allan Benson (Clint Robertson) el cual es uno de los hombres más ricos del pueblo. Allan tiene una novia, Magde, interpretada por Kim Novak, que vive con su madre y con su hermana, encarnadas por Betty Field y Susan Strasberg, y también con una maestra de secundaria madura y soltera a la que le alquilan una habitación. Hall llega para alterar la rutinaria paz que existe en el mundo de unos personajes que, a lo largo de la película irán mostrando sus frustraciones y anhelos, y que todas ellas, junto con la pasión que surge entre Hall y Magde, estallarán en el picnic que anualmente se realiza en el pueblo y donde Magde es nombrada reina de las fiestas.
En el papel de Hall, William Holden despliega todo su magnetismo sexual, en un papel hecho a su medida, despertando la líbido del vecindario femenino. Es un aventurero seductor y con encanto, con un pasado lleno de peripecias que quiere conseguir estabilizarse, eligiendo, quizás equivocadamente, como tantas cosas en su vida, este pueblo de Kansas para hacerlo. Magde (Kim Novak) es la reina de la belleza del pueblo, novia de Allan, que prefiere la vida inestable y aventurera que lleva Hall, a todas las comodidades que le puede ofrecer su novio, Allan, con todo su dinero. De gran belleza y algo inexpresiva, Kim Novak, como Magde aparece espléndida en la película, marcándose un tórrido baile con Hall, el personaje interpretado por Holden, que dará la medida de la pasión
que se desata entre ellos desde el primer día en que se vieron.
Rosalind Russell realiza una brillante interpretación en el papel de maestra solterona que aún no ha perdido la esperanza de subirse al tren del amor, pero que, poco a poco, y con el paso del tiempo, y viendo que ese tren no llega nunca, sus deseos se van transformando en desesperación y amargura, siendo un personaje dramáticamente patético.
Clift Robertson, interpretando al arrogante Allan, también está estupendo y una jovencita Susan Strasberg, en el papel de hermana de Magde, también se luce como actriz.
Por tanto, es una película llena de pasión, de personajes de personalidades variadas, de erotismo incontrolado, cuya fórmula no es sino el talento y el buen hacer de todos los que forman parte de ella. Fue nominada a seis oscars, ganando dos: a la mejor dirección artística y al mejor montaje. Todo un clásico de los que hay que revisitar de vez en cuando, para recordar aquellas películas que basaban su éxito en un buen guión, en un director extraordinariamente solvente, en unos actores de primera línea y en una puesta en escena envidiable.
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lunes, 16 de octubre de 2017
NUNCA HUBO UNA MUJER COMO RITA
Cuando en 1946 se estrenó la película "Gilda", el eslogan publicitario que dió a conocer este clásico del cine, fue: "Nunca hubo una mujer como Gilda". Yo diría más bien que "nunca hubo una mujer como Rita". Y es que Rita Hayworth ha quedado en la memoria colectiva por muchas razones, la principal fue su magnetismo y su fascinación, que partía de premisas que combinaban la naturalidad con una imagen sofisticada y glamourosa. Porque Rita Hayworth nunca se desprendió del todo de aquella sencilla chica de Brooklyn, hija de un inmigrante español y una humilde corista, y Margarita Carmen Cansino la acompañó en una vida llena de avatares y no siempre fácil. Hoy mi relato nos habla de las dos: de Rita Hayworth, una de las más grandes estrellas del cine, y de Margarita, la chica que bailaba con su padre al son de una guitarra española. Las dos forjaron la leyenda del mito, sin olvidar a Gilda, la otra chica, la que a raíz de despojarse de un guante, las empujó sin remedio a la fama y a la inmortalidad.
Aquella soleada mañana, mientras se dirigía a los estudios cinematográficos donde trabajaba, Rita, se paró en uno de los escaparates de una pequeña y humilde tienda. No quería comprar nada, simplemente, los cristales estaban tan limpios que reflejaban su imagen de manera perfecta. Hoy iba a ser un día importante. Sin apenas maquillaje y con el pelo recogido, parecía una hermosa muchacha que acabara de estrenar mayoría de edad. Frente al luminoso cristal, se soltó el pelo, una melena de un rojo flamígero, indómita y hermosa, que había sido una de sus características personales a lo largo de su carrera cinematográfica. Tras mirarse unos minutos, y con una sonrisa que expresaba ya añoranza e incertidumbre, volvió a retomar su camino.
