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viernes, 10 de agosto de 2018

VIAJE A SANTA MÓNICA







Siempre me han gustado las estaciones de tren porque en ellas la vida fluye de manera organizada y anárquica al mismo tiempo y las emociones más diversas salen a flote en un marasmo de idas y venidas, de abrazos y de besos, de miradas perdidas y encontradas, de silencios rotos por el llanto o la risa. Así, en este goteo de sentimientos, las estaciones son testigos de la alegría de los reencuentros, de la tristeza de las despedidas, de manos que se estrechan, de labios que acarician la mejilla del otro, de lágrimas que se deslizan por esa misma mejilla, de amores lícitos y de amores prohibidos, de amistades entrañables y de acontecimientos que llegan a quitarte el sueño. El que voy a narrar me sucedió hace muchos años, en el otoño de 1964...
      Me dirigía de Nueva York a Santa Mónica con la intención de realizar un reportaje especial para una estrella cinematográfica muy en boga. Serían como las cuatro y media de la madrugada y mi tren, salía sobre las cinco y cuarto. Hacía frío y en aquella gran estación no había mucha gente y los espacios se abrían entre los viajeros como lagunas iluminadas por aquellos enormes focos que la dotaban de luz y de misterio. Precavido, había llegado con antelación a la terminal y tras encender un cigarrillo, me senté en uno de aquellos larguiruchos bancos desde donde la vi. Estaba de pie al fondo, llevaba un abrigo largo blanco y debajo una blusa gris con tonalidades que vistas desde donde yo me encontraba, azuleaban. Un pañuelo trataba de cubrir la oscuridad de su pelo que, sin embargo, escapaba rebelde a la obligada discreción que trataba de proporcionarle la susodicha prenda. Por último, los elegantes pantalones se adherían a sus piernas dejando entrever la esbeltez de las mismas, las cuales se movían inquietas sobre unos distinguidos tacones, que elevaban a aquella enigmática figura por encima de lo terrenal y que llamó poderosamente  mi atención. A mí, que a mis cincuenta y un años creía estar a vueltas de todo, un atisbo de inquietud y de emoción empezó a brotar en mi interior. Una sensación que no había sentido desde los treinta años, y que suscitaba en mí un interés especial por aquella mujer, que aburrida y quizás algo cansada, se recostaba contra la pared y bostezaba entre la sombra y la luz que habitaban en el rincón donde se hallaba. No pude más, me acerqué y torpemente le ofrecí un cigarrillo con el fin de iniciar una conversación. Me miró y lo rechazó, sustituyéndolo por un chicle que acababa de sacar de su pequeño bolso. No llevaba maquillaje y así mismo, desprendía la luminosidad de las estrellas. Me sonrió y me preguntó a donde me dirigía. "A Santa Mónica", respondí "¿y usted"?, pregunté. "yo también", me contestó. Me contó que se iba unos días a ver a su hermana, la cual vivía allí. "¿Y el equipaje?", pregunté, quizá de forma indiscreta. "Llevo en mí todo cuanto preciso, no necesito más". Y así subimos al tren que acababa de parar unos metros por delante de nosotros y en silencio ocupamos nuestros asientos, uno al lado del otro, y cuando su mano, casi sin querer rozó la mía comencé a temblar.
