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sábado, 6 de agosto de 2022

CUENTO NOCTURNO

 




      Había una vez un gato oscuro, tan negro como la noche, con unos ojos verdes que se volvían azules cuando las estrellas se reflejaban en ellos. Era un gato esbelto y ágil, que se movía sinuoso y en silencio, y que, en su independencia de todo ser humano, viajaba de tejado en tejado, afanoso por encontrar un lugar donde poder echar raíces. Quería buscar un hogar donde acomodarse, y para ello no dudaba en recorrer los tejados y mirar a través de las chimeneas, observando la vida de los humanos. A veces, de los tejados saltaba a los patios y permanecía entre las macetas, como si finalmente hubiera llegado a casa. Cuando amanecía, los humanos, que ya tenían gato, lo expulsaban de sus dominios. Pero el gato, no se daba por vencido y continuaba, noche tras noche, recorriendo los tejados y mirando a través de las chimeneas. Una noche de invierno, sin querer, se quedó dormido y cuando despertó, se encontraba dentro de la luna, que lo sostenía y lo mecía acunándolo, mientras la brisa barría las nubes y le indicaba, presurosa, que no se preocupara más, que por fin había alcanzado su anhelado objetivo.






martes, 2 de noviembre de 2021

COMO ALMAS PERDIDAS

 




      La noche era fría y una llovizna tenue salpicaba el empedrado de las calles del barrio más antiguo de la ciudad. Las farolas emitían su luz débilmente y apenas alumbraban el camino de los noctámbulos que iban de un lado a otro buscando unos tragos y un cuerpo cálido en el que acogerse. Uno de los lugares más frecuentados por todas estas aves nocturnas era la calle de la Gaviota, muy cerca del puerto, donde proliferaban bares, tabernas y prostíbulos, un lugar áspero e inhóspito desbordado por la delincuencia, que, para él, era una especie de paraíso terrenal cuando se encontraba entre los brazos de Aline, la prostituta francesa de ojos claros y mirada perdida, cuya blanca piel había sido sometida a la tortura de impíos latigazos propinados por el que un día fuera su marido, Xavier Garmendia, un desalmado terrateniente del norte, cuya fuerza residía en su innata cobardía y en su obsceno poder y cuya riqueza rezumaba a cada momento la sangre de todos aquellos que trabajaban para él. Ella era la única en aquel cuartucho de paredes forradas de ajado terciopelo rojo y decorada con enmarañados tules, y cada noche, emergía para él como una diosa, para después dormir a su lado. Tenía en su cuerpo veintinueve cicatrices que parecían estremecerse cada vez que él las besaba, pero en realidad, era en su corazón donde Aline guardaba las que, aún abiertas las heridas, no dejaban de sangrar. Eran más de las cinco de la madrugada cuando él la abandonó, dejando sobre la mesilla unas monedas que ella solía rechazar, pero que aceptaba a regañadientes ante su insistencia y que nunca eran suficientes para pagar aquellas horas de dulzura que le hacían reencontrarse a sí mismo, como si en su tortuoso camino de desniveles y curvas, encontrara por fin el sendero firme y llano que lo llevara indefectiblemente a su destino. El sol despuntaba, pero él seguía recorriendo aquellas callejas, una vez soltado de la mano de su enamorada, y mientras cerraban los bares, se dirigía a su casa sumido en una descomunal tristeza que le despojaba de todo consuelo y cuando cerraba la puerta y las paredes lo aprisionaban, se sentía como en otro lugar, desalojado de todo aquello que amaba.

      Los días pasaban y a veces, visitaba a sus antiguas amistades, pero casi siempre llegaba borracho, y poco a poco, fueron cerrándole sus puertas quedando en el más absoluto abandono, pero, ¿quién los necesitaba?, él tenía a Aline y siempre podría ir a refugiarse en aquella fantasía donde lo único real era ella.

      Las heladas eran cada vez más intensas y aquellas madrugadas le resultaban cada vez más inhóspitas. Ya ni el calor del alcohol lograba consolarlo, ni sus disputas con otros pendencieros que violentaban la noche con sus actos criminales, ni sus conversaciones con Félix, el dueño del cafetín donde Aline había trabajado como bailarina en tiempos pasados. Solo le reconfortaba su amor por ella, que parecía haber trascendido los avatares del tiempo.

      Se acercaba noviembre cuando Aline desapareció, solo dejó para él una cruz de plata con dos palomas en el centro y colgadas de sus brazos, dos iniciales en mayúscula: una A y una G junto con una nota que decía que no la buscara, pues tarde o temprano volverían a verse. Nadie sabía a donde había podido ir, ni siquiera se había llevado equipaje y sus pocas pertenencias permanecían allí, en aquella habitación rojiza y velada, donde él había encontrado su refugio. Tras una desesperada y exhaustiva búsqueda, registrando cada lugar y cada rincón de la ciudad y no dando con pista alguna que le indicara donde podía estar, sus pasos le guiaron hasta el cementerio viejo, el llamado Cementerio de los Ausentes, cuyas ruinas se vislumbraban al caer la tarde, coloreadas por los tonos rojizos y malvas que les imprimía un cielo arrebolado de nubes grisáceas y blancas que se mezclaban con los débiles rayos del sol, que anunciaban ya el anochecer. Cuando llegó, no había puertas que abrir, pues estaban en el suelo caídas, desvencijadas por el paso del tiempo, y al entrar, el ruido del aleteo del vuelo de un mochuelo agitó su inquieto corazón y puso en alerta todos sus sentidos. A mano izquierda y tras un ruinoso panteón de nobles olvidados y detrás de una tumba de mármol derruida, encontró otra menos suntuosa, que, sin embargo llamó su atención. Su mármol rosado resistía los envites del tiempo y su cruz, se elevaba en una verticalidad absoluta. La lápida estaba cubierta de hojas y no se veía bien quién la ocupaba, sin embargo, cuando miró la cruz que se erigía frente a él, un temblor helado lo recorrió de parte a parte, pues era la misma cruz que Aline le había dejado tras su desaparición, con las dos palomas centrales y las dos iniciales colgando de sus brazos. Rápidamente y con desesperación, barrió las hojas que cubrían la lápida con las manos y pudo leer: "Aquí yace Aline de Garmendia, fallecida el 3 de enero de 1728. Que Dios la tenga en su gloria y atienda las necesidades de su alma", y más arriba, un desgastado retrato dejaba entrever los ojos claros y la mirada perdida de Aline y la dulzura de su gesto. Sorprendido, sintió una gran paz interior en ese mismo momento y, dando un suspiro de alivio pensó: "Por fin has encontrado la paz. Descansa dulce Aline, porque yo velaré tu sueño desde el mío." Después, extrajo la cruz de plata que llevaba guardada en la chaqueta, la besó y la dejó sobre la lápida y poco a poco fue alejándose de allí y mientras la noche se iba cerniendo sobre el cementerio de los Ausentes, dos monjes aparecieron indicándole el camino, y hubo quien aquella noche, vio la sombra de un hombre que atravesaba uno de sus muros yendo a parar al recinto donde se daba sepultura a los condenados y ese alguien pudo comprobar con sus propios ojos como aquella figura desparecía por entre las ruinas y se introducía como si huera humo en una fosa sin nombre. En ese mismo momento, comenzaba a salir la luna, abriendo paso a la noche de las Ánimas. Corría el año 1880, y las almas de Aline y el caballero sin nombre, tras muchos años vagando perdidas, por fin habían hallado el camino de la paz y el eterno reposo.

      Aline Barbier era una joven francesa que fue propuesta en matrimonio a Xavier Garmendia, un rico hacendado español. Tras varios años de torturas infligidas de manera cruel por éste, la muchacha convino con un joven de su servicio, que acabaría por convertirse en su enamorado, acabar con la vida de su marido, como así sucedió. Tras la detención de ambos como principales sospechosos del asesinato, él se declaró único culpable y murió ajusticiado, mientras que ella falleció no mucho tiempo después, atormentada por la pérdida de su amado, tras abandonar la hacienda donde vivía con su marido y sobrevivir ejerciendo la prostitución. Sus almas, perdidas en el espacio y en el tiempo durante casi dos siglos, pudieron por fin reencontrarse y encontrar el descanso y la gloria eterna. Feliz Día de las Ánimas.

      La lámina que ilustra este relato es del genial pintor e ilustrador Gustave Doré, para la obra de Dante "La Divina Comedia" y representa el momento en que un alma en pena regresa a su tumba para alcanzar de una vez por siempre el eterno reposo.







sábado, 28 de agosto de 2021

TANTO LA QUERIA

 




      Adoraba a Pinky, su gato, pues desde que era un cachorro no se había separado de él, y ya eran seis años de convivencia, seis años de comer el uno junto a la otra, de citas veterinarias ( que si una cistitis, que si un empacho de whiskas...), de llevarlo a casa de Pepi, la peluquera, cómplice hábil que desmelenaba a Pinky en el verano, de compartir molestias intestinales y de arrebujarse juntos en la cama antigua en los días más crudos del invierno, dándose calor mutuo. Su gato también sentía un cariño muy especial por ella: tanto la quería que le ahuecaba la cama para cuando ella llegara y la recibía moviendo el rabo y los bigotes. Curiosamente, a Pinky le gustaba el café y le gustaba tomarlo como a su dueña: templado y muy dulce, casi tanto como los lametones que le propinaba en cuanto se descuidaba. Eran uña y carne. Un día, ella no se levantó. Pasaban las horas y el gato, inquieto, se dirigió a la cama de su compañera vital y comenzó a jugar como de costumbre a base de ronroneos, de cobijarse contra su cuerpo, acariciándolo con el suyo e intentando dar calor a la frialdad inerte de ella. Pronto se cansó y se bajó de la cama. Era una mañana de verano y el aire acondicionado no dejaba de funcionar, la casa estaba cerrada a cal y canto, las puertas y ventanas eran inexpugnables y las persianas permanecían bajadas. El tiempo iba transcurriendo y Pinky subía una y otra vez a la cama de su dueña, que no respondía ni siquiera a las lametadas que prodigaba una y otra vez en sus labios resecos, entreabiertos y fríos, por donde comenzaba a brotar el olor de la muerte. Así, pasaron dos largos días sin que nadie apareciera por allí, y mientras ella empezaba sin remedio a descomponerse, Pinky comenzaba a sentir hambre...






sábado, 10 de abril de 2021

LUNÁTICO

 





      "A veces, la luna es tan luminosa que no me deja dormir, y es algo extraño, pues aunque cierre a cal y canto la ventana y baje hasta abajo la persiana, todo es inútil, ella llega hasta mí. Hay noches en las que me desvelo simplemente presintiendo que el astro acaparará la noche y que me invadirá con su eléctrica blancura, como así ocurre. Otras, me duermo unos segundos soñando que ella no aparecerá y que cederá el testigo a la oscuridad, pero enseguida despierto, subo la persiana y abro la ventana y la luna lo llena todo, vigilante como una guardiana de mis pesadillas. Sabe que si duermo, a lo mejor, no regreso, a lo mejor me quedo arremolinado en las historias que me invaden cuando cierro los ojos. No lo sé, solo sé que a veces, sentado en el borde de la cama, froto mis ojos e intento averiguar dónde estoy, si estoy en el mundo o estoy en mi mundo. Creo que mi mundo no es este, es un espacio de ríos y montañas, de ciudades lejanas y de historias inacabadas, donde cada día soy yo el que les pone punto y final. Ese es mi mundo y me cobijo en él antes de que me despierte la luna con su hierático poder, que me arrastra a una vigilia incesante. En mi habitación no hay espejos donde mirarme, y sin embargo, ella pone espejos de nácar a mi alrededor y, aunque pongo de mi parte, no logro escapar a la imagen que reflejan, que no es sino un remedo de mí mismo. Me veo entre la nebulosa que envuelve mi habitación y me cercioro con nerviosismo de que no sé lo que busco, y entre las sábanas intento vivir mis sueños, que no sé a qué mundo pertenecen. La luna lo sabe y por eso, a menudo golpea con su hipnótica luz mi ventana, cerrada a cal y canto, y con sus tentáculos me roba el sueño. Hoy la he abierto y he visto que se ha ido, pero en mis ojos insomnes ha dejado un cartel anunciando su próxima visita."






sábado, 3 de abril de 2021

CARICATURIZANDO

 


Hola, hoy "Desde Stromboli" cede el paso a un género de crítica social como es la caricatura. Aquí os dejo toda una serie de dibujos donde artistas y políticos se mezclan. La técnica es variada: los hay realizados a tinta china, a colores o a acrílicos, todos sin más pretensión que divertir y entretener. Espero que os gusten.