En los estudios, la estaban esperando. Eran las nueve de la mañana y allí estaba su marido, Orson Welles, y su peluquero, conversando y gesticulando. El director y actor, indicaba al peluquero cómo quería que peinara a su mujer para un proyecto que tenían conjuntamente. Se trataba de "La dama de Shangai", una película basada en una pequeña novela de Sherwood King titulada "Si yo muero antes de despertar", una novela de mediana calidad, pero en la que Orson Welles tenía puestas grandes esperanzas si acometía algunas reformas al texto que ya tenía estructuradas y pensadas.
Besó a su marido con un tímido beso en los labios y abrazó a su peluquero con una amplia sonrisa. Sin decir nada más, se sentó en aquel sillón mientras Orson Welles daba órdenes a Teddy, el parlanchín peluquero, que, algo nervioso, no paraba de relatar sucesos que habían ocurrido el fin de semana anterior en la casa de un famoso actor, donde se había celebrado una fiesta de gran magnitud.
Rita confiaba en su marido, en aquel genio con el que en 1943 había contraído matrimonio y que le iba a proporcionar un papel muy distinto a los que había protagonizado hasta ahora. Se trataba de Elsa Bannister, una mujer fría y ambiciosa, bella y manipuladora, flor del mal.
Los mechones de cabello comenzaron a caer a un lado y a otro del sillón donde estaba sentada. Rita miró a su derecha, y no vio a su marido, sino a Orson Welles, el gran director, el genio que un día realizó aquella obra maestra que se tituló "Ciudadano Kane", y mirándolo a los ojos sintió inquietud y cierto temor. Mientras tanto, las tijeras seguían su cruel trabajo, y mientras Gilda iba desapareciendo, resurgía de las manos expertas del peluquero, guiadas por el director, la figura de Elsa Bannister.
El pelo corto teñido de rubio platino confería a aquella encantadora chica de Brooklyn, la gelidez necesaria como para meterse en la piel de aquella asesina latente, reina de belleza pero a la vez, tan fría como la escarcha. Rita, mirándose una y otra vez en aquel espejo de mano, intentaba reconocer a Margarita, la joven de pelo negro y belleza española que un día llegó a Hollywood con la ilusión de convertirse en una gran estrella, dándose cuenta de que esta muchacha, había quedado muy atrás, al menos físicamente. Orson la miraba con un entusiasmo que le resultaba imposible de disimular: su obra había concluido y su mujer, Rita Hayworth, estaba a punto de dar un salto al vacío en su carrera cinematográfica.
El rodaje continuaba sin excesivos problemas. Hacía frío esa tarde, y Rita, mientras tomaba un hirviente café, releía una y otra vez la próxima secuencia en la que participaba. Quería aprovechar al máximo la oportunidad de demostrar otro registro interpretativo más, y el papel de Elsa Bannister, era como un viaje inesperado hacia el conocimiento de sensaciones y de sentimientos que ella no había experimentado jamás, pero que, en su labor de actriz, debía de buscar e investigar dentro de sí misma, para sacar a relucir la complejidad de un personaje perdido en las telarañas de la maldad. Orson Welles no dudaba de la capacidad de su todavía esposa para configurarlo, y ella, tenía el suficiente talento y era lo suficientemente voluntariosa como para recrearlo sin complejos.
Aquel atardecer en Acapulco, se iban a rodar unos primerísimos planos de Rita en la cubierta del yate, un barco que pertenecía a Errol Flynn y que lo prestó para el rodaje de la película, siendo el mismo actor el que lo capitaneaba. Rita no durmió bien esa noche. Una de las cada vez más frecuentes discusiones con Welles, que acabó con un portazo por parte del temperamental director, hizo que la estrella no pudiera conciliar bien el sueño, pero agotada, y quizá algo decepcionada, acabó por dormirse bien entrada la madrugada, encontrando algo de paz en el bálsamo que le proporcionaban sus lágrimas.
Pese a ello, los magníficos primeros planos con los que Welles retrató a su esposa, asombraron a propios y a extraños por la belleza de los mismos. Por su belleza técnica, y como no, por el rostro hermoso e inolvidable de aquella mujer, que un día bailando, y casi sin querer, alcanzó las estrellas con las manos.
