jueves, 24 de abril de 2025

MELINATA, LA GATA PIRATA

 




A la gata Melina le encantaban los libros de aventuras. Era una lectora empedernida y pasaba las horas en la biblioteca enfrascada en alguna novela con la que poder soñar y dar rienda suelta a sus emociones gatunas. Le encantaba Robert L. Stevenson y sus libros favoritos de este insigne autor eran "Secuestrado" y "La isla del tesoro", por su clasicismo y vibrante prosa. Otro autor con el que se le erizaban los bigotes era Julio Verne, y siempre soñó con atravesar el mundo como en "Cinco semanas en globo". Pero había aún más, y Melina, imbuida en las aventuras más increíbles, leía con pasión a Alejandro Dumas, del que había leído ya varias veces "El tulipán negro" y "Los tres mosqueteros". Lo mejor de Melina es que soñaba despierta y, entre libro y libro, se imaginaba un mundo extraordinario y mágico donde ella era Melinata, la gata pirata, que surcaba los mares en su viejo barco de barandillas de estrellas y de velas de algodón de azúcar. Melinata luchaba contra don Rampón, un viejo y bigotudo gato al que faltaban dos dientas y media oreja y que a base de crímenes y tropelías, había conseguido el oro y la plata de Petunia, una pequeña isla del Caribe, dejando a sus habitantes sumidos en la más absoluta pobreza. Por eso, Melinata quería encontrar y enfrentarse a ese viejo y tramposo bucanero, y recuperar el botín que era el sustento de los habitantes de la isla. Así viajó y viajó por todos los rincones del planeta, hasta que en Singapur, encontró a un gato azul destartalado y  maltrecho al que ayudó y dio de comer. Conversando con él, Melinata supo que se llamaba Reynaldo y que era hijo del sultán de Alhazimina, que había sido secuestrado por don Rampón para exigir un rescate a su padre. Pero el viejo sultán, cuyo corazón era tan duro como los brillantes que almacenaba con avaricia en su palacio de mármoles y piedras preciosas, no quiso saber nada de Reynaldo, su hijo, y lo abandonó en manos del temido y peligroso corsario, que lo torturó durante muchos meses, hasta que una oscura noche, mientras su secuestrador y sus compinches dormían borrachos, pudo escapar ocultándose tierra adentro, mientras las estrellas y la luna permanecían escondidas entre las nubes. A la mañana siguiente, don Rampón, al darse cuenta de la fuga del gato Reynaldo, maulló y gruñó de ira, prometiendo ir en su búsqueda más adelante y, sin más, partió hacia una nueva isla a la que ultrajar. Melinata curó a Reynaldo y juntos partieron en busca del pirata don Rampón, una en busca del oro y la plata robada a los habitantes de Petunia, y el otro en busca de venganza. Tras varios días de travesía por el Mar Zenoico, supieron que don Rampón había atracado en el puerto de Kashigán, y que estaría allí dos días y dos noches. Melinata no pudo contener la emoción y se dirigió rauda hacia aquel lugar, que no estaba muy alejado de su ruta. Y al anochecer, conforme iba llegando al puerto, pudo ver la sombra de la barcaza hecha de chatarra del viejo don Rampón. Armados con una afilada espada y silenciosos y sigilosos como gatos, Melina y Reynaldo subieron a bordo de la barcaza demostrando