      Habíamos salido ya de Nueva York cuando ella volvió a dirigirse a mí. Comenzaba a amanecer y comentó lo hermosa que era la vida, que deberíamos nutrirnos de los colores y sensaciones que nos proporciona antes de que nos llegue la hora de partir. Yo solo contesté tímidamente: "Así es", y volvió el silencio durante unos minutos. Sonrió de una forma acogedora y dulce antes de preguntarme si tenía familia. Le dije que no, que era soltero, y que mis padres habían fallecido hacía unos años. Le pregunté a qué se dedicaba y ella contestó: "Formo parte del universo y del caos, de la oscuridad y de la luz, del todo y de la nada". Cuando miré dentro de la dulzura que emanaba de sus ojos, intenté desentrañar su misterio, más no me fue posible, porque era indescifrable. Sin embargo, mirar a aquella extraña mujer, me producía inquietud y paz al mismo tiempo, y una extrema fascinación. Le conté que era periodista y que había quedado en Santa Mónica con una gran estrella de cine para realizar un reportaje. Ella, sin parar de sonreír, me comentó que en una época había sido tan famosa como una de esas luminarias a las que iba a entrevistar y que su vida hasta alcanzar la luz, se había debatido en un mar de claridades y de sombras de las que fue prisionera durante mucho tiempo, pero que ahora era libre y se sentía tan liviana como la brisa de un atardecer de primavera. Liviana y transparente, y tan extraña como casi irreal, así la percibía yo mientras encendía mi enésimo cigarrillo y repasaba en mi libreta las preguntas que componían la entrevista que a mediodía habría de realizar a Richard Burton, el cual, acababa de finalizar el rodaje de "La noche de la Iguana", de John Huston y que había estrenado hacía unos meses "Becket, donde realizaba una gran interpretación. En esto estaba cuando su voz de miel me interrumpió para decirme que cuando era tan famosa, ella había dejado una entrevista pendiente entre las cuatro paredes que conformaban este mundo y que había vuelto para zanjarla. De pronto, algo en mi interior dio un vuelco y sentí como se me erizaba el vello y los nervios se me desataban sin control. La libreta cayó de mis manos al suelo al mismo tiempo que giré rápidamente la cabeza a mi izquierda, pero ya no había nadie a mi lado. Mientras trataba de hacerme de mí mismo, noté el roce de unos labios que depositaron un beso en mi pálida mejilla y que, lejos de asustarme provocaron en mi cierta calma y seguridad. Recogí la libreta y al mismo tiempo descubrí en el asiento de al lado un pañuelo y una peluca negra mientras que un sutil y apacible aroma a Chanel nº 5 comenzaba a fluir de aquel rincón, a la vez que se alejaba por el pasillo del tren, dejando en mi un sentimiento de satisfacción y a la vez de tristeza. La entrevista de la que aquella subyugante pasajera hablaba era una que yo había concertado para octubre de 1962 con una de las máximas estrellas femeninas del panorama cinematográfico: Marilyn Monroe, una entrevista que nunca pudo realizarse porque en el mes de agosto, el día cinco para ser exactos, aparecía muerta en su casa de Los Ángeles entre las más diversas especulaciones. Conmocionado, guardé la libreta en mi maletín. No necesitaba repasar más la entrevista a Richard Burton porque tenía la seguridad de que todo saldría bien. Me lo decía mi corazón que aún temblaba como una hoja ante el suceso acontecido, pero que se iba tranquilizando a medida que nos íbamos acercando a Santa Mónica. En mi memoria queda este hecho extraordinario, y he querido contarlo tal y como ocurrió. ¿Realidad o ficción? se preguntarán los amables lectores. Solo puedo decir que si fue un sueño, no pudo ser más real y que la realidad a veces llama más a engaño que los sueños, y en ese viaje a Santa Mónica, Marilyn me concedió su última entrevista.
      Me llamo Johnny Miller, soy periodista y siempre me han gustado las estaciones de tren...












