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domingo, 3 de agosto de 2025

EL ÚLTIMO CAFÉ

 





"La lluvia vino a poner tristeza a la tarde, que transcurría con desasosiego en las angosturas de la destemplanza, percibiendo la soledad como un grito. Nos levantamos de la mesa tras tomar nuestro último café y nos alejamos, cada uno en una dirección. Poco antes nos despedimos con un beso en la mejilla, como si nuestros labios no quisieran recordar el ardiente contacto que tan a menudo tuvieron. Un beso en la mejilla y adiós y ahí acabó todo, una historia de amor sincero, de vivir y compartir, de querer ser el uno del otro, de convertirnos con frecuencia en uno solo, de llenar nuestro tiempo de caricias y de miradas y de risas espontáneas y cómplices. La lluvia ponía en la tarde un secreto de dulce melancolía que nos dejó en el corazón una sensación agridulce. Volví la cabeza y no estabas ya y la calle se me fue haciendo gigante e interminable. Volviste la cabeza y yo ya no estaba y en tus labios se quedó prendido mi nombre, pero seguiste tu camino y yo el mío, como si nada hubiera sido o como si todo hubiera sido una ficción, una película donde los actores hubieran terminado su trabajo. Pero siempre supe que aquello fue real y cuando lo recuerdo, un ligero temblor recorre mi cuerpo y, aunque me refugio en la memoria con ansiedad, todo es inútil, lo nuestro fue un capítulo que pasó a engrosar el libro de los amores imposibles."

(Un microrrelato con una historia inspirada por una tarde de lluvia y un par de sillas vacías)







lunes, 21 de julio de 2025

EL HOMBRE DEL ABRIGO GRÍS

 





La tarde se apaga fría y desapacible, dejándose caer enrarecida, ahogada por una neblina espesa y pegajosa que se extiende con rapidez mientras me dirijo a casa. Las hojas de los árboles crujen a mi paso y bailan nerviosas, como si tuvieran vida, movidas por una brisa hostil y destemplada que envuelve la calle, la cual se va estrechando mientras en mis oídos resuena una melodía extraña, provocada por el crujido de las ramas peladas de los árboles, que se funde con el aullido de algún perro o el graznido seco de algún pájaro perdido. La lluvia no se hace esperar y aprieto el paso. Al fondo, acabo de ver a un hombre enfundado en un abrigo largo de color gris, que ha cruzado la calle rápidamente, de una forma fantasmagórica y fugaz. Ahora soy yo el que la cruza con mi paso cansado y mi figura esbelta, aunque doblegada y dolorida. Ya es de noche y atravieso las oscuridades del parque escuchando el maullido cansado de un gato y la voz grave y trapajosa de Tom, el mendigo borracho que duerme en un banco, cerca del pequeño kiosko, envuelto en cartones, intentando calentar un cuerpo y un corazón derrotados. Continúo mi travesía y me paro frente a la fuente a encender un cigarrillos. La luz del mechero me hace descubrir unos ojos que me observan desde una zona oscura a la que la débil luz de la farola apenas llega. Tiemblo y a duras penas puedo encender el cigarro, pues he visto el brillo del odio en esos ojos, tan oscuros como crispados. Comienzo a caminar deprisa y a mis pasos los persiguen otros. Esta mañana se escapó un loco de un internado psiquiátrico, un maníaco que había acabado a cuchilladas con la vida de tres personas. Siento un escalofrío que recorre mi espinazo y que me hace temblar de la cabeza a los pies. No debo dejarme llevar por el pánico, sin embargo, mi corazón late acelerado como el motor de un coche. Sigo caminando y ya no escucho los pasos que me perseguían. Doy la última calada al cigarro y salgo del parque, la niebla continúa espesa y fría, vuelvo la cabeza y veo cerca de la puerta al hombre con el abrigo largo gris, cuchillo en mano, y a otro que se desploma sobre las baldosas frías y mojadas de la acera. Después, el hombre del abrigo gris se transforma en una sombra que se funde tras el tronco de un árbol. Echo a correr y ya no vuelvo la cabeza atrás. Son las diez de la noche y ya he llegado a casa. No me apetece cenar, solo dormir. Estoy muy cansado y muy lejos de mí mismo. Me refugio bajo las mantas y me doblego al cansancio y a la realidad que, una vez más, vence a los sueños. Escucho la lluvia y su runrún y me sumerjo en un sopor confuso e inquieto, atenazado por completo por la desazón y el miedo.

