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viernes, 27 de mayo de 2022

"SHAKESPEARE IN LOVE" O EL PODER DEL TEATRO

 




      Hay películas que nos muestran como pocas la grandeza de un arte sublime cuyo dominio se extiende a través de siglos de historia: el teatro, y una de esas películas es "Shakespeare in love" (1998), dirigida por el británico John Madden e interpretada por Joseph Fiennes y Gwyneth Paltrow, inmersos en una historia de amor gestada en Inglaterra en plena época isabelina entre un joven escritor llamado William Shakespeare (Fiennes) y Viola Lesseps (Paltrow), la hija de un rico comerciante cuya pasión por el teatro la lleva a querer actuar en él, pese a que en aquel tiempo esta prohibido a las mujeres. Con una impresionante e impecable reconstrucción de la época, la película nos sitúa a finales del siglo XVI, en el momento en que Shakespeare está en el inicio de su poderosa carrera como escritor y aún no es lo suficientemente conocido por el gran público. Éste, tras haber sufrido un desengaño amoroso, destruye la comedia que en esos momentos se encuentra escribiendo, "Romeo y Ethel, la hija del pirata", para uno de los dos teatros más importantes de Londres, el Teatro de la Rosa y decide transformarla en una tragedia, la cual se llamará "Romeo y Julieta" y, sin apenas comenzar a escribirla, comienzan los ensayos.




      Todos los personajes tienen ya a sus actores, sin embargo, falta Romeo. La joven Viola Lesseps, entusiasmada por actuar, decide disfrazarse de hombre para acceder al papel. Así, se presenta como Thomas Kent, un joven que logra encandilar al autor con una apasionada y novedosa forma de interpretar que hace que consiga el papel sin dificultad.




           Cuando Shakespeare descubre que Thomas Kent es en realidad una bella joven llamada Viola Lesseps, éste se enamora de ella perdidamente, comprobando que este amor es recíproco. Esto le va a servir de inspiración para continuar la obra, la tragedia amorosa en las que dos familias, los Montesco y los Capuletto, a las cuales pertenecen Romeo y Julieta, enfrentadas desde hace tiempo, se oponen al amor de los jóvenes. Pero el amor de Shakespeare y Viola, como el de los protagonistas de la tragedia que está escribiendo, es imposible. 




      Él sigue casado, aunque con un matrimonio fracasado y ella está comprometida con Lord Wessex, en un contrato matrimonial sin amor impuesto por su padre. 




      Poco a poco y, mientras nos vamos adentrando enla historia, el film muestra de forma veraz los entresijos de una época de oro para el teatro, así como los pormenores que conllevaba el estreno de las obras y la competencia de los locales para conseguir los autores de más talento y los actores más solventes. (En la película el Teatro de la Rosa competía con el Teatro de la Cortina). El pueblo llano asistía a los estrenos y a veces, con él se mezclaba gente de otros estratos sociales, incluida en este caso, la reina Isabel I, interpretada magníficamente por Judy Dench.



      Podemos decir que "Shakespeare in love" es un entramado de pasiones y de laberintos que confluyen en una sola dirección: el amor por el teatro y es un entramado interpretado con solvencia por grandes actores, como Rupert Everett, en el papel de Christopher Marlowe, el dramaturgo predecesor y amistoso rival de Shakespeare, Colin Firth, como el arruinado Lord Wessex, Ben Affleck el papel del actor Phillip Hesnlowe, propietario del Teatro de la Rosa y Martin Kline como el otro propietario, el del Teatro de la Cortina. Mención especial merece la anteriormente mencionada Judy Dench, como Isabel I de Inglaterra, un corto pero brillante papel con el que consiguió el "oscar", y es que en poco tiempo realiza una enérgica composición de una reina altiva y sardónica como pocas. Su breve intervención deja al público con ganas de más.




      Pero, ¿puede una obra teatral mostrar la verdadera naturaleza del amor?. Esta cuestión lanzada en forma de apuesta de 50 libras por Shakespeare a Lord Wessex delante de la reina, será dirimida al representar "Romeo y Julieta" en el Teatro La Cortina, tras ser cerrado el de la Rosa por inmoralidad y escándalo público al descubrirse que el papel de Julieta lo interpretaba una mujer. Pero, antes de que se pueda representar, sucederá un avatar más que podrá en peligro el estreno de la obra. Así cuando va a iniciarse por fin, ya en el Teatro de la Cortina y habiendo el propio William Shakespeare asumido el papel de Romeo, el actor adolescente que encarnaba a Julieta se encuentra en el crítico momento en que su voz comienza a cambiar y no puede dar la réplica al escritor. El pánico cunde pero la obra da comienzo, sin embargo, entre los espectadores se encuentra Lady Viola, que asiste a la representación antes de partir con su marido tras su boda, que se ha celebrado el mismo día del estreno. Ella no duda en representar a la dulce Julieta, ante la sorpresa de todos los allí presentes y frente a Shakespeares, su auténtico Romeo, interpreta con total inspiración su papel fundiéndose con el apasionamiento desbordante que imprime al suyo el autor de la obra y ahora, actor. La reina, allí presente, conmovida por la representación, y aunque no puede evitar que Wessex se quede con Viola como esposa, si le pide que pague a Shakespeare las 50 libras que apostó, pues el autor ha demostrado con "Romeo y Julieta" que una obra de teatro, si puede mostrar la verdadera naturaleza del amor, y por lo tanto, ha perdido.




      La película termina con la fatalidad de un amor imposible, el de Shakespeare con Viola y con el inicio de una nueva obra del escritor: "Noche de reyes" o "La duodécima noche", cuya heroína llevará  indefectiblemente el nombre de su gran amor: Viola.




      Sin lugar a dudas, el planteamiento cinematográfico de "Shakespeare in love" se alimenta del teatro en tanto y cuanto la película nos cuenta de manera fidedigna los pormenores del mismo en la Inglaterra de Isabel I y consigue interesar desde el principio, con una componente de romanticismo y humor que nos seduce, a la vez que las interpretaciones de los actores, los cuales, a mi parecer, disfrutaron con su trabajo de una manera especial. Eso se nota en la alegría que proyecta y nos transmite la película y en la veracidad de sus interpretaciones. Todo ello logra que nos sintamos a ratos como  espectadores desde la butaca de un cine o sentados en un palco imbuidos del ambiente teatral que nos  expone de una manera brillante. Y es que desde el  siglo XVI hasta hoy, los sentimientos no han cambiado excesivamente, por eso, desde aquí recomiendo que disfrutéis de la película, pues en ella se funden  dos artes sublimes del entretenimiento y de la cultura: el cine y el teatro, dejando en todo momento un buen sabor de boca.




      La película obtuvo 13 nominaciones a los Oscars, de los que obtuvo siete, entre ellos, a la mejor actriz principal (Gwyneth Paltrow), a la mejor actriz secundaria (Judy Dench) y al mejor guión. También obtuvo tres Globos de Oro y cuatro premios Bafta. Es, pues, una película muy premiada, aunque más allá de los premios está su excelente facturación y su enorme vitalidad, que nos seduce y entretiene a la par que nos emociona consiguiendo con creces el propósito que una obra cinematográfica debe proponer. Si podéis, no dejar de verla o revisitarla. Saludos.









viernes, 17 de diciembre de 2021

LA SONRISA DE VERÓNICA

 




      Atravesó la luz de parte a parte y sus ojos azules se anegaron de lágrimas, pues se hallaba entre bambalinas, dando color a su piel, tersa y blanquísima. Se preparaba para actuar, como siempre, y respiraba profundamente frente al espejo mientras daba los últimos retoques a su rojizo cabello. Una música suave sonaba entre las paredes de su camerino donde se sentía auténticamente libre y sus labios esbozaron una sonrisa abierta, sincera y feliz, la famosa sonrisa de Verónica. Venía, sin embargo, de pasar noches oscuras de vientos y tempestades, de lluvias que calaban su cuerpo hasta humedecer sus huesos, de miedos provocados por la presencia vigilante de lobos de tres cabezas y fauces afiladas. Pero ahora, todo era distinto. Ahora vivía en en el ensueño de una ilusión que siempre tuvo: la de volver a ser una niña. Mientras se maquillaba lo había estado pensando, pero en estos momentos, era una mujer y era una actriz, y de las grandes. Se sentó en el pequeño sofá a la espera de esa voz que la llamara a escena, y su pensamiento seguía volando tan inquieto como un colibrí. Pensó en su padre, dirigiendo sus primeros pasos en el cine, con tanta dedicación y amor, y también en su madre, la escritora que inculcó en ella su pasión por el saber. Luego vino a su mente la figura de su hermano, pilar que sostenía paredes fundamentales de su vida y por último su hija, que vivía dentro de su corazón. Volvió a sonreír atrapada por el vaivén de su memoria y con serenidad seguía a la espera. Se encendieron los focos y comenzó la música que daba inicio a la función teatral. Entonces escuchó la voz que la llamaba: "¡Verónica, a escena!". Se levantó y se acercó entre las tramoyas y antes de salir, vio a su público expectante y sus ojos azules, húmedos de dulzura, se dejaron guiar por una emoción incontenible, mientras de su boca, salía la primera frase de la obra: "Ya estoy aquí, siempre estuve con vosotros y ya no me marcharé". Y mientras lo decía, sonrió una vez más, sin darse cuenta de que su sonrisa iluminaba el mundo.


