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domingo, 3 de agosto de 2025

EL ÚLTIMO CAFÉ

 





"La lluvia vino a poner tristeza a la tarde, que transcurría con desasosiego en las angosturas de la destemplanza, percibiendo la soledad como un grito. Nos levantamos de la mesa tras tomar nuestro último café y nos alejamos, cada uno en una dirección. Poco antes nos despedimos con un beso en la mejilla, como si nuestros labios no quisieran recordar el ardiente contacto que tan a menudo tuvieron. Un beso en la mejilla y adiós y ahí acabó todo, una historia de amor sincero, de vivir y compartir, de querer ser el uno del otro, de convertirnos con frecuencia en uno solo, de llenar nuestro tiempo de caricias y de miradas y de risas espontáneas y cómplices. La lluvia ponía en la tarde un secreto de dulce melancolía que nos dejó en el corazón una sensación agridulce. Volví la cabeza y no estabas ya y la calle se me fue haciendo gigante e interminable. Volviste la cabeza y yo ya no estaba y en tus labios se quedó prendido mi nombre, pero seguiste tu camino y yo el mío, como si nada hubiera sido o como si todo hubiera sido una ficción, una película donde los actores hubieran terminado su trabajo. Pero siempre supe que aquello fue real y cuando lo recuerdo, un ligero temblor recorre mi cuerpo y, aunque me refugio en la memoria con ansiedad, todo es inútil, lo nuestro fue un capítulo que pasó a engrosar el libro de los amores imposibles."

(Un microrrelato con una historia inspirada por una tarde de lluvia y un par de sillas vacías)







viernes, 11 de julio de 2025

LLUVIA Y CAFÉ

 





"Llegué a casa con la lluvia, que no dejó de acompañarme durante todo el camino. Cuando llegué, cerré la puerta, encendí la luz y me dirigí a la cocina para prepararme un café bien caliente. Mientras lo hacía, la lluvia arreciaba y yo me sentí a gusto, en aquella pequeña cocina, al calor del hogar. Mientras se hacía el café pensé en mi pasado y recordé los días felices contigo. Recordé tu voz, llena de músicas variadas, de sinfonías que atravesaban el espacio hasta llegar a mí y tus ojos oscuros y profundos, que parpadeaban nerviosos cuando la alegría te desbordaba. También imaginé tu boca, de carnal apariencia y tus brazos, de suave firmeza. Mientras pensaba en ti, el café silbaba y la cocina se inundaba con su aroma. Me serví una taza y me dirigí a la acogedora sala de estar, corrí la persiana y pude ver los cristales empapados de gotas de lluvia que resbalaban como lágrimas transparentes y abundantes. Apenas se veía la serpenteante calle, pues ya era casi de noche, pero en el húmedo brillo de su empedrado se reflejaba el color anaranjado de la luz que desprendía la salita donde me encontraba. Encendí el brasero y al calor de la mesa camilla tomé a sorbos el café y me quedé abstraído, sintiéndome solo, pero feliz, pues dentro de esa soledad, también me sentía seguro. Seguía lloviendo y el suave ruido del agua al caer me sumió en una somnolencia lenta, como la tarde que acababa de extinguirse. Volví a recordarte, bueno, no, esta vez te soñé en mi duermevela y pude sentir tu cuerpo cerca del mío y tu presencia magnífica, de porte regio y altivo. Me leías con tu voz clara una carta que un día te escribí donde decía cuanto te quería. Era una cara breve que provocó en mi corazón un leve temblor. Desperté y apuré el café, ya casi frío y volví a la cocina. Dejé la taza en el fregadero y volví a escuchar la lluvia, esta vez acompañada de viento y después, me dirigí al dormitorio, necesitaba descansar. Abrí la puerta y atravesé el umbral y en ese momento te vi, esta vez de una forma real. Estabas de pie, desnudándote junto a la cama y me llamabas. Yo acudí a ti con los brazos abiertos y te abracé, pero no te pude sentir, porque tú, etérea y sutil, habías regresado de las sombras para decirme que me fuera contigo. Y yo, todavía enamorado después de tantos años, sin dudarlo ni un segundo, te seguí."

    (Un nuevo relato antes de ir a dormir, con una realidad invernal, romántica y fantasmal)








martes, 24 de junio de 2025

UN CUENTO POR SAN JUAN

 




     Las aguas se agitaban sin orden ni concierto, sin una dirección concreta, rodeando las rocas en un abrazo húmedo y brutal, como si quisieran deshacerlas. Caía la noche y ella, con su larga melena pelirroja enmarañada por el viento, miraba desde la orilla al infinito de un mar cuajado de esperanza. Su enamorado volvía de un viaje en su barca humilde, pero fuerte y resistente como el corazón de una encina. Después de dos años, Armando regresaba a sus brazos, tras un tiempo de luchas y de aventuras en busca de un futuro feliz con ella. Ella se llamaba Elsa. Era la noche de San Juan, noche de promesas y sortilegios, noche de encantamientos y de juegos frente a las llamas vibrantes y bailarinas de la luminarias que los lugareños encendían en la playa, pidiendo deseos o conjuros. Elsa esperaba la barca que traería a su lado a Armando y la esperaba de pie, firme frente al viento y las olas, mientras su joven corazón se aceleraba cuando en la espera escuchaba el rugir de las aguas que, cada vez más bravías, chocaban contra las rocas sobre las que se aferraban sus pies. Algo presentía Elsa, algo le decía su corazón y, en su rostro comenzó a verse una transfiguración que iba de la primera esperanza a la desolación. A lo lejos, y a pesar del ruido de las olas, se escuchaba cantar a los pescadores, que danzaban en torno a una hoguera:

"Dime niña, bella rosa,

¿donde está tu amor querido,

que no escucha tus suspiros

y tus pétalos deshoja?"

La noche se cernía con misteriosas ráfagas de luz que destacaban sobre el azul oscuro de un cielo mágico y sobrecogedor. Elsa miraba al horizonte y por fin pudo ver un barco que, al vaivén de las olas, parecía de papel. Era la barca de Armando que regresaba. De repente, dio un viraje y se escuchó un crujir de maderas, un chasquido escalofriante, en un golpe brutal y, acongojada, vio la barca destrozada sobre las aguas, las velas rasgadas y pedazos de tablones que eran arrastrados por las olas con una fuerza inusitada. Ella gritó llamando a Armando con todas sus fuerzas, pero nadie respondió. Volvió a gritar, pero solo obtuvo el silencio por respuesta. Cayó de rodillas mientas el agua del mar se mezclaba con sus lágrimas, cuando cerca de ella, descubrió una cajita de madera, la abrió y descubrió un anillo de oro con una esmeralda y una nota de Armando:

"Te querré siempre, más allá de la vida, cuando todo tenga sentido y cada San Juan, te traeré flores de los mares envueltas en mis besos."

El cuerpo de Armando no fue encontrado, pese a que su búsqueda duró varias semanas, pero su alma reposaba diáfana y serena en el corazón de Elsa, que cada año por San Juan, regresaba a la playa y entre cánticos y lumbres enardecidas, recordaba a su prometido, y lo esperaba hasta que el sol despuntaba emergiendo del mar, como una luz inmensa que extendía sus tonalidades anaranjadas y violetas sobre la playa, mientras las aguas bailaban con los últimos sones de una vieja canción de pescadores.






jueves, 24 de abril de 2025

MELINATA, LA GATA PIRATA

 