un valor extraordinario. Primero iba Melinata, asiendo fuertemente su espada y detrás, Reynaldo, que llevaba además un puñal. Parecía no haber nadie en el barco, pero aún así, andaban con cautela, una cautela que no les sirvió de nada cuando fueron rodeados por tres de los secuaces de don Rampón. Melinata saltó hacia delante espada en ristre y cortó de plano los bigotes de los tres gatos, mientras que Reynaldo, de un golpe brusco los derribó y, ya en el suelo, la bravía gata los despojó de sus armas, amenazándoles con rebanarles el cuello si daban un maullido más alto que otro. Reynaldo, mientras tanto, los amordazó y los ató al palo mayor. De repente, oyeron la voz ronca y aterradora de don Rampón que se acercaba, armado con su afilada espada, construida con una aleación especial de hierro, roca y acero, traída de los más lejanos países, con la que era capaz de cortar el tronco de un árbol de un solo tajo. "¿Quién anda ahí?", preguntó en tono sombrío y bravucón, pero nadie contestó. De pronto, el barco se iluminó con la luz de un faro que provenía de estribor y pudo ver a Melinata, con su sombrero de ala ancha y sus plumas de los más diversos colores "¡Soy yo, Melinata, y vengo a que pagues con tu vida tus maldades!". Las risotadas del viejo sonaron en Sebastopol, y, mientras reía de buena gana, la gata Melinata, rápidamente, le propinó un golpe con el puño de su espada en toda la nariz, que lo dejó desconcertado y sin aliento. Don Rampón rugió y levantó la espada contra ella, pero Reynaldo, con su puñal de acero blanco, lo hirió en el talón, escuchándose un quejido terrible cuajado de rabia y de odio. Con su espada atacó a Melinata, la cual, saltó embravecida y pudo evitar un golpe mortal que de un tajo derribó el palo de la vela mayor. "¡Déjamelo a mí!", gritó Reynaldo y le sacudió un golpetazo que lo dejó tumbado bocabajo en la fría cubierta. Don Rampón, traicioneramente, permaneció inmóvil unos minutos y cuando Reynaldo, el gato azul, fue a darle la vuelta para ver si sobrevivía, le clavó la espada hiriéndolo de muerte. Melina actuó y con un movimiento rápido y seco alcanzó con el filo de su espada a don Rampón al que hirió muy cerca del corazón, no logrando sino indignar aún más al malvado gato que, a su vez, golpeó a Melinata brutalmente, cayendo dolorida a sus pies. Pero cuando don Rampón levantó su espada para rematarla, Melinata alzó con gran agilidad la suya y esta vez si que fue directa al corazón, muriendo en el acto el viejo y cruel pirata. Así, herida, maltrecha, pero feliz, Melinata pudo recuperar el oro y la plata robada a la isla de Petunia y todos sus habitantes pudieron vivir felices. Después se dispuso a descansar y a recuperarse, pero pensando ya en una próxima aventura. Y mientras Melinata, la gata pirata, dormía satisfecha tras su victoria sobre don Rampón, Melina despertaba de su sueño y lentamente y con un feliz sopor, se dirigió hacia el comedero de casa, donde dio buena cuenta de su pienso favorito, un pienso de alta calidad de merluza y salmón, que la hizo relamerse de placer mientras pensaba en que todavía no había leído nada de Jack London y de que ya iba siendo hora."