      Este relato está dedicado con todo mi respeto, admiración y cariño a una actriz maravillosa, Verónica Forqué, que, inesperadamente, esta semana ha iniciado su viaje a las estrellas. Hasta siempre, Vero, y muchas gracias por todo lo bueno que has aportado a este mundo con tu talento y como ser humano, que ha sido mucho. Vuela alto.






lunes, 19 de marzo de 2018

CARY GRANT: EL ESTILO DE UN ACTOR.




Cary Grant es uno de esos actores que han estado presentes siempre a lo largo de toda mi vida, ya que, desde muy pequeño conocí sus películas, y a través de ellas, su gran personalidad. Fue un actor sofisticado y a la vez cercano, admirado por hombres y mujeres, tanto por el atractivo de su físico como por su gran talento. En aquellas tardes de primeras sesiones, el rostro de Cary Grant se asomaba de vez en cuando a la pequeña pantalla para enseñarnos su simpatía y carisma. Películas como "La fiera de mi niña", "Historias de Filadelfia", por no hablar de "Arsénico por compasión", nos hacían reír de un modo inteligente y elegante. Por las noches, algún ciclo dedicado a Alfred Hitchcock nos mostraba el lado más inquietante y misterioso de Cary: "Sospecha", "Encadenados" o "Con la muerte en los talones", daban la medida de los variados registros de un actor curtido en mil batallas: desde las primeras compañías de cómicos donde trabajaba siendo apenas un niño en Bristol (Inglaterra), su lugar de nacimiento, hasta sus primeros pasos en el teatro, y por fin, en el cine, donde se convirtió en la gran estrella que fue, dejándonos un legado de películas indispensables para entender la historia del Séptimo Arte. Comedia, drama y suspense, componen los géneros de una filmografía admirable, donde Cary Grant demostró siempre su talento y categoría como actor, dejando un sello tan personal, que generaciones posteriores de actores como Tony Curtis o, más recientemente, Hugh Grant, por ejemplo, echaron mano de Cary para componer algunos de sus personajes más exitosos. Y es que el estilo de Cary Grant es atemporal, y su carisma imperecedero. Demos una vuelta por algunos episodios de su vida y obra, tan sorprendente la una como la otra, y dejémonos seducir por el encanto de un actor inglés que cumplió su sueño americano: Cary Grant.







Tenía treinta años cuando Archibald Alexander Leach, descubrió que su madre estaba viva. Ya era Cary Grant, el famoso actor, cuando en el reencuentro que tuvo con su padre en una cafetería, este le confesó que su madre no había muerto, sino que había sido internada en una clínica psiquiátrica, donde permanecía desde hacía más de veinte años. Miró a su padre con la misma incredulidad con la que miró a aquellos parientes, que un día, al regresar de la escuela y no encontrar a su madre en casa, le dijeron que no estaba allí, que desgraciadamente, había fallecido. Y en unos momentos la incredulidad de aquella mirada dio paso al dolor y al rencor hacia aquel hombre, cuyo matrimonio con Elsie, su madre, había sido un fracaso casi desde el principio, y que era el causante de tantas desafecciones. Aquello no podía ser verdad, le parecía un disparate. Tenía diez años cuando le hicieron creer que había perdido a su progenitora y ahora, de repente, surgía de nuevo en su vida como un fantasma que venía a revivir todos aquellos recuerdos que se quedaron anclados en su infancia, y que despertaban en él emociones encontradas. Pero la rabia, la sorpresa y el dolor, no podían soslayar un hecho: su madre vivía, y Archibald estaba dispuesto a recuperar el tiempo perdido y a volver a refugiarse en aquellos brazos, ausentes durante la mayor parte de su vida.
Se levantó de la mesa de aquella cafetería devastado, y apenas se enteró de que se había despedido de su padre cuando salió con lágrimas en los ojos a la calle, donde le esperaba la que iba a ser su  esposa, Virginia. La mujer, sorprendida al ver el estado de shock en que se encontraba el joven, se aferró a su brazo con fuerza y, sin preguntar nada, caminó a su lado durante largo rato, mirando en silencio con sus grandes ojos el rostro descompuesto de Archibald, que reflejaba en la perfección de sus líneas, perplejidad y dolor. Por fin, pararon en medio de aquella avenida, transitada de gente, y él, mirando a la muchacha, le contó lo que había ocurrido. Entonces, Virginia, con los ojos humedecidos, lo abrazó y lo besó de la misma manera que una madre haría con su hijo, otorgándole todo el consuelo y el amor que era capaz de dar su corazón.
Los motivos que confinaron a Elsie en Fishponds, una institución para enfermos mentales  que había en un condado a las afueras de Bristol, no eran otros que los mezquinos intereses de su marido, Elías, el cual, hombre mujeriego y bebedor empedernido, aprovechó la depresión por la que pasaba Elsie tras la muerte de su primer hijo para internarla. De este modo, se encontró sin ataduras para vivir con la nueva mujer que había aparecido en su vida. Así, Elías Leach, a ratos amable y cariñoso con Archibald, y a ratos, intratable, marcó la época más cruel de la vida de Cary Grant.
El lugar, impersonal e inhóspito, estaba situado a las afueras de Bristol. Cuando llegó, llamó al timbre y tuvo que atravesar un jardín de aspecto algo descuidado hasta llegar a las puertas del asilo. Una enfermera que pululaba por allí le hizo pasar y le trasladó a una pequeña y fría sala donde, sentado en un sofá y carcomido por los nervios y por la ansiedad, Cary Grant esperó unos minutos antes de que apareciera su progenitora. Cuando llegó Elsie, los ojos de Cary Grant dejaron entrever aquel niño que un día al volver de la escuela perdió a su madre, solo que la angustia y el temor que aquel día expresaban se convirtieron en un sentimiento de paz y de serena ternura. Se levantó, y se dirigió a su madre diciéndole "hola mamá ¿ cómo estás ?" y Elsie, sin contestar, pero con lágrimas en los ojos, lo abrazó. Desde este día, Archibald no dejó nunca de cuidar de su madre, rescatando al niño que fue, si es que alguna vez se había ido, mientras Cary Grant empezaba a configurarse como una de las más grandes estrellas del panorama cinematográfico de la época. Se cerraba la etapa más dolorosa de la vida de Archibald y se abría la más feliz para el apuesto Cary Grant, que desde entonces no dejó de trabajar, y muy bien, en algo que le apasionaba, la interpretación.
La relación  profesional de Cary Grant con Katharine Hepburn comenzó en el año 1935, cuando George Cukor los reunió certeramente para rodar "La gran aventura de Silvia". Aunque ya se conocían a través de Howard Hughes, el excéntrico millonario, dueño de la productora cinematográfica RKO, no sería hasta este año cuando los dos actores pudieron comprobar que entre ambos, cinematográficamente hablando, había una química excepcional, y lo demostraron a lo largo de cuatro películas maravillosas: la anteriormente citada "La gran aventura de Silvia" (1935), "Vivir para gozar" (1938), "La fiera de mi niña" (1938) y por último, "Historias de Filadelfia" (1940). Todas, excepto la tercera, que estuvo dirigida por Howard Hawks, son de George Cukor, el cual estaba encantado con la pareja que, bajo su batuta, alcanzaron grandes cotas interpretativas, dotando a la comedia de agudeza y brío, comicidad y talento.
Aquel primer día cuando llegó al escenario del rodaje, Katharine Hepburn ya llevaba más de una hora ensayando el diálogo de la secuencia que iban a rodar. Cary Grant, atravesó el plató y saludó al director, Howard Hawks, el cual, cigarrillo en mano, daba las primeras instrucciones a un equipo que habría de realizar una de las mejores comedias de todos los tiempos: "La fiera de mi niña".
Kate Hepburn era una mujer de fuerte carácter y muy exigente consigo misma y con los demás, sin embargo, había rodado muy pocas comedias, y ello le hacía sentirse algo insegura ante "La fiera de mi niña", en la que el humor disparatado campa a sus anchas. Cary Grant, por el contrario, estaba habituado a la comedia desde que comenzara en aquellas compañías ambulantes en las que trabajó en su Inglaterra natal. Sin embargo, confiaba en esta película para confirmar el éxito alcanzado con "La pícara puritana" (1937), al lado de Irene Dunne, otra comedia de enredo que lo situó en lo más alto del star-system hollywoodiense. Por otra parte, Howard Hawks, estaba en un momento de parón, tras la suspensión del rodaje de "Gunga Din", debido a no poder conseguir a Clark Gable como uno de los protagonistas de la misma.
Kate, por otra parte, pidió consejo a Howard Hawks sobre cómo afrontar el personaje de Susan Vance, la millonaria y caprichosa joven que se enamorará del tímido y apocado paleontólogo David Huxley, encarnado por Cary Grant. El director, que no conocía secretos en su profesión, los llamó y les dijo que hablaran deprisa, que partieran de esta premisa para conseguir dar el ritmo endemoniado que requería la película. Empezó el rodaje y así lo hicieron. No obstante, Katharine Hepburn, no estaba contenta con su actuación. Quería darle la máxima veracidad a su personaje e imprimir en él una comicidad auténtica. No tardó mucho en conseguirlo. Cary Grant, por su parte, no sólo cogió el ritmo de la comedia desde el primer momento, sino que aportó algunas ideas que sorprendieron a todos, y que tanto Kate como el director, aceptaron de buen grado desde el principio. Una de ellas fue la cómica secuencia del vestido roto, en la que Cary Grant cubre el trasero de Hepburn con un sombrero de copa, y ambos caminan pegados hasta salir del salón de baile. Aún temiendo tener que enfrentarse a la censura del código Hays, la secuencia se filmó entre las carcajadas del director y del equipo técnico y quedó como una de las más hilarantes de la película.