( Pasada la medianoche, un microrrelato que se debate entre lo real y lo irreal, en una tarde noche de invierno, donde las sombras son las auténticas protagonistas)








martes, 24 de diciembre de 2024

LA SOLEDAD

 




"La soledad lo habitaba desde hacía mucho tiempo. Lejos de su mujer y de sus hijos, se dedicaba a vagar por la ciudad, encendiendo un cigarrillo con otro. Sus pasos, antes firmes y decididos, hoy se mostraban cansados, arrastrando a veces los pies por el asfalto de las calles de una urbe, cuyos bloques de cemento contribuían a su aislamiento. Sus noches y sus días se fueron llenando de historias unidas a la desgana y a la apatía, y sus pupilas caían a veces en el vacío de las de un loco que en otro tiempo cuerdo, lo había perdido todo. La soledad lo aprisionó y lo dejó a merced de nadie, o lo que es peor, a merced de una brisa que lo empañaba todo de silencio y que solo le permitía escuchar a veces el sonido de la lluvia, que calaba en lo más profundo de su alma. Ahora llovía y los gritos de la gente llamando a los taxis lo despertaron de su letargo y deprisa, se cobijó bajo una cornisa y allí esperó y esperó. Pasaron días y noches hasta que una tarde, un leve rayo de sol iluminó su rostro y aquella caricia le hizo reaccionar, y, sentado, calado el sombrero hasta los ojos, encendió el último de sus cigarrillos, se levantó y empezó a caminar. Y caminó hasta llegar a un espacio abierto, donde se sintió menos solo. Allí, al menos tenía a las nubes y a los árboles, que bailaban ante el sonido del viento. A lo lejos se oía correr el agua de un riachuelo y hacia él se dirigió y cuando llegó, se tumbó muy cerca del agua y se adormeció con su rumor, mientras los pájaros volaban a su alrededor alegres y bulliciosos, como presagio de su nuevo destino un destino apacible y sereno, donde comenzar una nueva vida."

      Esta noche es Nochebuena y he escrito este pequeño relato esperando que nadie se sienta tan solo como su anónimo protagonista, porque, a fin de cuentas, nadie está solo del todo, solo hay que mirar bien a nuestro alrededor para encontrar todo aquello que nos gusta, la música, una película, un cuadro, un buen libro que nos haga soñar o el recuerdo de los que quisimos y querremos siempre. Entonces nos daremos cuenta de lo bella que es la vida y de que siempre habrá un cálido sol de atardecer aguardándonos. Felices Navidades a todos.

     La obra que ilustra el relato es del pintor Edward Hooper, y se titula, como no podía ser de otra manera, "La soledad".






viernes, 4 de octubre de 2024

LA LLUVIA, EL MAR Y LA TRISTEZA

 





Bajo el tintineo incesante de la lluvia no notaba el sonido latente de su corazón, aunque el corazón de Jaime latía pavoroso, temblándole en el pecho como una tórtola herida, cuando caminaba bajo el paraguas por el boulevard. Acababa de enterrar a su hijo y acababa de dejar a Martina, su mujer, deshecha en llanto y destrozada, en los brazos de su suegro, que le brindaban poco menos que inútilmente, consuelo y protección. Hacía dos meses que se habían separado y aún estaban viviendo ambos el duelo del fracaso, cuando el destino les golpeó de la manera más cruel, dejándolos sin un sendero firme por el que caminar dentro de la cordura. El nicho del pequeño estaba cubierto de flores y el agua, incesante e insistente, mojaba los pétalos de las rosas, escurriéndose hasta caer al suelo, como un río de lágrimas. A él ya no le quedaban, y, tras besar a la que hasta hace poco fue su mujer, se marchó caminando como una sombra, acongojado por la tristeza, pisando los charcos y riachuelos que bordeaban las aceras y dirigiéndose hacia el mar. El mar siempre le ofreció paz y sosiego. Ahora llovía con fuerza y aquel hombre destruido, apartaba el paraguas de su cuerpo y dejaba que el agua lo empapara y aún así, no sentía el frío que, con saña calaba sus huesos. En realidad, no notaba ni sentía nada, salvo una ira descomunal contra sí mismo. Ya estaba cerca de la playa y el mar rugía sin cesar embravecido, entonces, Jaime se paró un minuto y respiró profundamente, como si quisiera liberarse del dolor que lo atenazaba. Recordó el cementerio, los llantos inconsolables de Martina, aferrada a la ropa del niño, rota y con el corazón fragmentado en pequeños cristales que le hacían gritar, los murmullos y las lágrimas de los asistentes al funeral, las rosas blancas que cubrían el féretro y un inmenso cielo gris que lo cubría todo, como un manto de dolor. Llovía y llovía y ya en la playa, Jaime, mientras se internaba en el mar, volvió a escuchar la risa y la voz alegre de su hijo y pensó que volvería a estar junto a él. Solo tenía que dejarse llevar por el vaivén de las olas y estaría de nuevo abrazándolo. Al día siguiente paró de llover, y un barco de pescadores trajo a tierra el cuerpo sin vida de Jaime que un día después, al atardecer, fue enterrado junto al de su pequeño, entre la impotencia, la pena y la desolación de todos aquellos que asistieron al sepelio.