Ayer fue el DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO, y por este motivo acabo de escribir este cuento en homenaje a todos aquellos maravillosos escritores que, dedicados al género de aventuras, nos hicieron soñar en nuestra infancia, en nuestra adolescencia y aún hoy. A los mencionados en el relato habría que añadir muchos más, como Mark Twain, Daniel Defoe o John M. Falkner... por eso, a todos ellos y a mi gata Melina, a la que he ido a rescatar muchas veces, por su amor a la aventura, quiero dedicar esta nueva entrada y también, como no, a todos los que aún siguen leyendo lo que voy publicando en este blog, que continúa siendo una aventura para mí. Gracias.





  

sábado, 25 de enero de 2025

LAS MENINAS ASESINAS

 





       El pueblo de Madrid hacía años que vivía inquieto, apenas dormía y vivía en un sinvivir desde que a algún mandatario se le ocurrió inundar la ciudad de esculturas que daban vida (y de qué modo) a Meninas que, inspiradas en el famoso cuadro de Velázquez, paseaban durante algunas semanas su palmito por los lugares más emblemáticos de la misma. Los madrileños, angustiados, porque además, no sabían en qué momento se levantarían y contemplarían con horror el regreso de las Meninas a las calles, bebían adormideras y tomaban por toneladas nembutal para poder conciliar el sueño, así como agotaban las farmacias en busca de diazepán para calmar la ansiedad que les provocaba aquella invasión. Apretando los dientes, se armaban de valor cada mañana a la hora de ir al trabajo, pendientes de que el shock provocado por la visión de alguna de aquellas terribles esculturas, que, según muchos, cobraban vida en las frías madrugadas madrileñas, pudiera ocasionarles algún trastorno psíquico o un ataque al corazón. Por fin había llegado el día y una mañana, pese a estar prevenidos, los habitantes de la capital más madrugadores comprobaron que las Meninas habían regresado, que todo era inútil y que durante unas semanas el imperio del terror estético (y, dicen que físico y psíquico) se extendería por una ciudad que en épocas anteriores había sido considerada una ciudad culta, cosmopolita y abierta al mundo y que hoy, sin embargo, era una sombra de lo que fue, mordidas sus esquinas por un esteticismo atroz. Misterios insondables rodeaban a las Meninas, dicen que eran guardianas instauradas sin piedad por la presidenta de la comunidad, la simpar Maribel Pía Obtuso, para asustar y hacer huir a los inmigrantes (y dicen que consiguió gran parte de su propósito, pues muchos de ellos salieron de Madrid disparados, junto con algunos madrileños aquejados de alguna enfermedad cardiaca), o sanguinarias figuras que cobraban vida por la noche entre las que el alcalde, Pepe Luis Peleteira  se mezclaba confundiéndose en aquel marasmo de estridencias, dándoles las órdenes pertinentes para que nadie escapara al miedo y para que el aborrecimiento se apoderara de los amantes del arte. La cultura estaba prohibida en Madrid, o mejor dicho, era sustituida por este infame remedo de ella, donde junto con el musical "Bolinche", del temido músico Pacho Lano, torturaban sin el más mínimo atisbo de piedad a los visitantes y a los mismos habitantes de la ciudad, que pululaban por ella como almas que lleva el diablo intentando esquivar a las Meninas, que se habían apoderado del entorno de una manera abusivamente atroz. Madrid, en estos días, durante los cuales estas esculturas hacían su agosto, se convertía en algo apocalíptico y caótico, que poco a poco se fue transformando en un lugar tenebroso, albergando en su corazón de cemento el crimen, porque, efectivamente, aquellos seres inermes y estéticamente reprobables, se llenaban de vida para cometer todos los delitos y tropelías habidos y por haber, llegando incluso a asesinar. 


LA MENINA ROJA





      La Menina Roja, situada por delante de la Puerta de Alcalá, tenía fama de peligrosa y contestataria, y, había sido capitana de una nave aragonesa y jefa sindical. Allí, con sus brazos en jarra como diciendo "aquí estoy yo, y a ver quien tiene cojones a pasar", la Menina Roja gobernaba el tráfico con la seguridad y el don de mando de un ministro inquisitorial. Sin embargo, a lo  más que llegó en cuanto a maquinaciones y maldades fue a robarle a Victoria Petronila un collar de perlas nacaradas que le había regalado su abuelo, el anciano rey emérito, y que previamente había birlado a su esposa, la reina doña Porfía para venderlo y redistribuir el dinero que había conseguido en este estraperlo entre las gentes más pobres de Lavapiés. Las malas lenguas dicen que también robó un recogecoletas de su madre, la infanta Helela, pero eso no está plenamente constatado, pues la Menina Roja siempre fue muy discreta a la hora de hablar y muy misteriosa y además, tenía un gusto exquisito. Parca en palabras, pero llena de expresividad, ahí la tenemos, disfrutando de Madrid y haciendo temblar los bolsillos de la realeza. Todo un carácter.