Aquella radiante mañana, los actores habían quedado con el director en una cafetería que había al lado de los estudios RKO. El local, sin ser demasiado lujoso, tenía un encanto de cine: la barra se encontraba situada a mano izquierda y el salón tenía una forma anárquica a todas luces, con mesas que se distribuían de igual manera. Los manteles, de un blanco resplandeciente, se adornaban únicamente con unas gardenias de color azul que aparecían engarzadas en los laterales, las cuales parecían observar a los famosos clientes que se comunicaban entre la espesa niebla que a veces, desprendía el humo de los cigarrillos. Una hilera de taburetes de barnizado oscuro y brillante recorrían la barra, iluminada de noche con una sutil y refinada luz que, haciendo juego con las sencillas lámparas que surgían de las paredes, dotaba al ambiente de gran intimidad.
Cuando llegó Howard Hawks a la cafetería, Cary Grant y Katharine Hepburn llevaban ya un rato hablando y preparando una de las secuencias más famosas de la película, durante la cual, el personaje de Hepburn, Susan, persigue a David, objeto de su amor, hasta lo más alto del andamio al que se sujeta el brontosaurio que está reconstruyendo el paleontólogo. Howark Hawks tenía claro que la secuencia se rodaría con una especialista en el caso de Kate, ya que entrañaba cierto peligro, pero Cary Grant logró convencer a la audaz actriz de que fuera ella misma la que rodara la escena. Hawks se negaba en rotundo, pero nada pudo hacer ante la insistencia y la vehemencia de Kate, que confiaba plenamente en las capacidades físicas de su enérgico y vital compañero.
La secuencia comenzaba a rodarse a primera hora de la tarde, y Katharine Hepburn se pasó la mañana ensayando con Cary, la forma en que él debía agarrarla cuando se derrumbase el gran esqueleto del brontosaurio sobre el que ella, desde una larga escalera, debía saltar provocando el desplome del mismo. Cary Grant, en excelente forma física, había trabajado como saltimbanqui en su primera época de cómico en Bristol: caminaba sobre altísimos zancos y realizaba todo tipo de acrobacias para deleite del público, que se entusiasmaba contemplándolo. Nada podía salir mal. Sin embargo, la secuencia requería concentración, habilidad y gran destreza. La forma en que Cary sostendría a Hepburn sería a modo de como lo hacen los trapecistas, sujetándola por el antebrazo a la misma vez que ella, se sujetaría con fuerza al del actor, todo ello en pocos segundos, quedando colgada del vacío desde el andamio a una altura de cuatro o cinco metros.
Ya encaramada en la escalera, y desbordada por la adrenalina, la actriz, recitaba su texto de manera profesional e implacable. Y aunque a veces temblaba como una hoja, se sentía segura cuando miraba a su compañero, cuyos ojos oscuros le daban tranquilidad.
Había llegado el momento, y entre el silencio de todos, la actriz saltó de la escalera sobre aquel edificio de huesos, a la vez que irremisiblemente, este se hundía. La mano de Cary Grant se convertía en un férreo grillete que atenazaba el antebrazo de su compañera, la cual, se balanceaba sujetándose con fuerza al del actor. Hawks gritó "¡corten!". La secuencia había finalizado y todo había salido a pedir de boca. Era tal la alegría que las efusiones y los abrazos de esa pareja de artistas provocaban el balanceo de la estructura sobre la cual, todavía se encontraban, temiéndose que en algún momento fueran a reunirse con los desperdigados huesos del brontosaurio que cubrían el suelo. No fue así, y tanto Cary Grant como Katharine Hepburn demostraron que el cine es un engranaje de espectáculo, magia y talento, y que estas tres cosas confluían en ellos de manera extraordinariamente natural.
Corrían los años cincuenta, cuando Cary Grant, tras el escaso éxito comercial de sus últimas tres películas, decidió retirarse con la que entonces era su tercera esposa, la actriz Betsy Drake, veinte años más joven que él. Sin embargo, para Cary, esta decisión no era totalmente inamovible. Se dedicaron a viajar, a conocer lejanos países y a disfrutar de un matrimonio que parecía funcionar perfectamente. A Betsy le encantaba esa vida, que le permitía tener a su marido para ella sola, lejos de Hollywood y de las películas, convirtiéndose en un fuerte retén para el actor, que llegó a rechazar importantes papeles en películas tan relevantes como "Vacaciones en Roma" o "El puente sobre el río Kwai". El matrimonio vivía un momento idílico, pero Cary no quería despedirse definitivamente del cine sin realizar una buena película que volviera a situarlo en lo más alto del pódium de las estrellas. Al poco tiempo, y estando en su residencia de Palm Springs, Cary Grant recibió un telegrama que, como por arte de magia, iba a cambiar aquella situación de placidez y quizá también de cierta rutina en la que se encontraba sumergido desde que no rodaba. Era de Alfred Hitchcock y le informaba de que en un par de días, le haría una visita acompañado de un guión que estaba preparando para una película. Cuando lo supo Betsy, comenzó a sospechar que el retiro dorado de su esposo estaba a punto de terminar, y que los barrotes impuestos por sus brazos iban a saltar por los aires en poco tiempo.
Efectivamente, a  los dos días, la figura oronda y reprimida del mago del suspense hizo su aparición en aquella mansión, que rodeada de una verja tan elegante como fornida, resguardaba la vida matrimonial de aquella pareja, y que hasta ahora, había evitado cualquier injerencia en la tranquilidad ( y cierto aburrimiento para el actor) que embargaba el interior del recinto.
Con paso pesado, pero firme, Hitchcock bordeaba la piscina portando bajo el brazo el libreto que habría de sacar a Cary Grant del ostracismo, un poco impuesto y por otra parte, un poco deseado en el que se hallaba. En la puerta, el matrimonio Grant le estaba esperando con la mejor de sus sonrisas. Hacía un día azulado, primaveral, y tras los pertinentes saludos, se sentaron en el porche, donde Betsy había preparado una mesa con toda clase de aperitivos del agrado del maestro, el cual se dirigía animoso hacia Cary Grant que, receptivo, escuchaba con interés la propuesta del director.