A la gata Melina le encantaban los libros de aventuras. Era una lectora empedernida y pasaba las horas en la biblioteca enfrascada en alguna novela con la que poder soñar y dar rienda suelta a sus emociones gatunas. Le encantaba Robert L. Stevenson y sus libros favoritos de este insigne autor eran "Secuestrado" y "La isla del tesoro", por su clasicismo y vibrante prosa. Otro autor con el que se le erizaban los bigotes era Julio Verne, y siempre soñó con atravesar el mundo como en "Cinco semanas en globo". Pero había aún más, y Melina, imbuida en las aventuras más increíbles, leía con pasión a Alejandro Dumas, del que había leído ya varias veces "El tulipán negro" y "Los tres mosqueteros". Lo mejor de Melina es que soñaba despierta y, entre libro y libro, se imaginaba un mundo extraordinario y mágico donde ella era Melinata, la gata pirata, que surcaba los mares en su viejo barco de barandillas de estrellas y de velas de algodón de azúcar. Melinata luchaba contra don Rampón, un viejo y bigotudo gato al que faltaban dos dientas y media oreja y que a base de crímenes y tropelías, había conseguido el oro y la plata de Petunia, una pequeña isla del Caribe, dejando a sus habitantes sumidos en la más absoluta pobreza. Por eso, Melinata quería encontrar y enfrentarse a ese viejo y tramposo bucanero, y recuperar el botín que era el sustento de los habitantes de la isla. Así viajó y viajó por todos los rincones del planeta, hasta que en Singapur, encontró a un gato azul destartalado y  maltrecho al que ayudó y dio de comer. Conversando con él, Melinata supo que se llamaba Reynaldo y que era hijo del sultán de Alhazimina, que había sido secuestrado por don Rampón para exigir un rescate a su padre. Pero el viejo sultán, cuyo corazón era tan duro como los brillantes que almacenaba con avaricia en su palacio de mármoles y piedras preciosas, no quiso saber nada de Reynaldo, su hijo, y lo abandonó en manos del temido y peligroso corsario, que lo torturó durante muchos meses, hasta que una oscura noche, mientras su secuestrador y sus compinches dormían borrachos, pudo escapar ocultándose tierra adentro, mientras las estrellas y la luna permanecían escondidas entre las nubes. A la mañana siguiente, don Rampón, al darse cuenta de la fuga del gato Reynaldo, maulló y gruñó de ira, prometiendo ir en su búsqueda más adelante y, sin más, partió hacia una nueva isla a la que ultrajar. Melinata curó a Reynaldo y juntos partieron en busca del pirata don Rampón, una en busca del oro y la plata robada a los habitantes de Petunia, y el otro en busca de venganza. Tras varios días de travesía por el Mar Zenoico, supieron que don Rampón había atracado en el puerto de Kashigán, y que estaría allí dos días y dos noches. Melinata no pudo contener la emoción y se dirigió rauda hacia aquel lugar, que no estaba muy alejado de su ruta. Y al anochecer, conforme iba llegando al puerto, pudo ver la sombra de la barcaza hecha de chatarra del viejo don Rampón. Armados con una afilada espada y silenciosos y sigilosos como gatos, Melina y Reynaldo subieron a bordo de la barcaza demostrando un valor extraordinario. Primero iba Melinata, asiendo fuertemente su espada y detrás, Reynaldo, que llevaba además un puñal. Parecía no haber nadie en el barco, pero aún así, andaban con cautela, una cautela que no les sirvió de nada cuando fueron rodeados por tres de los secuaces de don Rampón. Melinata saltó hacia delante espada en ristre y cortó de plano los bigotes de los tres gatos, mientras que Reynaldo, de un golpe brusco los derribó y, ya en el suelo, la bravía gata los despojó de sus armas, amenazándoles con rebanarles el cuello si daban un maullido más alto que otro. Reynaldo, mientras tanto, los amordazó y los ató al palo mayor. De repente, oyeron la voz ronca y aterradora de don Rampón que se acercaba, armado con su afilada espada, construida con una aleación especial de hierro, roca y acero, traída de los más lejanos países, con la que era capaz de cortar el tronco de un árbol de un solo tajo. "¿Quién anda ahí?", preguntó en tono sombrío y bravucón, pero nadie contestó. De pronto, el barco se iluminó con la luz de un faro que provenía de estribor y pudo ver a Melinata, con su sombrero de ala ancha y sus plumas de los más diversos colores "¡Soy yo, Melinata, y vengo a que pagues con tu vida tus maldades!". Las risotadas del viejo sonaron en Sebastopol, y, mientras reía de buena gana, la gata Melinata, rápidamente, le propinó un golpe con el puño de su espada en toda la nariz, que lo dejó desconcertado y sin aliento. Don Rampón rugió y levantó la espada contra ella, pero Reynaldo, con su puñal de acero blanco, lo hirió en el talón, escuchándose un quejido terrible cuajado de rabia y de odio. Con su espada atacó a Melinata, la cual, saltó embravecida y pudo evitar un golpe mortal que de un tajo derribó el palo de la vela mayor. "¡Déjamelo a mí!", gritó Reynaldo y le sacudió un golpetazo que lo dejó tumbado bocabajo en la fría cubierta. Don Rampón, traicioneramente, permaneció inmóvil unos minutos y cuando Reynaldo, el gato azul, fue a darle la vuelta para ver si sobrevivía, le clavó la espada hiriéndolo de muerte. Melina actuó y con un movimiento rápido y seco alcanzó con el filo de su espada a don Rampón al que hirió muy cerca del corazón, no logrando sino indignar aún más al malvado gato que, a su vez, golpeó a Melinata brutalmente, cayendo dolorida a sus pies. Pero cuando don Rampón levantó su espada para rematarla, Melinata alzó con gran agilidad la suya y esta vez si que fue directa al corazón, muriendo en el acto el viejo y cruel pirata. Así, herida, maltrecha, pero feliz, Melinata pudo recuperar el oro y la plata robada a la isla de Petunia y todos sus habitantes pudieron vivir felices. Después se dispuso a descansar y a recuperarse, pero pensando ya en una próxima aventura. Y mientras Melinata, la gata pirata, dormía satisfecha tras su victoria sobre don Rampón, Melina despertaba de su sueño y lentamente y con un feliz sopor, se dirigió hacia el comedero de casa, donde dio buena cuenta de su pienso favorito, un pienso de alta calidad de merluza y salmón, que la hizo relamerse de placer mientras pensaba en que todavía no había leído nada de Jack London y de que ya iba siendo hora."

Ayer fue el DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO, y por este motivo acabo de escribir este cuento en homenaje a todos aquellos maravillosos escritores que, dedicados al género de aventuras, nos hicieron soñar en nuestra infancia, en nuestra adolescencia y aún hoy. A los mencionados en el relato habría que añadir muchos más, como Mark Twain, Daniel Defoe o John M. Falkner... por eso, a todos ellos y a mi gata Melina, a la que he ido a rescatar muchas veces, por su amor a la aventura, quiero dedicar esta nueva entrada y también, como no, a todos los que aún siguen leyendo lo que voy publicando en este blog, que continúa siendo una aventura para mí. Gracias.





  

sábado, 25 de enero de 2025

LAS MENINAS ASESINAS

 





       El pueblo de Madrid hacía años que vivía inquieto, apenas dormía y vivía en un sinvivir desde que a algún mandatario se le ocurrió inundar la ciudad de esculturas que daban vida (y de qué modo) a Meninas que, inspiradas en el famoso cuadro de Velázquez, paseaban durante algunas semanas su palmito por los lugares más emblemáticos de la misma. Los madrileños, angustiados, porque además, no sabían en qué momento se levantarían y contemplarían con horror el regreso de las Meninas a las calles, bebían adormideras y tomaban por toneladas nembutal para poder conciliar el sueño, así como agotaban las farmacias en busca de diazepán para calmar la ansiedad que les provocaba aquella invasión. Apretando los dientes, se armaban de valor cada mañana a la hora de ir al trabajo, pendientes de que el shock provocado por la visión de alguna de aquellas terribles esculturas, que, según muchos, cobraban vida en las frías madrugadas madrileñas, pudiera ocasionarles algún trastorno psíquico o un ataque al corazón. Por fin había llegado el día y una mañana, pese a estar prevenidos, los habitantes de la capital más madrugadores comprobaron que las Meninas habían regresado, que todo era inútil y que durante unas semanas el imperio del terror estético (y, dicen que físico y psíquico) se extendería por una ciudad que en épocas anteriores había sido considerada una ciudad culta, cosmopolita y abierta al mundo y que hoy, sin embargo, era una sombra de lo que fue, mordidas sus esquinas por un esteticismo atroz. Misterios insondables rodeaban a las Meninas, dicen que eran guardianas instauradas sin piedad por la presidenta de la comunidad, la simpar Maribel Pía Obtuso, para asustar y hacer huir a los inmigrantes (y dicen que consiguió gran parte de su propósito, pues muchos de ellos salieron de Madrid disparados, junto con algunos madrileños aquejados de alguna enfermedad cardiaca), o sanguinarias figuras que cobraban vida por la noche entre las que el alcalde, Pepe Luis Peleteira  se mezclaba confundiéndose en aquel marasmo de estridencias, dándoles las órdenes pertinentes para que nadie escapara al miedo y para que el aborrecimiento se apoderara de los amantes del arte. La cultura estaba prohibida en Madrid, o mejor dicho, era sustituida por este infame remedo de ella, donde junto con el musical "Bolinche", del temido músico Pacho Lano, torturaban sin el más mínimo atisbo de piedad a los visitantes y a los mismos habitantes de la ciudad, que pululaban por ella como almas que lleva el diablo intentando esquivar a las Meninas, que se habían apoderado del entorno de una manera abusivamente atroz. Madrid, en estos días, durante los cuales estas esculturas hacían su agosto, se convertía en algo apocalíptico y caótico, que poco a poco se fue transformando en un lugar tenebroso, albergando en su corazón de cemento el crimen, porque, efectivamente, aquellos seres inermes y estéticamente reprobables, se llenaban de vida para cometer todos los delitos y tropelías habidos y por haber, llegando incluso a asesinar. 


LA MENINA ROJA





      La Menina Roja, situada por delante de la Puerta de Alcalá, tenía fama de peligrosa y contestataria, y, había sido capitana de una nave aragonesa y jefa sindical. Allí, con sus brazos en jarra como diciendo "aquí estoy yo, y a ver quien tiene cojones a pasar", la Menina Roja gobernaba el tráfico con la seguridad y el don de mando de un ministro inquisitorial. Sin embargo, a lo  más que llegó en cuanto a maquinaciones y maldades fue a robarle a Victoria Petronila un collar de perlas nacaradas que le había regalado su abuelo, el anciano rey emérito, y que previamente había birlado a su esposa, la reina doña Porfía para venderlo y redistribuir el dinero que había conseguido en este estraperlo entre las gentes más pobres de Lavapiés. Las malas lenguas dicen que también robó un recogecoletas de su madre, la infanta Helela, pero eso no está plenamente constatado, pues la Menina Roja siempre fue muy discreta a la hora de hablar y muy misteriosa y además, tenía un gusto exquisito. Parca en palabras, pero llena de expresividad, ahí la tenemos, disfrutando de Madrid y haciendo temblar los bolsillos de la realeza. Todo un carácter.