viernes, 20 de julio de 2018

FRENTE A FRENTE + LA ESPERA INTERIOR




FRENTE A FRENTE







      No la imaginaba tan cercana y estaba a su lado. Desde hacía tiempo Ella la venía observando y esperaba el momento idóneo para hacer las presentaciones pertinentes. Su vida se había transformado últimamente en un sin sentido, pero pese a ello, nunca se le había pasado por la cabeza dar el paso. Tenía todavía una vida por delante, una profesión y buenos amigos. Pero su presencia aquí había llegado a su fin. Todavía no lo sabía, pero Ella le acompañaba ya en su vagar por los recovecos de sus días. Se acabó todo cuando aquella noche, durante uno de sus paseos por los alrededores de su casa de campo, se topó con Ella frente a frente. Notó la caricia gélida de quién sabe del frío, la aspereza de quién camina por la rudeza del mundo y el aliento fétido de quién día a día busca la vida de la cual nutrirse. Sin embargo, esa noche, cuando todas esas sensaciones embriagaban su cuerpo, se vio entregando sus manos a las de Ella, y con su cara pegada a la suya, pronunció el que sería su último pensamiento: "Estoy en paz y soy libre".



LA ESPERA INTERIOR





     
 Ella se reclina delicadamente sobre el espaldar de algún sillón donde cientos de veces, estuvo sentado su amado. Mira al retratista, con una mirada invadida por la nostalgia y la fe. Quiere y espera secretamente en su interior que aquel que partió en busca de fortuna y aventuras, regrese en pos de un amor interrumpido por el ímpetu y la pasión de la juventud. "¿Volverá?", se pregunta cuando una fina lluvia tintinea sobre los cristales de la ventana. Pero solo el silencio responde a su pregunta. Y las gotas de lluvia afuera, siguen empapando las madreselvas y los jazmines, cuyos olores, sin embargo, hacen presagiar el regreso del amor de su vida. Este morirá en los albores del amanecer, cuando los brazos de su enamorada lo aprisionen entre la dulzura y la pasión. El amor exige ese sacrificio.