1.- Fernando Simón, medico epidemiólogo, director desde 2012 del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad.



2.- Albert Rivera, abogado y ex-político español, ex-presidente de "Ciudadanos". 




3.- Pablo Iglesias, ex-vicepresidente del gobierno y secretario general de "Podemos".




4.- Bette Davis, actriz norteamericana de gran talento y mito cinematográfico universal.



5.- Marlene Dietrich, actriz y cantante alemana que también adoptó la nacionalidad norteamericana. Es uno de los mitos más fascinantes del Séptimo Arte.



5.- Montserrat Caballé, extraordinaria cantante lírica de ópera, considerada una de las más grandes sopranos del siglo XX.




6.- Isabel Pantoja, cantante y tonadillera española y broche de oro de un género musical: la copla.




7.- Mariano Rajoy, ex- presidente del gobierno de España.



8.- Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España.


9.- Cristina Cifuentes, ex-presidenta de la comunidad de Madrid por un "quítame allá esas cremas".



10.- Juan Carlos, mi profesor de literatura en 3º de B.U.P.





viernes, 31 de mayo de 2019

OLGANTHOR Y LOS ALKHEOS









 
   Los seres sin manos ni pies que habitaban el subsuelo en complot con Olganthor, dios de la oscuridad y de la ignorancia y experto en maquiavélicas maldades, extendieron su negro poder por el pueblo desterrando a los alkheos, seres de luz que vivían entre las rocas pacíficamente y que se alimentaban de las hojas de los árboles. Las claridades huían dejando un paisaje desolado y desértico donde campaban a sus anchas estos engendros que adulaban a Olganthor y que aceptaban de su parte órdenes expresas de hacer desaparecer las hojas, fuente de alimento de los alkheos. Eran los mandatos del dios, del que recibían por sus servicios profusas donaciones de seres humanos a los que devoraban vivos. Los musélidos que así eran llamados, cumplían la tarea impuesta por el dios con la diligencia y la certeza de la muerte y lo obedecían de manera precisa, mientras él, sentado en los confines de aquel país perdido, organizaba el juego. Los alkehos, valientes e indómitos no se dejaban amedrentar, y pese a la falta de alimento hacían frente a los musélidos como podían, sobreviviendo a base de escarbar en el suelo y comer las raíces de las flores, que aún quemadas por el viento, también a las órdenes de Olganthor, las conservaban frescas y jugosas en las profundidades de la tierra. Sin embargo, no fue bastante y los alkehos se vieron obligados a guarecerse al suroeste del país, en un territorio apocalíptico donde no tenían apenas agua y donde eran sacrificados poco a poco en honor a Olganthor, dios de cortas entendederas, pero de nauseabunda maldad. Una vez más, la oscuridad se cernía en aquel pueblo, el cual llevaba casi ocho siglos soportando a aquella estúpida alimaña que, de acuerdo con los musélidos, quería acabar con todo aquel que no se sometiera a sus designios.
      El sol, a quien Olganthor robaba su calor y su luz, se sentía impotente y cada vez más bajo, sus débiles tentáculos trataban de aferrarse a las piedras picudas de aquellas altas, inertes y frías montañas que no hacían sino ayudar a apagar su intensidad. Olganthor había triunfado de nuevo y tras dar renovadas órdenes a sus sirvientes y guardianes, se retiró a sus aposentos, donde se embriagó una y otra vez con un vino hecho a base de sangre y plantas cuyo veneno le proporcionaba la fuerza que necesitaba. Una vez completamente borracho, se dormía profundamente exhalando de su repugnante boca un olor fuerte y hediondo que saturaba el aire ya de por sí irrespirable que había en el castillo en el que habitaba. Así, dormía durante varios días.
      Se abatía la noche que parecía eterna en aquel pueblo y la ignominia y la injusticia se extendía envuelta en nubes infenales que arrasaban cualquier atisbo de vida. Los alkheos junto con los malhuis, otro pueblo sometido, pensaron sin más organizarse para acabar con Olganthor y con los seres que se arrastraban por el subsuelo y en aquel rincón del país, comenzaron a maquinar su liberación y la de todos aquellos que se encontraban prisioneros de la maldad y del dominio del dios.
      Informados por Malah, el ave cantora dueña de los cielos, lograron adivinar donde tenía el dios su morada y sin pensarlo, malhuis y alkehos se pusieron en marcha con el fin de acabar con la vida de éste. Eran muchos siglos de opresión y de vida indigna que  Olganthor, rey de los tiranos, extendía por aquel pueblo y por ende, por todo el país, pues su poder, cimentado en amenazas, chantajes y tristes sobornos, se desbocaba como un río de aceite hirviendo que arrasaba todo a su paso. Así, un pequeño grupo de alkheos y malhuis, los más aguerridos, cogieron sus armas consistentes en pequeñas flechas elaboradas con finos y cortantes cristales extraídos de la garganta de la tierra y de una dureza extraordinaria, tal era su consistencia y sus afiladas formas que eran capaces de atravesar y desmenuzar las rocas sin apenas esfuerzo. Por fin llegaron al hogar del Olganthor, situado en todo lo alto del Pico del Lobo Ciego, una elevada montaña desde donde el sátrapa gobernaba a piedra y martillo aquel pueblo y por poco, aquel lejano país. Durante días, los aliados estudiaron la situación y averiguaron que un día si y otro también, el miserable tirano se emborrachaba en el salón de su palacio, construido a base de cráneos y huesos humanos y mientras lo hacía, maquinaba maldades y canallescas aventuras con el fin de perpetuar su negro poder.
      Era una noche tan oscura que solo el brillo de las puntas de sus flechas proporcionaba algo de luz a los alkehos y a los malhuis y así, sigilosamente y tras poner a los guardianes de la fortaleza una droga elaborada a base de matacabras, ricino y adelfa mezclada con el vino, eliminándolos, penetraron por fin en la tenebrosidad del castillo, que pobremente iluminado, esparcía el eco de la voz de Olganthor en su borrachera más atroz por todos los rincones. Lo encontraron panza arriba murmurando algo inconexo, tumbado sobre su camastro de azules sedas y custodiado por dos gaviotas negras, cuyos picos punzantes se abrían una y otra vez emitiendo unos sonidos más terroríficos aún que los ronquidos de su dueño. No les resultó fácil deshacerse de aquellos pajarracos que nada más verlos se lanzaron al ataque, entre los gruñidos y ronquidos de aquel borracho desgraciado. Tras unas escaramuzas con aquellas gaviotas del averno en la que dos malhuis y un alkheo perdieron la vida, los demás pudieron librarse de ellas acosándolas con sus flechas, que las herían y desgarraban hasta que, faltándoles la vida, cayeron por la ventana del inexpugnable castillo, dejando a su amo a merced de los visitantes.
      Olganthor alucinaba bajos los efectos del vino cuando lo sacaron del camastro y lo colgaron de una de las torres del castillo y sin más, alkheos y malhuis desenfundaron sus dardos y lo acribillaron. Las flechas atravesaban su cuerpo sin dificultad, arrancando su carne y provocando escorrentías de una sangre que, como una lluvia ácida, caía sobre la tierra y que se introducía en ella provocando humaredas llegando hasta las entrañas de la misma, donde habitaban los seres sin manos y sin pies, lacayos de Olganthor. Y asimismo, aquellas gotas hirvientes como lava de volcán y afiladas como hirientes cuchillas, finalizaban su recorrido sobre los cuerpos deformes de los musélidos, que perecían agujereados por las chispas lacerantes que provocaba la sangre del tirano. Todo fue tan rápido que los alkheos y los malhuis se apresuraron a dejar aquel lugar y regresar junto a los suyos, proclamando en su camino de vuelta la buena nueva, y es que Olganthor, el dios tirano, había perecido arrastrando consigo toda la negra marea de hostilidad y opresión que había impuesto con sus malas artes durante más de ocho siglos.












