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martes, 24 de diciembre de 2024

LA SOLEDAD

 




"La soledad lo habitaba desde hacía mucho tiempo. Lejos de su mujer y de sus hijos, se dedicaba a vagar por la ciudad, encendiendo un cigarrillo con otro. Sus pasos, antes firmes y decididos, hoy se mostraban cansados, arrastrando a veces los pies por el asfalto de las calles de una urbe, cuyos bloques de cemento contribuían a su aislamiento. Sus noches y sus días se fueron llenando de historias unidas a la desgana y a la apatía, y sus pupilas caían a veces en el vacío de las de un loco que en otro tiempo cuerdo, lo había perdido todo. La soledad lo aprisionó y lo dejó a merced de nadie, o lo que es peor, a merced de una brisa que lo empañaba todo de silencio y que solo le permitía escuchar a veces el sonido de la lluvia, que calaba en lo más profundo de su alma. Ahora llovía y los gritos de la gente llamando a los taxis lo despertaron de su letargo y deprisa, se cobijó bajo una cornisa y allí esperó y esperó. Pasaron días y noches hasta que una tarde, un leve rayo de sol iluminó su rostro y aquella caricia le hizo reaccionar, y, sentado, calado el sombrero hasta los ojos, encendió el último de sus cigarrillos, se levantó y empezó a caminar. Y caminó hasta llegar a un espacio abierto, donde se sintió menos solo. Allí, al menos tenía a las nubes y a los árboles, que bailaban ante el sonido del viento. A lo lejos se oía correr el agua de un riachuelo y hacia él se dirigió y cuando llegó, se tumbó muy cerca del agua y se adormeció con su rumor, mientras los pájaros volaban a su alrededor alegres y bulliciosos, como presagio de su nuevo destino un destino apacible y sereno, donde comenzar una nueva vida."

      Esta noche es Nochebuena y he escrito este pequeño relato esperando que nadie se sienta tan solo como su anónimo protagonista, porque, a fin de cuentas, nadie está solo del todo, solo hay que mirar bien a nuestro alrededor para encontrar todo aquello que nos gusta, la música, una película, un cuadro, un buen libro que nos haga soñar o el recuerdo de los que quisimos y querremos siempre. Entonces nos daremos cuenta de lo bella que es la vida y de que siempre habrá un cálido sol de atardecer aguardándonos. Felices Navidades a todos.

     La obra que ilustra el relato es del pintor Edward Hooper, y se titula, como no podía ser de otra manera, "La soledad".






domingo, 22 de septiembre de 2024

¡BIENVENIDO, OTOÑO!

 




"Era de noche y afuera, una brisa fría recorre las calles de la ciudad, mientras los árboles se desnudan dejando caer sus hojas sobre el asfalto. El otoño llegó y aquí estoy, en un bar extraño, solitario y perdido que, sin embargo, me recuerda a mi casa. Una pareja discute enfrente de mí de cosas intrascendentes y el camarero me sirve un "Jack´s Daniels" con hielo. Lo tomo a pequeños sorbos, disfrutando de su sabor, bronco, áspero y dulce y pienso en ti, en tu mirada herida por la rabia cuando te marchaste, y en tu boca, que solo se abrió para decir "me voy". Y te fuiste, y aquí estoy, en este bar situado en algún lugar de la ciudad, bebiéndome las ganas de pedirte que vuelvas. Porque no hay remedio, ya nada tiene remedio y mi boca, húmeda de whisky, la siento seca, como de piedra pómez, y mis ojos, siempre tan fríos, se resquebrajan borrosos entre la neblina de alguna lágrima que trata inútilmente de escapar. Me levanto y salgo a la calle, enciendo un cigarrillo y, después, me pierdo aturdido entre los espacios anchos y sucios de los callejones."

      Las pinturas nocturnas de Edward Hopper invitan a imaginar historias de soledades y esta obra extraordinaria, titulada "Nighthawks" (Halcones nocturnos), me ha sugerido este microrrelato que ha coincidido con la llegada del otoño y que dedico a esas almas solitarias que pasan sus días y sus noches con la única compañía de sí mismos, pese a que a veces están rodeados de muchedumbre.






sábado, 23 de julio de 2022

EL ARTISTA

 





      El artista vivía en su mundo transparente, marcado por la necesidad inevitable de crear. Sus manos ya no temblaban como antes y su espíritu estaba libre de angustia y de rabia. Había intentado conocerse a sí mismo y aún sin lograrlo, al menos había podido controlar a la que había sido su musa durante mucho tiempo: la ira. Ahora, entre las cuatro paredes de su estudio se entregaba en cuerpo y alma a su otra musa, la melancolía, que era quizá más destructiva que la ira, pues iba socavando su ánimo de forma corrosiva,  sin poder frenar esa capacidad de deterioro psíquico que poseía su nueva fuente de inspiración. Sin embargo, este nuevo sentimiento lo sumergía en un estado casi hipnótico, un estado al que solo había podido llegar a través de la marihuana y del éxtasis, y que lo llevaba a un paroxismo total, alejado por completo de la cólera, que le había llevado a destrozar su pequeño estudio cuando las cosas no salían como él quería, cuando no conseguía captar ese instante sublime de la creación, ese momento donde se es capaz de renunciar a la propia vida en pos de un arte duradero. Eso lo había conseguido muy pocas veces, y si alguna vez lo consiguió, nadie, salvo él, fue capaz de captarlo, pues su arte fluía de los  misterios  intangibles que proyectaba su espíritu atormentado. El artista era un hombre joven y de temperamento taciturno. Sus cambios de humor eran a menudo, motivos de desánimo y de desilusión que lo llevaban a dejar su trabajo. Podían pasar meses antes de que sus manos volvieran a tocar el barro y años antes de que dentro de sí mismo sintiera al artista. Mientras tanto, se dedicaba a pasear a través de calles que se perdían en la oscuridad, que no tenían fin, llanas y peligrosas, de empedrados húmedos y resbaladizos, haciéndose acompañar de cualquier amante ocasional, hombre o mujer, con los que alcanzar la calma y olvidarse por unos momentos de todo lo que acontecía dentro de sí mismo. La vorágine de sentimientos que lo inundaban, todos ellos contradictorios a su vez, lo ponían en la picota una y otra vez y esto, ni siquiera cesó cuando conoció a Lola, una mujer, artista como él, de la que se enamoró de golpe, sin apenas conocerla, solo con verla trabajar en su última obra. Segura de sí misma, tenía muy claro el concepto y la forma, como también el sentido de cada obra que salía de sus manos. Él, por el contrario y enfrentado al barro, rara vez sabía lo que saldría de su mente, no obstante, lo que no quería era continuar un academicismo plásticamente bello, pero repetitivo y aburrido. Él había conseguido romper con todas las normas del pasado, pero esto nunca le fue suficiente. 