LA MENINA DE LOS BOTONES





      Como, según algunas, coser empodera a la mujer, aquí tenemos a esta costurera de gesto torcido y lengua maledicente que, cubierto su cuerpo de botones, no deja de provocar las más diversas reacciones de la gente, entre ellas el miedo y la incertidumbre. Se dice que una noche atravesó con sus tijeras a un hombre que, con unas copas demás, intentó besarla, y que después le puso un botón en la boca, cosiéndosela para siempre, y en otra ocasión, fue una mujer la que recibió varios cortes en la cara, propinados con las mismas tijeras, cuando se burló del atuendo cuajado de botones que cubría su cuerpo. "Con la de los botones, poca broma", decían los madrileños, y se alejaban de aquella Menina costurera y malévola y con las intenciones de un Mihura.


LA MENINA PICOLETA





      Tenía don de mando e imponer el orden y la ley era lo suyo, pero la Menina Picoleta andaba por veredas peligrosas y escarpadas, pues estaba sentimentalmente unida a un traficante de sujetadores de Dior, que coqueteaba también con el estraperlo de bolsos de Gucci. Su única obsesión era que al tricornio debían dar un aspecto más femenino y soñaba con una reforma integral del susodicho sombrero, al que, según ella, habría que añadirle unas lentejuelas esparcidas graciosamente sobre el negro acharolado que lo conformaba y, en todo caso, añadir un velo de chantillí detrás, de modo que pareciera una peineta. Todo eso eran sueños que la perseguían, como ella perseguía a los madrileños por esas calles de Dios, controlando que no cometieran algún delito, tales como beber horchata por la calle o no llevar la bandera de España en la muñeca, en los tirantes o en el busto, esposando y trasladando a chirona a los incautos que osaban contradecirla en sus despropósitos. Hasta que un buen día, descubrieron sus compañeros de cuerpo que el armario donde se cambiaba de ropa, era un pequeño almacén de objetos carísimos presumiblemente robados y además, había un cuchillo con el que la Menina Picoleta había matado a su amante días atrás, cuando se negó a entregarle un bolso de Dolce y Gabanna de más de medio millón de euros. Así, la Menina Picoleta fue a juicio por robo y asesinato, y aunque la condenaron a varios años de trena, no se le quitó esa obsesión suya por la moda cara, y rogó a la caudilla de Madrid, Maribel Pía Obtuso que la indultara. No se hizo esperar el indulto y, cuando Maribel Pía Obtuso reapareció en Madrid para su discurso de Año Nuevo, muchos  pudieron ver que llevaba en bandolera un bolso de medio millón de euros de Dolce y Gabanna y que la Menina Picoleta, estaba allí, a su lado, con el tricornio lleno de lentejuelas y un velo de chantillí que le llegaba hasta la rabadilla. La imagen ofrecida por ambas dio mucho que hablar en el noble pueblo de Madrid y aún en nuestros días, se recuerda aquel cuadro no sin cierta ironía hacia las protagonistas, que hoy por hoy, siguen en la brecha. 


LA MENINA FUTBOLERA



 
Sus muslos nada tenían que envidiar a los de Messi, y su carácter combativo y guerrillero y su fuerza, hacían de la Menina Futbolera una Sansona cocainómana y marrullera, una auténtica "joyita", que jamás supo lo que era la deportividad y que cometía las más abyectas tropelías en el campo de juego, la última, la lesión de una patada en la espinilla a una de sus rivales que le fracturó el hueso y que le dejó el pie bailando, quedando tullida de por vida. A otra le arrancó de cuajo las trenzas cuando intentó marcar un gol tras haber burlado a la defensa. Tras ello, la joven se hizo experta en pelucas, pues de su cuero cabelludo jamás volvió a brotar nada que no fuera una escasa pelusa de tórtola. La Menina Futbolera, aunque con métodos poco ortodoxos, jamás había perdido un partido, por eso estaba ahí, en un sitio de honor de la ciudad, con sus muslos de acero y su gesto de matona, llenando de patadas a los transeúntes que pasaban a su lado, de una manera consciente y traicionera. Una mañana desapareció, y todos respiraron aliviados, y dicen que la vieron en Argentina, fichada por Piley, el presidente de esa hermosa nación, que la puso al frente de la selección nacional de fútbol y que le regaló un motosierra con una recomendación: "No te cortes". Y así, hoy la selección argentina es líder mundial, mientras aún están recogiendo los desmembrados cuerpos de algunos de los oponentes de esta singular Menina, irreductible e impasible al desaliento y al fracaso.