Alfred Hitchcock siempre había deseado conocer a Cary Grant, y cuando desembarcó en Hollywood, allá por el año 1938, lo primero que hizo fue convencer a Selznick, el famoso productor para que se lo presentara, pues estimaba que el actor era mucho más de lo que representaba en sus películas, además intuía que había una vertiente en él que el cine no había mostrado todavía y que, el quería sacar a la luz. Se conocieron en el club 21, y cuando Hitchcock miró  los ojos de Cary Grant , supo que no se había equivocado. Cuando acabaron aquella conversación, que duró más de dos horas, concluyó que Cary Grant era él, solo que con el aspecto físico que al maestro del suspense le hubiera gustado tener. Así, Hitchcock conocía a finales de los años treinta del siglo XX a su "alter ego", e iniciaría con él una relación intermitente de películas (todas obras maestras), que comenzaría con "Sospecha" (1938) y finalizaría con "Con la muerte en los talones" (1959). Entremedias, dos películas imprescindibles: "Encadenados" (1946) y "Atrapa un ladrón" (1954), cuyo guión era el que portaba aquella mañana teñida de azul añil, cuando fue recibido en Palm Springs por Cary Grant y su tercera esposa, Betsy, la cual, iba observando como los ojos de Cary brillaban como hacía mucho tiempo que no lo habían hecho, cuando Hitchcock le hablaba entusiasmado de aquel guión. Comprendiendo que sería inútil oponerse esta vez a que su marido volviese a rodar, se levantó de la silla donde estaba sentada y lánguidamente, sintiéndose ignorada ante la ciclónica y entusiasta conversación entre director y actor, se dirigió al interior de la casa, que para disgusto de ella, empezaba a abrir sus ventanas y sus puertas, poniendo en libertad de nuevo el encarcelado talento de su marido.
Grace Kelly no era una princesa, ni falta que le hacía. Era una mujer rutilante y segura de sí misma, refinada y volcánica, con una clase que para sí la quisiera la más empingorotada de las princesas. Era una hermosa esfinge viviente, dotada de una soberana belleza que hacía enloquecer a cuantos la conocían. También era una obsesión para el director, Alfred Hitchcock, con el que ya había trabajado para aquella obra maestra titulada "La ventana indiscreta" (1954), al lado de James Stewart. Grace Kelly era también la protagonista de la nueva película del director británico e iba a trabajar por primera y única vez con Cary Grant, el sofisticado y elegante actor, "alter ego" de Hitchcock.
Bajó la ventanilla del coche, parado junto a una de las tiendas más caras de la ciudad. Mónaco era un pequeño paraíso en la tierra y sus magníficas vistas serían parte del escenario de "Atrapa a un ladrón". Cary Grant quería tener un detalle con su compañera, y entró en aquella tienda donde todo lo que había era tan caro como hermosa era la mujer que lo iba a recibir. Pese a su fama de tacaño, Cary Grant en realidad, lo único que hacía era dar el valor justo al dinero, no olvidándose nunca de las penalidades  pasadas durante su niñez y juventud.  En la boutique, fue recibido con alharacas por una vendedora experta y feroz, entrenada en las arduas lides de vender a una clientela de alto nivel económico lo más caro que hubiera en la tienda, sin atender en muchos casos, las leyes del buen gusto. Acostumbrada a recibir a celebridades, no le cogió por sorpresa ver aparecer a Cary Grant por allí , y tras un saludo tan protocolario como estudiado, dio comienzo el acoso. Cary Grant miraba de un lado a otro de aquella tienda sin hallar el objeto o la prenda que podría gustar a aquella "chica bien" de Filadelfia. Sin pensárselo dos veces, la vendedora comenzó a mostrar toda la artillería que era capaz de ofrecer: joyas carísimas que rozaban la vulgaridad, agobiantes abrigos de pieles en cuyas etiquetas se descolgaban los ceros de manera inquietante y sombreros imposibles, ante la mirada incrédula de Cary, el cual, sin hacer mucho caso a aquella oleada de lujo y, a veces, de mal gusto, seguía escrutando cada rincón de la boutique sin encontrar lo que buscaba. La vendedora, inasequible al desaliento, continuaba con su asedio, y sacó el mayor tesoro que albergaban las paredes de aquella tienda: un collar de brillantes, cuyos pedruscos pesaban tanto, que hizo dudar al actor que hubiera mujer alguna con el cuello lo suficientemente musculado para portarlo. Su precio, por descontado, era tan desorbitado como espeso era el maquillaje que trataba de disimular la madurez de aquella mujer, que ya daba por perdido al distinguido y famoso cliente. Cary Grant, totalmente desanimado, se despidió de aquella vendedora decidido a marcharse, cuando antes de cruzar el umbral de la puerta, acertó a ver en un rincón de uno de aquellos suntuosos escaparates, unos guantes de verano, realizados en cuero blanco, calados y de gran elegancia, y a su lado, unos pendientes de perlas de las que se desprendían pequeños brillantes en forma de hoja, creando una composición de exquisita belleza. Tras quedarse con ambos complementos, se marchó con la satisfacción de haber comprado aquello que quería, mientras que la vendedora se quedó con la satisfacción de haber vendido algo que, por modesto, nadie quería.
Mónaco resplandecía con la inestimable ayuda que le prestaba Grace Kelly, cuando aquella mañana soleada apareció impecablemente vestida para comenzar a rodar a las órdenes del mago del misterio. Erguida, altiva y elegante, dio los buenos días a un equipo que, embobado, la admiraba. Los ojillos del director, adquirieron un brillo sobrenatural cuando se acercó a saludarle, y Cary Grant, no pudo por menos que enamorarse de una forma tan apasionada como platónica de la futura princesa.
Diseñado por Edith Head, Grace llevaba un conjunto de dos piezas en color rosa coral con falda plisada, propia de los años cuarenta, época en la que se desarrolla la película, y como complemento, los guantes de piel blancos y calados que Cary Grant le había regalado días antes. Por su parte, el actor iba elegantemente vestido con una chaqueta con botonadura dorada, camisa blanca y pañuelo al cuello.
Comienza el rodaje. Cary Grant es John Robie, en otro tiempo un famoso ladrón de guante blanco, hoy redimido, pero que vuelve a ser investigado tras una serie de robos que se han producido en los hoteles más lujosos de la Costa Azul. Grace Kelly es Frances, una rica heredera hospedada con su madre en uno de esos hoteles, a la que conoce John Robie, y con la que pretende demostrar su inocencia. Para ello, utilizará como cebo las valiosas joyas de la madre de Frances. Así, ya transformados en John Robie y en Frances, Cary Grant y Grace Kelly, subieron al coche descapotable con el que iban a rodar una de las famosas escenas de la película, en la que ambos se ven perseguidos por la policía.
Las serpenteantes curvas que rodeaban aquel pedazo de la Riviera Francesa, y la velocidad con la que Grace conducía el coche, levantaban los pies del asiento a Cary Grant, el cual empezó a pensar que la actriz se estaba tomando demasiado en serio las indicaciones de Hitchcock, que , apostado en alguna de aquellas montañas, tomaba planos largos de la cinematográfica carrera automovilística. Cary Grant, observaba fascinado a la actriz, que sonreía segura de que había conseguido dotar a la secuencia de la emoción que requería, aún a costa de conseguir asustar de verdad a su compañero. Por fin, pararon en lo alto de una colina desde donde se divisaban unas hermosas vistas del principado, y donde dispusieron de unos minutos antes de que llegara el director y el equipo para continuar con el rodaje. Se miraron unos minutos en silencio y el actor creyó ver algún atisbo de atracción hacia él en los ojos de Grace. Posiblemente así fuera, pero aquellos ojos claros, ya pertenecían a otro hombre. Él, por su parte, se sentía atrapado por los muchos encantos de la rubia y elegante actriz, pero no dijo nada, porque también intuyó que con ella, no lograría otra cosa que no fuera más que una buena amistad. Todo quedó en unas miradas que entremezclaban la duda y la pasión, y en un beso en la mejilla cuando Grace le confesó que, hacía unas semanas, durante el festival de Cannes al que había sido invitada, había conocido a quien habría de convertirse en su marido: el príncipe Rainiero de Mónaco. Por él, Grace Kelly abandonó el cine y construyó una vida totalmente distinta, alejada de los focos y de la interpretación. Con ello, Mónaco ganaba una disciplinada y elegante princesa, y el Séptimo Arte perdería a una gran actriz. Cuando Alfred Hitchcock quiso contar con ella siendo ya princesa de Mónaco para protagonizar "Marnie, la ladrona"(1964), recibió la respuesta negativa de la actriz, pero eso sí, con todo el dolor de su corazón, ya que Grace añoraba el cine, donde había intervenido en algunas de las películas más importantes de la década de los cincuenta: "Sólo ante el peligro" ((1952), "Crimen perfecto" (1954), o la que fue su última aventura cinematográfica "Alta sociedad" (1956). Hitchcock y los amantes del buen cine la echarían de menos.
Los demonios de Archibald regresaron en la primavera de 1959, durante el rodaje de "Con la muerte en los talones", a las órdenes nuevamente de Alfred Hitchcock. Incubados durante su infancia, subyacían en las profundidades de su alma, y de cuando en cuando, volvían a aparecer.
Tumbado en la tarima de aquel psiquiatra, Cary Grant, con aspecto taciturno, esperaba con impaciencia la fórmula que iba a poner en orden su desbaratado espíritu. Miró el reloj, que apuntalaba la hora de la llegada del doctor Mortimer, e intentó relajarse sin conseguirlo. Se levantó y recorrió aquella especie de despacho aséptico y frío, una estancia estudiada especialmente para que nada pudiera interrumpir los viajes que los pacientes proyectaban en su interior, cuando tomaban la receta de aquel médico, el cual, era un reputado especialista, miembro del Instituto de Psiquiatría de Beverly Hills. Ya había acudido a él en otras dos ocasiones, y los efectos que provocaban en su personalidad eran como un exorcismo, como algo liberador que le acercaba un poco más a sí mismo, al interior de Archibald, tan escasamente conocido por la gente, ni siquiera por sus esposas ni por sus amistades más íntimas.
Tras un apretón de manos, el doctor Mortimer preguntó al actor si estaba preparado. Cary Grant, se volvió a tumbar en la tarima y contestó: "Siempre lo estoy", y a continuación, el doctor colocó sobre un cartoncillo, aquello que provocaba en Archibald las pesadillas más atroces y los sueños más inimaginables, aquello que lo transportaba a un universo de nubes negras y de tormentas, de estrellas sin brillo y de planetas que se resquebrajaban por la mitad, pero que tenía el poder de hacer que se reencontrara nuevamente a sí mismo, tras un tiempo perdido en la nebulosa de ilusiones que suponía su trabajo. No lo dudó y tomó aquella receta dejando el cartoncillo vacío sobre la mesita. Mientras tanto, el doctor, se sentaba al fondo de la estancia en su sillón de piel, dejando la habitación en penumbra, y vigilando como un centinela los sueños de Archibald.
El sueño comenzó a los pocos minutos. Esta vez fue un viaje fantasmal y extraño, y tan psicodélico como los dos anteriores. En él, el actor se veía a lo lejos, en un enorme y oscuro valle, rodeado de árboles cuya savia se había parado desde hacía muchísimo tiempo y cuyas ramas secas, crujían al más mínimo empuje del viento. De pronto, todo se volvía aún más oscuro y solo atisbaba las siluetas de aquellos árboles malditos que lo rodeaban.
Comenzó a caminar en aquella avenida de oscuridades entre los graznidos de unas aves extrañas sin pico ni plumaje, que lo perseguían y que iban imprimiendo en su corazón terribles sensaciones. Se volvió, y lo único que vio fue un enorme y largo pasadizo, hecho de una especie de metal duro como el acero, en cuyo final le pareció ver la figura delgada y desmayada de su madre. Intentó dirigirse hacia ella y la llamó con fuerza,  pero sus pies no le respondían y su voz se apagó cuando por segunda vez intentó llamarla. Sólo podía caminar hacia el norte, entre las figuras de aquellos árboles del averno que le provocaban un frío de nieve en todo su cuerpo, y que a veces, calaba en las cerradas profundidades de su espíritu. De repente, notó que algo golpeaba su cabeza. Pensó que era una rama que se había desprendido, aunque no podía asegurarlo. Mientras tanto, el terror iba adueñándose de él, de modo que aceleró el paso y nuevamente volvió a notar un golpe, esta vez en la cara, solo que ahora no le pareció una rama, sino algo inerte y frío como el hielo y tan rígido como un muerto. Se volvió y gritó preso del terror, cuando comprobó que lo que había rozado su rostro no era otra cosa que los pies de un ahorcado. Todo empezó a dar vueltas y una potente luz amarilla invadió aquella oscuridad, poniendo ante sus ojos cientos de figuras desmadejadas, que colgadas, se balanceaban de forma tétrica, formando un ejército de cuerpos inertes, cuyos miembros, en proceso continuo de descomposición, comenzaban a caer anegando el camino de brazos, piernas y cabezas, que a su vez, rodaban por las insondables laderas que se habían abierto a los lados de aquella siniestra vereda. Gritó y gritó atravesando y apartando aquellos obstáculos de carne humana putrefacta, mientras la luz amarilla se intensificaba cada vez más, tanto que sus ojos, cegados por el dolor, parecían estallarle. Todo daba vueltas en su cabeza, el mundo giraba de forma frenética en torno a él y se sentía mareado y sin fuerzas. Pese a ello, comenzó a correr torpemente. El pánico le dotaba de unas fuerzas que ya no tenía y consiguió por fin salir de aquel sueño de enredadas pesadillas. Miró hacia atrás y vio el resplandor de la luz amarilla que se iba alejando, y frente a él, surgieron tres puertas cerradas suspendidas en el espacio, y una voz que le incitaba a abrir una de ellas. No lo dudó, y eligió la puerta de la izquierda, la cual, por sus formas le recordaba la que tantas veces abriera en la casa de sus padres en Bristol. Agarró el pomo y la abrió con firmeza, y enmudeció de alegría cuando pudo contemplar por primera vez en mucho tiempo el blanco destello de la luz de las estrellas.