sábado, 18 de mayo de 2019

BLANCA Y RADIANTE VA LA NOVIA








      Con todo el mimo del que eran capaces de prodigar sus manos, Ceferina iba metiendo una por una las fotografías de su boda en el triturador de papel que había comprado expresamente para tal efecto. Una vez terminó, los jirones de papel que quedaron tras la masacre volvieron de nuevo a aquel artefacto y esos mismos jirones pasaron a ser pedacitos que no superaban ya los cincuenta milímetros. A medida que aquellas fotografías se iban destruyendo, el corazón de Ceferina iba soltando todo el lastre de odio que durante años había ido acumulando y que le pesaba como un costal. Después reflexionó y tras analizar cómo comenzó su matrimonio, no le extrañaba que hubiera acabado como el Titanic.
      Se casó un sábado 29 de mayo en su pueblo, en una calurosa tarde de raras tonalidades grises, propensa a las tormentas y a los chaparrones. Aquel día, compuesta la novia con un vestido blanco de raso y pedrería cuajado de barrocos perifollos y cargada con todas las joyas de que era capaz de soportar su cuerpo, Ceferina se bebía nerviosa su octava taza de tila entre las voces y los gritos de las mujeres de la familia, preocupadas de que todo saliera a pedir de boca. La boda era a las cinco y media y justo cuando iba a salir la novia de su casa, un enorme trueno encogió los corazones de todos los que allí se encontraban. A este trueno siguió otro y otro más y los relámpagos iluminaban el cielo como si se fuera a producir el fin del mundo. Marcelina, la madre de la novia, de mantilla y peineta, había tirado la lámpara del saloncito dos veces en un par de envites ejecutados con la fuerza que dan los nervios y los centímetros de que estaba compuesto el adorno que cubría su cabeza y con el que parecía que fuera echar a volar de un momento a otro. Se asomó al escuchar el enésimo trueno y vio un cielo negro como boca de lobo que, amenazante, cubría el pueblo de punta a punta. El relámpago fue espectacular y Marcelina, dando un grito, entró en la casa.
      Avisada por su madre, Ceferina se asomó por una ventana y vio como sobre ella se cernía aquella negritud que prometía aguarle su lucimiento. Tras la sugerencia  de que se trasladara a la iglesia en coche por si el cielo se desbocaba, ella se negó en rotundo. Nadie, ni humano ni divino iba a estropearle el día más importante de su vida, y por supuesto, no iba a ir a la iglesia arrebujada dentro de un coche. Eso, en el caso de que hubiera espacio suficiente en él para un vestido cuya cola sobrepasaba holgadamente la decena de metros y cuyo velo, más parecía un mosquitero que otra cosa.
      El tintineo se oía por toda la casa cuando la novia, con los nervios de punta iba de un lado para otro. Las tumbagas brillaban tanto como los relámpagos, los collares que cubrían su pecho, botaban sobre él empujados por el brío de los suspiros que exhalaba y que partían de su corazón y las pulseras, de plata y oro y algunas de pura quincalla ponían la banda sonora a la estrepitosa salida de Ceferina.
      No bien hubo puesto un pie en la calle y mientras las damas de honor extendían la cola de la novia, para lo cual tuvieron que retroceder hasta Alaska, los relámpagos coronaron la salida y a toda pastilla, la novia comenzó a caminar del brazo de su padre, al que, con setenta y cuatro años, llevaba a los pies de los caballos. Al doblar la esquina comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, gordas y húmedas como hipopótamos, que se repartían con una violencia inusitada sobre la comitiva que, alarmada, intentaba refugiarse bajo los balcones y soportales de las casas vecinas. Cuando Ceferina se dio cuenta de su error en su empecinamiento de ir andando a la iglesia era ya demasiado tarde. La tromba de agua no se hizo esperar y se abatió como una negra maldición sobre todos los que en un acto de fe acompañaban a la simpar novia, la cual, aguantaba estoicamente el chaparrón. Poco o nada se pudo hacer, pues en menos de cinco minutos la calle se convirtió en un torbellino de aguas rojizas que la inundaba de una acera a la otra. Ceferina, empapada hasta los huesos, se aferraba con fuerza al brazo de su padre mientras trataba de no caerse en aquel río de aguas despendoladas que anegaban su camino. Lejos de aplacarse, la tormenta seguía descargando hasta tal punto que la novia hubo de parar bajo un misericordioso balcón entre los gruñidos de su padre y las lágrimas que empezaban a resbalar por su rostro, unas lágrimas más cercanas ya a la desesperación que a la emoción. Parecía que las aguas volvían a su cauce y las negras nubes comenzaban a abrirse, cuando la novia volvió a cogerse del brazo de su padre para continuar la odisea que la llevaría al altar. No pudo. La cola de más de diez metros de longitud había cogido tal cantidad de agua y barro que su peso se quintuplicó y por mucho que quería tirar de ella, le fue imposible. Las damas de honor corrieron en su auxilio y arremangadas, se dispusieron a aliviar el peso de la cola retorciéndola por donde podían y tratando inútilmente de extraer de ella los cientos de litros de agua que acumulaba. Los invitados mientras tanto, como una cuadrilla de gatos mojados maullaban exasperados ante el desastre que estaban viviendo y, Marcelina, la abnegada madre, en un acto de rabia y dignidad, se arrancó la peineta que llevaba más torcida que la Torre de Pisa y se dispuso a ayudar a su hija, que entre gritos y llantos se revolvía como una pantera. Cuando llegó a su destino, Ceferina era un amasijo de blondas destrozadas, velos arrugados hechos jirones, flores ultrajadas por las aguas pero además, pudo comprobar desolada como la pulsea de oro que su futuro marido le había regalado el día que se comprometieron oficialmente, dejaba una sospechosa capa de verdina sobre su muñeca. A esto, su cara era todo un poema enmarcado por los churretes que dejaban entrever a todas luces un exceso de maquillaje y sus ojos apenas se adivinaban manchados por el rímel, que se deshacía y provocaba escorrentías en su rostro. Ya dentro de la iglesia, llevaron a la novia a la sacristía con el fin de recomponer un poco y en la medida de lo posible aquel cuadro de bochorno y dolor que era Ceferina. Por fin y a duras penas, la novia llegó al altar entre la conmoción de los asistentes y el agudizado llanto de Marcelina que no ayudaba a controlar aquel naufragio. Amando, el que iba a ser su marido durante siete largos e interminables años dejó escapar una tenue sonrisa maliciosa aguantando la carcajada y cuando el párroco le preguntó si quería por esposa a Ceferina, anduvo unos minutos pensativo, sin decir palabra. Hasta tres veces el cura le preguntó, hasta que con tono resignado y mirando a aquella atribulada novia entonó un "sí" débil y de poca convicción. Ceferina tampoco fue muy allá y su "sí" sonó acongojado mientras miraba a los ojos a su marido que parecían anunciarle desde ese mismo momento que aquella historia que se iniciaba no iba a ser fácil y que se compondría de rayos, truenos y centellas, como aquel 29 de mayo.
      La tarde se apagaba mientras Ceferina terminaba de destruir las fotografías que daban crédito a un matrimonio fallido desde mucho antes de que ella se viera envuelta en aquella marejada de aguas turbulentas, un matrimonio que quizás fracasó desde el mismo momento en que sus ojos se encontraron por primera vez bajo los focos de aquella discoteca. Una vez finalizada su labor, Ceferina descorrió los visillos de la ventana y mientras veía caer la lluvia, sus ojos acristalados se desbordaban por las lágrimas.









domingo, 17 de marzo de 2019

LOS SUEÑOS DE MURUB







     Murub no tenía una granja en África. En realidad ,no tenía casi nada. Vivía en un pequeño pueblo del Senegal, Kayar, en la región de Thies, donde la precariedad era tan grande como sus ganas de vivir. Murub vino a España en una patera atravesando el océano y arriesgando su vida, como miles de africanos, buscando prosperidad para él y para su familia. Fue una larga travesía, donde a veces, temió no llegar vivo a tocar tierra firme. Murub tuvo suerte y fue rescatado, logrando sobrevivir al ímpetu del oleaje de un mar que parecía querer tragárselo junto con sus asustados compañeros; temblando de frío, casi al borde de la hipotermia, Murub fue llevado a un centro de acogida de inmigrantes donde se le hizo un reconocimiento médico y donde atendieron sus necesidades más básicas. Murub durmió esa noche pensando en su madre y en sus hermanos, de los que tan lejos se encontraba pero a la vez, tan cerca, ya que los llevaba en el rincón más cálido de su corazón. Al día siguiente, le comunicaron que sería devuelto a su país en cuanto se cumpliera el tiempo protocolario. (Todavía no existían las devoluciones en caliente). Se dejó caer sobre aquel camastro que compartía con Elah, un vecino de su pueblo que le había acompañado en su aventura y pensó que había estado a punto de conseguirlo. Pero no se desanimó.
      Murub tenía solo veinte años cuando llegó a España y una noche de marzo escapó del centro. Ahora tenía veintisiete y se buscaba la vida a dentelladas, recorriendo el país de norte a sur, de este a oeste, donde trabajaba preferentemente en el campo. Había estado trabajando en casi todos los sitios: bajo los plásticos de Almería, en la campaña de la fresa en Huelva o en la comarca del Meresme en Cataluña, recolectando naranjas en el Levante o recogiendo aceituna en Jaén.
      Murub apenas sonreía al mundo, sin embargo,  sus vivaces ojos lo delataban y dejaban entrever sus sueños. Quería ser modisto y presumía de que sus hermanos y su madre eran los que mejor vestían de su pueblo, ya que él se encargaba de confeccionarles la ropa, y así debía ser, porque cuando los vi en una foto que llevaba en su móvil, pude comprobar la originalidad de un vestuario de cortes limpios y asimétricos que dejaban entrever la imaginación y la habilidad del muchacho. También me enseñó su "taller", tan humilde como la calidad de las telas empleadas en vestir a su familia.
      A la vez que soñaba con sus parientes más cercanos, Murub soñaba con África, su tierra, tan hermosa y maltratada, tan rica y a la vez tan necesitada, tan poblada de sueños como de gentes que no habían conocido nunca las condiciones de una vida segura y cómoda. Murub soñaba y soñaba, y a veces, en un descanso del trabajo lo veía sonreír tímidamente, como pidiendo permiso. Su cuerpo estaba allí, con nosotros, su pensamiento lo ponía en la misma tierra que lo obligaba a abandonarla y a la que, por supuesto, seguía queriendo tanto.
      Cumplí años en febrero y lo celebré en el olivar, entre el sol (ha sido un invierno cálido, casi primaveral) y el duro trabajo. Compré una tarta y unas cuantas viandas para invitar a los trabajadores y me llevé hasta una pequeña botella de champán que tenía por ahí. Pensé que era la mejor ocasión para descorcharla. Después de comer, nos volvimos a casa. Murub estaba contento, porque ese día sonrió varias veces. Tenía una sonrisa abierta y acogedora, llena de simpatía.
      Me contaba Murub que en Sevilla se había comprado sus gastadas botas de trabajo por dos euros en un lugar donde se vendían artículos de segunda mano y donde se podía comprar desde ropa hasta móviles. Nos enseñó orgulloso el suyo, cuyo precio no había sobrepasado los cinco euros. Murub era tan esencial como la misma tierra.
      Se acercaba el final de la campaña y Murub pensaba en su partida. Ahora dirigiría sus pasos a Huelva, donde trabajaría recogiendo fresas. No siempre lo habían tratado bien, pero no le importaba, el quería seguir trabajando para poder mandar el dinero que tanta falta hacía a su familia. Después, ¡Quién sabe!.
      Cuando nos despedimos, Murub me dio las gracias y un abrazo. Yo también se las di y entonces me dijo: "Estoy feliz contigo". Y yo pensé: "Nosotros también, Murub". Los que hemos compartido contigo tantos días de trabajo nos sentimos felices porque nos has enseñado mucho. En tu compañía hemos aprendido que los seres humanos conectamos, por lejanos que estén los sitios donde vivamos. Que la empatía y el entendimiento no es necesariamente la comprensión de un idioma. Que debemos continuar la lucha para que todos podamos vivir decentemente y que a lo mejor el que menos tiene es el que más da. Todo eso y más hemos aprendido en estos días, trabajando codo con codo contigo y con Elah. Amigo Murub, que tus sueños se cumplan iluminados por la luz de África, tan lejana y hermosa y que el mundo se deshiele al entender que todos somos iguales y todos tenemos el mismo derecho a trabajar y a vivir de una manera honrada y digna, sea donde sea, pues el mundo, así mismo, no es de nadie y es de todos. Mucha suerte.


       Este relato no es un cuento. Es un pequeño pedazo de realidad y está dedicado a Murub, a Elah y a todos los que un día se marcharon de sus países dejando atrás un hogar y una familia en busca de una oportunidad.



" Nadie abandona su hogar a menos que
el hogar sea la boca de un tiburón.
Solo corres en la frontera
cuando ves a toda la ciudad corriendo también.
Tus vecinos corriendo más rápido que tu
aliento sanguinolento en sus gargantas.
El chico con el que fuiste a la escuela,
el que te besó tontamente tras la antigua fábrica de latas,
está sosteniendo un arma más grande que su cuerpo.
Sólo abandonas tu hogar
cuando el hogar no te permite quedarte."
                                                       
 
Warson Shire, escritora keniana.
 
 
 
 

 
 
 

 

