Adoraba a Pinky, su gato, pues desde que era un cachorro no se había separado de él, y ya eran seis años de convivencia, seis años de comer el uno junto a la otra, de citas veterinarias ( que si una cistitis, que si un empacho de whiskas...), de llevarlo a casa de Pepi, la peluquera, cómplice hábil que desmelenaba a Pinky en el verano, de compartir molestias intestinales y de arrebujarse juntos en la cama antigua en los días más crudos del invierno, dándose calor mutuo. Su gato también sentía un cariño muy especial por ella: tanto la quería que le ahuecaba la cama para cuando ella llegara y la recibía moviendo el rabo y los bigotes. Curiosamente, a Pinky le gustaba el café y le gustaba tomarlo como a su dueña: templado y muy dulce, casi tanto como los lametones que le propinaba en cuanto se descuidaba. Eran uña y carne. Un día, ella no se levantó. Pasaban las horas y el gato, inquieto, se dirigió a la cama de su compañera vital y comenzó a jugar como de costumbre a base de ronroneos, de cobijarse contra su cuerpo, acariciándolo con el suyo e intentando dar calor a la frialdad inerte de ella. Pronto se cansó y se bajó de la cama. Era una mañana de verano y el aire acondicionado no dejaba de funcionar, la casa estaba cerrada a cal y canto, las puertas y ventanas eran inexpugnables y las persianas permanecían bajadas. El tiempo iba transcurriendo y Pinky subía una y otra vez a la cama de su dueña, que no respondía ni siquiera a las lametadas que prodigaba una y otra vez en sus labios resecos, entreabiertos y fríos, por donde comenzaba a brotar el olor de la muerte. Así, pasaron dos largos días sin que nadie apareciera por allí, y mientras ella empezaba sin remedio a descomponerse, Pinky comenzaba a sentir hambre...