viernes, 13 de julio de 2018

LA MUERTE ESTÁ LLAMANDO







      Temblando, metida en aquella vieja nevera de madera, sus ojos, exageradamente abiertos por el pánico, no se acostumbraban a la oscuridad extrema en la que se hallaba. Con la barbilla en las rodillas, los brazos rodeando sus piernas y la espalda inclinada hacia adelante, la muchacha recogía su cuerpo encogida por el miedo. A duras penas podía respirar y cuando lo hacía, sus jadeos, cada vez más apagados, recordaban los de un perro que, moribundo, tratara de aferrarse a la vida. A su alrededor, entre el silencio de aquella habitación subterránea surgían de cuando en cuando unos extraños sonidos, parecidos a los que provoca la sirena de un viejo barco a punto de naufragar. De cómo había llegado a esta situación, ni lo recordaba. En su mente solo habitaba el terror y la primera imagen que obtenía si lo intentaba, era la mano de un viejo llamador, cuyo sonido le abrió la puerta a un submundo de pesadilla en el que se había visto sumida en una tarde de agobios y de calor intenso.
      Alda había llegado junto a su novio a aquel caserón deshabitado tras caminar durante horas, después de haberse perdido en las profundidades del bosque que formaba parte de aquella montaña. Cansados, pero sin perder el ánimo, se situaron frente a la puerta. El aspecto de terrible abandono de aquella mansión, no les amedrentó y a sabiendas de que en la casa no había nadie, comenzaron a llamar con fuerza empuñando la mano representada en el aldabón. La puerta se abrió con un leve empujón y entre risas y alguna broma, entraron. Nada más recalar en el vestíbulo, recibieron una bofetada de aire fresco que les alivió un poco del calor, pero con el frescor también les llegó un fuerte olor a putrefacción, como a carne corrompida, que inmediatamente les impuso unas terribles ganas de vomitar. Cuando se dieron la vuelta para salir a respirar aire puro, la puerta por la que habían entrado estaba cerrada a cal y canto y por mucho que Axel forcejeó con ella, fue imposible volver a ver los azulados colores que dominaban aquella calurosa tarde. Sobresaltados, comenzaron a buscar algún punto por el cual intentar abandonar aquel lugar que comenzaba a asustarlos.
     Construida a principios del siglo XX, la casa tenía una insólita estructura. Era como un bunker de laberínticas formas, cuyas desordenadas habitaciones se distribuían a un lado y a otro de un estrechísimo pasillo. No había puertas, pues parecía que habían sido arrancadas, salvo una pequeña y extraña en el suelo, en un rincón de lo que parecía haber sido un dormitorio. Recorrieron todas las estancias buscando algún agujero por el que poder escapar de aquella vieja casa, sin encontrar nada que pudiera facilitarles la salida. Los enrejados ventanales estaban tan encajados que era imposible su apertura, el aire se volvía cada vez más denso, y la desesperación comenzó a habitar en ellos. Inquietos y angustiados, se sentaron en uno de aquellos cuartos invadidos por el abandono y la carcoma y cuyos muebles, tan podridos como el alma de Belcebú, conformaban un ballet que parecía que iba a adquirir movimiento de un momento a otro en un baile esperpéntico y siniestro. La frescura del lugar se iba poco a poco convirtiendo en frío y sus organismos no se acostumbraban al fuerte olor a podredumbre que desprendía la casa, que como una nebulosa los cercaba. De repente, llamaron a la puerta, y fue en estos momentos cuando el pánico acabó por gobernar el espíritu de Alda, la cual, gritando se echó en los brazos de su novio, que intentó nerviosamente tranquilizarla. Axel, dejando a un lado a la muchacha, se armó de valor y salió al ajustado pasillo. Volvieron a golpear la puerta y en ese mismo instante, la casa se llenó de unos horribles sonidos que como inverosímiles bramidos de animales heridos llenaron el viejo caserón. Axel comprobó entonces espantado como el pasadizo donde se encontraba se movía de un lado para otro con tal violencia que lo zarandeaba y lo golpeaba contra las paredes como si fuera un monigote de trapo. Comenzó a gritar llamando a su novia cuando aquellos sonidos de otro mundo se acentuaron y como un ciclón, aquella fuerza infernal que lo estremecía lo condujo a empellones hacia el vestíbulo, estampándolo contra una de sus paredes con tan mala fortuna, que el gancho afilado de una percha le atravesó el cuello muriendo casi en el acto. Su cuerpo se balanceaba todavía cuando se oyeron de nuevo los golpes en la puerta, unos golpes que sin duda, llamaban a muerte. Después, el silencio.
      Alda buscaba a Axel de habitación en habitación, lo llamaba con una voz que no era suya, una voz que pertenecía ya al dolor que provoca la incertidumbre y el horror, así como al terrible presentimiento de haber perdido a alguien muy querido. Al no encontrarlo, se dirigió hacia la puerta y atravesó el vestíbulo y cuando halló al desgraciado muchacho no pudo ni gritar y mientras huía, aquellas voces y ruidos se enredaban en su cabeza como una red de pescar, aprisionando la poca cordura que le quedaba y arrastrando a la joven casi hasta la demencia. Corrió por toda la casa y en su huida tropezó y cayó, yendo a parar cerca de la pequeña puerta que había en el rincón de aquel dormitorio. Sin dudarlo la abrió y descendió por unas escaleras de madera entre oscuridad y telarañas. Las voces se alzaban como silbatos a  su alrededor y en su afán de librarse de ellas, se introdujo en una vieja nevera de madera. Y allí permaneció sin más compaña que los cadáveres viscosos y en descomposición de algunos incautos, que como ella y Axel, habían osado llamar a aquella puerta. Todo temblaba al compás de su cuerpo, cuando de repente, las voces y los ruidos se apagaron y empezó a oír pasos que iban de acá para allá, y voces inteligibles que iban en busca de algo. Oyó como alguien levantaba la trampilla que la condujo a aquel sótano infecto y como bajaba las escaleras. El corazón le estallaba cuando de repente, se hizo la luz. Levantó la mirada y frotándose los ojos, acertó a ver a un policía que la llamaba por su nombre y que le tendía la mano. No podía hablar ni reaccionar, tal era su estado, de manera que... hubo de ser sacada de aquel zulo de muerte entre dos policías, que la condujeron casi en volandas hasta la ambulancia que la trasladaría al hospital. Volvieron a sonar las sirenas y Alda, aferrada con todas sus fuerzas a una enfermera, empezó a musitar palabras inconexas y sin sentido que la llevaron irremisiblemente a la enajenación. Nunca volvió a ser la misma y fue internada en un psiquiátrico hasta que falleció a los 39 años.