sábado, 16 de febrero de 2019

EL DÍA DE LOS ENAMORADOS







      Sin nada que decirse, Petra y Paulino se disponían a celebrar el día del amor, hacerle un tributo a Cupido aunque para ello, tuvieran que sacar de sus entrañas el penúltimo miligramo de empatía que les quedaba. Sobre las ocho y media de la noche, y vestidos de punto en blanco, ropa interior incluida (por si acaso), se dirigían hacia el restaurante "Amores perdidos", con la intención de cenar y decirse unas cuantas palabras amables después de un año de riñas y vendettas. Petra, que por una vez, llevaba la voz cantante, miró la corbata de Paulino y se imaginó una enorme boa que atenazaba su garganta, una boa de múltiples colores que tenía el poder de decidir si Paulino llegaría vivo al restaurante. Por su parte, Paulino miró con desolación aquella ruina humana en que se había convertido su mujer con el paso del tiempo. Nada tenía que ver ya con aquella chica de cabello denso y oscuro que conoció hace veintisiete interminables años. Ahora, los cuatro pelos que le quedaban aparecían atados atrás en una cola infame y rala y tan descoloridos a base de tintes, que ya no sabía si eran cabellos o un manojo apretado de reseco esparto. Se agarraron del brazo y se cerraron los grilletes. No había escapatoria, el restaurante los esperaba. Eran las nueve y cuarto cuando pudieron coger el taxi que los deportaría a su campo de concentración particular, un restaurante situado a las afueras de la ciudad regentado por la prima de Paulino, Feligresa, una mujer capaz de descuartizar un oso con sus propias manos, pero que preparaba el rabo de toro con diligencia y en cantidades desastrosamente grandes. Petra odiaba el rabo de toro y a la prima de Paulino, pero cedió ante la insistencia de su cónyuge y bajo la promesa de tener la cena en paz y armonía.
      El restaurante "Amores perdidos" se encontraba en un desvío de carretera, tan oculto que más que restaurante era un nido de delincuentes del más diverso pelaje: traficantes, ladrones y algún psicópata que otro paraban allí en connivencia con Feligresa, la cual era comisionista de todas las tropelías cometidas por aquella gentuza, proporcionándoles a cambio abrigo, calor y comida.
      Serían las diez y cuarto cuando arribaron al local: Paulino y su boa se abalanzaron a saludar a su prima Feligresa, que limpiaba el mostrador con desgana, mientras que Petra, muerta de hambre, observaba impertérrita la escena. Al fondo, tras un mar de mesas dispuestas sin orden ni concierto, se encontraban un par de parejas que, encendidas de amor, se dedicaban profusos arrullos y se metían mano sin disimulo bajo un terrorífico mantel inundado de corazones. A mano izquierda, cerca de la barra, dos esculturas de Cupido bañadas en purpurina dorada y plateada respectivamente, presidían aquel altar de amor que no regateaba méritos a lo cutre, y que daban a la sordidez del lugar, un toque más sórdido todavía. Por último, las ventanas, cuyas cortinas trataban de tapar unos cristales translúcidos por la mugre, daban el toque final al lugar donde Paulino y Petra, habrían de celebrar la cena de San Valentín.
      Sentados en una de aquellas mesas, la elocuencia no era el fuerte de la pareja, que se entretenía mientras venía el camarero en observar a vista de pájaro aquella enorme estancia que imponía distancias (más todavía) entre ellos, como si uno estuviera en Islandia y la otra, en el desierto de Gobi. Por fin, el camarero rompió el hielo portando en la bandeja la suculencia de un platillo de aceitunas y otro de panchitos, para que la pareja fuera matando el hambre mientras llegaba Feligresa con el menú. Paulino se pidió una jarra de cerveza y Petra, una Coca-Cola. Y así, tras roer unos panchitos y escupir unos cuantos huesos de aceitunas, Petra y Paulino comenzaron a hablar del tiempo.
      El menú lo eligió Paulino una vez más, pese a que había prometido a su mujer que lo elegiría ella: rabo de toro, y de segundo, albóndigas de pollo y ternera en salsa de la casa. Y de postre, en deferencia a Petra, Paulino le dejó escoger entre natillas o profiteroles. El odio y el rencor fueron los otros ingredientes del menú, añadidos por la mujer, cuya mirada, en principio indiferente, fulminaba a cada momento la figura achaparrada y barriguda de su marido, que antes de que llegara el primer plato, se había metido entre pecho y espalda cuatro jarras de cerveza. Feligresa, al ver la cara de funeral de Petra, trató de animarla con alguna broma ordinaria sobre los efectos que iba a causar en ellos la cena del día de San Valentín, indicando que por fin podrían "mojar", y no en la salsa precisamente. Ni que decir tiene que la observación no hizo ni puta gracia a Petra, que se echó a la boca una de aquellas albóndigas y mientras la masticaba a dos carrillos pensaba en su marido: gordo, calvo y sin modales. Y lo que era peor, al topar con la realidad, presenciaba el rito llevado a cabo por Paulino cuando apuraba la salsa del rabo de toro y chupaba con fruición aquellos dedos, cortos y gordos como chorizos de barbacoa, cuya visión llevaba la repugnancia a lo más hondo de su corazón.
      Miró a su mujer de soslayo y la vio allí, enjuta y gurrumina empuñando el cuchillo y el tenedor con la intención de partir aquella albóndiga que, rebelde, se le escurría e iba en el plato de un lado para otro rebozándose en aquella salsa, que espesa y pegajosa, parecía de cemento. Cuando Petra logró sus propósitos, Paulino respiró aliviado desapareciendo de él el presentimiento de que aquel proyectil hecho albóndiga acabaría por estallarle entre las dos cejas.
      Continuaba la cena de enamorados y lejos de comunicarse como dos personas civilizadas, parecían alimañas devorando su presa. De vez en cuando, se lanzaban miradas llenas de desconfianza y algún gesto de desagrado cuando sus ojos chocaban de frente y se imbuían así en las turbias emociones del otro.
      Hasta ahora no había habido ni una palabra cariñosa ni amable por parte de ninguno. Bueno, si, hubo un "te quiero" por parte de la mujer, un "te quiero ver muerto" pronunciado en voz baja cuando Paulino se marchaba con apremio al lavabo, a expulsar los litros de cerveza holandesa que se había trasegado en los cuarenta minutos que llevaban sentados a la mesa. Paulino regresó ya aliviado y con ganas de dar buena cuenta del segundo plato: las albóndigas. Tan sólo hizo un comentario que logró sacar una media sonrisa malévola a Petra: "No estoy preparado para estas bolas, olvidé reforzar y afilar mi dentadura". Petra pensó que tal y como engullía Paulino, no le hacía falta dentadura para tragarse de un solo bocado las dos docenas de albóndigas que Feligresa le había servido. Entonces Paulino, puesto como estaba de cervezas, que acentuaban sus más bajos apetitos, y no teniendo más mujer a mano que Petra para culminar la noche de San Valentín tal y como mandan los cánones, empezó a ronronear como un gato en torno a ella, la cual, instintivamente y dándose cuenta de las intenciones de su vil marido, se quedó rígida y pálida como una muerta. En definitiva, se le abrieron las carnes como cuando se despedaza un cochinillo al horno.
      El ronroneo empezó con un diminutivo "Petrilla" y continuó con el empeño de darle de comer las natillas con la misma cuchara con la que él se había comido en dos bocados el flan de huevo que su prima Feligresa le había preparado en deferencia a su persona, pues no entraba en el menú. Petra levantó los ojos queriendo fulminar la ingrata presencia de aquel hombre horrible que decía ser su marido, y de un manotazo, apartó la cuchara hasta arriba de natillas, añadiendo una condecoración más al traje de Paulino, que ya llevaba varias: una al mérito de haberse comido el rabo de toro en cuatro minutos y medio, otra por mojar pan en la salsa de las albóndigas con presteza y prestancia, varias, gracias a la cerveza y por último, la que su mujer le impuso, dejando una huella amarilla que cruzaba las dos solapas de la chaqueta, manchando también su corbata, y haciendo juego con el alfiler chapado en oro que le había regalado su madre. Paulino gruñó y estuvo a punto de ponerle las natillas por sombrero a aquel espantajo con aires de princesa con el que se había casado, pero se contuvo. Ya ajustarían cuentas cuando regresaran a las profundidades del infierno, o sea, a la casa que compartían desde hacía una eternidad. Petra se levantó y se dirigió al lavabo y mientras se recomponía un poco, decidió que esta sería la última cena que compartiría con aquel orangután, que nunca la había tenido en cuenta para nada y que año tras año, había agriado su carácter hasta el extremo de instaurar el odio más profundo en su alma, en otro tiempo, serena y dulce. Hoy, su aspecto no respondía a una mujer de cincuenta años, sino que aparentaba setenta. Pero aún estaba a tiempo de rectificar. Cuando llegaran a casa, ajustarían cuentas.
      No eran las once y media aún cuando se levantaron de aquella mesa revuelta de corazones dibujados en el mantel, de manchas de salsa, de trozos de pan desperdigados y de huesos, formando un extraño jeroglífico que parecía significar lo que había sido su matrimonio durante casi treinta años. Se despidieron de Feligresa de forma automática y salieron a la calle. Hacía un frío del carajo. Paulino no se tenía en pie, harto de cervezas como estaba y de rabo de toro, y Petra, con el alma congelada, comenzó a andar de forma ligera hasta la parada de taxis más próxima, esperando poder conseguir uno que la llevara hasta aquel presidio en que se había convertido su hogar, y que, comparado con el restaurante de Feligresa, era la gloria pura. Paulino a duras penas podía seguirla, tropezando y tambaleándose con su aspecto de barril de coñac. Finalmente logró llegar al lado de su mujer. Estuvieron más de media hora esperando el ansiado taxi y sus caras enrojecidas por el frío y la ira, y en el caso de Paulino, también por el alcohol, estaban lejos de expresar cualquier signo contrario al hastío y al resentimiento. Cuando por fin llegó el taxi, estaban medio helados, pero con ganas de calentarse a guantazos. Subieron al coche y Paulino, que apenas podía hablar, masculló algo ininteligible, mientras que Petra, de forma seca y autoritaria le indicó la dirección al taxista: "¡ Calle Calvario, nº 124 !". Fueron las únicas palabras que sonaron dentro del taxi hasta que el taxista, llegados al hogar del matrimonio, se dirigió a ellos para cobrar. Entremedias, algún ronquido de Paulino y algún gruñido de Petra acompasaban el empalago que ofrecía alguna cadena de radio en este día que, para Petra, parecía haber sido creado por el mismo Satanás.
      Bajaron del coche y se dirigieron a su casa. Siete pisos sin ascensor les aguardaban y Petra creyó desfallecer. Mientras tanto, Paulino, se abotargó y agarrado a la barandilla de la escalera se dejó caer en el suelo dejando escapar de su garganta uno de sus ronquidos. Llegar al hogar fue toda una odisea: agarrando a su marido y obligándole a subir aquellas interminables escaleras, Petra resollaba intentando que no le estallaran los pulmones y suspirando, imaginaba que pasaría si Paulino pereciera en el intento, si tras el titánico esfuerzo de subir los siete pisos, hallara la libertad al abrir la puerta de su casa. Paulino, lejos de morirse, se aferraba al cuello de Petra intentando mantener el equilibrio y a la misma vez, procurando no partírselo al menos allí, en mitad de la escalera. Por fin entraron en la casa, y Petra, tras encerrarse en el dormitorio conyugal y dejar a su marido en aquel sofá desvencijado por los años, se metió en la cama y soñó con la juventud perdida, con los años desperdiciados en aquel matrimonio infame y mientras se dormía, San Valentín revoloteaba por la casa esgrimiendo en sus labios una sonrisa cínica.







  
   

viernes, 19 de octubre de 2018

LA IRA DE JUSTO







      Sus continuos fracasos lo habían llevado a un sótano oscuro de ira y de odio contra el mundo. Cada vez más encerrado en sí mismo, lo único que lo relajaba era irse al campo y disparar con la vieja escopeta que un día le dejó su padre. Un cuchillo de destripar ciervos fue su otro legado. El ruido de los cartuchos al explotar era para él curativo, pues muchas veces se sentía como uno de ellos: repleto de la pólvora que lleva en sí misma la rabia contenida y preparado para estallar. Tenía pocos estudios, pero un talento especial para la artesanía y quizás para el arte si en su momento lo hubiera desarrollado. Nunca se sintió querido en su casa y nunca tuvo el amor de una mujer, y sus experiencias en ese sentido fueron tan hirientes como amargas inoculando en su corazón pequeñas gotas formadas por los cristales punzantes del odio y que lo transformaron en un hombre solitario. Ahora tenía cuarenta años, muchas frustraciones y la huella de la correa de su padre dibujada a lo largo y ancho de su cuerpo.
      Disparaba a las piedras, a los árboles y a los animales y probablemente a cualquiera que en ese momento se hubiera cruzado ante sus ojos. Disparaba y disparaba, sintiendo que la sangre le fluía a borbotones a medida que la cólera lo poseía y lo arrastraba cada vez más a la idea salvaje de aniquilar. Había matado conejos, perdices, venados y jabalíes y algún perro despistado. Ahora comenzaba a rondar en él la idea de subir un peldaño más en la cacería. Era viernes cuando agarrando la escopeta y el cuchillo de despiece, se echó de nuevo al monte.
      Le disparó en la cabeza cuando se bajó del coche para arreglar un pinchazo. La sangre saltó dejando un vigoroso cuadro a base de manchas provocadas por las gotas de sangre que se estamparon en el lateral del coche llegando hasta el cristal de la ventanilla. El hombre que acababa de asesinar era Pedro, la persona que hacía unos años le había estafado en su intento de convertirse en comerciante. Subió el cadáver al coche y lo despeñó. A medida que el coche estallaba, la ira de Justo se iba aplacando y después de andar unos minutos, se paró bajo una centenaria encina y tomando una pequeña botella de agua que portaba, bebió y enjugó su boca, tan seca como el esparto, mientras su retorcido corazón se refrescaba con el consuelo frío de la venganza.
      No bien hubo comenzado a caminar  cuando a lo lejos divisó a una mujer y a unos niños que caminaban cerca del río. Sus pasos partían de un viejo cortijo que estaban rehabilitando y donde el padre de Justo estuvo trabajando en todas las tareas que el campo pudiera proporcionar. Era una muchacha joven, debía de ser por tanto la hija de los dueños de aquella casa que con sus hijos paseaba en la tranquilidad del campo. Se ocultó tras un pequeño repecho y cargó de nuevo la escopeta. Un cartucho impactó en el corazón de la mujer y otro en la cabeza de uno de los niños. El otro niño se dispuso a correr llorando y gritando, pero Justo lo alcanzó antes de llegar al río. Ahogó los llantos de la criatura en sus aguas donde dejó su pequeño cuerpo al capricho del vaivén de la corriente, que acabó por arrastrarlo ocultándolo entre unos juncos.
      A media tarde entró en el pueblo y se dirigió hacia el bar de Manuela, una muchacha muy trabajadora que un día lo rechazó de plano y rompiendo los cristales de la puerta y antes de que nadie pudiera impedirlo disparó a bocajarro a la mujer, que en esos momentos estaba de espaldas preparando un café para uno de los clientes. Se desplomó al instante y algunos de los que había allí, aterrados, comenzaron a pedir auxilio, mientras dos de ellos se abalanzaron sobre Justo arrebatándole el arma y sujetándolo fuerte. Cuando llegó la guardia civil, cuatro hombres sujetaban al homicida, cuyo rostro descompuesto y desencajado reflejaba el resentimiento reprimido durante muchos años. Quizá demasiados. Fue condenado a veinte años de presidio, pero solo cumplió unos meses, porque a principio del tercer mes, apareció ahorcado en su celda y con las venas descerrajadas. Poco tiempo después descubrieron el cadáver de su padre, que había desaparecido hacía unos meses. La autopsia reveló que había sido asesinado de un tiro en el estómago y convenientemente destripado con el cuchillo que él mismo legó a su hijo. Fueron días de furia y dolor, de sangre y de tristeza, de violencia brutal y de terror, donde la ira sobrehumana de Justo hizo temblar los cimientos de su pequeño pueblo, un pueblo que ya nunca recuperó su cotidiano sosiego y que se fue despoblando quedando a merced de la soledad y de la desolación, un pueblo maldito donde aún parecen oírse los disparos de la vieja escopeta del enajenado vecino y los lamentos de sus humildes pobladores, que se fueron marchando y nunca más volvieron a sus hogares.