LA MENINA DE LOS BOTONES





      Como, según algunas, coser empodera a la mujer, aquí tenemos a esta costurera de gesto torcido y lengua maledicente que, cubierto su cuerpo de botones, no deja de provocar las más diversas reacciones de la gente, entre ellas el miedo y la incertidumbre. Se dice que una noche atravesó con sus tijeras a un hombre que, con unas copas demás, intentó besarla, y que después le puso un botón en la boca, cosiéndosela para siempre, y en otra ocasión, fue una mujer la que recibió varios cortes en la cara, propinados con las mismas tijeras, cuando se burló del atuendo cuajado de botones que cubría su cuerpo. "Con la de los botones, poca broma", decían los madrileños, y se alejaban de aquella Menina costurera y malévola y con las intenciones de un Mihura.


LA MENINA PICOLETA





      Tenía don de mando e imponer el orden y la ley era lo suyo, pero la Menina Picoleta andaba por veredas peligrosas y escarpadas, pues estaba sentimentalmente unida a un traficante de sujetadores de Dior, que coqueteaba también con el estraperlo de bolsos de Gucci. Su única obsesión era que al tricornio debían dar un aspecto más femenino y soñaba con una reforma integral del susodicho sombrero, al que, según ella, habría que añadirle unas lentejuelas esparcidas graciosamente sobre el negro acharolado que lo conformaba y, en todo caso, añadir un velo de chantillí detrás, de modo que pareciera una peineta. Todo eso eran sueños que la perseguían, como ella perseguía a los madrileños por esas calles de Dios, controlando que no cometieran algún delito, tales como beber horchata por la calle o no llevar la bandera de España en la muñeca, en los tirantes o en el busto, esposando y trasladando a chirona a los incautos que osaban contradecirla en sus despropósitos. Hasta que un buen día, descubrieron sus compañeros de cuerpo que el armario donde se cambiaba de ropa, era un pequeño almacén de objetos carísimos presumiblemente robados y además, había un cuchillo con el que la Menina Picoleta había matado a su amante días atrás, cuando se negó a entregarle un bolso de Dolce y Gabanna de más de medio millón de euros. Así, la Menina Picoleta fue a juicio por robo y asesinato, y aunque la condenaron a varios años de trena, no se le quitó esa obsesión suya por la moda cara, y rogó a la caudilla de Madrid, Maribel Pía Obtuso que la indultara. No se hizo esperar el indulto y, cuando Maribel Pía Obtuso reapareció en Madrid para su discurso de Año Nuevo, muchos  pudieron ver que llevaba en bandolera un bolso de medio millón de euros de Dolce y Gabanna y que la Menina Picoleta, estaba allí, a su lado, con el tricornio lleno de lentejuelas y un velo de chantillí que le llegaba hasta la rabadilla. La imagen ofrecida por ambas dio mucho que hablar en el noble pueblo de Madrid y aún en nuestros días, se recuerda aquel cuadro no sin cierta ironía hacia las protagonistas, que hoy por hoy, siguen en la brecha. 


LA MENINA FUTBOLERA



 
Sus muslos nada tenían que envidiar a los de Messi, y su carácter combativo y guerrillero y su fuerza, hacían de la Menina Futbolera una Sansona cocainómana y marrullera, una auténtica "joyita", que jamás supo lo que era la deportividad y que cometía las más abyectas tropelías en el campo de juego, la última, la lesión de una patada en la espinilla a una de sus rivales que le fracturó el hueso y que le dejó el pie bailando, quedando tullida de por vida. A otra le arrancó de cuajo las trenzas cuando intentó marcar un gol tras haber burlado a la defensa. Tras ello, la joven se hizo experta en pelucas, pues de su cuero cabelludo jamás volvió a brotar nada que no fuera una escasa pelusa de tórtola. La Menina Futbolera, aunque con métodos poco ortodoxos, jamás había perdido un partido, por eso estaba ahí, en un sitio de honor de la ciudad, con sus muslos de acero y su gesto de matona, llenando de patadas a los transeúntes que pasaban a su lado, de una manera consciente y traicionera. Una mañana desapareció, y todos respiraron aliviados, y dicen que la vieron en Argentina, fichada por Piley, el presidente de esa hermosa nación, que la puso al frente de la selección nacional de fútbol y que le regaló un motosierra con una recomendación: "No te cortes". Y así, hoy la selección argentina es líder mundial, mientras aún están recogiendo los desmembrados cuerpos de algunos de los oponentes de esta singular Menina, irreductible e impasible al desaliento y al fracaso.


LA MENINA DE LOS SALIENTES





Según los madrileños, la Menina de los Salientes, es la que tiene peor leche de todas. Sus ojos resecos y agudizados por una maldad intrínseca, aparecen ocultos por un antifaz que en nada puede ocultar el veneno de su mirada. Se dice que enviudó hacía medio siglo, que era esposa de un médico de Madrid que estiró la pata sin comerlo ni beberlo, aunque las malas lenguas dicen que si que comió y que bebió, una comida y unos vinos adobados con las cantidades suficientes de arsénico como para matar a un elefante. El entierro aún así, fue elegante. De ello se hizo cargo la Menina de los Salientes, llamándosele así porque desde que enviudó, no permitía que ningún hombre se le acercara con aviesas intenciones, cosiendo a sus vestidos afilados clavos que desgarraban de un golpe seco las pelvis de todos aquellos que osaban acercarse a abrazarla. Y ahí estaba, de brazos caídos y abanico en mano, pero alerta, desgarrando medias y abrigos de las damas que paseaban por la Castellana, y dejando sin atributos a todos los incautos que querían jugar con ella. (La de detrás, que parece decir "cu-cu", es Eduvina, la criada,  que está atornillando algunos de los salientes, que se han debido aflojar con tanto trajín. No es mala, pero si un poco lerda, y trata como una posesa de limpiar el honor de su ama, la Menina de los Salientes, la cual, aún no había logrado quitarse de encima la sospecha y el estigma de haber asesinado a su esposo. Eso sí, le fue fiel toda la vida.


LA MENINA DE LA CALACA





La Menina de la Calaca llevaba la muerte por bandera. Era hostil a la vida y prefería las agujas de los cardos a los pétalos de las flores. Era un ser maligno que disfrutaba martirizando a los demás y dejaba traslucir, tras sus lujos y oropeles, el esqueleto pelado de la maldad. Cuentan que Maribel Pía Obtuso la eligió personalmente para colocarla en las calles de Madrid, para enseñar a los madrileños que hay que ser libres por encima de todo, aunque la calaca nos aceche en forma de virus y nos arrastre de los pelos a las cavernas más profundas del infierno. La Menina de la Calaca fue una niña severamente antipática, que dejó una huella profunda en su madre arrojándole un litro de ácido sulfúrico a la cara, dejando por sentado, que no le gustaba el maquillaje que usaba y que, no hacer caso de sus advertencias, podría tener consecuencias no deseables para ninguna de las dos. "Me duele más que a ti", le decía la niña a su madre, que perdió un ojo y parte de los labios, dejando en ella una expresión patética, como de perro a punto de ladrar. No fue la única tropelía que la Menina de la Calaca cometió siendo pequeña. A su abuelo, le laceró el estómago con un cuchillo infectado de sarna que lo llevó a la tumba directamente y a su primo, le partió los dos brazos atándolo a la rueda de un antiquísimo molino, que utilizó como potro de tortura. Los madrileños sentían repelús y verdadero pánico cuando tenían que ir a algún recado y debían pasar obligatoriamente al lado de la Menina de la Calaca, que los miraba como un buitre mira a su presa muerta, con el ánimo de abalanzarse sobre ellos y devorarlos. Decían que de noche, se oían crujir los huesos de la Menina, que acompañaban a las marchas fúnebres con una siniestra melodía de carracas, y que, de madrugada, esos mismos huesos, se apartaban de la Menina para clavarse en todos aquellos seres noctámbulos que pululaban sin rumbo, ebrios de soledad. Se decían tantas cosas, que Madrid se ensombreció, se apagaron todas las luces y los sueños, y la Menina de la Calaca, llamó a Belcebú, para rematar aquella ciudad, pero fracasaron en su empeño, porque Madrid solo estaba dormida y resucitará cuando un amanecer no muy lejano el olor a café recién hecho la despierte de su transitorio letargo y cuando vuelvan a correr nuevos tiempos, unos tiempos proclives a la empatía, donde las Meninas sean sustituidas por libros, y la gente disfrute de un arte puro y duradero, como el que albergan tantos grandes museos de Madrid.






martes, 14 de enero de 2025

LA FERIA ABANDONADA

 