EPÍLOGO
      En 1920, la primera familia que habitó la casa falleció por la ingesta de setas venenosas recogidas en el bosque cercano.
      En 1952, un matrimonio que adquirió la casa murió a causa de un accidente, cuando regresaban del pueblo de visitar a unos parientes.
      En 1965, los nuevos propietarios perecieron ahogados en el lago próximo a la vivienda. Fallecieron  cinco personas.
      En 1990, unos excursionistas fueron asesinados por un perturbado cuando se refugiaban de una tormenta en la vieja mansión, ya abandonada, y sus cadáveres acabaron dentro de una vieja nevera de madera.
      En 1991, un joven de nombre Axel apareció muerto colgado del gancho de una percha en el vestíbulo de la casa y Alda, su pareja, perdió la razón y nunca más la recobró.
      En 2018, la casa sigue abandonada y no ha vuelto a tener inquilinos, aunque los vecinos del pueblo cuentan que de vez en  cuando, se deja ver una figura fantasmal que pasea de un ventanal a otro  en actitud vigilante. Y es que en realidad, la verdadera dueña de la casa es la Muerte, que supervisa cada cierto tiempo, que nadie profane sus dominios.







viernes, 22 de junio de 2018

EL FANTASMA DE LA TORRE DE LA IGLESIA







      Algunas veces las campanas de la iglesia sonaban solas, y a la vez, inexplicablemente el aire se tornaba gélido y se precipitaba a bocanadas por los recovecos de las callejuelas que se desparramaban en torno a ella. En invierno, las gentes cerraban sus puertas a una hora temprana y el pueblo quedaba desierto, abandonado a su suerte y ni una voz humana rompía el silencio que lo envolvía. En ocasiones, la fría brisa penetraba entre las rendijas de las puertas de los vecinos, arrastrando con ella un intenso olor a azufre y a cicuta quemada que los ahogaba y los hacía enfermar, llegando a provocar la muerte de algunos de ellos. Así transcurrían los días en aquel pueblo sin ángel de la guarda, desolado por el miedo y la incertidumbre ante algo que, como una plaga de Egipto, se cernía inexplicablemente sobre las vidas de los habitantes de Monteperdido, que así se llamaba el pueblo.
      Rodeado por una cadena de montañas cuya situación formaba una rara figura oval, Monteperdido era casi inexpugnable. Sus habitantes, encajados en aquel lugar, no sabían de otro y sin pereza llevaban diariamente a rajatabla las leyes de la lucha por la supervivencia. Pero hacía tiempo que todo había cambiado, y a sus ásperas condiciones de vida, basada en precarios cultivos de muy diversa índole, había que añadir desde hacía unos años el desasosiego de lo inexplicable y el terror y el vértigo que infunde lo desconocido.
      Juan formaba parte de la familia de campaneros que a través de generaciones se había ocupado de la torre de la iglesia y del cuidado de sus campanas, aquellas que en otro tiempo repicaban para alegría o para tristeza de sus vecinos, según hubiera bautizo o funeral, y su labor la realizaba de manera concienzuda. Pero de un tiempo a esta parte y pese a los cuidados extremos que prodigaba a las campanas, Juan notaba  como el sonido de las mismas se iba transformando poco a poco y como los repiques se iban tiñendo de plomo, dejando en la lejanía un eco de tonos cada vez más grises y luctuosos. Daba igual que hubiera muerte o nacimiento. Parecía que las campanas no le quisieran obedecer y que cuando colgado de la soga que les daba vida las agitaba una y otra vez, en su latido iban componiendo, muy a su pesar, una melodía que podría ser perfectamente una marcha fúnebre.
      Era la tarde más fría de aquel mes de enero cuando aquel hombre joven, de aspecto algo taciturno, se encontraba entre las cuatro paredes del campanario. Estaba solo, como de costumbre, con la única compañía del ronco gemir del viento y de los crujidos secos que salían del corazón del viejo roble, un árbol centenario  