      Hoy os dejo un microrrelato con una historia de ficción inspirada en esta fotografía, donde el agua de lluvia preludia la tristeza. Nada que ver con nuestra realidad, que la tristeza y la desesperanza la provoca la falta de lluvia. Esperemos que por fin llueva y que este sea un otoño donde el agua vuelva a ser la protagonista. Feliz fin de semana.






domingo, 10 de marzo de 2024

ENCUENTRO

 




"Nuestro encuentro fue acogedor y cálido en una fría noche invernal, donde la ciudad languidecía antes de dormirse. Se apagaban las luces poco a poco y las familias se refugiaban en sus sueños de la rutina de los días. Ella me esperaba bajo un paraguas gris, soportando un vientecillo gélido que llevaba y traía millones de diminutos copos de nieve que chocaban y jaspeaban su humilde vestido. Yo llegué aterido, con una simple chaqueta de cretona y una vieja bufanda que apenas me daba calor, mientras mis manos se resquebrajaban por el frío bajo mis gastados guantes. La miré y me sonrió y comprendí que era a ella a quién había estado esperando toda mi vida, pues sus ojos oscuros me daban permiso para decirle con los míos que en otra vida fue mía. Apreté su mano y noté como un suave calor recorría mi cuerpo y, del brazo, cruzamos la blanca calle bajo la mirada del farolero, que a punto estaba de apagar el último farol, pero, antes de que esto sucediera, nos besamos en los labios dulcemente y nos adentramos en el pequeño hotel donde yo había pagado con mis últimas monedas, una habitación. La noche se fue dulcificando y, con ella desnuda a mi lado, me creí poco menos que un rey y ella, cuyo cuerpo nacarado bailaba sensual bajo las sábanas, repetía una y otra vez lo mucho que me quería. Yo la sentía entre mis brazos y notaba como su piel se introducía en la mía de una forma natural, siendo una prolongación la una de la otra. Después del amor, vino el silencio y el viento, que volvía a levantarse, nos recordó que afuera hacía frío y que adentro, todo era tan agradable como imposible. Nos dijimos adiós antes de que amaneciera. En el cielo no había nubes y las estrellas se habían apoderado de él, abigarrando su inmensidad con su luminoso e incandescente brillo. Volví al hogar y una mujer me llamó con aspereza, una mujer extraña a la que después de catorce años de matrimonio, no conocía. Entonces pensé en ella, en mi adorada, tan lejana e inalcanzable como una estrella de mar, perdida entre las algas de un mar inmenso, tan inmenso y enorme, que siempre supe que algún día, la volvería a encontrar."





domingo, 25 de febrero de 2024

LA ACTRIZ

 




