"¡Ahí va la Divina!", exclamaba la gente a su paso, pese a sus vanos intentos de no ser reconocida. Y allí iba, enfundada en su abrigo largo, su cabeza de esfinge abrigada por un sombrero y su rostro hermoso y hermético dibujado bajo él. Había dejado el cine hacía unas semanas y se sentía segura y perdida a la vez, como una niña que cambia continuamente de un hogar a otro. En Hollywood, las cámaras lloraban su ausencia y reclamaban sus ojos, que encendían las salas de cine como dos luminarias, mientras sus labios, finos y de una perfección implacable, se abrían a aquellos besos de ficción que volvían locos al público, un público acostumbrado a su presencia, siempre etérea, siempre carnal. Paseaba cruzando las calles, sorteando los charcos, sumida en sus pensamientos. El viento arreciaba y, a su vez, comenzaba el mito de Greta Garbo, y lo hacía rodeado de un misterio solo comparable al de alguna de sus películas, un misterio que aún continúa. Nueva York, acoge a la esfinge sin inmutarse, pues nadie, ni siquiera la Garbo, es más grande que ella, la ciudad de los rascacielos. Entre sus calles, la estrella no es más que un pequeño ser humano que va y viene, sin más amparo que su voluntad y la fuerza de un destino propiciado por ella. Sin embargo, cuando anochece, los briosos destellos de las estrellas cubren su rostro, y comenta quién pudo verlo, que aquel rostro perdido en la multitud, adquiría la grandeza de las diosas y su cuerpo, abandonaba su esencia humana componiendo, rostro y cuerpo, un hermoso fantasma, capaz de hechizar a todo aquel que se cruzara en su camino, porque Greta Garbo, "La Divina", nunca se fue del todo, y cuentan que a veces la ven portando su divismo a deshoras, cuando muy pocos la pueden ver, solo los afortunados enamorados de la luna y de las leyes que impone la noche."
De madrugada, escribo este texto dedicado a una estrella de cine dueña de un misterio inquebrantable. Se llamó Greta Garbo y hoy, como ayer, nos sigue fascinando.