LA MENINA DE LOS SALIENTES





Según los madrileños, la Menina de los Salientes, es la que tiene peor leche de todas. Sus ojos resecos y agudizados por una maldad intrínseca, aparecen ocultos por un antifaz que en nada puede ocultar el veneno de su mirada. Se dice que enviudó hacía medio siglo, que era esposa de un médico de Madrid que estiró la pata sin comerlo ni beberlo, aunque las malas lenguas dicen que si que comió y que bebió, una comida y unos vinos adobados con las cantidades suficientes de arsénico como para matar a un elefante. El entierro aún así, fue elegante. De ello se hizo cargo la Menina de los Salientes, llamándosele así porque desde que enviudó, no permitía que ningún hombre se le acercara con aviesas intenciones, cosiendo a sus vestidos afilados clavos que desgarraban de un golpe seco las pelvis de todos aquellos que osaban acercarse a abrazarla. Y ahí estaba, de brazos caídos y abanico en mano, pero alerta, desgarrando medias y abrigos de las damas que paseaban por la Castellana, y dejando sin atributos a todos los incautos que querían jugar con ella. (La de detrás, que parece decir "cu-cu", es Eduvina, la criada,  que está atornillando algunos de los salientes, que se han debido aflojar con tanto trajín. No es mala, pero si un poco lerda, y trata como una posesa de limpiar el honor de su ama, la Menina de los Salientes, la cual, aún no había logrado quitarse de encima la sospecha y el estigma de haber asesinado a su esposo. Eso sí, le fue fiel toda la vida.


LA MENINA DE LA CALACA





La Menina de la Calaca llevaba la muerte por bandera. Era hostil a la vida y prefería las agujas de los cardos a los pétalos de las flores. Era un ser maligno que disfrutaba martirizando a los demás y dejaba traslucir, tras sus lujos y oropeles, el esqueleto pelado de la maldad. Cuentan que Maribel Pía Obtuso la eligió personalmente para colocarla en las calles de Madrid, para enseñar a los madrileños que hay que ser libres por encima de todo, aunque la calaca nos aceche en forma de virus y nos arrastre de los pelos a las cavernas más profundas del infierno. La Menina de la Calaca fue una niña severamente antipática, que dejó una huella profunda en su madre arrojándole un litro de ácido sulfúrico a la cara, dejando por sentado, que no le gustaba el maquillaje que usaba y que, no hacer caso de sus advertencias, podría tener consecuencias no deseables para ninguna de las dos. "Me duele más que a ti", le decía la niña a su madre, que perdió un ojo y parte de los labios, dejando en ella una expresión patética, como de perro a punto de ladrar. No fue la única tropelía que la Menina de la Calaca cometió siendo pequeña. A su abuelo, le laceró el estómago con un cuchillo infectado de sarna que lo llevó a la tumba directamente y a su primo, le partió los dos brazos atándolo a la rueda de un antiquísimo molino, que utilizó como potro de tortura. Los madrileños sentían repelús y verdadero pánico cuando tenían que ir a algún recado y debían pasar obligatoriamente al lado de la Menina de la Calaca, que los miraba como un buitre mira a su presa muerta, con el ánimo de abalanzarse sobre ellos y devorarlos. Decían que de noche, se oían crujir los huesos de la Menina, que acompañaban a las marchas fúnebres con una siniestra melodía de carracas, y que, de madrugada, esos mismos huesos, se apartaban de la Menina para clavarse en todos aquellos seres noctámbulos que pululaban sin rumbo, ebrios de soledad. Se decían tantas cosas, que Madrid se ensombreció, se apagaron todas las luces y los sueños, y la Menina de la Calaca, llamó a Belcebú, para rematar aquella ciudad, pero fracasaron en su empeño, porque Madrid solo estaba dormida y resucitará cuando un amanecer no muy lejano el olor a café recién hecho la despierte de su transitorio letargo y cuando vuelvan a correr nuevos tiempos, unos tiempos proclives a la empatía, donde las Meninas sean sustituidas por libros, y la gente disfrute de un arte puro y duradero, como el que albergan tantos grandes museos de Madrid.