Los nervios hicieron presa de ella aquellos días en los que , debía rodar la secuencia final de la película. Se encaminaron hacia un parque de atracciones abandonado para rodarla. Welles, tenía prácticamente planificado el rodaje, que no iba a ser sencillo. En esta secuencia, Elsa, se encuentra con su marido, Arthur Bannister en un laberinto de espejos. Es un duelo a muerte entre ambos, presenciado por O´Hara, el personaje de Welles, un marinero enamorado de Elsa, al que ésta arrastra a un mundo de ambición y destrucción. Vestida de negro impecablemente, Rita miró a su marido en espera de una señal de ánimo para empezar con su interpretación. De repente, la máquina del cine empezó a funcionar, y mirando hacia un lado y a otro, vio su imagen multiplicada por diez y sintió que le temblaban los pies. Miró a Everett Sloane, que interpretaba a su esposo, y disparó. A la misma vez, desde otro punto del fantasmagórico laberinto sonó otro disparo, que provenía del lugar donde estaba situado Everett, y seguidamente, sonó un estruendo de cristales, que cayeron como una lluvia de punzantes cuchillos alrededor de los actores. La secuencia había terminado. Elsa y su marido cayeron heridos de muerte, y Rita en el suelo, mientras su cuerpo temblaba trémulamente, comprendió que aquella película sería clave en su vida y en su carrera, y que había realizado una de sus mejores interpretaciones. También comprendió que su matrimonio había caído como antes cayeron los cristales y que ya no había ni razones ni medios para recomponerlo.
No tenía más de cuarenta años cuando aparecieron los fantasmas. Cuando despertó en aquel lujoso y desangelado hotel de Nueva York, tras una fiesta en la que había bebido demasiado, miró a su alrededor y se encontró perdida en un lugar inhóspito y frío, y sin dudarlo, llamó a Mildred, su asistenta personal, que en esta ocasión no la había acompañado. La llamó una y otra vez, sin obtener resultado. Desesperada, tomó el teléfono, sin embargo, no sabía a quien llamar, no recordaba número alguno y el pánico se apoderó de ella. Se disponía a abrir la puerta y salir a pedir ayuda, cuando al agarrar el pomo, súbitamente volvió a la realidad, y pudo recordar que se encontraba en aquel hotel, donde todo era confort y comodidad, pero donde faltaba el calor que necesitaba en esos momentos. Tras respirar profundamente, se refugió de nuevo en la cama, y abrazada a aquella almohada extraña, volvió a dormirse.
Cuando Margarita bailaba, parecía emprender el vuelo hacia algún lugar donde era arropada por las nubes, que intentaban seguir la agilidad de sus pasos, y que le hacían guiños de complicidad y aprobación. Sus bailes en solitario o en pareja, hacían vibrar a un público entregado al carisma y al talento de su nueva estrella, que agradecida, ponía lo mejor de sí misma en aquellos frenéticos números musicales. Ahora, sentada en un rincón de un pequeño café de la Quinta Avenida, sin maquillajes que pudieran distorsionar su imagen de mujer madura, Rita tomaba un café bien cargado aquella tarde de invierno, cuando la intemperie era fría y húmeda. Se sentía bien, reconfortada por cada sorbo de café caliente que tomaba, y en compañía de sí misma. Su imaginación, incontenible y excitada, la llevó a aquel cine, donde junto a Fred Astaire, asistió al estreno de su primera película juntos "Desde aquel beso" (1941), dirigidos ambos por el director Sidney Landfield. Sonrió levemente al recordar como la juventud es atrevida, y como tal, se atrevió a enseñar a Fred Astaire algunos pasos de baile españoles que le había enseñado su padre, Eduardo Cansino. Fred Astaire, divertido, no sólo aceptó aquellas enseñanzas de Margarita, sino que se unió a ella en un improvisado número, donde ambos bailaron al ritmo que les marcaba el instinto, y que, desgraciadamente, nunca fue grabado.
Había pasado más de una hora y, mientras apuraba su segundo café, aquella mujer anónima durante este tiempo, dejó de serlo cuando a su lado sonó la voz de un joven que le dijo: "Usted es Rita Hayworth, ¿no?". Ella levantó la vista, lo miró con aquellos ojos maduros, pero llenos de luz, y le contestó: "Sí, soy ella". Y, recogiendo su pañuelo y colocándolo en su cabeza, se apresuró a salir de aquel café, que por una hora, se había convertido en un hospitalario refugio para su alma cansada.