viernes, 5 de octubre de 2018

LA PEOR PESADILLA







      Allí estaba la vieja, delimitando la realidad de sus sueños con su presencia infame. Desdentada, abría su boca pestilente rebosante de babas y cuajada de enfermedad. Toda ella apestaba a muerte. Un sudor frío se expandió por toda la piel de Eloísa cuando creyó ver en el hueco de aquellos ojos cenagosos un atisbo de lo que un día fue su odiada suegra. No podía ser, pues había muerto hacía algún tiempo, para descanso de todos. Se frotó los ojos y los abrió buscando una luz que clarificara sus dudas. De repente, bajó la mirada y descubrió en uno de los sarmentosos dedos de aquella espantosa figura un anillo de plata gastado, ahora envuelto en mugre y mucosidad, que identificó con el de su madre política. Hacía un frío infernal en aquella habitación mientras la vieja se acercaba torpemente a los pies de su cama. Se quitó el pañuelo y dejó caer un pelo gris y áspero cuyas greñas en cascada daban un aspecto aún más terrorífico a su descarnado rostro. Abrió la boca y profirió un gruñido parecido al de un animal dejando un hedor a carne podrida que impregnó el corazón de Eloísa que, aterrada, se refugiaba puerilmente bajo la colcha. Sintió una mano fría sobre su muslo que la removía en la cama y comenzó a gritar con toda la fuerza que le proporcionaba el pánico. Esto no hizo sino provocar  estruendosas risotadas en la vieja, que, destapándola, la invitó con voz de sargento alemán a que se levantara a desayunar. Eran las siete y media de la mañana y la joven, temblando entre sudores, comenzó a vestirse y a volver a la realidad. Todo había sido una pesadilla. Tras ducharse, se dispuso a tomar el desayuno. Su marido hacía rato que se había marchado a trabajar y allí estaban las dos: ella y su suegra, que meñique en alto apuraba una taza de café con leche y que no dejaba de mirarla en actitud despectiva y feroz. El brillo de la sortija de plata casi la deslumbra, y a una mirada de la vieja, se levantó como una centella y se dispuso a lavar los platos con prestancia, mientras la suegra le daba las instrucciones del día y le recordaba los orígenes de los que provenía, de cómo su madre era una borracha y su padre un vividor, y que ella y su hijo le habían dado una vida digna. Eloísa calmó sus nervios mordiéndose la lengua casi hasta hacerla sangrar. Comprendió que la pesadilla real comenzaba ahora, como cada día y que la vieja bruja que la acosaba en el sueño era real y tangible, tanto, que tras oír su voz que mezclaba la ira con el desprecio, sucumbió al mundo real deseando con todas sus fuerzas regresar a la pesadilla, donde al menos, aquella vieja y fantasmagórica alimaña no abría el pico y bien mirado, hasta tenía mejor aspecto que la que ahora mismo la insultaba desde el fondo del pasillo. Tras fregar los cacharros, la muchacha subió a arreglar la leonera de la suegra, mientras dos lágrimas de rabia e impotencia resbalaban por su sufrido rostro y la desolación y el frío volvieron a ocupar por entero su alma acorralada. Abrió la ventana y una bocanada de aire fresco puso vida en su rostro, que empezó a componerse tras una noche de desvaríos y una mañana de infierno cotidiano, pero no le insufló el ánimo suficiente como para coger la maleta y marcharse. "Otro día más...", pensó. Y en silencio se dispuso a trabajar mientras el sol se afianzaba extendiendo sus rayos conformando con ellos los barrotes de una cárcel inexpugnable.








viernes, 21 de septiembre de 2018

EL PICO DEL PÁJARO CARPINTERO







      Tenía en su cabeza como un pájaro carpintero que a veces picoteaba tanto las profundidades de su cerebro que la sumía en un dolor ardiente, rudo y áspero como lava volcánica que, sin embargo, le abría puertas a sensaciones y deseos que a duras penas podía contener. Se sentó en un banco del parque y se abandonó a aquella tarde desapacible, donde los rayos del sol lamían con fiereza a todo aquel que se ponía a su alcance. Se recostó un poco y sus ojos miraron hacia el cielo, de un azul tan intenso como maldito, un azul que no reflejaban sus ojos, oscuros y carentes de brillo. El pájaro carpintero comenzaba a golpear  con su hiriente pico y ella, desesperada, se recogió el cabello con las manos, cerró los ojos y tras unas convulsiones, comenzó una de sus aventuras, donde la muerte se convertía en su acompañante y consejera y que, una vez más, la conducía sin ningún tipo de titubeos a un nuevo destino. Se trataba de María, una mujer de unos ochenta años con la que había convivido en una época de penurias económicas para ella y que se había portado como una madre, dándole techo y amparo en aquel tiempo en el que la soledad la empujaba al abismo. El pájaro carpintero apareció después y nunca más se volvió a ir, construyendo su nido entre las enredadas cortinas que acotaban sus sueños.
      La anciana vivía en una estrecha calle de un barrio del casco antiguo de la ciudad. Su casa se encontraba al final del mismo, y aunque humilde, fue un auténtico hogar para Elsa, la cual, se hallaba allí ya. Con la cabeza alta y el paso firme, la muchacha cambió de acera y  con la frialdad de un muerto comenzó a pulsar el timbre. Le abrió una vecina que se encontraba en la casa visitando a María y que la conocía. Tras intercambiar unas palabras, la vecina se marchó y Elsa, una vez dentro, cerró de golpe
la puerta.
      "¿Quién anda ahí?" "¿Eres tú Isabel?" preguntó la mujer desde el dormitorio donde se encontraba descansando. No contestó nadie, solo unos pasos presurosos daban respuesta a la anciana que, débil como estaba, intentó incorporarse sin conseguirlo. Mientras tanto, Elsa había entrado en la cocina y tras una algarabía provocada por la caída del cajón donde María guardaba los cubiertos, se volvió a escuchar la voz de ésta que, alarmada, volvió a preguntar si era su vecina Isabel la que andaba trasteando por la casa. Entre cucharas, tenedores y cuchillos romos, Elsa halló una pequeña navaja, afilada y punzante, que reconoció enseguida ya que había pertenecido a Isaac, el marido de su benefactora y abriéndola y empuñándola con firmeza, se dirigió hacia el dormitorio, no sin antes llevar consigo una cuerda de tender la ropa y un puñado de servilletas. El dormitorio estaba en penumbra y María vio la figura recortada de una mujer en el umbral de la puerta y pensó que era su vecina, Isabel. La volvió a llamar. Entre la luz y la sombra se oyó por fin una voz que le resultaba familiar, aunque le sonó extraña: "Tranquila,todo va a ir bien" y lentamente, la propietaria de la voz, penetró en la habitación.
      La débil anciana no pudo hacer nada cuando Elsa llenó su boca de servilletas de papel hasta el punto casi de asfixiarla. Sus ojos desencajados reconocieron por fin a la que había querido como a una hija y trataba de llamarla en vano. Elsa continuaba su trabajo y ató a la mujer, que inútilmente trataba de escapar de aquellas manos que un día la cuidaron. El pájaro carpintero aleteaba con más fuerza que nunca dentro de la distorsionada psique de Elsa, y las negras punzadas que provocaban sus picoteos la empujaban a un viaje donde el paisaje a recorrer no era otro que el de la demencia y la muerte, y que provocaban en ella las ansias más feroces de aniquilar. Sacó la pequeña navaja de uno de sus bolsillos y la clavó una y otra vez en el cuello de la anciana hasta que la sangre devoró por completo la blancura de las sábanas. Inútiles eran los frágiles esfuerzos de María por escapar mientras Elsa continuaba recibiendo órdenes del pequeño y maligno inquilino que habitaba en su mente. Los navajazos se sucedían al mismo ritmo que los picotazos, hasta que por fin, una punzada atravesó el corazón de la pobre mujer, mientras que Elsa, agotada y satisfecha, se dirigió al cuarto de baño donde intentó eliminar cualquier rastro de sangre que pudiera delatarla. Salió a la calle y ya anochecía cuando a su cabeza llegó la paz, pues el pájaro la había abandonado tras saciar sus apetencias, sin embargo, su desvencijado corazón latía entrecortadamente, como el resuello de María cuando se sentía morir y sin saber por qué, dos lágrimas resbalaron por su rostro cuando comenzaba a caminar. Se miró en el escaparate de una tienda observando que unas diminutas gotas de sangre manchaban su frente. En su bolsillo encontró una  de las servilletas de papel con las que hizo callar a su víctima y limpiándose con fruición, reanudó la marcha aligerando el paso.