     La noche se cernía sobre la ciudad desapaciblemente invernal. La lluvia no cesaba en su empeño formando riachuelos en los bordes de las aceras y aturdiendo las calles con un tintineo persistente que se agudizaba bajo el paraguas. A Ángela le gustaba la lluvia y, enfundada en su gabardina, recorría la Quinta Avenida inmersa en la ilusión de sus aspiraciones. Quería ser actriz de teatro y abarrotar los escenarios de gente y conmoverlos con su arte. Para eso había venido a Nueva York. Aquella noche se sentía libre bajo aquel paraguas negro manchado de rojo, aunque eran muchas las noches en las que se sentía a la deriva, como una estrella de mar zarandeada por sus aguas. Aunque lo pareciera, ella no era de roca, era de arena y, a veces, se sentía diluir entre las esquinas de aquella ciudad enorme y bulliciosa. De día, trabajaba en una biblioteca, Shakespeare y Tennesse Williams eran sus autores de cabecera. Tan distintos y tan emocionantes. Sus noches pertenecían al teatro. Caminaba despacio, sin importarle lo desapacible de la noche, mientras las luces de la ciudad la acompañaban en un baile teatral de múltiples colores. 

    Lo había dejado tendido en la cama, después de dispararle tres veces en el pecho. No era nadie, solo un hombre que se equivocó de habitación y se encontró con la maléfica dulzura de Ángela, solo un amante infortunado que quiso probar el amargor nacarado de su cuerpo, pero que descendió a los infiernos, envuelto entre las sábanas de seda de Ángela, que ya había encontrado inspiración para su próximo personaje, una mujer ambiciosa, una dama vestida de negro que conocía el color de la sangre y la emoción enajenante de matar. Sería su primer gran éxito.






domingo, 23 de mayo de 2021

RETAZOS DE TERROR

 


      El terror es algo que, de algún modo, siempre nos ha fascinado. Ya sea en la literatura o en el cine, cuando disfrutamos de una obra de este género, no podemos salir de ella, nos atrapa, nos desasosiega, nos intriga, trasladándonos a veces a situaciones inverosímiles, transmitiéndonos a su vez esa duda que nos incita al miedo: "¿Y si fuera posible?". Cuando en nuestra imaginación, la fantasía tiene visos de convertirse en realidad, es entonces cuando el terror se hace presente y nos sacude de pies a cabeza. Naturalmente, no todo el mundo tiene la capacidad de llevarnos a ese paroxismo, solo los grandes escritores y los grandes autores en el cine lo consiguen y, si lo hacen, no dudamos en dejarnos arrastrar por esa facultad de hacernos disfrutar con el miedo, con ese terror que nos llega con la sutileza del árbol que golpea con sus ramas los cristales de nuestra habitación en una noche de oscuridad y de lluvia y es entonces, cuando a solas en nuestra cama, nos aferramos a los sueños con el fin de escapar de las pesadillas. Y al despertar, un nuevo día nos dice que todo ha pasado, mientras en nuestra mesita, observamos con inquietud y admiración los libros de M.R. James, de Lovecraft, o de E.F. Benson, los causantes de tan buenos malos ratos y nos ponemos ya a dilucidar cual será el nuevo autor que desvele nuestros sueños. En esta entrada, acompañada de terroríficas imágenes quiero rendir un homenaje, como siempre, a estos grandes maestros, así como a esos grandes directores de cine que trasladaron el terror a la pantalla de forma magistral: James Whale (Frankenstein, 1931), Francis Ford Coppola, en su magnífica recreación de Drácula (1992) y tantos y tantos otros... Espero que disfrutéis de estos microrrelatos, de estos retazos tétricos, muy  cortos, pero intensos, donde el terror se presenta para hacernos creer en su existencia.




      "Los girasoles duermen el sueño de los muertos y solo despiertan cuando, asediados por el espejo, sonríen de tristeza. Deshojados en sus pútridas hojas, nos desvelan la desesperanza de una vida anodina presidida por una única certeza: nada perdura en ella. Los girasoles lo saben y lo comunican cuando, a través de los sueños, nos llaman en silencio abriendo las puertas al frío de la eternidad, y cuando las cruzamos, descubrimos que nos hemos perdido en un bosque infinito con una única salida, pero para llegar a ella, debemos dejar nuestro corazón a la sombra que prodigan los girasoles. Ellos se encargarán de todo." 





      "Iniciado el baile, ella se agarró de su mano y dando vueltas al ritmo de un viejo vals, perdió la consciencia, mientras su amado la hacía girar sobre sus tacones en una danza de deseos insomnes que la llevaron a un lugar situado más allá de la locura. Y fue allí, donde sintió su beso gélido y desapasionado, y de donde jamás regresó."