Como los niños ya no se divertían con ella, la feria fue abandonada. Las atracciones ya no conseguían seducir a la infancia, ahora deslumbrada por videojuegos, tablets, teléfonos móviles y todo tipo de entretenimientos proporcionados por los nuevos tiempos, unos tiempos donde el ruido de las tecnologías iba supliendo, imparable, al sonido de los latidos del corazón. Fue al término de la tarde cuando Kitt, el payaso, tiró su gorro de lentejuelas y pompones al suelo y, desconsolado, se puso a llorar, mientras Katy, la mujer forzuda, tan fuerte por fuera, pero tan  frágil por dentro como una violeta, se sentaba a su lado rodeandolo con uno de sus fuertes brazos, mientras le enjugaba las lágrimas. Hoy, el payaso no había conseguido hacer reír a los niños, los cuales, le habían increpado con dureza: "¡vete de aquí, ridículo!" "¡fuera, fuera!", "¡no eres gracioso, eres patético!" y así, Kitt, el payaso juró que sería su última actuación y que nada le haría volver. Más tarde, en su viejo furgón, se despojaba del maquillaje, del polvo de estrellas y de la sonrisa, que dejó olvidada en algún rincón de su alma, junto a los recuerdos más amargos de su infancia. Después, anocheciendo, cogió el camino del oeste y se marchó, sintiendo a sus 54 años haber perdido al niño que hasta ese mismo momento, le había estado acompañando contra viento y marea en todos y cada uno de los días de su vida, en los que convertido en  Kitt, el payaso, había logrado hacer felices a todos los niños de gran parte del mundo. A lo lejos, aún se veía su blanca y desmañada figura, cuando Juan, el encargado del mantenimiento y de poner en marcha un majestuoso tiovivo plagado de caballitos, que no paraban nunca de girar bajo un paraguas de colores gigante que conformaba su techo, decidió seguir sus pasos, pues en los últimos tiempos, los caballos giraban solos, aburridos de no escuchar las risas y los gritos de los niños y pensó que no merecía la pena engrasar aquel anticuado artilugio, que no tenía cabida en esta nueva era, donde todo funcionaba a base de pantallas. Cuando se alejaba del lugar, miró hacia atrás por última vez y vio a su tiovivo, quieto, emborronado en medio de la neblina del atardecer y a los caballitos, paralizados por la tristeza. Aquella misma tarde, la magia de Rosalía, la maga, no logró asombrar a los pocos chiquillos congregados, que abducidos por los móviles, no prestaban atención ni siquiera ante su truco más complicado, en el que hacía desaparecer a don Pelanas, el perro más grande del mundo. Y tras ejercitar aquel espectacular truco impecablemente, pues Rosalía siempre había sido una maga solvente, elegante y maravillosa, pudo comprobar con estupor y decepción que aquellos pequeños espectadores no aplaudían y no lo hacían porque nada de lo que hizo despertó su interés y porque sabían de antemano que aquello no era más que un truco, porque hacía tiempo que habían ido apagando su ingenuidad y su inocencia de niños con unas gotas de cinismo que recordaba, y de qué modo, al de los adultos. Rosalía recogió sus pocas pertenencias y junto a don Pelanas, partió en busca de la magia perdida, sin saber, que siempre la llevó en su corazón.
Faustino, el encantador de serpientes, disfrazado de califa, con un turbante lleno de colores y de brillos y una barba postiza puntiaguda más negra que el carbón, sentado en un cojín y con una flauta de madera, tocaba algunas melodías de tintes orientales con el fin de que, Tatiana, la cobra, bailara a su son. Y de una manera especial, aquella última tarde, Tatiana demostró sus grandes dotes de bailarina recordando los tiempos en que hipnotizaba a todo el mundo, solo que hoy no logró cautivar a los críos, más ocupados en desprestigiar el número gritando e interrumpiendo constantemente las melodías que surgían de la flauta de Faustino, el cual, humillado y comprendiendo que el tiempo había pasado y que ya nada podía hacer para divertir como en otros tiempos a niños y mayores, decidió abandonar también la feria, no sin antes dejar a Tatiana al cuidado de la mejor protectora de animales que pudo encontrar. Poco después, regresó a su ciudad natal y se dedicó a su antiguo oficio de contable, donde volvió a aburrirse soberanamente, mientras caía una y otra vez en la melancolía recordando su vida de feriante, donde él era el gran califa, capaz de hipnotizar y hacer bailar con su música, a la cobra más peligrosa y feroz de todas: Tatiana.
Por su parte, Félix, el domador de caballos, había tenido una tarde espectacular, donde sus adorados animales, perfectamente enjaezados, habían saltado y bailado al son de la música, logrando una increíble fusión con la orquesta, que, más intuitiva y sabia que nunca, sonaba alegre y chispeante, mientras los hermosos caballos se movían de forma elegante y con una gracia especial. Después, "Corsario", un caballo negro azabache, cuyas largas crines habían sido cuidadas hasta el mimo por Esperanza, la esposa del domador, saltó vigorosamente a través de un enorme aro adornado con banderas de miles de colores, haciendo gala de su nobleza y elegancia. Nada parecía sorprender ya a los pequeños, que, abstraídos, expresaban a sus padres el deseo de volver a casa, donde les esperaba la compañía de "Apple", el rey de la manzana. Aunque se resistían a irse, Félix y Esperanza se marcharon de la feria a primera hora de la mañana, pero se llevaron sus caballos y regresaron a su pequeña granja, donde volverían a soñar con los serpenteantes caminos y carreteras que los llevaban a los pueblos y a las ciudades más lejanas. Por  último, y habiéndose quedado solo en aquel paraje donde carromatos, furgones, "roulottes", tiovivos y otras atracciones fueron quedando poco a poco abandonados, don Fulgencio, el máximo responsable de la feria, como el capitán de un barco que se hunde, resistió todo el invierno en su carromato, un invierno duro y frío donde tuvo tiempo de repasar su larga vida. Tenía 76 años y todos los había pasado viviendo y trabajando en la feria. Había conocido a cientos de niños en todo el país haciéndolos felices, a ellos y a sus padres con sus espectáculos y atracciones y con sus asombrosos compañeros, los cuales todos fueron capaces con su talento de hacer soñar al mundo. Pero había llegado la hora del adiós y aquella helada noche de febrero, don Fulgencio replegó las velas, y dentro de su viejo carromato, al calor de una cama en la que había nacido, cerró sus ojos y vio las estrellas. Al mismo tiempo, la feria se puso a funcionar y el viejo tiovivo, roto y oxidado, se puso a girar como en un sueño, dentro del cual, miles de niños lo rodeaban, pudiendo escuchar sus risas y sus gritos. Mediado febrero, nada parecía presagiar la primavera, pero una flor de hermosos pétalos brotó de su pecho e inundó de perfume la feria abandonada.







domingo, 10 de marzo de 2024

ENCUENTRO

 




"Nuestro encuentro fue acogedor y cálido en una fría noche invernal, donde la ciudad languidecía antes de dormirse. Se apagaban las luces poco a poco y las familias se refugiaban en sus sueños de la rutina de los días. Ella me esperaba bajo un paraguas gris, soportando un vientecillo gélido que llevaba y traía millones de diminutos copos de nieve que chocaban y jaspeaban su humilde vestido. Yo llegué aterido, con una simple chaqueta de cretona y una vieja bufanda que apenas me daba calor, mientras mis manos se resquebrajaban por el frío bajo mis gastados guantes. La miré y me sonrió y comprendí que era a ella a quién había estado esperando toda mi vida, pues sus ojos oscuros me daban permiso para decirle con los míos que en otra vida fue mía. Apreté su mano y noté como un suave calor recorría mi cuerpo y, del brazo, cruzamos la blanca calle bajo la mirada del farolero, que a punto estaba de apagar el último farol, pero, antes de que esto sucediera, nos besamos en los labios dulcemente y nos adentramos en el pequeño hotel donde yo había pagado con mis últimas monedas, una habitación. La noche se fue dulcificando y, con ella desnuda a mi lado, me creí poco menos que un rey y ella, cuyo cuerpo nacarado bailaba sensual bajo las sábanas, repetía una y otra vez lo mucho que me quería. Yo la sentía entre mis brazos y notaba como su piel se introducía en la mía de una forma natural, siendo una prolongación la una de la otra. Después del amor, vino el silencio y el viento, que volvía a levantarse, nos recordó que afuera hacía frío y que adentro, todo era tan agradable como imposible. Nos dijimos adiós antes de que amaneciera. En el cielo no había nubes y las estrellas se habían apoderado de él, abigarrando su inmensidad con su luminoso e incandescente brillo. Volví al hogar y una mujer me llamó con aspereza, una mujer extraña a la que después de catorce años de matrimonio, no conocía. Entonces pensé en ella, en mi adorada, tan lejana e inalcanzable como una estrella de mar, perdida entre las algas de un mar inmenso, tan inmenso y enorme, que siempre supe que algún día, la volvería a encontrar."





sábado, 12 de agosto de 2023

ABRE LA PUERTA AL MONSTRUO

 