viernes, 27 de julio de 2018

NO CIERRES LOS OJOS







      Cuando cerraba los ojos, el universo entero lo atrapaba en un sueño indomable donde no siempre salía bien parado. Apenas dormía, empeñado en mantenerse en la realidad que lo rodeaba; sin embargo, su psique, cada vez más débil, bajaba a los sótanos de aquellas profundas ensoñaciones y se dejaba arrastrar por los acuciantes y desmedidos trastornos que, como lagos inmensos, extendían sus aguas por los alrededores de su ser. Exhausto, con el terror que suponían las señales que el cansancio y el sueño imponían a sus ojos, éstos, abiertos durante más de tres días, esperaban ansiosos una tregua, una leve indicación para rendirse. Aquel sábado se produjo el aviso y sus ojos se cerraron, a la vez que él despertó en una playa inmensa de oscuras y revueltas aguas. No había sol en el cielo, ni una nube poblaba aquel espacio que se extendía por encima de su cabeza amenazante como un abismo. Estaba desnudo y la arena quemaba sus pies. Solo había unas rocas donde se guareció de aquella flama que invadía la playa, pero aún así, comenzó a faltarle el aire. De repente, el sobrecogedor silencio que envolvía el paisaje se vio quebrantado por los graznidos de cientos de pajarracos que sobrevolaban aquel escenario apocalíptico y tenebroso y que le impulsaron a correr sin rumbo conocido. De pronto paró y fue a sentarse bajo la exigua sombra de unas rocas y tan cansado estaba que no vio como uno de aquellos pájaros, cuya envergadura era notable, se encontraba oculto detrás de una de aquellas piedras. De repente, sintió un aletazo que le bajó desde la frente hasta la boca y que desgarró por entero su rostro, provocando un aullido de dolor en el hombre que, desesperado, intentó levantarse y escapar. Iba a conseguirlo, cuando de nuevo sintió el aletazo que como un hierro candente dejó en carne viva su espalda  provocándole una intensa agonía. Finalmente pudo desprenderse de aquel pájaro mortal y ciego por el pánico, herido y ensangrentado, se deslizó por aquellas ardientes arenas en dirección contraria al lóbrego sonido del mar, que parecía embravecido y cuyas aguas, misteriosas y espesas, parecían una lengua gigante que trataba de atraparlo a lametones. Cayó al suelo en un gesto de impotencia y agotamiento y envuelto en escozores, notó como la grava se iba introduciendo dolorosamente en su carne y que como millones de afilados alfileres, los menudos granos de arena comenzaron a viajar a través de su sangre. Se sintió morir e intentó abrir los ojos, pero ya era tarde. Echado sobre la arena notó como ésta lo devoraba, y a gritos, comenzó a pedir auxilio en aquel paraje sin esperanza. De nada sirvieron sus alaridos, que fueron acallados por las millones de partículas que conformaban el arenoso suelo y que lo tragaron casi por entero. Solo una mano desesperada quedó sobre la superficie, la cual parecía implorar la ayuda y la piedad que no le fueron concedidas. Despertó en alguna perdida playa de las Maldivas. Se había quedado dormido y su cuerpo, achicharrado por el sol, se resentía como si lo estuvieran acribillando miles de puntas de hirientes cuchillos. Se levantó como pudo y todo lo rápido que le permitía su cuerpo quemado y maltrecho, se dirigió al chiringuito más cercano en busca de un consuelo que encontró en toda una serie de refrescantes mojitos, que, atiborrados de hielo y de hierbabuena, dieron calma a su sufrimiento. Entonces recordó lo que con frecuencia le advertía su mujer: "Cuando te pongas a tomar el sol, procura que éste no te dé directamente, ponte una buena crema protectora y llévate una botella de agua, pero sobre todo, NO CIERRES LOS OJOS.







                     

lunes, 19 de marzo de 2018

CARY GRANT: EL ESTILO DE UN ACTOR.




Cary Grant es uno de esos actores que han estado presentes siempre a lo largo de toda mi vida, ya que, desde muy pequeño conocí sus películas, y a través de ellas, su gran personalidad. Fue un actor sofisticado y a la vez cercano, admirado por hombres y mujeres, tanto por el atractivo de su físico como por su gran talento. En aquellas tardes de primeras sesiones, el rostro de Cary Grant se asomaba de vez en cuando a la pequeña pantalla para enseñarnos su simpatía y carisma. Películas como "La fiera de mi niña", "Historias de Filadelfia", por no hablar de "Arsénico por compasión", nos hacían reír de un modo inteligente y elegante. Por las noches, algún ciclo dedicado a Alfred Hitchcock nos mostraba el lado más inquietante y misterioso de Cary: "Sospecha", "Encadenados" o "Con la muerte en los talones", daban la medida de los variados registros de un actor curtido en mil batallas: desde las primeras compañías de cómicos donde trabajaba siendo apenas un niño en Bristol (Inglaterra), su lugar de nacimiento, hasta sus primeros pasos en el teatro, y por fin, en el cine, donde se convirtió en la gran estrella que fue, dejándonos un legado de películas indispensables para entender la historia del Séptimo Arte. Comedia, drama y suspense, componen los géneros de una filmografía admirable, donde Cary Grant demostró siempre su talento y categoría como actor, dejando un sello tan personal, que generaciones posteriores de actores como Tony Curtis o, más recientemente, Hugh Grant, por ejemplo, echaron mano de Cary para componer algunos de sus personajes más exitosos. Y es que el estilo de Cary Grant es atemporal, y su carisma imperecedero. Demos una vuelta por algunos episodios de su vida y obra, tan sorprendente la una como la otra, y dejémonos seducir por el encanto de un actor inglés que cumplió su sueño americano: Cary Grant.







Tenía treinta años cuando Archibald Alexander Leach, descubrió que su madre estaba viva. Ya era Cary Grant, el famoso actor, cuando en el reencuentro que tuvo con su padre en una cafetería, este le confesó que su madre no había muerto, sino que había sido internada en una clínica psiquiátrica, donde permanecía desde hacía más de veinte años. Miró a su padre con la misma incredulidad con la que miró a aquellos parientes, que un día, al regresar de la escuela y no encontrar a su madre en casa, le dijeron que no estaba allí, que desgraciadamente, había fallecido. Y en unos momentos la incredulidad de aquella mirada dio paso al dolor y al rencor hacia aquel hombre, cuyo matrimonio con Elsie, su madre, había sido un fracaso casi desde el principio, y que era el causante de tantas desafecciones. Aquello no podía ser verdad, le parecía un disparate. Tenía diez años cuando le hicieron creer que había perdido a su progenitora y ahora, de repente, surgía de nuevo en su vida como un fantasma que venía a revivir todos aquellos recuerdos que se quedaron anclados en su infancia, y que despertaban en él emociones encontradas. Pero la rabia, la sorpresa y el dolor, no podían soslayar un hecho: su madre vivía, y Archibald estaba dispuesto a recuperar el tiempo perdido y a volver a refugiarse en aquellos brazos, ausentes durante la mayor parte de su vida.
Se levantó de la mesa de aquella cafetería devastado, y apenas se enteró de que se había despedido de su padre cuando salió con lágrimas en los ojos a la calle, donde le esperaba la que iba a ser su  esposa, Virginia. La mujer, sorprendida al ver el estado de shock en que se encontraba el joven, se aferró a su brazo con fuerza y, sin preguntar nada, caminó a su lado durante largo rato, mirando en silencio con sus grandes ojos el rostro descompuesto de Archibald, que reflejaba en la perfección de sus líneas, perplejidad y dolor. Por fin, pararon en medio de aquella avenida, transitada de gente, y él, mirando a la muchacha, le contó lo que había ocurrido. Entonces, Virginia, con los ojos humedecidos, lo abrazó y lo besó de la misma manera que una madre haría con su hijo, otorgándole todo el consuelo y el amor que era capaz de dar su corazón.
Los motivos que confinaron a Elsie en Fishponds, una institución para enfermos mentales  que había en un condado a las afueras de Bristol, no eran otros que los mezquinos intereses de su marido, Elías, el cual, hombre mujeriego y bebedor empedernido, aprovechó la depresión por la que pasaba Elsie tras la muerte de su primer hijo para internarla. De este modo, se encontró sin ataduras para vivir con la nueva mujer que había aparecido en su vida. Así, Elías Leach, a ratos amable y cariñoso con Archibald, y a ratos, intratable, marcó la época más cruel de la vida de Cary Grant.
El lugar, impersonal e inhóspito, estaba situado a las afueras de Bristol. Cuando llegó, llamó al timbre y tuvo que atravesar un jardín de aspecto algo descuidado hasta llegar a las puertas del asilo. Una enfermera que pululaba por allí le hizo pasar y le trasladó a una pequeña y fría sala donde, sentado en un sofá y carcomido por los nervios y por la ansiedad, Cary Grant esperó unos minutos antes de que apareciera su progenitora. Cuando llegó Elsie, los ojos de Cary Grant dejaron entrever aquel niño que un día al volver de la escuela perdió a su madre, solo que la angustia y el temor que aquel día expresaban se convirtieron en un sentimiento de paz y de serena ternura. Se levantó, y se dirigió a su madre diciéndole "hola mamá ¿ cómo estás ?" y Elsie, sin contestar, pero con lágrimas en los ojos, lo abrazó. Desde este día, Archibald no dejó nunca de cuidar de su madre, rescatando al niño que fue, si es que alguna vez se había ido, mientras Cary Grant empezaba a configurarse como una de las más grandes estrellas del panorama cinematográfico de la época. Se cerraba la etapa más dolorosa de la vida de Archibald y se abría la más feliz para el apuesto Cary Grant, que desde entonces no dejó de trabajar, y muy bien, en algo que le apasionaba, la interpretación.
La relación  profesional de Cary Grant con Katharine Hepburn comenzó en el año 1935, cuando George Cukor los reunió certeramente para rodar "La gran aventura de Silvia". Aunque ya se conocían a través de Howard Hughes, el excéntrico millonario, dueño de la productora cinematográfica RKO, no sería hasta este año cuando los dos actores pudieron comprobar que entre ambos, cinematográficamente hablando, había una química excepcional, y lo demostraron a lo largo de cuatro películas maravillosas: la anteriormente citada "La gran aventura de Silvia" (1935), "Vivir para gozar" (1938), "La fiera de mi niña" (1938) y por último, "Historias de Filadelfia" (1940). Todas, excepto la tercera, que estuvo dirigida por Howard Hawks, son de George Cukor, el cual estaba encantado con la pareja que, bajo su batuta, alcanzaron grandes cotas interpretativas, dotando a la comedia de agudeza y brío, comicidad y talento.
Aquel primer día cuando llegó al escenario del rodaje, Katharine Hepburn ya llevaba más de una hora ensayando el diálogo de la secuencia que iban a rodar. Cary Grant, atravesó el plató y saludó al director, Howard Hawks, el cual, cigarrillo en mano, daba las primeras instrucciones a un equipo que habría de realizar una de las mejores comedias de todos los tiempos: "La fiera de mi niña".
Kate Hepburn era una mujer de fuerte carácter y muy exigente consigo misma y con los demás, sin embargo, había rodado muy pocas comedias, y ello le hacía sentirse algo insegura ante "La fiera de mi niña", en la que el humor disparatado campa a sus anchas. Cary Grant, por el contrario, estaba habituado a la comedia desde que comenzara en aquellas compañías ambulantes en las que trabajó en su Inglaterra natal. Sin embargo, confiaba en esta película para confirmar el éxito alcanzado con "La pícara puritana" (1937), al lado de Irene Dunne, otra comedia de enredo que lo situó en lo más alto del star-system hollywoodiense. Por otra parte, Howard Hawks, estaba en un momento de parón, tras la suspensión del rodaje de "Gunga Din", debido a no poder conseguir a Clark Gable como uno de los protagonistas de la misma.
Kate, por otra parte, pidió consejo a Howard Hawks sobre cómo afrontar el personaje de Susan Vance, la millonaria y caprichosa joven que se enamorará del tímido y apocado paleontólogo David Huxley, encarnado por Cary Grant. El director, que no conocía secretos en su profesión, los llamó y les dijo que hablaran deprisa, que partieran de esta premisa para conseguir dar el ritmo endemoniado que requería la película. Empezó el rodaje y así lo hicieron. No obstante, Katharine Hepburn, no estaba contenta con su actuación. Quería darle la máxima veracidad a su personaje e imprimir en él una comicidad auténtica. No tardó mucho en conseguirlo. Cary Grant, por su parte, no sólo cogió el ritmo de la comedia desde el primer momento, sino que aportó algunas ideas que sorprendieron a todos, y que tanto Kate como el director, aceptaron de buen grado desde el principio. Una de ellas fue la cómica secuencia del vestido roto, en la que Cary Grant cubre el trasero de Hepburn con un sombrero de copa, y ambos caminan pegados hasta salir del salón de baile. Aún temiendo tener que enfrentarse a la censura del código Hays, la secuencia se filmó entre las carcajadas del director y del equipo técnico y quedó como una de las más hilarantes de la película.