que se encontraba a pocos metros de la iglesia, y cuyas ramas, movidas por ráfagas de aire helado se extendían como garras descarnadas, llegando casi a rozar el tejado de la iglesia. Empezaba a oscurecer y muerto de frío, decidió el campanero dar por finalizada su labor y regresar a su casa. Apenas quedaba luz y las campanas estaban ya preparadas para el día siguiente, en el que se iba a celebrar una misa por el alma de Josefa, la vinatera, fallecida hacía dos semanas de manera fortuita, de la misma forma que había fallecido hace unos meses don Arturo, el viejo loco, cuyas desvencijadas puertas no pudieron impedir la entrada en su casa de aquel viento maligno, que la inundó de frío y anegó de azufre sus pulmones.
      Se dio la vuelta con el fin de dirigirse hacia la puerta que iba a parar a una angosta y empinada escalera que lo conduciría a la calle, mientras el frío se filtraba a través de sus ropas y le calaba hasta los huesos, llegando a rozar, y así lo sintió él, las profundidades de su alma. De repente, creyó ver una huesuda y terrorífica mano en la negrura que ya empezaba a dominar el edificio y que desapareció rápidamente, y tan deprisa lo hizo, que no consiguió ubicarla dentro de la realidad. Sintió desasosiego y al frío que lo recorría por entero se añadió una sensación de pánico que se hizo presente en su cuerpo a través de miles de pequeñas gotas de sudor.
      Por fin, bajó aquellas escaleras que tantas veces había recorrido en paz y se lanzó a la calle echándose a correr en dirección a su humilde casa, donde le esperaba Berta, su mujer, y sus dos hijos, Joaquín y Damián, que cuando lo vieron llegar descompuesto, le ofrecieron el calor que tanto necesitaba en los albores de aquella espantosa noche.
      Por supuesto, no les contó lo que había visto, él mismo no estaba seguro de si había sido real, por lo tanto, nada había que decir. Sin embargo, la inquietud y el miedo se habían instalado ya en lo largo y ancho de su espíritu al que empezaban a socavar. Tras una exigua cena y después de acostar a los niños, se fueron a dormir, y una vez en la cama y con su esposa al lado, Juan se sintió seguro abrazado al cuerpo de ella, que se amoldaba implacablemente al suyo y que despedía toda la ternura y la calma que necesitaba en esos momentos. Y así , en ese abrazo reparador pasó la mayor parte de la noche, hasta que por fin se durmió cuando las primeras luces del alba penetraron por las rendijas de la vieja ventana y su mujer, se levantaba dispuesta a iniciar un duro día de trabajo.
      En Monteperdido, los días se hacían tan largos que parecían semanas y las noches tan cortas eran, que apenas concedían a los habitantes la pequeña dicha del descanso. Las campanas volvieron a sonar aquel miércoles llamando a los vecinos a celebrar la misa por el descanso del alma de la vinatera, fallecida hacía catorce días tras la llegada de aquel virus infernal que de cuando en cuando se abatía sobre el pueblo. Juan subió a la torre y las campanas sucumbieron a un eco que parecía venir del otro lado de la vida, de las entrañas tenebrosas del mismísimo infierno y que acongojó a todo el que lo escuchó, incluido al propio campanero, el cual, dejó de lado la cuerda que lo unía al terrorífico sonido y bajó aceleradamente de la torre, sin darse cuenta de que a sus espaldas, unos ojos afilados lo miraban. Sintió un escalofrío que recorrió su espinazo y que acabó en temblor cuando antes de salir a la calle notó una ráfaga de aire que, como aliento fétido y putrefacto, acarició su mejilla y parte de su boca.
      Aquella noche las campanas sonaron solas mientras en casa del campanero el miedo se hizo tan atronador como en cualquiera de aquellas humildes casas, que inútilmente eran cerradas a cal y canto ante la llegada de la muerte que, disfrazada de humo amarillo se cernía sobre Monteperdido.
      Por fin le contó a su mujer lo que le había sucedido en días anteriores, cómo notó en aquella torre una presencia extraña cuya revelación convertía su cuerpo en un témpano de hielo y encogía su corazón hasta casi estallarle. Berta, abrazando a su marido intentó demostrar fortaleza, pero el pánico la invadió y sin más, se desvaneció en el suelo. Las campanas seguían sonando y un intenso olor a azufre y a cicuta envolvió nuevamente aquel pueblo rodeado de espigadas montañas, que como fortalezas, aprisionaban las almas de sus asustados habitantes.