      La doncella vivía en su mundo de ensueño, sin nada que turbara su paz. Era una muchacha que, envuelta en oropeles, no conocía el dolor de la vida. Pasaba las horas en una habitación de un antiguo palacio, con su dama de compañía y un hombre que ejercía las funciones de tutor y administrador de la fortuna que sus padres, ya fallecidos, le habían dejado. Al otro lado del palacete, se encontraba la casa del jardinero, una choza de minúsculas proporciones que era refugio de Pierre, un hombre de unos veintiséis años, que cuidaba de las plantas con esmero, manteniendo un jardín agobiado de hermosas especies que daban un toque entre romántico y espectral a los alrededores del palacio. De sus paredes colgaban las enredaderas, las madreselvas y las pasifloras, que se mezclaban con parrales y cubrían casi por completo los muros exteriores del castillo. Las peonías, las rosas inglesas y tulipanes blancos salpicaban de color aquel espacio misterioso, y brezos, adelfas y enebros se dispersaban de manera milimétricamente estudiada, dibujando un conjunto de perfecta simetría, al amparo de dos enormes robles que la acorralaban con sus ramas, prodigando en el verano el frescor de su sombra. Jacqueline, que así se llamaba la muchacha, veía a Pierre cada día desde la ventana de su habitación. Era un joven apuesto e inteligente, dotado de manera exquisita para ejercer su oficio. Pese a desearlo, nunca había hablado con él, pues la nodriza y el tutor se lo tenían más que prohibido, más en su corazón comenzó a habitar un sentimiento desconocido para ella que le impedía dormir, que la cubría de desasosiego y de ansiedad, pero que a la vez, le producía una rara sensación de ternura. Más un día, el jardinero se acercó a ella mientras paseaba por la parte más lejana del jardín, junto a una fuente donde brotaba el agua más valiosa y allí, le declaró su amor. Jaqueline se sintió algo confundida cuando los labios de Pierre se unieron a los suyos. Quiso evitarlo, pero todo fue en vano, y aquel beso se convirtió en una especie de sortilegio que se convirtió en un juramento de amor entre ambos. Cuando el tutor y la dama de compañía se enteraron, horrorizados, encerraron a Jacqueline bajo siete llaves y su habitación se convirtió en una cárcel donde llorar, en un sitio oscuro y lóbrego donde recordar a su enamorado, entre sueños de cristal y oscuras pesadillas que la convulsionaban, llevándola a los límites de la locura. Una noche, mientras dormía, escuchó un ruido que la puso en alerta. Era como un rugido bronco, como el quejido de algún animal extraño, y la inquietud se apoderó de ella. La puerta empezó a temblar y las ventanas crujían y los cristales se resquebrajaban mientras una luz enorme penetraba en la oscura habitación. De repente, la ventana se abrió de golpe, cayendo los cristales en mil pedazos al suelo y pudo ver, aterrorizada, el ojo de una enorme bestia. Era un ojo que centelleaba emitiendo una luz amarilla que inundaba la estancia, confundiéndolo todo. Los muebles comenzaron a moverse ante los movimientos de aquella especie de dragón de cuento que comenzó a caminar entre rugidos, alejándose de allí. La joven cayó desmayada sobre las sábanas y no despertó hasta dos días después. Cuando lo hizo, se encontró con la mirada algo fría de la dama de compañía y los ojos severos del administrador, y más allá, cerca de la puerta pudo ver a Pierre, que le transmitía amor y comprensión. Todo había sido una pesadilla, o, al menos, eso le dijeron. Todo parecía estar en orden. Después se durmió de nuevo y no despertó hasta que desapareció la última estrella. El administrador y su compañera, la dama de compañía, se hicieron dueños del castillo y de la fortuna de Jacqueline, manteniéndola encerrada, sin recibir visitas, ni siquiera la vieja Abby, la antigua cocinera, que la visitaba cada semana, y cada noche, la doncella regaba con sus lágrimas cada rincón de la habitación donde a veces, era maniatada y vejada por el cruel administrador con la complicidad de la nodriza, que se había vuelto cruel e inhumana como su compañero, y que apenas alimentaba a la niña. En cuanto a Pierre,lo encadenaron y lo emparedaron dentro de su cabaña con la intención de dejarlo morir. Más una noche, Jacqueline volvió a escuchar los mismos terroríficos rugidos y las voces de la dama de compañía y del administrador, que gritaban espantados. La puerta de su habitación estaba cerrada y desde dentro, Jacqueline gritaba y gritaba, quería saber qué estaba pasando. Armándose de valor, abrió la puerta y en se momento entró la bestia, que rugía enfurecida, con los ojos amarillos, con sus afilados dientes ensangrentados y escupiendo fuego por la boca. La joven escapó hacia el jardín y mientras recorría los interminables pasillos que la conducían a él, vio los cadáveres del administrador y de la dama de compañía despedazados. Huyó y se refugió cerca de la fuente donde se encontró por primera vez con Pierre, entre los brezos, rodeada de rosas y de peonías, cuando apareció aquella especie de dragón aún rugiendo. La niña gritaba aterrorizada e intentó huir, pero el miedo paralizó su cuerpo, y, mientras resignada esperaba la muerte, pudo ver como la bestia iba calmando su furia, y como poco a poco, se iba acercando a ella, y sus ojos amarillos llenos de ira se iban tornando en calidez, mientras contemplaba a Jacqueline. Finalmente, la bestia inclinó la cabeza cerca de la doncella y ésta comprendió que no tenía intención de atacarla, y, venciendo su miedo, acarició su testuz y entonces pudo ver en los ojos de aquel animal un destello conocido. Cuando besó a aquel dragón, vio sorprendida como éste se transformaba en Pierre, su enamorado, que había vivido bajo la maldición del Viejo Mago del Bosque, ante lo que suponía iba a ser el sucesor del rey, pues era hijo ilegítimo de éste y, en realidad, su único hijo. El reino estaba sin rey y Pierre tenía en su poder el anillo de fuego que lo acreditaba como hijo del viejo monarca, pero su ilegitimidad lo descalificaba como heredero. El administrador y la nodriza no eran sino meros vigilantes del muchacho maldito, sabían que si se enamoraba, saldría la bestia que el Viejo Mago del Bosque introdujo dentro de él y que, iría a reclamar su puesto. No fue así, porque a Pierre, solo le interesaba Jacqueline, y creía firmemente que el amor va más allá de reinos, pócimas y embrujos y que nos acerca cada vez más a nosotros mismos. Amanecía cuando Jacqueline, abandonó el viejo palacio para marcharse con Pierre, y el cielo se abría a la luz en ramillete de colores anaranjados y violetas, azules y grises, que cubrieron el lugar, dando al lugar un aspecto de jardín romántico, mientras los enamorados caminaban abrazados sobre las huellas de la bestia partiendo a un destino incierto, se culminaba el amanecer y una brisa fresca propagó la felicidad de la pareja por todas partes, llenando de paz aquellos lejanos lugares.




    

   

domingo, 6 de agosto de 2023

CUENTOS DEL CEMENTERIO PERDIDO

 





     Al sur de la ciudad se erigía el cementerio, en un paraje donde reinaba la anarquía. Los árboles se cerraban unos con otros, abrazándose con sus ramas flacas y resecas, conformando un paisaje tenebroso, donde la mayoría de las veces, ni se veía el cielo cuando algún visitante paraba para recordar a algún familiar o amigo. Bien es verdad, que después de la primera visita, el visitante no regresaba, tal era las sensaciones que sentía tras pasear por aquel galimatías de tumbas y de nichos, dispuestos de forma no ya laberíntica, sino infernalmente desigual. Los túmulos y mausoleos se mezclaban sin orden ni concierto, y ni de día, aquel camposanto reflejaba paz pues lo que transmitía no era sino desasosiego, inquietud y miedo, como si las almas que allí reposaban no hubieran merecido su eterno descanso. Porque allí, contaban quienes paseaban por el laberinto perpetuo de sus calles, a menudo cortadas por túmulos derruidos, sucedía algo extraño. Ni siquiera era por la tarde cuando Ramiro y Elena constataron esa extrañeza. Era a mediodía y hacía un sol de justicia cuando llegaron, pero conforme iban adentrándose en el cementerio, una gelidez mortal iba atrapando sus cuerpos y un olor como a resina y azufre se expandía en un aire cada vez más denso que los obligó a detenerse un poco antes de llegar ante el mausoleo de sus abuelos. Cuando depositaron el ramo de flores en él, una grieta crujió en la escultura del ángel moribundo que la presidía y el sonido quejumbroso de una voz surgió de dentro del panteón y una mano a la que le faltaba el dedo corazón se dejó ver mientras el sol era oculto por las nubes más negras que podáis imaginar. Tras la mano una voz de ultratumba los llamó por su nombre, y entonces fue cuando echaron a correr y no pararon hasta saltar los muros del cementerio y llegar al pueblo, donde la vida transcurría plácida y el cielo, de azul añil, daba luz a sus calles junto con el sol, que permanecía perenne en lo más alto, como si aquello fuese otro mundo, otro planeta, pese a que el cementerio se encontraba a escasos dos kilómetros. Después de aquello, Elena sufrió una crisis nerviosa que no superó y, a partir de este momento, su vida transcurrió entre psiquiátricos, mientras que Ramiro no quiere ver a nadie, sufre ataques de ansiedad continuos, y la epilepsia se ceba en él de vez en cuando haciendo de su día a día un auténtico infierno.