El LSD, acrónimo de dietilamida de ácido lisérgico era una droga alucinógena que se comenzó a usar legalmente a finales de los años cincuenta en EEUU. Eran unos años en que la medicina se ayudaba de las drogas para tratar el alcoholismo, la esquizofrenia y otros trastornos. También se usó como parte de terapias experimentales. Cary Grant acudía una vez a la semana a la consulta del doctor Mortimer (curiosa coincidencia, que se llamase como su personaje en "Arsénico por compasión") Hartman a recibir este tratamiento, que lo sumía en los sueños más extraños y psicodélicos y que, según el actor, le producía un mayor conocimiento de sí mismo. Por otra parte, el actor dejó de asistir a esas terapias en cuanto el LSD fue declarado ilegal.
Tres años antes de morir, Cary Grant quiso regresar a Bristol, y sin dudarlo, planificó la que sería su última visita a la ciudad donde nació. En ella, volvió a pasear  por las calles que recorría durante su infancia, visitó el colegio donde acudía cada día desde su modesta casa, y se dejó arrastrar hasta el puerto, por el que tantas veces había deambulado. Tampoco dejó escapar la oportunidad de visitar el cine donde había visto a Greta Garbo por primera vez, y por último, realizó una visita ineludible al teatro Hippodrome, donde, cuando era todavía un niño consiguió su primer trabajo, consistente en llamar a los actores a escena.
Quiso estar solo en la visita a aquel viejo teatro donde había vivido algunos de los momentos más felices de su infancia. El teatro Hippodrome se mantenía en pie en aquella calle que tan bien conocían los zapatos de Archibald, y aunque lo había visitado varias veces a lo largo de su vida, sabía que esta vez, sería la última. En cuanto se adentró en el local, a Cary Grant lo invadió una alegre nostalgia. Parecía oír y ver el bullicio que se organizaba con cada estreno; palpaba los nervios que transmitían los  protagonistas de aquellas obras que tantas veces vio y de las que tanto aprendió. El olor inconfundible a madera y papel mezclado con pintura no había desaparecido con el paso del tiempo, y los camerinos, ahora vacíos, conservaban el espíritu bohemio de los actores. De repente, al pasar por el último de estos pequeños habitáculos, pareció ver a un niño de doce o trece años, que, con energía y entusiasmo gritaba: "Mrs. Halloway, ¡ a escena !". Sonrió y siguió adelante por aquel pasillo que llevaba al escenario, el lugar para el que, sin duda, había nacido, y entre las bambalinas miró al fondo y pudo ver como los sillones de los palcos y de las plateas se iban llenando de espectadores, que conversaban animadamente antes de que la función diera comienzo.
Después, Cary Grant pisó las tablas de aquel escenario, se situó en el centro mismo, y tras un breve silencio, le pareció escuchar de forma tan nítida como real, los aplausos del público, que entregado le aclamaba. No pudo evitar la emoción y dos lágrimas recorrieron sus mejillas antes de saludar, de dar las gracias, y de despedirse para siempre. Mientras tanto Archibald Alexander Leach, cerraba su ciclo vital con la emoción de haber regresado a su hogar, a aquella ciudad desde donde partió cuando era casi un niño, para intentar cumplir su sueño más codiciado: sentirse querido y admirado por millones de espectadores en todo el mundo. Ni que decir tiene que logró con creces su objetivo, eso sí, con la inestimable ayuda de Cary Grant, el gran actor que llevaba dentro.
La vida de Cary Grant fue apasionante en todos los sentidos, tanto como lo fue su carrera cinematográfica. En esta entrada he tratado de dar algunas pinceladas de ella, contando algunos pasajes de la misma, tal y como mi imaginación cree que sucedieron. Guapo, elegante y agudo, Cary Grant fue uno de los mayores actores que ha dado el cine, y su leyenda, a muchos años ya de su muerte, se mantiene plenamente vigente.




Esta entrada está dedicada a mi amiga Rosa, gran cinéfila, cuyo actor de cabecera es Cary Grant, notable escritora, pintora y entusiasta fotógrafa de lugares y paisajes perdidos, de los cuales disfrutamos todos en su excelente blog: "Entre bosques y piedras", y por encima de todo, un ser humano extraordinario.
 
 
 
 
 
 
 
 
 




jueves, 18 de enero de 2018

TRES PELÍCULAS, TRES ESTRELLAS





Tras unos meses sin publicar, regreso a "Desde Strómboli" comentando tres películas que, para mí, son indispensables y que cumplen firmemente el objetivo que un día marcara Billy Wilder: dijo que los diez mandamientos del cine se resumen en uno, que es entretener, y estos tres títulos lo consiguen plenamente por unas u otras razones. El star-system, con sus luces y sus sombras, marcó la época dorada del cine en Hollywood, pero también en España, y, salvando las distancias, consiguió, que en base a unas determinadas estrellas, el público se deleitara con historias protagonizadas por éstas. Dos actrices, una española y otra norteamericana, y un actor, también norteamericano, dan protagonismo a tres películas que tienen todos los ingredientes para divertir y para confirmar al cine como fábrica de sueños. La primera película de la que hablaré es "Carmen, la de Ronda" (1959),  protagonizada por la estrella española más potente de los años cincuenta y sesenta en España: Sara Montiel, la segunda, "La tentación vive arriba" (1955) con Marilyn Monroe, la estrella inmortal, y la tercera, "Picnic" (1955), cuyo protagonista es uno de los grandes actores del star-system norteamericano, William Holden. Tres películas rodadas en los años cincuenta, realizadas con talento y con el acierto de llevar como protagonistas a tres actores que, en la cumbre de sus respectivas carreras, lograron llevar al público en masa a los cines de la época, un cine que ya se veía amenazado como vía de entretenimiento por la llegada de la televisión, pero que seguía atrayendo al público a través del magnetismo iconográfico de estrellas como las que hoy protagonizan este artículo con el que retomo este blog, y que espero sea del agrado de todos.