      Llegó el día y un nuevo fallecimiento despuntó con él. Se trataba de don Emiliano, el párroco, que en la noche anterior acababa de salir de la vieja taberna y que no le dio tiempo a refugiarse de aquellos vientos malignos. Su cuerpo fue hallado dentro del pozo de la Casa Grande, donde intentó buscar el aliento que le faltaba, y así, se deslizó agarrado a la cuerda que unía el cubo a la carrucha, la cual no pudo aguantar su peso dejándolo caer en las oscuras y frías aguas que sirvieron de mortaja al sacerdote. Cuando fue rescatado del pozo, sus ojos desorbitados, cuyas pupilas se desencajaban hasta casi salir fuera de su amoratado rostro, expresaban sin duda el terror en su máxima expresión y las palmas de sus manos manifestaban en sus profundas llagas la lucha del cura por seguir en este mundo.
      Era muy temprano cuando Juan se enteró de lo acontecido y pensó en su mujer y en sus hijos. Quizás alguno de ellos podría ser la próxima víctima del fantasma, porque estaba seguro de que en la torre de la iglesia habitaba un ser de otro mundo, un espectro que había logrado meter el miedo en el cuerpo a toda la población. Así, el campanero, armándose de valor decidió hacerle frente, pero ¿cómo se lucha contra lo sobrenatural, contra lo intangible?. Se quedó callado mientras su esposa repartía en silencio un poco de café de centeno. Eran las ocho de la mañana y el sol, perezoso, empezaba a alumbrar tras una madrugada terrible que se despedía con el ruido y el silencio de otra muerte.
      Todo el día anduvo dando vueltas por el pueblo, perdido en un mar de nervios y sin apenas hablar con los vecinos. No se dio cuenta de que el día había pasado y de que anochecía de forma inminente.
      La noche era oscura y el frío campaba a sus anchas en aquel desierto en que se había convertido Monteperdido a esas horas, pero decidió comenzar la batalla y alejándose de su casa se dirigió a la iglesia intentando controlar sus nervios. Corría un leve viento tan desapacible y frío que Juan embrolló su bufanda alrededor de su cuello y de su boca, cubriéndose casi hasta la cabeza. La luz de los faroles era tan tenue que apenas podía encontrar el camino empedrado que le llevaría a su destino y a su paso, la poca claridad que desprendían,  se iba apagando, quedando las calles a oscuras. Se volvió y en ciertos momento no pudo dominar sus nervios y temores, pero pensó en sus hijos y haciendo alarde de una valentía inusitada continuó su camino.
      Portaba una lámpara de aceite en su mano derecha, una manta al hombro y algo de comer en la izquierda, pues pensaba pasar la noche en el campanario a la espera de que el fantasma hiciera su aparición. También a su cuello llevaba colgada la medalla de la Virgen del Águila, protectora de los niños y a la que tanto rezaba por los suyos. Encendió la lámpara, entró en la iglesia y lentamente, con la angustia y la incertidumbre de quien teme no regresar, comenzó a subir la empinada escalera.
      El portazo sonó a sus espaldas cuando se encontraba en mitad del trayecto y los escalones de piedra que formaban aquella escalinata parecieron temblar bajos sus pies, emitiendo extraños sonidos, gruñidos que recordaban a los de las ratas o a los de los topillos, tan abundantes en aquellas zonas, pero con un eco que no era de este mundo. Siguió su ascensión hasta que por fin se encontró ante la vieja puerta, que tantas veces había abierto y que daba acceso a la torre del campanario, cuyo aspecto deshabitado y lúgubre no hizo sino aumentar su angustia, que rozaba ya la desesperación. Penetró en aquella estancia, dejó la lámpara sobre una pequeña mesa que componía todo el mobiliario del habitáculo y tendió la manta en el suelo. Después, aterido por el miedo y el frío, se sentó a esperar al fantasma.
      - ¿Me buscabas?, exclamó una voz de ultratumba que surgía de uno de los muros. Los sillares dibujaban tenuemente una figura terrorífica de dimensiones excepcionalmente grandes y sus ojos empezaron a despedir un fuego pavoroso, iluminando la estancia y provocando en el campanero un alarido que rompió la tensa calma que envolvía la noche. Seguidamente, volvió el silencio más atroz y Juan, atenazado por el pánico, no podía articular palabra. Quiso huir de allí, pero sus pies no le respondían y paralizado por el miedo, se dejó caer contra la pared. Cuando por fin pudo hacerse de sí mismo, el hombre contestó: "Sí, te buscaba".