Aquella radiante mañana, los actores habían quedado con el director en una cafetería que había al lado de los estudios RKO. El local, sin ser demasiado lujoso, tenía un encanto de cine: la barra se encontraba situada a mano izquierda y el salón tenía una forma anárquica a todas luces, con mesas que se distribuían de igual manera. Los manteles, de un blanco resplandeciente, se adornaban únicamente con unas gardenias de color azul que aparecían engarzadas en los laterales, las cuales parecían observar a los famosos clientes que se comunicaban entre la espesa niebla que a veces, desprendía el humo de los cigarrillos. Una hilera de taburetes de barnizado oscuro y brillante recorrían la barra, iluminada de noche con una sutil y refinada luz que, haciendo juego con las sencillas lámparas que surgían de las paredes, dotaba al ambiente de gran intimidad.
Cuando llegó Howard Hawks a la cafetería, Cary Grant y Katharine Hepburn llevaban ya un rato hablando y preparando una de las secuencias más famosas de la película, durante la cual, el personaje de Hepburn, Susan, persigue a David, objeto de su amor, hasta lo más alto del andamio al que se sujeta el brontosaurio que está reconstruyendo el paleontólogo. Howark Hawks tenía claro que la secuencia se rodaría con una especialista en el caso de Kate, ya que entrañaba cierto peligro, pero Cary Grant logró convencer a la audaz actriz de que fuera ella misma la que rodara la escena. Hawks se negaba en rotundo, pero nada pudo hacer ante la insistencia y la vehemencia de Kate, que confiaba plenamente en las capacidades físicas de su enérgico y vital compañero.
La secuencia comenzaba a rodarse a primera hora de la tarde, y Katharine Hepburn se pasó la mañana ensayando con Cary, la forma en que él debía agarrarla cuando se derrumbase el gran esqueleto del brontosaurio sobre el que ella, desde una larga escalera, debía saltar provocando el desplome del mismo. Cary Grant, en excelente forma física, había trabajado como saltimbanqui en su primera época de cómico en Bristol: caminaba sobre altísimos zancos y realizaba todo tipo de acrobacias para deleite del público, que se entusiasmaba contemplándolo. Nada podía salir mal. Sin embargo, la secuencia requería concentración, habilidad y gran destreza. La forma en que Cary sostendría a Hepburn sería a modo de como lo hacen los trapecistas, sujetándola por el antebrazo a la misma vez que ella, se sujetaría con fuerza al del actor, todo ello en pocos segundos, quedando colgada del vacío desde el andamio a una altura de cuatro o cinco metros.
Ya encaramada en la escalera, y desbordada por la adrenalina, la actriz, recitaba su texto de manera profesional e implacable. Y aunque a veces temblaba como una hoja, se sentía segura cuando miraba a su compañero, cuyos ojos oscuros le daban tranquilidad.
Había llegado el momento, y entre el silencio de todos, la actriz saltó de la escalera sobre aquel edificio de huesos, a la vez que irremisiblemente, este se hundía. La mano de Cary Grant se convertía en un férreo grillete que atenazaba el antebrazo de su compañera, la cual, se balanceaba sujetándose con fuerza al del actor. Hawks gritó "¡corten!". La secuencia había finalizado y todo había salido a pedir de boca. Era tal la alegría que las efusiones y los abrazos de esa pareja de artistas provocaban el balanceo de la estructura sobre la cual, todavía se encontraban, temiéndose que en algún momento fueran a reunirse con los desperdigados huesos del brontosaurio que cubrían el suelo. No fue así, y tanto Cary Grant como Katharine Hepburn demostraron que el cine es un engranaje de espectáculo, magia y talento, y que estas tres cosas confluían en ellos de manera extraordinariamente natural.
Corrían los años cincuenta, cuando Cary Grant, tras el escaso éxito comercial de sus últimas tres películas, decidió retirarse con la que entonces era su tercera esposa, la actriz Betsy Drake, veinte años más joven que él. Sin embargo, para Cary, esta decisión no era totalmente inamovible. Se dedicaron a viajar, a conocer lejanos países y a disfrutar de un matrimonio que parecía funcionar perfectamente. A Betsy le encantaba esa vida, que le permitía tener a su marido para ella sola, lejos de Hollywood y de las películas, convirtiéndose en un fuerte retén para el actor, que llegó a rechazar importantes papeles en películas tan relevantes como "Vacaciones en Roma" o "El puente sobre el río Kwai". El matrimonio vivía un momento idílico, pero Cary no quería despedirse definitivamente del cine sin realizar una buena película que volviera a situarlo en lo más alto del pódium de las estrellas. Al poco tiempo, y estando en su residencia de Palm Springs, Cary Grant recibió un telegrama que, como por arte de magia, iba a cambiar aquella situación de placidez y quizá también de cierta rutina en la que se encontraba sumergido desde que no rodaba. Era de Alfred Hitchcock y le informaba de que en un par de días, le haría una visita acompañado de un guión que estaba preparando para una película. Cuando lo supo Betsy, comenzó a sospechar que el retiro dorado de su esposo estaba a punto de terminar, y que los barrotes impuestos por sus brazos iban a saltar por los aires en poco tiempo.
Efectivamente, a  los dos días, la figura oronda y reprimida del mago del suspense hizo su aparición en aquella mansión, que rodeada de una verja tan elegante como fornida, resguardaba la vida matrimonial de aquella pareja, y que hasta ahora, había evitado cualquier injerencia en la tranquilidad ( y cierto aburrimiento para el actor) que embargaba el interior del recinto.
Con paso pesado, pero firme, Hitchcock bordeaba la piscina portando bajo el brazo el libreto que habría de sacar a Cary Grant del ostracismo, un poco impuesto y por otra parte, un poco deseado en el que se hallaba. En la puerta, el matrimonio Grant le estaba esperando con la mejor de sus sonrisas. Hacía un día azulado, primaveral, y tras los pertinentes saludos, se sentaron en el porche, donde Betsy había preparado una mesa con toda clase de aperitivos del agrado del maestro, el cual se dirigía animoso hacia Cary Grant que, receptivo, escuchaba con interés la propuesta del director.