martes, 14 de enero de 2025

LA FERIA ABANDONADA

 






Como los niños ya no se divertían con ella, la feria fue abandonada. Las atracciones ya no conseguían seducir a la infancia, ahora deslumbrada por videojuegos, tablets, teléfonos móviles y todo tipo de entretenimientos proporcionados por los nuevos tiempos, unos tiempos donde el ruido de las tecnologías iba supliendo, imparable, al sonido de los latidos del corazón. Fue al término de la tarde cuando Kitt, el payaso, tiró su gorro de lentejuelas y pompones al suelo y, desconsolado, se puso a llorar, mientras Katy, la mujer forzuda, tan fuerte por fuera, pero tan  frágil por dentro como una violeta, se sentaba a su lado rodeandolo con uno de sus fuertes brazos, mientras le enjugaba las lágrimas. Hoy, el payaso no había conseguido hacer reír a los niños, los cuales, le habían increpado con dureza: "¡vete de aquí, ridículo!" "¡fuera, fuera!", "¡no eres gracioso, eres patético!" y así, Kitt, el payaso juró que sería su última actuación y que nada le haría volver. Más tarde, en su viejo furgón, se despojaba del maquillaje, del polvo de estrellas y de la sonrisa, que dejó olvidada en algún rincón de su alma, junto a los recuerdos más amargos de su infancia. Después, anocheciendo, cogió el camino del oeste y se marchó, sintiendo a sus 54 años haber perdido al niño que hasta ese mismo momento, le había estado acompañando contra viento y marea en todos y cada uno de los días de su vida, en los que convertido en  Kitt, el payaso, había logrado hacer felices a todos los niños de gran parte del mundo. A lo lejos, aún se veía su blanca y desmañada figura, cuando Juan, el encargado del mantenimiento y de poner en marcha un majestuoso tiovivo plagado de caballitos, que no paraban nunca de girar bajo un paraguas de colores gigante que conformaba su techo, decidió seguir sus pasos, pues en los últimos tiempos, los caballos giraban solos, aburridos de no escuchar las risas y los gritos de los niños y pensó que no merecía la pena engrasar aquel anticuado artilugio, que no tenía cabida en esta nueva era, donde todo funcionaba a base de pantallas. Cuando se alejaba del lugar, miró hacia atrás por última vez y vio a su tiovivo, quieto, emborronado en medio de la neblina del atardecer y a los caballitos, paralizados por la tristeza. Aquella misma tarde, la magia de Rosalía, la maga, no logró asombrar a los pocos chiquillos congregados, que abducidos por los móviles, no prestaban atención ni siquiera ante su truco más complicado, en el que hacía desaparecer a don Pelanas, el perro más grande del mundo. Y tras ejercitar aquel espectacular truco impecablemente, pues Rosalía siempre había sido una maga solvente, elegante y maravillosa, pudo comprobar con estupor y decepción que aquellos pequeños espectadores no aplaudían y no lo hacían porque nada de lo que hizo despertó su interés y porque sabían de antemano que aquello no era más que un truco, porque hacía tiempo que habían ido apagando su ingenuidad y su inocencia de niños con unas gotas de cinismo que recordaba, y de qué modo, al de los adultos. Rosalía recogió sus pocas pertenencias y junto a don Pelanas, partió en busca de la magia perdida, sin saber, que siempre la llevó en su corazón.