      La boca le sabía amarga y sus ojos, como cristales resquebrajados instalados sobre dos ojeras profundas, eran un claro exponente de un estado emocional melancólico, repleto de altibajos, en el que su mente era un laberinto de ideas sin posibilidad de concreción. Encendió un cigarrillo y se puso a dar vueltas por aquella pequeña habitación donde había dormido con Lola y encontró algunos bocetos de una obra que había abandonado hacía tiempo, que no hicieron sino reafirmarlo en su teoría de que la mayoría de sus creaciones no pasaban de ser obras de tercera categoría, basura provinciana, ligada todavía a la emoción y a las sensaciones. Él quería realizar la obra de arte más pura, el arte en sí mismo, sin utilizar ingredientes tramposos que pudieran distorsionarlo. Esa noche, como tantas otras, el artista no pudo dormir y enfermo de tristeza y de melancolía, se dejó llevar por la música que sonaba de un viejo garito situado enfrente de su estudio, que, abierto hasta altas horas de la madrugada, daba cobijo a viejos bohemios, a prostitutas, a artistas en decadencia, a literatos fracasados y a drogadictos en busca del consuelo de una dosis con la que sobrevivir a la noche. La música, un vals francés, lo elevaba y lo dejaba caer a su propio infierno en un torbellino que lo desarmaba conduciéndolo casi a la destrucción. Entonces se dispuso a realizar su gran obra. Todo estaba dispuesto en el pequeño estudio y excitado, comenzó a trabajar. Modelaba el barro de una forma enérgica y frenética, y por entre sus manos el arte fluía suave e inexorablemente, sin que él tuviera que hacer gran cosa. Solo tenía que sentirlo en toda su viveza. Y continuó y continuó trabajando imbuido en un progresivo conocimiento de sí mismo y del arte que parecía exorcizarlo de todas sus dudas, dejándose llevar por la sensación de estar hallando lo que tanto había buscado. Y así, a ritmo de vals francés , el artista dio los últimos retoques a la obra de su vida y cuando la noche cedió paso a la mañana, contempló esa obra, enigmática y valiente, sincera y pletórica, pudiendo por fin descansar. Eran las diez de la mañana cuando Lola abrió la puerta del estudio y lo descubrió sin vida, abrazado a una mole de barro. Se había suicidado cuando el arte y la ley de la melancolía se lo ordenaron.


James Dean falleció a los veinticinco años en un accidente de coche, era un actor prometedor en el Hollywood de los años cincuenta y hoy es un mito imperecedero con tan solo tres películas como protagonista: "Al este del Edén" (1955 ), de Elia Kazan, "Rebelde sin causa" (1955) y "Gigante" (1956) de George Stevens. Pero además de un actor extraordinario, Dean también era un aficionado a otras artes, como son la danza o como en el caso de la foto, la escultura. El relato de hoy está inspirado en esta imagen que plasma la faceta de escultor de este gran actor. Espero que os guste. 



 



viernes, 11 de marzo de 2022

EL ÁNGEL DESOLADO

 




El ángel se abandonó a la tristeza cuando comprendió que el mundo no tenía solución y que él, como representante de Dios, no podía hacer nada para salvarlo. La maldad brillaba en los ojos del sátrapa cuando decidió acabar con él frente a la férrea oposición del ángel, que, batiendo sus alas, estableció un muro de resistencia basado en la bondad, la empatía y la razón, que, sin embargo, no pudo contener su ira. Así, sus ataques hicieron caer al ángel, destrozadas sus alas, a los pies de un gran árbol transformado en panteón, donde se cobijaron las almas de todos aquellos que habían muerto a manos de la locura, la maldad y la ambición del dictador. Allí, sobre aquel panteón, el ángel lloró desolado y sus lágrimas regaron la Tierra por entero, anegando los corazones de la gente que la habitaba, pero cuando las lágrimas del ángel llegaron hasta el corazón del sátrapa, no hicieron sino llenar un hueco oscuro y tenebroso, pues aquel hombre no tenía corazón y sobre su cuerpo se adhería una materia fría y viscosa, inexpugnable a las caricias y a las sensaciones. Por fin, dándose por vencido, el ángel se durmió a los pies de Dios, que no quiso despertarlo, pero que lo consoló poniendo de nuevo la esperanza en su espíritu. Cuando despertó, volvió a batir sus alas reconstruidas y despidiéndose, volvió a bajar a la tierra. Había que continuar luchando por la paz.


      

    

  La espectacular escultura que ilustra el texto se encuentra situada en el cementerio de Montjuic de Barcelona y está realizada por el artista Antoni Vila Palmés a principios del siglo XX, concretamente en 1908.