Alfred Hitchcock siempre había deseado conocer a Cary Grant, y cuando desembarcó en Hollywood, allá por el año 1938, lo primero que hizo fue convencer a Selznick, el famoso productor para que se lo presentara, pues estimaba que el actor era mucho más de lo que representaba en sus películas, además intuía que había una vertiente en él que el cine no había mostrado todavía y que, el quería sacar a la luz. Se conocieron en el club 21, y cuando Hitchcock miró  los ojos de Cary Grant , supo que no se había equivocado. Cuando acabaron aquella conversación, que duró más de dos horas, concluyó que Cary Grant era él, solo que con el aspecto físico que al maestro del suspense le hubiera gustado tener. Así, Hitchcock conocía a finales de los años treinta del siglo XX a su "alter ego", e iniciaría con él una relación intermitente de películas (todas obras maestras), que comenzaría con "Sospecha" (1938) y finalizaría con "Con la muerte en los talones" (1959). Entremedias, dos películas imprescindibles: "Encadenados" (1946) y "Atrapa un ladrón" (1954), cuyo guión era el que portaba aquella mañana teñida de azul añil, cuando fue recibido en Palm Springs por Cary Grant y su tercera esposa, Betsy, la cual, iba observando como los ojos de Cary brillaban como hacía mucho tiempo que no lo habían hecho, cuando Hitchcock le hablaba entusiasmado de aquel guión. Comprendiendo que sería inútil oponerse esta vez a que su marido volviese a rodar, se levantó de la silla donde estaba sentada y lánguidamente, sintiéndose ignorada ante la ciclónica y entusiasta conversación entre director y actor, se dirigió al interior de la casa, que para disgusto de ella, empezaba a abrir sus ventanas y sus puertas, poniendo en libertad de nuevo el encarcelado talento de su marido.
Grace Kelly no era una princesa, ni falta que le hacía. Era una mujer rutilante y segura de sí misma, refinada y volcánica, con una clase que para sí la quisiera la más empingorotada de las princesas. Era una hermosa esfinge viviente, dotada de una soberana belleza que hacía enloquecer a cuantos la conocían. También era una obsesión para el director, Alfred Hitchcock, con el que ya había trabajado para aquella obra maestra titulada "La ventana indiscreta" (1954), al lado de James Stewart. Grace Kelly era también la protagonista de la nueva película del director británico e iba a trabajar por primera y única vez con Cary Grant, el sofisticado y elegante actor, "alter ego" de Hitchcock.
Bajó la ventanilla del coche, parado junto a una de las tiendas más caras de la ciudad. Mónaco era un pequeño paraíso en la tierra y sus magníficas vistas serían parte del escenario de "Atrapa a un ladrón". Cary Grant quería tener un detalle con su compañera, y entró en aquella tienda donde todo lo que había era tan caro como hermosa era la mujer que lo iba a recibir. Pese a su fama de tacaño, Cary Grant en realidad, lo único que hacía era dar el valor justo al dinero, no olvidándose nunca de las penalidades  pasadas durante su niñez y juventud.  En la boutique, fue recibido con alharacas por una vendedora experta y feroz, entrenada en las arduas lides de vender a una clientela de alto nivel económico lo más caro que hubiera en la tienda, sin atender en muchos casos, las leyes del buen gusto. Acostumbrada a recibir a celebridades, no le cogió por sorpresa ver aparecer a Cary Grant por allí , y tras un saludo tan protocolario como estudiado, dio comienzo el acoso. Cary Grant miraba de un lado a otro de aquella tienda sin hallar el objeto o la prenda que podría gustar a aquella "chica bien" de Filadelfia. Sin pensárselo dos veces, la vendedora comenzó a mostrar toda la artillería que era capaz de ofrecer: joyas carísimas que rozaban la vulgaridad, agobiantes abrigos de pieles en cuyas etiquetas se descolgaban los ceros de manera inquietante y sombreros imposibles, ante la mirada incrédula de Cary, el cual, sin hacer mucho caso a aquella oleada de lujo y, a veces, de mal gusto, seguía escrutando cada rincón de la boutique sin encontrar lo que buscaba. La vendedora, inasequible al desaliento, continuaba con su asedio, y sacó el mayor tesoro que albergaban las paredes de aquella tienda: un collar de brillantes, cuyos pedruscos pesaban tanto, que hizo dudar al actor que hubiera mujer alguna con el cuello lo suficientemente musculado para portarlo. Su precio, por descontado, era tan desorbitado como espeso era el maquillaje que trataba de disimular la madurez de aquella mujer, que ya daba por perdido al distinguido y famoso cliente. Cary Grant, totalmente desanimado, se despidió de aquella vendedora decidido a marcharse, cuando antes de cruzar el umbral de la puerta, acertó a ver en un rincón de uno de aquellos suntuosos escaparates, unos guantes de verano, realizados en cuero blanco, calados y de gran elegancia, y a su lado, unos pendientes de perlas de las que se desprendían pequeños brillantes en forma de hoja, creando una composición de exquisita belleza. Tras quedarse con ambos complementos, se marchó con la satisfacción de haber comprado aquello que quería, mientras que la vendedora se quedó con la satisfacción de haber vendido algo que, por modesto, nadie quería.
Mónaco resplandecía con la inestimable ayuda que le prestaba Grace Kelly, cuando aquella mañana soleada apareció impecablemente vestida para comenzar a rodar a las órdenes del mago del misterio. Erguida, altiva y elegante, dio los buenos días a un equipo que, embobado, la admiraba. Los ojillos del director, adquirieron un brillo sobrenatural cuando se acercó a saludarle, y Cary Grant, no pudo por menos que enamorarse de una forma tan apasionada como platónica de la futura princesa.
Diseñado por Edith Head, Grace llevaba un conjunto de dos piezas en color rosa coral con falda plisada, propia de los años cuarenta, época en la que se desarrolla la película, y como complemento, los guantes de piel blancos y calados que Cary Grant le había regalado días antes. Por su parte, el actor iba elegantemente vestido con una chaqueta con botonadura dorada, camisa blanca y pañuelo al cuello.
Comienza el rodaje. Cary Grant es John Robie, en otro tiempo un famoso ladrón de guante blanco, hoy redimido, pero que vuelve a ser investigado tras una serie de robos que se han producido en los hoteles más lujosos de la Costa Azul. Grace Kelly es Frances, una rica heredera hospedada con su madre en uno de esos hoteles, a la que conoce John Robie, y con la que pretende demostrar su inocencia. Para ello, utilizará como cebo las valiosas joyas de la madre de Frances. Así, ya transformados en John Robie y en Frances, Cary Grant y Grace Kelly, subieron al coche descapotable con el que iban a rodar una de las famosas escenas de la película, en la que ambos se ven perseguidos por la policía.
Las serpenteantes curvas que rodeaban aquel pedazo de la Riviera Francesa, y la velocidad con la que Grace conducía el coche, levantaban los pies del asiento a Cary Grant, el cual empezó a pensar que la actriz se estaba tomando demasiado en serio las indicaciones de Hitchcock, que , apostado en alguna de aquellas montañas, tomaba planos largos de la cinematográfica carrera automovilística. Cary Grant, observaba fascinado a la actriz, que sonreía segura de que había conseguido dotar a la secuencia de la emoción que requería, aún a costa de conseguir asustar de verdad a su compañero. Por fin, pararon en lo alto de una colina desde donde se divisaban unas hermosas vistas del principado, y donde dispusieron de unos minutos antes de que llegara el director y el equipo para continuar con el rodaje. Se miraron unos minutos en silencio y el actor creyó ver algún atisbo de atracción hacia él en los ojos de Grace. Posiblemente así fuera, pero aquellos ojos claros, ya pertenecían a otro hombre. Él, por su parte, se sentía atrapado por los muchos encantos de la rubia y elegante actriz, pero no dijo nada, porque también intuyó que con ella, no lograría otra cosa que no fuera más que una buena amistad. Todo quedó en unas miradas que entremezclaban la duda y la pasión, y en un beso en la mejilla cuando Grace le confesó que, hacía unas semanas, durante el festival de Cannes al que había sido invitada, había conocido a quien habría de convertirse en su marido: el príncipe Rainiero de Mónaco. Por él, Grace Kelly abandonó el cine y construyó una vida totalmente distinta, alejada de los focos y de la interpretación. Con ello, Mónaco ganaba una disciplinada y elegante princesa, y el Séptimo Arte perdería a una gran actriz. Cuando Alfred Hitchcock quiso contar con ella siendo ya princesa de Mónaco para protagonizar "Marnie, la ladrona"(1964), recibió la respuesta negativa de la actriz, pero eso sí, con todo el dolor de su corazón, ya que Grace añoraba el cine, donde había intervenido en algunas de las películas más importantes de la década de los cincuenta: "Sólo ante el peligro" ((1952), "Crimen perfecto" (1954), o la que fue su última aventura cinematográfica "Alta sociedad" (1956). Hitchcock y los amantes del buen cine la echarían de menos.
Los demonios de Archibald regresaron en la primavera de 1959, durante el rodaje de "Con la muerte en los talones", a las órdenes nuevamente de Alfred Hitchcock. Incubados durante su infancia, subyacían en las profundidades de su alma, y de cuando en cuando, volvían a aparecer.
Tumbado en la tarima de aquel psiquiatra, Cary Grant, con aspecto taciturno, esperaba con impaciencia la fórmula que iba a poner en orden su desbaratado espíritu. Miró el reloj, que apuntalaba la hora de la llegada del doctor Mortimer, e intentó relajarse sin conseguirlo. Se levantó y recorrió aquella especie de despacho aséptico y frío, una estancia estudiada especialmente para que nada pudiera interrumpir los viajes que los pacientes proyectaban en su interior, cuando tomaban la receta de aquel médico, el cual, era un reputado especialista, miembro del Instituto de Psiquiatría de Beverly Hills. Ya había acudido a él en otras dos ocasiones, y los efectos que provocaban en su personalidad eran como un exorcismo, como algo liberador que le acercaba un poco más a sí mismo, al interior de Archibald, tan escasamente conocido por la gente, ni siquiera por sus esposas ni por sus amistades más íntimas.
Tras un apretón de manos, el doctor Mortimer preguntó al actor si estaba preparado. Cary Grant, se volvió a tumbar en la tarima y contestó: "Siempre lo estoy", y a continuación, el doctor colocó sobre un cartoncillo, aquello que provocaba en Archibald las pesadillas más atroces y los sueños más inimaginables, aquello que lo transportaba a un universo de nubes negras y de tormentas, de estrellas sin brillo y de planetas que se resquebrajaban por la mitad, pero que tenía el poder de hacer que se reencontrara nuevamente a sí mismo, tras un tiempo perdido en la nebulosa de ilusiones que suponía su trabajo. No lo dudó y tomó aquella receta dejando el cartoncillo vacío sobre la mesita. Mientras tanto, el doctor, se sentaba al fondo de la estancia en su sillón de piel, dejando la habitación en penumbra, y vigilando como un centinela los sueños de Archibald.
El sueño comenzó a los pocos minutos. Esta vez fue un viaje fantasmal y extraño, y tan psicodélico como los dos anteriores. En él, el actor se veía a lo lejos, en un enorme y oscuro valle, rodeado de árboles cuya savia se había parado desde hacía muchísimo tiempo y cuyas ramas secas, crujían al más mínimo empuje del viento. De pronto, todo se volvía aún más oscuro y solo atisbaba las siluetas de aquellos árboles malditos que lo rodeaban.
Comenzó a caminar en aquella avenida de oscuridades entre los graznidos de unas aves extrañas sin pico ni plumaje, que lo perseguían y que iban imprimiendo en su corazón terribles sensaciones. Se volvió, y lo único que vio fue un enorme y largo pasadizo, hecho de una especie de metal duro como el acero, en cuyo final le pareció ver la figura delgada y desmayada de su madre. Intentó dirigirse hacia ella y la llamó con fuerza,  pero sus pies no le respondían y su voz se apagó cuando por segunda vez intentó llamarla. Sólo podía caminar hacia el norte, entre las figuras de aquellos árboles del averno que le provocaban un frío de nieve en todo su cuerpo, y que a veces, calaba en las cerradas profundidades de su espíritu. De repente, notó que algo golpeaba su cabeza. Pensó que era una rama que se había desprendido, aunque no podía asegurarlo. Mientras tanto, el terror iba adueñándose de él, de modo que aceleró el paso y nuevamente volvió a notar un golpe, esta vez en la cara, solo que ahora no le pareció una rama, sino algo inerte y frío como el hielo y tan rígido como un muerto. Se volvió y gritó preso del terror, cuando comprobó que lo que había rozado su rostro no era otra cosa que los pies de un ahorcado. Todo empezó a dar vueltas y una potente luz amarilla invadió aquella oscuridad, poniendo ante sus ojos cientos de figuras desmadejadas, que colgadas, se balanceaban de forma tétrica, formando un ejército de cuerpos inertes, cuyos miembros, en proceso continuo de descomposición, comenzaban a caer anegando el camino de brazos, piernas y cabezas, que a su vez, rodaban por las insondables laderas que se habían abierto a los lados de aquella siniestra vereda. Gritó y gritó atravesando y apartando aquellos obstáculos de carne humana putrefacta, mientras la luz amarilla se intensificaba cada vez más, tanto que sus ojos, cegados por el dolor, parecían estallarle. Todo daba vueltas en su cabeza, el mundo giraba de forma frenética en torno a él y se sentía mareado y sin fuerzas. Pese a ello, comenzó a correr torpemente. El pánico le dotaba de unas fuerzas que ya no tenía y consiguió por fin salir de aquel sueño de enredadas pesadillas. Miró hacia atrás y vio el resplandor de la luz amarilla que se iba alejando, y frente a él, surgieron tres puertas cerradas suspendidas en el espacio, y una voz que le incitaba a abrir una de ellas. No lo dudó, y eligió la puerta de la izquierda, la cual, por sus formas le recordaba la que tantas veces abriera en la casa de sus padres en Bristol. Agarró el pomo y la abrió con firmeza, y enmudeció de alegría cuando pudo contemplar por primera vez en mucho tiempo el blanco destello de la luz de las estrellas.






El LSD, acrónimo de dietilamida de ácido lisérgico era una droga alucinógena que se comenzó a usar legalmente a finales de los años cincuenta en EEUU. Eran unos años en que la medicina se ayudaba de las drogas para tratar el alcoholismo, la esquizofrenia y otros trastornos. También se usó como parte de terapias experimentales. Cary Grant acudía una vez a la semana a la consulta del doctor Mortimer (curiosa coincidencia, que se llamase como su personaje en "Arsénico por compasión") Hartman a recibir este tratamiento, que lo sumía en los sueños más extraños y psicodélicos y que, según el actor, le producía un mayor conocimiento de sí mismo. Por otra parte, el actor dejó de asistir a esas terapias en cuanto el LSD fue declarado ilegal.
Tres años antes de morir, Cary Grant quiso regresar a Bristol, y sin dudarlo, planificó la que sería su última visita a la ciudad donde nació. En ella, volvió a pasear  por las calles que recorría durante su infancia, visitó el colegio donde acudía cada día desde su modesta casa, y se dejó arrastrar hasta el puerto, por el que tantas veces había deambulado. Tampoco dejó escapar la oportunidad de visitar el cine donde había visto a Greta Garbo por primera vez, y por último, realizó una visita ineludible al teatro Hippodrome, donde, cuando era todavía un niño consiguió su primer trabajo, consistente en llamar a los actores a escena.
Quiso estar solo en la visita a aquel viejo teatro donde había vivido algunos de los momentos más felices de su infancia. El teatro Hippodrome se mantenía en pie en aquella calle que tan bien conocían los zapatos de Archibald, y aunque lo había visitado varias veces a lo largo de su vida, sabía que esta vez, sería la última. En cuanto se adentró en el local, a Cary Grant lo invadió una alegre nostalgia. Parecía oír y ver el bullicio que se organizaba con cada estreno; palpaba los nervios que transmitían los  protagonistas de aquellas obras que tantas veces vio y de las que tanto aprendió. El olor inconfundible a madera y papel mezclado con pintura no había desaparecido con el paso del tiempo, y los camerinos, ahora vacíos, conservaban el espíritu bohemio de los actores. De repente, al pasar por el último de estos pequeños habitáculos, pareció ver a un niño de doce o trece años, que, con energía y entusiasmo gritaba: "Mrs. Halloway, ¡ a escena !". Sonrió y siguió adelante por aquel pasillo que llevaba al escenario, el lugar para el que, sin duda, había nacido, y entre las bambalinas miró al fondo y pudo ver como los sillones de los palcos y de las plateas se iban llenando de espectadores, que conversaban animadamente antes de que la función diera comienzo.
Después, Cary Grant pisó las tablas de aquel escenario, se situó en el centro mismo, y tras un breve silencio, le pareció escuchar de forma tan nítida como real, los aplausos del público, que entregado le aclamaba. No pudo evitar la emoción y dos lágrimas recorrieron sus mejillas antes de saludar, de dar las gracias, y de despedirse para siempre. Mientras tanto Archibald Alexander Leach, cerraba su ciclo vital con la emoción de haber regresado a su hogar, a aquella ciudad desde donde partió cuando era casi un niño, para intentar cumplir su sueño más codiciado: sentirse querido y admirado por millones de espectadores en todo el mundo. Ni que decir tiene que logró con creces su objetivo, eso sí, con la inestimable ayuda de Cary Grant, el gran actor que llevaba dentro.
La vida de Cary Grant fue apasionante en todos los sentidos, tanto como lo fue su carrera cinematográfica. En esta entrada he tratado de dar algunas pinceladas de ella, contando algunos pasajes de la misma, tal y como mi imaginación cree que sucedieron. Guapo, elegante y agudo, Cary Grant fue uno de los mayores actores que ha dado el cine, y su leyenda, a muchos años ya de su muerte, se mantiene plenamente vigente.




Esta entrada está dedicada a mi amiga Rosa, gran cinéfila, cuyo actor de cabecera es Cary Grant, notable escritora, pintora y entusiasta fotógrafa de lugares y paisajes perdidos, de los cuales disfrutamos todos en su excelente blog: "Entre bosques y piedras", y por encima de todo, un ser humano extraordinario.