CARMEN, LA DE RONDA (1959)







Esta película, rodada para gloria de la belleza de Sara Montiel, fue dirigida por Tulio Demicheli a finales de los años cincuenta. Sara ya era una estrella reconocida no sólo en España, sino a nivel mundial, habiendo protagonizado tres películas en Hollywood: "Veracruz" (1954), de Robert Aldrich, al lado de Burt Lancaster y Gary Cooper, "Dos pasiones y un amor" (1956), junto a Mario Lanza y Joan Fontaine, de Anthony Mann, y "Yuma" (1957), de Samuel Fuller, con el actor Rod Steiger. Antes de esto, Sarita Montiel ya era una estrella en México, habiendo protagonizado varias películas al lado de artistas mexicanos de la época como Pedro Infante o Katy Jurado. Tras su periplo americano, Sara Montiel volvió a España para quedarse, protagonizando "El último cuplé", su mayor éxito, y el inicio de toda una serie de películas que la confirmaron como una de las más grandes estrellas del cine español. Entre estas películas, está "Carmen, la de Ronda", donde impresionó por su espléndida fotogenia y por otorgar a su personaje toda la seducción y la ambigüedad moral que requería.
Basada en "Carmen", la famosa novela  de Prosper Merimée, esta película es una de las muchas versiones que se han realizado a costa del famoso personaje creado por el escritor francés. Algunas de éstas fueron: "Carmen, la de Triana" (1938), protagonizada por Imperio Argentina, o "Carmen" , ya en los años ochenta, en 1983, más concretamente, dirigida por Carlos Saura y protagonizada por Antonio Gades y Laura del Sol. Hollywood también quiso hacer su versión y en "Los amores de Carmen" (1948) nos propone a una Carmen que se mueve en el universo del "kitsch", y cuya protagonista era una bellísima Rita Hayworth, pero de la versión que vamos a hablar es la que Sara Montiel llevó a la pantalla en 1959, dejando sin respiración con su excepcional belleza y sus canciones a todo el público de la época. Esta película, rodada en lujoso tecnicolor nos muestra a una Sara Montiel radiante y entregada a un personaje que, aunque ciertamente, ya algo manido, supo otorgarle frescura y seducción, picardía y un erotismo insólito para la época en España. De compañeros de reparto, dos galanes, uno español y otro francés, Jorge Mistral y Maurice Ronet, ambos en el apogeo de sus carreras en sus respectivos países. Por lo tanto, el filme apuesta por un reparto atractivo, un argumento lleno de tipismo y alegría, (obviando el sombrío final), y repleto de canciones, coplas compuestas en su mayoría por Quintero, León y Quiroga e interpretadas a su estilo por esta manchega universal.
La acción de la película se sitúa durante la Guerra de la Independencia española, en 1808, para ser exactos, y ahondando en el tópico de la novela de Merimée y presentándonos a una Carmen cuya profesión no es la de cigarrera, sino cantante, lo que permite a Sara Montiel lucir palmito a lo largo de varios números musicales en una taberna, donde se desarrollará parte de la acción. Jorge Mistral da vida a Antonio, el bandolero, el cual, hace frente al ejército francés a través de pequeñas escaramuzas dirigidas por él. Maurice Ronet, da vida a don José, un sargento vasco que colabora con el ejército francés y del cual, Carmen se enamora. Es una película que contiene todas las características del cine popular español que se hacía en los años cincuenta: tecnicolor, acción, canciones y el eterno glamour de nuestra máxima estrella: Sara Montiel, que logra seducir al espectador y sobrepasar los límites de la censura de la época, creando un personaje voluptuoso y sensual, y sobre todo, sexualmente libre, cuyos amores quedarán plasmados a todas luces en la película, a la que no falta el tópico más racial: el romance de Carmen, la tonadillera, con el torero, Lucas, interpretado por el actor Germán Cobos. Por lo tanto, merece la pena recordar este filme, que tantos ratos buenos nos hizo pasar, pues fue un cine entrañable y familiar, que nos reunía en torno a la televisión aquellas tardes de sábado de nuestra infancia, cuando el tiempo transcurría sin agobios, y nos permitía disfrutar del magnetismo de actrices como Sara Montiel, estrella universal, que logró traspasar fronteras físicas y generacionales, convirtiéndose en un mito imperecedero en la historia del cine español.


LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA (1955)







Hablar de esta película es hablar del cine en estado puro, puesto que significó uno de los papeles más deliciosos de Marilyn Monroe, y nos dejó su imagen iconográfica más inmortal: en una noche de verano, las faldas de Marilyn revolotean indómitas al paso del metro de Nueva York. Ella, situada sobre la rejilla, mitiga el calor a través del aire que deja el metro a su paso, y que eleva sus faldas hasta el cielo, mientras intente inútilmente controlarlas con sus manos. A su lado, un asombrado y complacido Tom Ewell, admira las fabulosas piernas del mito, al igual que lo harán las generaciones venideras, puesto que, esta imagen ha traspasado las fronteras del tiempo y del erotismo, subyugando a críticos y a espectadores en igual medida y siendo clave en la imaginería no sólo del cine, sino también del siglo XX.
Dirigida por el maestro Billy Wilder, "La tentación vive arriba" es una comedia audaz e inteligente, como todas las que realizó este genio del séptimo arte, que narra las ensoñaciones sexuales de un americano de clase media (Tom Ewell), cuando su mujer parte de vacaciones junto a su hijo, y él se queda en casa de rodríguez, puesto que su trabajo no le permite ir con ellos. En éstas, aparece en escena una chica que trabaja como modelo, y que ha alquilado el apartamento de arriba (Marilyn Monroe). Ella es rubia, guapísima, y con unas curvas de vértigo, y será la causante de los enfebrecidos sueños de un hombre, que entrado en la madurez y con un matrimonio estable aunque algo rutinario, ve a la chica como la sublimación del deseo. Toda una tentación que se resolverá de una forma mucho más sencilla de lo que prometía, y que entre el principio y el final de la película, dejará en el espectador un buen puñado de risas y de sonrisas, provocadas por la comicidad de dos grandes actores: Tom Ewell y, como no, Marilyn Monroe, que brilla con su inagotable luz durante todo el largometraje.
La dirección magistral de Wilder marca toda la película, dejando su impronta y su personalidad ácida y mordaz, y dejando secuencias que han quedado para los anales de la historia del cine. Cuenta la leyenda que la referida anteriormente escena del metro, la archifamosa secuencia de las faldas, tuvo que ser realizada en los estudios de la Fox, no en la Avenida Lexington de Manhattan, donde se intentó en un principio. La razón: alrededor de Marilyn Monroe se había congregado una multitud de curiosos que no cesaban de aplaudir y vitorear, cada vez que el metro pasaba como un huracán bajo aquel mítico vestido blanco de la actriz, dejando al descubierto su piernas y unas ya legendarias braguitas, que pertenecerán por siempre y por derecho propio a la historia del erotismo cinematográfico. Era tal la euforia desatada entre los cientos de curiosos que rodeaban a la actriz, que, tras varios intentos, el director decidió rodar la secuencia en un plató del estudio. En contrapartida, a quien parece que no le gustó tanto esta secuencia y su rodaje fue a Joe Di Maggio, el por entonces marido de Marilyn, el cual, habiendo presenciado el rodaje y a los fans que no cesaban de mirar y admirar a la actriz, se marchó, presa de un ataque de celos, y cuentan que la bronca con su esposa fue monumental, y que, entre otras razones, provocó el divorcio del matrimonio. Finalmente, y ya en el ambiente más tranquilo de los estudios de la Fox, se rodó una de las secuencias más célebres y míticas de la Historia del Cine, que encumbró a Marilyn Monroe y añadió una obra maestra más a la carrera del director austriaco. La película está basada en una obra de teatro de George Axerold que se había estrenado en Broadway, y sus diálogos chispeantes y llenos de simbología sexual, fueron censurados por el código Hays, sin embargo, la película es divertidísima, con secuencias antológicas y llenas de comicidad provocadas por los continuos desvaríos de Richard Sherman, el personaje interpretado por Tom Ewell, cuya imaginación se desborda, y por la chica interpretada por Marilyn, cuya ingenuidad y dulzura, llena la película desde el mismo momento de su aparición.


PICNIC (1955)