      " Sus lamidos pies resbalaban a veces en los cráneos pelados y escurridizos, otras, hacían crujir los huesos en un ruido hueco y sordo. Y cuando rezaba, en su oración de pesar había un tintineo mudo de susurros. Él había llegado al otro mundo, ese mundo desconocido que está al otro lado. Por fin, reconoció la calavera de su hermano, con aquel clavo incrustado en el cráneo, la boca abierta sin algunas piezas dentales y las cavidades de sus ojos destrozadas. Entonces se despojó de la capucha, y su cabeza cayó y fue rodando hasta colisionar con la de su hermano, al que había asesinado tres siglos antes llevado por la envidia. Los cráneos chocaron en una carambola siniestra, y en aquel bosque oscuro sembrado de muerte, se produjo el reencuentro, mientras a lo lejos, un monje sin cabeza se perdía en los oscuros abismos del miedo."







sábado, 13 de junio de 2020

NO ERA NADIE







      El brillo surgió de las entrañas más oscuras del bosque y, tras él, una mano rugosa empuñaba el filo cortante que en apenas unos minutos segó su vida. La escarcha caía sobre su cuerpo, mientras se desangraba sobre la tétrica alfombra que componían las hojas de los árboles, los cuales, despojados de ellas, daban oscuras y afiladas sombras a la muerte con sus ramas heladas y retorcidas en aquellos parajes lejanos y fríos. Cuando encontraron su cuerpo, nadie la reconoció y en el depósito de cadáveres, nadie la reclamó. Y es que hay seres, cuyo destino va más allá de la crueldad, porque pasan por la vida dando bandazos de un lugar a otro, sin conocer el calor de unos brazos, ni la mirada cómplice del amor. A ella la mataron por no ser nadie, porque a nadie interesaba su existencia y porque el mundo, se encuentra cada vez más alejado de la humanidad y de la compasión.







domingo, 16 de junio de 2019

LA PLAZA








      El viento corría y atravesaba los soportales de la plaza de Valdepeñas mientras los gorriones, confiados, buscaban entre la gente (que en animada conversación tomaban la cerveza del mediodía) alguna miga de pan perdida en el suelo que les sirviera de alimento y así, el viento, cada vez más dulcificado, ofrecía sosiego al calor y movía los árboles como quien baila. Era junio y acaecía la tarde.











viernes, 5 de abril de 2019

DE REFILÓN













      Después de algunos años viéndose de refilón, aquella tarde se volvió a ver naufragando en las profundidades de sus ojos.            









viernes, 15 de junio de 2018

MALASOMBRA







Inquieto, se despertó con incertidumbre y con la angustia de no saber discernir el sueño de la realidad. Eran las cuatro de la madrugada y había sentido sobre su rostro algo viscoso que lo hizo estremecer. Sus manos temblaban y su boca estaba seca. Se levantó medio a oscuras y se dirigió hacia la cocina buscando agua y en este desasosiego, percibió su propia sombra, sólo que no se ajustaba a él. La sombra permanecía erguida frente a sí mismo mientras llenaba el vaso de agua, en una posición que recordaba la de un muerto en un ataúd. LLenó el vaso y notó como su cuerpo era como de papel celofán, que se estremecía al más mínimo ataque de una corriente de aire. Bebió dos tragos, y dejó caer el vaso sobre la mesa, y, de repente, volvió a notar aquella sensación espeluznante, solo que más fría y pegajosa. Era como un sudor que chorreaba desde su descolorida y desencajada cara y que se perdía por debajo de su pijama de rayas, hasta envolverlo por entero. No quiso dar la luz, y buscó refugio en la cama. Estaba aterrado, mientras su sombra permanecía frente a él severamente rígida. Se recogió como pudo entre las sábanas, cuya frágil protección le daba una tranquilidad incierta, pues en su interior, sabía que algo iba a suceder. Se volvió un instante y vio que su sombra ya no estaba, que había desaparecido. Inclinó la cabeza sobre la almohada y respiró aliviado. Había sido una pesadilla. Al día siguiente, por la tarde, se celebró su propio funeral y dentro de su ataúd volvió a sentir aquella viscosidad que esta vez lo inmovilizaba por entero. No pudo gritar ni moverse cuando escuchó caer sobre sí el ruido de la primera palada de tierra.