     Raquel era una joven hermosa, aunque enfermiza, su piel nacarada dejaba ver a veces la palidez que la falta de salud cincelaba en su bella piel. Era frágil como una mariposa y necesitaba muchas horas de reposo al día, pues su cuerpo no respondía de una forma firme a los remedios que el médico le imponía. Raquel tenía enterrada a su madre en aquel cementerio dejado de la mano de Dios y aquel viernes por la tarde, quiso ir a visitarla después de mucho tiempo de no hacerlo, dada la enfermedad que había ocupado su cuerpo durante más de un año. Hoy, se encontraba algo mejor, y, acompañada de su chófer, empujó la puerta con las pocas fuerzas que poseía y penetró en el recinto, a la vez que ordenaba al chófer que se quedara fuera. Caminó unos metros y se dirigió hacia la izquierda, donde estaba el túmulo con los restos mortales de la que un día le diera la vida y, conforme iba penetrando entre las tumbas, la inquietud se iba apoderando de ella, pues parecía escuchar entre los silbidos del viento, que cada vez era más fuerte, los gemidos de alguien, como un llanto inconsolable que le llegaba a sus oídos cada vez más nítido y que, poco a poco, se le iban metiendo muy adentro, helándole de golpe el corazón. Giró a la derecha y se sentó en un pequeño banco que había poco antes de llegar a donde estaba su madre y respiró hondo, intentando controlar sus nervios y su miedo, que iba en aumento, sobre todo cuando escuchó una voz familiar que la llamaba: "Raquel, ¿donde has estado, hija?" La joven, paralizada frente a la lápida donde descansaban los restos de su madre, se arrodilló ante ella y dejó unas flores moradas sobre la misma. La voz volvió a realizar la misma pregunta, provocando el escalofrío de la chica: "Raquel, ¿hija mía, donde has estado?" "Ven, ven conmigo". Raquel, aún de rodillas, no podía levantarse, no podía ni siquiera moverse. Su piel se tornó más pálida que nunca y de sus ojos vidriosos comenzaron a brotar las lágrimas. Por fin se derrumbó sobre el túmulo y entonces, una mano descarnada acarició el pelo largo de la muchacha, y, emergiendo del sepulcro, el espectro, vestido con un sudario blanco, la tomó entre sus brazos y le inoculó con un beso el veneno de la muerte, después, regresó a las tinieblas, llevándose consigo el alma de su hija. Cuando al oscurecer llegó el chófer, solo vio el cuerpo de Raquel sin vida, y un trozo de sudario blanco que asomaba entre la rendija que se abría en una lápida con apariencia de haber sido removida. 

     Emilio era el hombre más simple y feliz del pueblo, y tal era así que jamás permitía que la tristeza hiciera mella en su despreocupado carácter. Ni siquiera cuando ocupó el puesto de Toribio, el encargado del cementerio, enterrado hacía unos días tras un ataque al corazón cuando estaba arreglando uno de los viejos nichos que flanqueaban la Puerta de las Flores. Ahora era él el que se ocupaba de las tareas de mantenimiento del recinto, y cada día, mañana y tarde, procuraba ordenar aquel cementerio, donde reinaba el desorden y el caos en cuanto a urbanismo se refiere, pero que él estaba convencido de que aún así, podría a fuerza de voluntad dar una imagen distinta a aquel desastre que Toribio le había dejado en "herencia". Aprovechando su oficio de jardinero, se dispuso a arreglar cualquier mata, arbusto o árbol integrados en aquel lugar a veces tan tenebroso, que ni las ratas hacían acto de presencia. La primera tarea que se encomendó  fue podar y arreglar el bosquecillo que se abría en la zona norte del cementerio, donde árboles de tamaño considerable se mezclaban con otros de menor envergadura, en un marasmo caótico de ramajes y de vegetación que provocaban en los escasos visitantes, el desasosiego y la inquietud de quién está viendo una película basada en una novela de Stephen King. Los árboles secos se mezclaban con los verdes, y los hierbajos y las zarzas atenazaban sus troncos dando una sensación de abandono absoluto de la que Toribio era responsable, pues el miedo le impedía siempre acercarse a semejante bosquecillo. Ahora era diferente, Emilio no tenía miedo y, raudo y veloz, al segundo día de trabajo, llevó su motosierra para arreglar aquel lugar, e intentar darle una apariencia cuando menos, limpia. No llevaba más de media hora cortando zarzales y peleando con la maleza cuando los árboles comenzaron a moverse de un modo extraño, ya que este movimiento partía de la tierra misma y sus troncos temblaban mientras crujían de una manera siniestra las ramas secas de aquellos árboles, que, sin vida, se aferraban a las hojas verdes de los que aún se levantaban erguidos como esculturas tenebrosas. A todo ello, había que sumar el viento, que se levantó de repente, silbando, derribando macetas y arrastrando las flores, en un momento donde la luz del día parecía ocultarse tras unas nubes oscuras y pastosas, que lo tapaban todo. Sin embargo, Emilio no se arredró, y continuó con su faena, cortando y derribando árboles secos y haciéndolos pedazos, pero frenó en seco cuando se dio cuenta de que de cada tronco que cortaba brotaba un manantial de sangre que se fundía con la negra tierra que sostenía a los árboles. De repente, de esa misma tierra comenzaron a surgir figuras extrañas, con ajadas ropas y rostros descarnados, de manos cuyos dedos afilados rematados en unas uñas descomunales, emitían sonidos guturales e inconexos, mientras, al pobre Emilio se le acabó la alegría, cuando uno de aquellos seres le desgarró una pierna con aquellas cortantes uñas, mientras otro de ellos hablaba entre frases ininteligibles, pero en las que el jardinero pudo entender algo así como: "¿Quién osa interrumpir nuestro descanso?" "Has destruido nuestra paz y has despertado nuestro sufrimiento..." Mientras, Emilio trataba de huir arrastrándose con la pierna destrozada, pero uno de aquellos espectros, clavó sus uñas en su espalda, lo elevó y lo colgó de las ramas del árbol más alto del bosquecillo, mientras la noche cubría el cementerio, y aquellos zombies, acababan con la vida del nuevo enterrador. No hubo más amaneceres para Emilio, y cuando se hubo encontrado y reconocido su cadáver, el cementerio se cerró y nadie volvió a él. Solo los cuervos y algún grajo despistado, cuyos graznidos se fundían a veces con el sonido espectral de las voces de ultratumba que surgían de las profundidades de la tierra y que provocaban las peores pesadillas a todos aquellos que pasaban por aquel paraje perdido, donde no había descanso para los muertos ni para los vivos.    

     Esto cuentan que sucedió en el cementerio perdido. Irreal o no, ustedes deberán sacar sus propias conclusiones, pero no olviden que esto no es más que un entretenimiento para un verano caluroso y hostil, donde la imaginación se exalta en cuanto uno se pone delante del ordenador a escribir. Espero que les hayan gustado estas tres pequeñas historias que hoy publico. Saludos a todos y que pasen un feliz verano, a lo que ayudará sin duda, una buena película, la lectura de un buen libro, o sumergirse en este modesto blog. Hasta pronto.




  

    

sábado, 22 de julio de 2023

LA FAMILIA DE KOLDO GARCÍA

 