Faustino, el encantador de serpientes, disfrazado de califa, con un turbante lleno de colores y de brillos y una barba postiza puntiaguda más negra que el carbón, sentado en un cojín y con una flauta de madera, tocaba algunas melodías de tintes orientales con el fin de que, Tatiana, la cobra, bailara a su son. Y de una manera especial, aquella última tarde, Tatiana demostró sus grandes dotes de bailarina recordando los tiempos en que hipnotizaba a todo el mundo, solo que hoy no logró cautivar a los críos, más ocupados en desprestigiar el número gritando e interrumpiendo constantemente las melodías que surgían de la flauta de Faustino, el cual, humillado y comprendiendo que el tiempo había pasado y que ya nada podía hacer para divertir como en otros tiempos a niños y mayores, decidió abandonar también la feria, no sin antes dejar a Tatiana al cuidado de la mejor protectora de animales que pudo encontrar. Poco después, regresó a su ciudad natal y se dedicó a su antiguo oficio de contable, donde volvió a aburrirse soberanamente, mientras caía una y otra vez en la melancolía recordando su vida de feriante, donde él era el gran califa, capaz de hipnotizar y hacer bailar con su música, a la cobra más peligrosa y feroz de todas: Tatiana.
Por su parte, Félix, el domador de caballos, había tenido una tarde espectacular, donde sus adorados animales, perfectamente enjaezados, habían saltado y bailado al son de la música, logrando una increíble fusión con la orquesta, que, más intuitiva y sabia que nunca, sonaba alegre y chispeante, mientras los hermosos caballos se movían de forma elegante y con una gracia especial. Después, "Corsario", un caballo negro azabache, cuyas largas crines habían sido cuidadas hasta el mimo por Esperanza, la esposa del domador, saltó vigorosamente a través de un enorme aro adornado con banderas de miles de colores, haciendo gala de su nobleza y elegancia. Nada parecía sorprender ya a los pequeños, que, abstraídos, expresaban a sus padres el deseo de volver a casa, donde les esperaba la compañía de "Apple", el rey de la manzana. Aunque se resistían a irse, Félix y Esperanza se marcharon de la feria a primera hora de la mañana, pero se llevaron sus caballos y regresaron a su pequeña granja, donde volverían a soñar con los serpenteantes caminos y carreteras que los llevaban a los pueblos y a las ciudades más lejanas. Por  último, y habiéndose quedado solo en aquel paraje donde carromatos, furgones, "roulottes", tiovivos y otras atracciones fueron quedando poco a poco abandonados, don Fulgencio, el máximo responsable de la feria, como el capitán de un barco que se hunde, resistió todo el invierno en su carromato, un invierno duro y frío donde tuvo tiempo de repasar su larga vida. Tenía 76 años y todos los había pasado viviendo y trabajando en la feria. Había conocido a cientos de niños en todo el país haciéndolos felices, a ellos y a sus padres con sus espectáculos y atracciones y con sus asombrosos compañeros, los cuales todos fueron capaces con su talento de hacer soñar al mundo. Pero había llegado la hora del adiós y aquella helada noche de febrero, don Fulgencio replegó las velas, y dentro de su viejo carromato, al calor de una cama en la que había nacido, cerró sus ojos y vio las estrellas. Al mismo tiempo, la feria se puso a funcionar y el viejo tiovivo, roto y oxidado, se puso a girar como en un sueño, dentro del cual, miles de niños lo rodeaban, pudiendo escuchar sus risas y sus gritos. Mediado febrero, nada parecía presagiar la primavera, pero una flor de hermosos pétalos brotó de su pecho e inundó de perfume la feria abandonada.