Harry Cohn, el presidente de la Columbia, estudios a los que Rita pertenecía desde hace unos años, era un directivo feroz y de una dureza extrema. Trataba a todo el mundo muy mal y pensaba que las estrellas que contrataba le pertenecían. Hasta que llegó Rita Hayworth, una chica sencilla y hermosa, a la cual persiguió sin tregua ni descanso, con el fin de hacer de ella poco menos que su concubina. No consiguió lo que pretendía, y bronca tras bronca, trataba de humillarla una y otra vez, pero todo era inútil. Rita Hayworth había protagonizado ya "Gilda"(1945), y era la estrella más poderosa con la que contaba la Columbia, unos estudios que no podían alardear de contar con muchas estrellas de la magnitud de Rita. La Columbia, a diferencia de otros grandes estudios cinematográficos como la Warner ( a la que pertenecían Bette Davis o Cary Grant, sin ir más lejos) o la Metro Goldwyn Mayer (con estrellas del fulgor de Ava Gardner o Elizabeth Taylor), tenía "estrellitas", que pese a todo, sacaban las castañas del fuego a la productora. La estrella de mayor relumbrón que tuvo nunca Columbia fue Rita Hayworth, y de actores, Glenn Ford se alzaba con el cetro, siendo el rey entre todos aquellos actores que iluminaban como buenamente podían las pantallas de los cines de los años cuarenta. No es de extrañar que Rita Hayworth y Glenn Ford fueran emparejados varias veces por la productora, dado los pingües beneficios que le reportaban.
La primera vez que hicieron un papel protagonista juntos fue en "Gilda" (1945), dirigida por un director de talento, un artesano del cine, que conocía todos los resortes para que una película funcionara, Charles Vidor. Aunque Vidor conocía ya a Rita personalmente, no supo de ella fehacientemente hasta que le tomó unos planos para esta película, que comenzaría a rodarse de manera inminente. Entonces comprendió el potencial y el magnetismo de la actriz, dejando plasmada en estas pruebas, que si el celuloide se compone de sueños, ella representaba todo un universo de ellos, un universo que atraparía a hombres y a mujeres, con unas armas difíciles de reunir: belleza, talento y clase.
Tras un par de copas, Rita miró a Glenn, que, enamorado como estaba de ella, no dijo nada. La cogió del brazo y la llevó a un lujoso apartamento alquilado para ella por los estudios en una bonita zona de Buenos Aires, lugar donde se estaba rodando "Gilda". Glenn sabía de la imposibilidad de ese amor. Rita estaba casada con Orson Welles en aquellos momentos y muy enamorada del director, sin embargo, cuando estaba con ella, no podía desprenderse de esa luz que sus ojos despedían cuando la veía aparecer, ni de los latidos de su corazón, que lo agitaban de tal modo, que pensaba que caería de un momento a otro fulminado al suelo. Sin embargo, ahí seguía estando, en compañía de aquella hermosa mujer, que se había convertido en la razón de su vida. La besó en la mejilla y se despidió. Rita abrió la puerta del apartamento, volvió la cabeza unos segundos y tras una sincera sonrisa, entró.
Alrededor de ella, un enjambre formado por peluqueros, maquilladores y modistos, que como un remolino, daban los últimos toques al personaje. Su melena roja, descendía por sus perfectos hombros nacarados, y sus ojos y labios encarnaban la imagen del deseo. Mientras colocaban en aquella silueta, tan sinuosa como bella, el vestido que exclusivamente para ella había diseñado Jean Louis, el modisto de los estudios, Rita, algo nerviosa, preparaba mentalmente el baile que en unos minutos iba a protagonizar. El vestido, de satén negro, con escote palabra de honor, largo hasta los pies y con abertura lateral, iba acompañado por unos guantes de ópera del mismo material. Cuando por fin, se puso el guante izquierdo, el mismo del que minutos después se desprendería, dio con este gesto el último retoque de vida a "Gilda", y sin saberlo, Margarita Carmen Cansino empezó a diluirse. Comenzaba el mito.
"Pal Joey" (1957), era un proyecto que Harry Cohn, presidente de la Columbia, había preparado para Rita Hayworth. Era como una especie de venganza a los continuos rechazos de la actriz a sus proposiciones amorosas. Rita, a punto de alcanzar los cuarenta años, tenía una madurez hermosa y su fascinación seguía intacta. Con esto no contaba Cohn, que trató de humillarla enfrentándola a la que iba a ser la nueva gran estrella de la productora: Kim Novak. Sin embargo, no hubo tal enfrentamiento, ni tal humillación, porque Kim y Rita se llevaron bien desde el primer momento, y ambas estuvieron estupendas en la película.