      La familia de Koldo García había fallecido hacía más de diez años ahogados por la nieve en una montaña no muy lejana a donde poseían la cabaña que era su hogar. Inmersos en una tormenta, fueron sepultados por un alud mientras caminaban intentando encontrar el camino de regreso a casa. La familia de aquel hombre de montaña estaba compuesta por María, la hermana menor, la esposa, Lara, y su hijita, cuyo nombre era Itziar, en honor a la bisabuela de Koldo, de la que presumía por haber sido la última "bruja" de Zurragamurdi, el pueblo donde había pasado la mayor parte de su vida. Cuando murieron, Koldo dejó de existir para la gente y se convirtió en un extraño personaje que paseaba su tristeza y su ira por el mundo, intentando evitar, en la medida de lo posible el contacto con todo ser humano. Al día siguiente del funeral de sus familiares, Koldo quemó la cabaña con todo lo que había dentro y se marchó a una gruta secreta situada en el corazón de la montaña, lejos de las cenizas del que un día fue su hogar y de los recuerdos de sus seres queridos. Bajaba de vez en cuando al pueblo en busca de víveres, pues a veces, lo que cazaba o pescaba no era suficiente para alimentarse, y trabajaba en lo que fuera para conseguirlos. Después, subía de nuevo a la montaña, y se cobijaba en su cueva, sin conseguir aislarse del dolor. Esa era su vida desde hacía más de diez años. A veces, regresaba al lugar donde estuvo la cabaña, se sentaba en el tronco quemado de un árbol y recordaba historias que retorcían su alma, a la vez que un resentimiento hacia sí mismo reaparecía una y otra vez, por no haber evitado aquella desgracia. Si él no hubiera estado en el pueblo borracho, de fiesta con aquella mujer que lo dominaba y le hacía perder la cabeza, hoy, probablemente, su mujer, su hermana y su hijita, estarían vivas y estarían allí, esperándole, tras los cristales de las ventanas que él mismo construyó. A veces soñaba con ellas en su gruta, pero cuando despertaba se encontraba con la oscuridad de aquella cueva y lo que era peor, con la misma angustia que lo atenazó sin tregua desde el mismo momento que supo la noticia del accidente. Un día regresó al lugar donde estaba situada la destruida cabaña, como tantas veces, y no pudo reprimir una expresión de asombro: la cabaña estaba allí, en pie, como si nada hubiera pasado. Frotó sus ojos incrédulo, pues percibía aquello como un sueño, o como una pesadilla. Dentro se veía una tenue luz amarilla que parpadeaba de forma agónica, más lo que lo sobrecogió fue una sombra que atravesó la ventana de forma relativamente fugaz, helándole los huesos y el alma. Aterrorizado, corrió despavorido desapareciendo entre los árboles. Cuando llegó a su refugio, se acurrucó entre las viejas mantas y pasó toda la noche en vela, dilucidando si aquella sombra que había visto, pudiera pertenecer a Lara, su mujer, pues quiso reconocer en ella su perfil de estatua etrusca pese a las brumas y las escasa luz que invadía la cabaña. La mañana amaneció fría y lluviosa, y Koldo se internó en el bosque en busca de leña. La niebla que invadía la montaña, a veces se transformaba en agua nieve que inundaba sus ojos hasta casi cegarlos. Sin embargo, a duras penas pudo ver, muy cerca del pequeño riachuelo que atravesaba la parte oeste del bosque, la figura de una mujer con un bastón, que, caminaba con esfuerzo por entre la vegetación que cubría el paraje. Llevaba en su cabeza como una especie de gorro de lana que, sin embargo, dejaba ver por debajo su pelo oscuro, y un viejo abrigo largo cubría su cuerpo pequeño y frágil. La siguió unos momentos y en un recodo, la mujer se detuvo unos instantes, entonces volvió la cabeza y Koldo pudo ver con escepticismo un rostro familiar y querido. La mujer comenzó a acercarse a él lentamente y quitándose el gorro de lana, lo llamó por su nombre: "¡Koldo!", y él, se quedó perplejo y fuertemente impresionado cuando reconoció en aquella figura a su querida esposa. 

No había luna aquella noche de invierno, cuando Koldo decidió armarse de valor y acudir de nuevo a la cabaña, y, nuevamente, la pudo contemplar en pie. Se estremeció cuando tras la ventana y, envueltos en la bruma de la escasa luz que iluminaba el interior del lugar, vio tres rostros difuminados que lo miraban de una forma extraña, entonces, él creyó reconocer en esas caras hieráticas y tristes a su hermana, a su mujer y a su hija, que, pegadas al cristal movían sus labios, mientras sus bocas desprendían sonidos de ultratumba que repetían su nombre. No tuvo tiempo de ver como los tres espectros salían de la cabaña y se dirigían a su encuentro porque sufrió un desvanecimiento y cuando despertó estaba en el centro de urgencias del pueblo, donde le atendieron y de donde salió a los pocos minutos de despertar. 

La tarde se hacía interminable en aquella soledad donde Koldo habitaba, y su infelicidad iba en aumento, tanto es así, que llegó a pensar que, si eran de sus familiares las tres figuras que se le aparecieron en la fantasmal cabaña, nada tenía que temer, más bien al contrario. Quizá aún tenían tiempo de ser felices todos juntos. Sin más, regresó a la cabaña, donde Lara, le estaba esperando en la puerta, con sus ojos grandes, oscuros y brillantes, Itziar, salió de la casa con una palidez extrema, cubierto su rostro casi por entero con aureolas moradas maquilladas por la muerte. Saltó a sus brazos y Koldo besó sus mejillas, frías y amorosas y supo que su lugar estaba allí, con ellas. Después fue María la que lo recibió con un beso en la mejilla, y con su mano de cera le indicaba el camino para entrar en casa. Al anochecer, Koldo cerró la puerta de la cabaña y sentado en la mesa comenzó a convivir con los espectros, que le habían preparado una cena de bienvenida, mientras afuera, la nieve comenzaba a caer trémula y desganada, cubriendo con su gélida textura la montaña y el bosque, que contrastaba con el calor mortal que despedía el corazón de la cabaña. Tres días después localizaron el cadáver de Koldo sobre los restos cenicientos del que un día fue su hogar, y junto a él, tres sombras lo velaban. Y los que allí estuvieron presentes aquella tarde contemplando esta visión, no volvieron jamás al lugar, como jamás comentaron con nadie el caso de la familia de Koldo García. 






lunes, 14 de noviembre de 2022

FLORES DEL BESO




 

      Vivía en su castillo recluida en un mundo donde la imaginación y la fantasía formaban parte de lo cotidiano. Sin embargo, los libros, que se contaban por millares, la sumían en aventuras desconocidas, en universos de los que nunca quería salir y en emociones inauditas que disfrutaba con la vehemencia de la juventud, pues Mariska tenía 16 años y vivía entre las paredes llenas de magnificencia de aquel maravilloso palacio. Sus padres, la habían encerrado, pues se habían enamorado de Charles, el humilde cuidador de "Vencedor", su caballo favorito. Pero ella no desesperaba y leía y leía, mientras el tiempo pasaba de una forma lenta y extraña. A veces, cuando se miraba en el espejo, se veía mayor, como si tuviera más de ochenta años y el rumor del agua del mar que rodeaba aquella cárcel donde pasaba sus días, traía a su mente canciones desconocidas, unas alegres y otras tan tristes, que no podía dejar de llorar. Otras veces, por el contrario, se veía hermosa, llena de vida y con Charles a su lado, paseando o bailando por los acantilados que bordeaban el castillo. Un día, no había terminado uno de sus libros favoritos, cuando sintió la necesidad de escapar de allí, de hacer realidad los viajes que durante tanto tiempo había leído, así como las aventuras de las que se sintió protagonista junto a su amado. Pero sabía que esto era imposible. Su madre, una mujer de ojos acerados e implacables, solo se ocupaba de proporcionarle la comida y los libros que pedía, su padre, se ocupó de que Charles no regresara al castillo, ni al pueblo y así, el joven desapareció y jamás se supo de él. Ante la ausencia de oportunidades de cumplir sus sueños y al conocer el destino de su amado, Mariska pidió a su madre un alfiler de oro con rubíes engarzados y le pidió que le cortara unas flores del jardín, unas flores llamativas y bonitas que su bisabuelo había traído del Putumayo colombiano y que, por su forma, eran llamadas "labios de novia" o "flores del beso". Sin más, extrajo como pudo su savia e impregnó el alfiler desde la punta hasta el remache de rubíes, después, se lo clavó muy cerca del corazón, apenas rozándolo, pero poniendo en él el veneno suficiente como para que dejara de latir. Cuando entró su madre a llevarle la comida la halló muerta con un libro de botánica entre las manos, donde descubrió que aquellas preciosas flores del beso, serían las que le concederían la llave eterna de la libertad.







sábado, 13 de agosto de 2022

LA SEÑORITA WALLIS

 





      Era frágil y etérea, con reflejos de luna en su rostro y el brillo del sol en sus cabellos que, recogidos con elegancia, dejaban ver un cuello perfectamente delineado, fino y esbelto. Su figura se paseaba grácil por el caserón viejo, hoy totalmente deshabitado, vacío de todo: ni muebles, ni cuadros, ni cortinas. Nada que recordara que hubo vida entre aquellas paredes, nada, excepto un piano, que se conservaba milagrosamente intacto en el dormitorio de la señorita Wallis, la mujer que, según contaba la gente del pueblo, se paseaba de un lugar a otro de la casa, con aire de tristeza, y que provocaba miedo e inquietud en todos aquellos que la habían visto, pues la señorita Wallis había muerto hacía más de dos siglos a manos de su amante, un noble venido a menos, envuelto a menudo en asuntos turbios que lo ponían siempre frente a la ley. La muerte de la señorita Wallis, fue muy sentida en el Condado, y después de tanto tiempo, su historia se recordaba en las frías noches de invierno, frente a la chimenea, los padres se la contaban a sus hijos y éstos más tarde a los suyos, alimentando con ello la leyenda de la joven, tan bella y delicada. Nadie sabía explicar cómo fue, si el conde la mató por celos, pues se decía que a la señorita Wallis la pretendía un joven de clase alta, proveniente de las tierras del sur o por codicia, pues era heredera absoluta de una gran fortuna en propiedades, siendo la más rica del Condado. Lo cierto es que una mañana la encontraron estrangulada en su dormitorio, muy cerca del piano, ese que aún se conservaba casi intacto después de más de doscientos años y sobre el que, según algunos, se seguían posando las blancas manos de aquella muchacha, cuya presencia aún presentían todos los que pasaban cerca de la casa y que les llevaba a sentir un escalofrío, sintiéndose atrapados por el miedo. La noche caía nuevamente sobre el pueblo y en el caserón todo permanecía tranquilo: sus muros agrietados resistían la embestida del tiempo y aún se percibía en él la imponencia de otros tiempos. A veces, de madrugada, algún campesino había oído a lo lejos la música cadenciosa del piano que surgía de la oscuridad abandonada del caserón, y algún otro, se atrevió a decir que por la ventana del segundo piso, justo donde dormía la señorita Wallis había visto una luz encendida y la figura transparente y volátil de un fantasma que paseaba de un lado a otro de la habitación para luego sentarse en el antiguo piano y arrancarle unas notas a sus viejas entrañas. Todo ello lo relataba mientras temblaba todo él, con la aprobación de la mayoría de los vecinos, que lo creían sin poner en cuestión su testimonio. Tenía razón, el fantasma de la señorita Wallis jamás dejó de aparecer por el caserón y sus manos delicadas seguían deslizándose por el teclado, las noches en las que no había luna, recreando una melodía fantasmal y romántica, siniestra a veces, pues nunca pudo olvidar que a sus diecinueve años fue apartada de la vida bruscamente, mientras que su amor por la música la hacía aparecerse cada noche, sentarse al piano y establecer un concierto de comunicación entre el más allá y el más acá, siempre vestida de un blanco radiante y transparente, siempre con una elegancia dulcemente mortal.  