Joshua Logan fue un director que provenía del mundo del teatro, y que realizó para el cine la adaptación de algunas de las obras teatrales que habían triunfado en Broadway, entre ellas, "Picnic", una obra de William Inge, que se estrenó en 1953 y que obtuvo el premio Pulitzer al mejor drama ese mismo año. Esta magistral película, repleta de grandes momentos, está protagonizada por una de las máximas estrellas de Hollywood de aquellos años: William Holden, un gran actor que había trabajado con los mejores directores y actores, (desde Billy Wilder, en la magnífica "El crepúsculo de los dioses" (1950), al lado de Gloria Swanson, hasta George Cukor en "Nacida ayer" (1950), junto a la extraordinaria Judy Holliday). En "Picnic", Holden se ve magníficamente acompañado por una joven y bella Kim Novak, en uno de sus primeros papeles para el cine, y por actores de la talla de Rosalind Russell, en un papel secundario, pero muy lucido, donde realiza una de sus mejores interpretaciones.
William Holden interpreta a Hall Carter, un hombre a punto de entrar en la madurez, que no ha encontrado su lugar en la vida, y que vagabundea de un lado para otro en un intento desesperado por hallarlo. En uno de estos viajes, llega a un pueblo de Kansas donde prevé visitar a un antiguo amigo de la universidad, Allan Benson (Clint Robertson) el cual es uno de los hombres más ricos del pueblo. Allan tiene una novia, Magde, interpretada por Kim Novak, que vive con su madre y con su hermana, encarnadas por Betty Field y Susan Strasberg, y también con una maestra de secundaria madura y soltera a la que le alquilan una habitación. Hall llega para alterar la rutinaria paz que existe en el mundo de unos personajes que, a lo largo de la película irán mostrando sus frustraciones y anhelos, y que todas ellas, junto con la pasión que surge entre Hall y Magde, estallarán en el picnic que anualmente se realiza en el pueblo y donde Magde es nombrada reina de las fiestas.
En el papel de Hall, William Holden despliega todo su magnetismo sexual, en un papel hecho a su medida, despertando la líbido del vecindario femenino. Es un aventurero seductor y con encanto, con un pasado lleno de peripecias que quiere conseguir estabilizarse, eligiendo, quizás equivocadamente, como tantas cosas en su vida, este pueblo de Kansas para hacerlo. Magde (Kim Novak) es la reina de la belleza del pueblo, novia de Allan, que prefiere la vida inestable y aventurera que lleva Hall, a todas las comodidades que le puede ofrecer su novio, Allan, con todo su dinero. De gran belleza y algo inexpresiva, Kim Novak, como Magde aparece espléndida en la película, marcándose un tórrido baile con Hall, el personaje interpretado por Holden, que dará la medida de la pasión
que se desata entre ellos desde el primer día en que se vieron.
Rosalind Russell realiza una brillante interpretación en el papel de maestra solterona que aún no ha perdido la esperanza de subirse al tren del amor, pero que, poco a poco, y con el paso del tiempo, y viendo que ese tren no llega nunca, sus deseos se van transformando en desesperación y amargura, siendo un personaje dramáticamente patético.
Clift Robertson, interpretando al arrogante Allan, también está estupendo y una jovencita Susan Strasberg, en el papel de hermana de Magde, también se luce como actriz.
Por tanto, es una película llena de pasión, de personajes de personalidades variadas, de erotismo incontrolado, cuya fórmula no es sino el talento y el buen hacer de todos los que forman parte de ella. Fue nominada a seis oscars, ganando dos: a la mejor dirección artística y al mejor montaje. Todo un clásico de los que hay que revisitar de vez en cuando, para recordar aquellas películas que basaban su éxito en un buen guión, en un director extraordinariamente solvente, en unos actores de primera línea y en una puesta en escena envidiable.









jueves, 6 de julio de 2017

EL CINE Y LA COPLA







Durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, en nuestro país se desarrolló con fuerza un género cinematográfico que podríamos llamar musical. Durante estas tres décadas principalmente, surgieron grandes cantantes de un género tan popular como es la copla. Estas grandes figuras llenaban los teatros con sus espectáculos y ponían color a una época tan gris y dura como fue la posguerra española. La copla, una mezcla de música, teatro y poesía, caló hondo entre la gente del pueblo, la cual, apreciaba estas cualidades que servían para esquivar en la medida de lo posible una realidad de miseria, penurias y falta de libertad. La gente se dejaba llevar y seducir por canciones, cuyas letras muchas veces rozaban lo subversivo, describiendo pasiones prohibidas que transgredían la férrea moral impuesta por el régimen franquista en aquellos momentos. Eran temas unas veces alegres, otras veces describían tragedias, a veces llevaban camuflado entre sus versos algún toque social, lo que hacía que el pueblo se identificara con este rico y variado género musical. Autores como los famosos tríos, Quintero León y Quiroga u Ochaíta, Valerio y Solano, dieron esplendor con sus hermosas letras y su música popular y sublime, a esta época.
Desde los años veinte del siglo pasado, empezaban a destacar figuras como Raquel Meller, que popularizó el cuplé, que a veces se fusionaba con los primeros compases de lo que sería después la copla. En los años treinta, surgieron grandes estrellas dentro de la canción española, como fueron Miguel de Molina, Imperio Argentina, Estrellita Castro o Concha Piquer. Los años cuarenta y cincuenta vieron el esplendor de un género con raíces lorquianas y que fascinaba al pueblo. Juanita Reina, Lola Flores, Paquita Rico o Carmen Sevilla,  entre otras, fueron las grandes estrellas de esta década, poblando de música y sueños el árido panorama de escasez y represión de una dictadura que no dejaba mucho sitio para la creación artística. En este sentido, decir que muchas coplas fueron censuradas drástica y vergonzosamente. Coplas como "Ojos verdes", "La loba" o "María Magdalena", fueron prohibidas en la radio, obligándose a los autores a cambiar la letra para sus versiones teatrales y cinematográficas. Afortunadamente, se han conservado las versiones originales. La gente abarrotaba los teatros, y esto hizo que desde casi el principio, el cine se fijara en este filón popular. Y muy pronto surgieron las primeras películas protagonizadas por estas artistas, de gran belleza y talento, y de orígenes tan humildes, que muchas de ellas no sabían leer ni escribir, pero  que a base de constancia y de esfuerzo, consiguieron cumplir sus sueños de convertirse en grandes estrellas.
Uno de los primeros títulos del cine folklórico español, que obtuvo cierta relevancia en la época, fue "María de la O" (1936), dirigida por Francisco Elías Riquelme, y que reunió a dos de las más grandes figuras de la época: Carmen Amaya y Pastora Imperio. Un año antes, Estrellita Castro estrenaba "Rosario, la cortijera" y se convertía en estrella cinematográfica, aunque ya en 1933 había rodado un corto. Imperio Argentina debutó en 1927 en el cine con "La hermana San Sulpicio", en una versión muda que luego volvería a repetir ya en versión sonora. Para la historia quedan títulos como "Nobleza baturra" (1935), "Morena Clara" (1936) o "Carmen, la de Triana" (1938), todas dirigidas por Florián Rey. Concha Piquer inició su carrera en el cine con la película "El negro que tenía el alma blanca"(1930), de Benito Perojo, llegando a su apogeo con "La Dolores" (1940), de Florián Rey.
Puede decirse que el cine folklórico español, fue un cine que se hacía sin apenas medios económicos, que se apoyaba fundamentalmente en el carisma de la estrella de turno y que se debatía entre el kitsch y la ingenuidad. Salvo honrosos títulos, no tenía una gran calidad, pero visto hoy, resulta ciertamente entrañable, ya que consiguió en su momento lo que pretendía, que no era otra cosa que entretener a la gente con las canciones y con los bailes de aquellas artistas, adoradas por un público fiel que sobrevivió a una cruenta guerra civil, y que encontró en sus canciones y en sus películas algo de consuelo, para sobrellevar la vida dura y gris que impuso la dictadura.
Desde aquí quiero reivindicar un género musical no siempre bien tratado, que formó parte de la historia de nuestro país y que con sus canciones ilustró todo el siglo XX. También quiero poner en valor el cine que en su día se hiciera, porque , pese a sus limitaciones aportó luz y color a aquella España.
En cuanto a las estrellas que representaron a la copla dentro del cine, son muchas, pero en esta entrada, haré una breve semblanza  de tres de ellas, todas muy importantes: Concha Piquer, Lola Flores y Juanita Reina, que son sin duda, tres nombres esenciales de la historia de la copla en el cine. Acompañando a los textos , tres dibujos a tinta que realicé hace unos años y que las representan en su época dorada.

CONCHA PIQUER





María de la Concepción Piquer López nació en Valencia en el año 1906, dentro de una familia de lo más humilde. Debutó a los once años en el teatro Soguero de su ciudad natal, pero no fue descubierta hasta 1922 por el maestro Penella, que la llevó a Nueva York para el estreno de su ópera "El gato montés", y donde interpretó el tema "El florero". Tras este debut, Concha Piquer pasó cinco años más en Estados Unidos donde compaginó el teatro con la canción, llegando a cantar al lado de Al Johnson, y actuando en los escenarios de Broadway. Tras su regreso a España, comienza su andadura en el cine con la película "El negro que tenía el alma blanca" (1930), de Benito Perojo, y la continuaría con títulos como "La Dolores" (1940) , de Florián Rey o "Filigrana" (1949), de Luis Marquina. Tuvo una breve carrera cinematográfica, pues se dedicó  casi en exclusividad a sus espectáculos teatrales que arrastraban a un público de lo más diverso. Para mi, "La Dolores" es su película más importante y donde realiza su mejor interpretación. En ella, Concha Piquer interpreta a Dolores, una joven que trabaja en un mesón aragonés, donde es pretendida por el barbero del pueblo y por uno de los más ricos labradores de la comarca. Pero un día llega al mesón un estudiante, Lázaro, del cual se enamora y es correspondida. El despecho hace que el barbero invente la famosa copla que habrá de calumniar a la joven: "Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores, que es una chica muy guapa, y amiga de hacer favores". La película es un melodrama que, sin ser extraordinario, logra transmitir en algunos momentos la represión  social y moral  que se vivía en aquella época y el sufrimiento que ésta conllevaba injustamente a algunas personas, en este caso a la joven Dolores. En esta película, Concha Piquer canta magistralmente, (como siempre) canciones como "Catalina" o "Para el carro", pero será en "Filigrana" (1949), donde desgrane su insuperable versión de "Ojos verdes", cantando también otra de sus más famosas coplas : "No te mires en el rio". Profesional al máximo, Concha Piquer se distinguió siempre  por su exigencia y alto nivel artístico, herencia probablemente de la dura época en que trabajó en Estados Unidos, donde siendo casi una niña, tuvo que  quedarse sola, pues su madre tuvo que regresar a España, ya que dos de sus hermanas enfermaron de gravedad. Para ella, el maestro Penella le compuso el pasodoble "En tierra extraña", que narra las amargas horas vividas y la nostalgia que sentía por su tierra y por sus seres queridos en aquel Nueva York de los años veinte.
Concha Piquer ha sido una de las más grandes tonadilleras de este país, con una trayectoria profesional impecable tanto en sus espectáculos teatrales y de copla, como en el cine. Fue brillante y consiguió un reconocimiento internacional. Su voz, inimitable, sonará eterna en la memoria de la copla.