Cuando Frank Sinatra cantaba, el estudio donde se rodaba "Pal Joey" se llenaba de un silencio plagado de respeto. Frankie se había negado a la propuesta de Cohn de que apareciera el primero en los títulos de crédito de la película, otra treta más para dar a entender al mundo que la estrella de Rita Hayworth comenzaba a apagarse. Sinatra dijo que Rita debía ir en primer lugar, porque ella simbolizaba la Columbia, y era, a su juicio, la máxima estrella que esta productora había tenido.
Rita agradeció siempre a Sinatra aquel gesto y, aunque no llegaron a ser amigos, le demostró su admiración, cariño y respeto más allá de los meses que duró el rodaje de la película.
Rita bordó su papel de Vera, una viuda adinerada con un pasado de stripper encaprichada de Joey, un cantante mujeriego en busca de fama y fortuna interpretado por Frank Sinatra, enamorado a su vez de Linda, la joven y bella corista encarnada por Kim Novak. La banda sonora es excelente, con canciones de Sinatra y algún número musical al que Rita puso la gracia y la picardía necesarios para sublimar el arte del strip-tease. Para comprobar esto, sólo hay que ver esta más que estimable película y deleitarse con "Zip", una canción deliciosa, donde Rita se muestra más seductora que nunca, dulce y sensual, dejando para la historia del cine otra secuencia mágica más.
Yasmine no podía entender que es lo que le estaba pasando a su madre. La hija de la estrella y del príncipe Ali Kahn, estaba perdida, y tras consultar a los mejores especialistas, por fin pusieron nombre a su enfermedad: Se llamaba Alzheimer y fue descubierta a principios del siglo XX por dos psiquiatras, Emile Kraepelin y Alois Alzheimer, el primero fue capaz de identificar los síntomas y el segundo, al que le enfermedad le debe el nombre, se encargó de observar la neuropatología que la define. Esta enfermedad suele aparecer fundamentalmente a partir de los sesenta años, pero se puede presentar precozmente, como fue el caso de Rita, que con cuarenta años empezó a sentir los primeros síntomas de tan devastadora enfermedad.
Durante los años sesenta, los trabajos de Rita en el cine se fueron espaciando por culpa del mal de Alzheimer. Le resultaba difícil recordar los diálogos, y conforme la enfermedad la iba atrapando, ella intentaba escapar en la vana fuga que le proporcionaba el alcohol.
Sin embargo, aún pudo demostrar su capacidad interpretativa en "El fabuloso mundo del circo" (1964), de Henry Hathaway, al lado de John Wayne y Claudia Cardinale, entre otros, o en "La ira de Dios" (1972), su última aparición en el cine.
Aquella noche, acompañada por sus hijas, Yasmine y Rebeca, los bellos ojos de Rita Hayworth se apagaron por completo. Poco antes, miró a sus hijas, aunque ya hacía mucho tiempo que no podía verlas. Sin embargo, un poco más allá, a los pies de la cama de su dormitorio, acertó a ver a una mujer hermosa, tan hermosa como los colores anaranjados, violetas y azules que pueblan los amaneceres, que le sonreía y le tendía la mano de forma acogedora, pero a la vez, firme. En cuanto llegó a rozar aquellos dedos finos y de bellas proporciones, Rita Hayworth se durmió para siempre, pero en el sueño eterno en que se sumió, no se fue sola, se fue acompañada por Gilda, que había estado velando su cama desde el mismo día en que apareció en su vida la enfermedad de los olvidos y de las pérdidas, de los silencios y la locura, de los recuerdos extraviados.
Portaban el féretro algunos de los pasajeros que se habían subido en algún momento al tren de su vida. Los actores Ricardo Montalbán, Don Ameche, el coreógrafo Hermes Pann, y Glenn Ford, su compañero en "Gilda", "Los amores de Carmen" o "La dama de Trinidad", su amigo y eterno enamorado, el cual, siempre la recordaría. Y es que desde entonces, en algún rincón de su rancho, habría una fotografía de aquella bella mujer, y a su izquierda, una rosa roja, señal de respeto y amor de un compañero de viaje, que se sintió una vez fascinado por Margarita Carmen Cansino, que se había perdido en el marasmo de las vanidades de Hollywood, pero que por fin, había vuelto para quedarse.
Este ha sido mi particular homenaje a Rita Hayworth, una de mis estrellas favoritas, y por supuesto de millones de admiradores en todo el mundo. Dejó su impronta en la industria del cine y en el corazón de la gente con la vitalidad de la que siempre hizo gala. Hermosa e inalcanzable, pero también sencilla y cercana. En cualquier caso, una mujer única, que será recordada por siempre por los amantes del cine de aquella y de todas las épocas.
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