      

      La pintura que ilustra este nuevo relato es de George Roux. Se titula "Spirite" y es del año 1885.








sábado, 6 de agosto de 2022

CUENTO NOCTURNO

 




      Había una vez un gato oscuro, tan negro como la noche, con unos ojos verdes que se volvían azules cuando las estrellas se reflejaban en ellos. Era un gato esbelto y ágil, que se movía sinuoso y en silencio, y que, en su independencia de todo ser humano, viajaba de tejado en tejado, afanoso por encontrar un lugar donde poder echar raíces. Quería buscar un hogar donde acomodarse, y para ello no dudaba en recorrer los tejados y mirar a través de las chimeneas, observando la vida de los humanos. A veces, de los tejados saltaba a los patios y permanecía entre las macetas, como si finalmente hubiera llegado a casa. Cuando amanecía, los humanos, que ya tenían gato, lo expulsaban de sus dominios. Pero el gato, no se daba por vencido y continuaba, noche tras noche, recorriendo los tejados y mirando a través de las chimeneas. Una noche de invierno, sin querer, se quedó dormido y cuando despertó, se encontraba dentro de la luna, que lo sostenía y lo mecía acunándolo, mientras la brisa barría las nubes y le indicaba, presurosa, que no se preocupara más, que por fin había alcanzado su anhelado objetivo.






viernes, 11 de marzo de 2022

EL ÁNGEL DESOLADO

 




El ángel se abandonó a la tristeza cuando comprendió que el mundo no tenía solución y que él, como representante de Dios, no podía hacer nada para salvarlo. La maldad brillaba en los ojos del sátrapa cuando decidió acabar con él frente a la férrea oposición del ángel, que, batiendo sus alas, estableció un muro de resistencia basado en la bondad, la empatía y la razón, que, sin embargo, no pudo contener su ira. Así, sus ataques hicieron caer al ángel, destrozadas sus alas, a los pies de un gran árbol transformado en panteón, donde se cobijaron las almas de todos aquellos que habían muerto a manos de la locura, la maldad y la ambición del dictador. Allí, sobre aquel panteón, el ángel lloró desolado y sus lágrimas regaron la Tierra por entero, anegando los corazones de la gente que la habitaba, pero cuando las lágrimas del ángel llegaron hasta el corazón del sátrapa, no hicieron sino llenar un hueco oscuro y tenebroso, pues aquel hombre no tenía corazón y sobre su cuerpo se adhería una materia fría y viscosa, inexpugnable a las caricias y a las sensaciones. Por fin, dándose por vencido, el ángel se durmió a los pies de Dios, que no quiso despertarlo, pero que lo consoló poniendo de nuevo la esperanza en su espíritu. Cuando despertó, volvió a batir sus alas reconstruidas y despidiéndose, volvió a bajar a la tierra. Había que continuar luchando por la paz.


      

    

  La espectacular escultura que ilustra el texto se encuentra situada en el cementerio de Montjuic de Barcelona y está realizada por el artista Antoni Vila Palmés a principios del siglo XX, concretamente en 1908.





domingo, 16 de mayo de 2021

ESCÓNDETE, IRIS




      La lápida de Iris aparecía a medio abrir todas las mañanas, las flores aparecían descolocadas y un viento primaveral con aroma a rosas secas surgía de las entrañas del sepulcro, embargando todo el cementerio. Los encargados del mismo, estaban entre sorprendidos y asustados, pues cada mañana, a su vez, ellos volvían a sellar el túmulo, pero no servía de nada, pues al día siguiente, volvía a estar abierto. Nadie se explicaba el misterio, por eso, una noche decidieron quedarse dentro del cementerio a averiguarlo. Allí, escondidos tras el ángel que guardaba la tumba, a ratos temblaban de frío y a ratos de miedo, pero permanecieron durante toda la noche haciendo guardia y mientras uno dormía, el otro vigilaba. Nada ocurría, pero al amanecer, volvieron a respirar el olor a rosas secas y se echaron a temblar cuando descubrieron la piedra que cubría la tumba nuevamente desplazada. No entendían nada, ellos habían permanecido alerta y, sin embargo, había ocurrido de nuevo. Iris, había fallecido a los seis años hacía más de un siglo y hasta hacía unas semanas todo transcurría con normalidad en el recinto. No obstante, por las mismas fechas, el ayuntamiento había trasladado la figura del ángel desde un rincón del camposanto hasta situarla frente a la tumba de Iris. Un cambio en una remodelación sin importancia, pero curiosamente, los encargados del viejo cementerio juraban que aquel ángel había cambiado su aspecto y que su rostro, antes lleno de amarga tristeza, ahora estaba como dudando, en un gesto de infantil picardía. No podía ser, ellos conocían muy bien ese ángel, pues lo habían visto y limpiado durante muchos años y ahora, se había transfigurado. No le dieron más importancia al asunto y rendidos, se fueron a casa a descansar, tras cerrar por enésima vez el mausoleo de la niña.

      Mayo avanzaba en aquella primavera alegre, pero fría. Las flores cubrían los campos que rodeaban el cementerio y a veces al atardecer, el viento movía las hojas de los chopos y doblegaba las copas de los cipreses, que parecían en su leve inclinación, enviar una señal de respeto a cuantos allí reposaban. Algunas tardes, los vecinos solían pasear por el camino que rodeaba el camposanto y a veces, creían haber visto, cerca de la ermita de San Eufrasio, cercana a él, la figura de una niña pelirroja que corría presurosa entre los árboles, mientras a su vez, un dulzón aroma como a flores secas les llegaba a través de la brisa. Antonia, la chica de la panadería, creía haberla visto con un vestido blanco de volantes y el cabello recogido en una trenza, pero tampoco estaba segura, de tan fugaz como fue la visión. Federico, un hombre serio y respetado, creyó haber visto a la misma niña pelirroja cuando volvía del huerto, casi al anochecer, pero no llevaba trenza, sino el pelo rizado y suelto, recogido con una cinta rosa acabada en un lazo, y la vieja Mariquilla, también aportó su versión y dijo que vio a la pequeña después de poner unas flores sobre la tumba de su hija, pero esta vez, llevaba un vestido azul celeste. Pese a las diferentes versiones que cada uno daba según su experiencia, todos coincidían en haber respirado aquel extraño e intenso perfume a rosas en el mismo momento en que notaban su presencia. Los encargados del cementerio, tras escuchar aquellas historias, no tuvieron la menor duda de que aquella niña que decían haber visto, podía ser Iris, la del mausoleo más antiguo del cementerio, pues ese aroma de que hablaban era el  que salía del interior del mismo. Sin embargo, era algo que a su vez, escapaba a toda lógica, a menos que creyeran en ángeles y fantasmas. Todo parecía un mal sueño, hasta que un atardecer, cercana ya la noche, mientras los azorados empleados del cementerio recogían los restos de unos jarrones que el viento había tirado a pocos metros del sepulcro de Iris, escucharon una voz etérea y dulce en su fantasmal sonido: "Escóndete, Iris", se escuchó. Y entonces vieron a la niña jugando entre los crisantemos que cubrían algunas tumbas, escondiéndose detrás de los nichos y corriendo hasta la puerta, abriéndola con ligereza y saliendo del recinto. Consternados, pudieron contemplar la figura del ángel, que desplegaba sus alas dejando su pedestal de mármol y desapareciendo tras los muros del cementerio. "Escóndete, Iris", se volvió a escuchar y cuando salieron del cementerio, los encargados volvieron a respirar aquel extraño perfume y vieron como el ángel, alegre, jugaba con la niña y conmovidos, se fueron de allí sin mirar atrás, dirigiéndose hacia la ermita de San Eufrasio, donde encendieron unas velas y rezaron por aquella niña y por todos los niños que se fueron de este mundo, con el firme convencimiento de que estuvieran donde estuvieran, siempre habría un ángel que los cuidaría y jugaría con ellos.