LOLA FLORES






¿Qué decir de Lola Flores?. Artista genial e inclasificable, Dolores Flores Ruiz, nació en Jerez de la Frontera en 21 de enero de 1923. De familia humilde, su padre tenía una taberna y su madre, era costurera, para Lola Flores la vida no fue sencilla en sus inicios, librando una ardua batalla hasta llegar a triunfar y a convertirse en una primera figura dentro del mundo de la canción española. Muy jovencita, tras su debut en el teatro Villamarta de Jerez, y tras algunos espectáculos, Lola Flores marcha a Madrid con la esperanza de hallar el éxito. Para ello, su padre no duda en vender el bar que tenían y apoyarla en su gran aventura. Su debut en el cine no tarda en llegar y en 1939 interviene en "Martingala" dirigida por Fernando Mignoni, y aunque no tuvo una gran repercusión, se dio el gusto de trabajar  junto a uno de los mejores cantaores de flamenco de la época: El Niño de Marchena. Mientras tanto, comenzaban sus triunfos como tonadillera y comenzaba a llenar teatros con el genio y el temperamento de que era dueña. En 1943, conoce al cantaor Manolo Caracol y lo contrata por quinientas pesetas diarias. Ambos debutan con el espectáculo "Zambra", con el que obtuvieron uno de sus máximos éxitos populares. Fue un espectáculo musical cuidado y mítico, donde Caracol cantaba "La niña de fuego", mientras Lola Flores, en un alarde de pasión y sensualidad, bailaba a su alrededor. De este espectáculo, salió también una de las coplas más famosas de Lola: "La Zarzamora".
La película "Embrujo" (1947), de Carlos Serrano de Osma fue un intento por parte del director de realizar un cine distinto del que se hacía en aquellos momentos. Encuadrada en el surrealismo, no tuvo, por tanto, el éxito esperado. Sin embargo, es una película interesante que tuvo como protagonista a la pareja del momento: Lola Flores y Manolo Caracol. Sólo coincidirían en otra película más: "La niña de la venta" (1951), que fue el final de su tormentosa relación, tanto profesional como sentimental.
Como artista, Lola Flores fue una creadora, un genio intuitivo para el cante y el baile, una fuerza de la naturaleza que siempre quiso demostrar su talento como actriz. Sus películas, por lo general, tanto las que rodó en México, como las que protagonizó aquí, no le dieron demasiada oportunidad de demostrarlo, puesto que , como ella misma reconocía, solo le daban el papel de gitana graciosa, que cantaba y bailaba como los ángeles, y eso no le costaba ningún esfuerzo. Ella quería demostrar que además de este tipo de papeles, podía interpretar otros con más enjundia dramática y más comprometidos. En los años cincuenta, destacan títulos como "Morena Clara", al lado de Fernando Fernán Gómez, una nueva versión de la película que interpretara Imperio Argentina en los años treinta, o "Ay pena, penita, pena", de Miguel Morayta, rodada en México. También destacar títulos de gran éxito popular en aquel entonces, como "La estrella de Sierra Morena" o "La hermana Alegría", donde Lola vistió hábitos, y donde destaca principalmente, y valga la redundancia, la alegría que le aportaba a sus películas el genio de la artista.
Ya en los años sesenta, a Cesáreo González, el productor de la mayoría de las películas de Lola Flores, se le ocurrió la maquiavélica idea de rodar una película con tres de sus estrellas más destacadas: Carmen Sevilla, Paquita Rico y Lola Flores. "El balcón de la luna" (1962), de Luis Saslavsky, es una entretenida y a ratos divertida película que hizo correr ríos de tinta en su momento. Repleta de canciones, como anécdota, contar que ninguna de las tres artistas quería aparecer la última en los títulos de crédito, así que ,para contentarlas, al productor se le ocurrió la idea de que los nombres de las tres aparecieran en forma de aspa. Los números musicales son una delicia, algunos cantados por las tres, como "¡Ay, que calor! o "Con el carambí", que les da la oportunidad de mostrar su vis cómica. Una película para el recuerdo y para la nostalgia.
Ya en los años ochenta, Lola Flores si pudo demostrar atisbos de un talento dramático escondido entre peinetas y volantes durante casi toda su carrera. Le llega la oportunidad de interpretar algunos de sus papeles más importantes dramáticamente hablando, como el de "Los invitados" (1987), dirigida por Víctor Alcázar y protagonizada, además de por Lola Flores, por Amparo Muñoz y Pablo Carbonell. Se trata de una película basada en la novela de Alfonso Grosso del mismo título sobre el crimen de los Galindos, ocurrido en un cortijo de Sevilla en 1975, y donde murieron varias personas , entre ellas los capataces del cortijo. Lola Flores interpreta a la capataza, demostrando una gran contención dramática en su interpretación. Sin maquillaje, Lola afronta este papel en la desnudez de su extremo realismo, y ofrece la mejor interpretación de su carrera. Por otra parte, en esta época también destaca por su papel en la película "Truhanes", de Miguel Hermoso, junto a Paco Rabal, y por último cabe destacar su interpretación en la serie de televisión "Juncal", también junto a Paco Rabal y con otro gran actor: Rafael Alvarez "El brujo".
Lola Flores fue además una gran recitadora, una artista polifacética que destacó en todo aquello que se propuso, ya fuera la copla, el baile o la interpretación y una trabajadora infatigable. Un genio inolvidable. Un recuerdo para ella.


JUANITA REINA






 Juana Reina Castrillo nació en Sevilla el 25 de agosto de 1925, y fue una de las más grandes damas de la copla. Su señorío y empaque, unidos a una voz prodigiosa, hicieron de ella una máxima figura. Dedicada más a los espectáculos teatrales y musicales, Juanita tiene una carrera cinematográfica breve, aunque llena de éxitos populares. Intervino en 12 o 13 películas debutando en 1941 en "La blanca paloma", de Claudio de la Torre, y continúa en 1943 con "Canelita en rama", dirigida por Eduardo Maroto, al lado de Pastora Imperio, y que significó su primer éxito en el cine. Son vehículos exclusivos para su lucimiento, donde Juanita interpreta con desparpajo, pero sobre todo, canta. Aquí la acompaña también el actor Miguel Ligero, que aporta el humor a una película endeble e ingenua. Entre tanto, Juanita no deja de triunfar en los escenarios, en espectáculos como "Los churumbeles",  o con "Tabaco y seda", con música compuesta en su totalidad por Quintero, León y Quiroga. En 1947, realiza una de sus mejores interpretaciones cinematográficas en "La Lola se va a los puertos", dirigida por Juan de Orduña y basada en una obra de los hermanos Machado. En esta película, entre canciones, Juanita da vida a Lola, una cantaora que se debate entre el amor que siente por ella su guitarrista, y el del hijo de un señorito andaluz. Impresionante el primer plano de la artista, cuando en el film ,se marcha de San Fernando a San Lucar de Barrameda, y en el barco, repleta de juventud y belleza, nos canta el tema que da título a la película. Otro de sus grandes éxitos, esta vez ya a principios de la década de los cincuenta, es "Lola, la piconera" (1951), dirigida esta vez por Luis Lucia. Otro gran vehículo de lucimiento para la tonadillera, que aparece radiante y en la plenitud de su arte. Fue un éxito tremendo y volvió a dar señales de su talento como actriz. En ella, canta alguno  de sus más grandes y famosos temas, como la zambra "Callejuela sin salida", "Con las bombas que tiran", "Como dos barquitos" o la canción que da titulo a la película: "Lola, la piconera".
Los éxitos en el teatro se siguen sucediendo, a la par que en el cine, donde interpreta la película "Sucedió en Sevilla" (1955). Y ya en 1959, pone fin a su carrera cinematográfica con "La novia de Juan Lucero", dirigida de nuevo por Luis Lucia, y que es sin duda una de las películas más flojas de su trayectoria.
Juanita Reina fue una de las artistas de copla con más carisma, que se acercó con mucho respeto al cine y que logró con su talento varios éxitos que hoy, todos recordamos. Su impresionante voz, de contralto, hizo que en un determinado momento, muchos le instaran a cantar ópera o zarzuela, pero declinó la propuesta, porque a ella lo que realmente le gustaba era cantar copla. Y así, Juanita Reina se dedicó siempre por entero a su gran pasión, y ya en su madurez, en el espectáculo musical "Azabache", creado para la Expo del 92, y en su Sevilla natal, y aunque su voz ya no era la misma, dio unas cuantas lecciones de cómo pasear un escenario con elegancia, de cómo vestir la copla y de cómo dramatizarla. No en vano fue la reina en su oficio, que no fue otro que el de sublimar con su cante, los versos que grandes poetas como Rafael de León, escribieron para ella.