      La figura del fantasma se materializaba frente a él: una capa negra y morada cubría un cuerpo despojado de toda vida y en avanzado estado de descomposición, mientras una soga rodeaba su cuello y otras ataban sus muñecas. Su rostro, cuya carne había desaparecido casi por completo, era un paisaje invadido por maldades desconocidas para cualquier ser humano. Por último, el campanero se fijó en sus manos y al verlas grandes y descarnadas, que dejaban entrever tendones, nervios y huesos de repugnantes formas, recordó aquel día en que una de ellas apareció ante sí como un fogonazo, y si ya su cuerpo temblaba, ahora el castañeteo de sus dientes constataba de forma fehaciente, que se encontraba al límite del colapso, por entender que no regresaría jamás al lado de su familia.
      Tras un silencio sepulcral, el fantasma se dirigió a él, que pegado a la pared, contenía la respiración:
      -Aquí segaron mi vida, me asesinaron hace mucho tiempo colgándome del yugo de las campanas. Ahora he vuelto y esta torre se ha convertido en mi hogar.
      Su voz hiriente y oscura se propagó por las cuatro paredes de la estancia llegando al corazón casi inánime de Juan, que muerto de miedo acertó a balbucear:
     -¡Tu eres el capellán Dionisio Acebes!, castigado por sus innumerables crímenes hace más de cien años...
      El fantasma se dirigió a la ventana y de un soplo, volvió a llenar de muerte Monteperdido. La gélida noche se convirtió en tinieblas y el olor a azufre y a cicuta quemada volvió a invadir el pueblo. Mientras tanto Juan, aterrado, no sabía  qué hacer ni qué decir y cuando los ojos llameantes del fantasma se fijaron en él, se limitó a pedir auxilio a gritos, a implorar piedad por su familia y a suplicar que lo dejara vivir. Nada impidió que el capellán agarrara al hombre por el cuello y lo lanzara al vacío desde lo alto del campanario. El último grito de terror del campanero llenó de escalofríos Monteperdido, detrás de cuyas puertas cerradas se adivinaba la tragedia del que fuera un día un vecino fiel y sus gentes, asustadas, se arrebujaban entre las sábanas de sus humildes camastros rezando porque llegara pronto la luz del día.
      Abrir los ojos significa atrapar la vida un día más y cuando despertó se encontró con la dulce mirada de su mujer, que solícita, acomodaba su cabeza en el almohadón. Los niños corrieron a su lado transmitiéndole la alegría y la tranquilidad que había perdido en su errático viaje. El médico acababa de irse, el cielo era diáfano y sólo se percibían a lo lejos unas cuantas nubes que, perezosas, se iban marchando poco a poco. Respiró hondo y los abrazó, y la serenidad volvió a instalarse en su espíritu torturado. Don Melchor, el médico del pueblo lo había estado tratando desde  que hacía más de un mes, Juan fuera preso de toda una serie de alucinaciones que de repente aparecieron en su pacífica vida, convirtiéndola en un infierno de pesadillas. Y es que alrededor de la iglesia, como un manto imperecedero, el estramonio vivía y sobrevivía cada año, cada mes y cada día, y así como cada día, cada mes y cada año, Juan acudía a su lugar de trabajo y durante horas respiraba aquel aroma pestilente y dañino, cuya acumulación en sus pulmones y en su ser le provocaba tremendas ofuscaciones que lo ponían al borde de la muerte.
      La tarde transcurrió plácida y el enfermo, bastante recuperado, hasta se levantó para dar un paseo. Todo había pasado y se sentía seguro en aquella casa, cuyo corazón albergaba lo más importante de su vida: su mujer y sus dos hijos. Tras la cena se fueron a dormir, pero al llegar la madrugada algo lo sobresaltó y rápidamente despertó a su mujer que dormía profundamente. Entonces ambos se abrazaron y sobrecogidos comenzaron a escuchar el sonido de las campanas que sin orden ni concierto, y sin nadie que las hiciera sonar, ponían melodía de luto a Monteperdido.